El secreto de Elena (Trilogía: El secreto nº 2) Aurora
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Aurora

Me acerqué a su urna y estuve un rato allí con él.

Sí, sigo hablándole; creo que nunca dejaré de hacerlo.

Me calma y me equilibra. Le conté cómo habíamos pasado el día de mi cumpleaños, que habíamos salido a comer fuera; sigo con la tradición que había comenzado como una idea de él, y le conté cómo pasamos el cumpleaños de la pequeña Lia, a la que no conoció.

Y hablo con él, igual que si lo tuviera delante, escuchándome.

Cuando me acerco al salón, veo en mi móvil una pequeña luz azul que parpadea, señal de que tengo una llamada, un WhatsApp, un email o alguna otra notificación para leer.

Tenía una llamada en el móvil de Eugenia. Qué raro, a esas horas, casi a punto de cenar. Tuve un mal presentimiento.

Estaba a punto de marcar la llamada para Eugenia, cuando vi en el móvil que estaba entrando una llamada… ¡De ella! Otra vez.

—Eugenia…, ¿va todo bien? —pensaba en el tío, si le había pasado algo a él.

—No, hija. Nada va bien —fue su respuesta.

—¿Qué pasa?, ¿el tío Eduardo?

—No, cielo. Se trata de tu mamá —me decía Eugenia sollozando.

Por su tono, entre sollozos, supe que mi presentimiento era cierto. Nada iba bien.

—¿Qué ha pasado? —le pregunté.

—Tu madre ha tenido otro infarto, pero esta vez…

Ya no la dejé seguir hablando. Me temí lo peor.

—¿Está en el hospital? —me interesé.

—No, lo siento. Tu madre ha fallecido. Hace cosa de media hora me llamó Ramón para decírmelo. Parece que este infarto fue muy malo.

Caí desplomada en el sofá del salón. GC y Lia subían de las cocinas corriendo, como de costumbre, ajenos a todo.

—Mamá, dice Finita que te subirán un té en dos minutos —me decía GC.

El Earl Grey, pensé. Sí, es cierto, lo había pedido tan solo cuatro minutos antes. Pero ahora, todo ha cambiado. Ya no me interesa el Earl Grey o la cena.

—GC, cariño, acabo de hablar con la tía Eugenia, me ha dicho que la abuelita Aurora… ha muerto.

GC se puso triste al instante. No es que quisiera mucho a su abuela, o que hayan tenido mucho contacto, pero GC ya es mayor y sabe que la abuela Aurora era mi madre.

—Tu mamá, mamá —me dijo GC.

—Sí, cielo, mi mamá.

—¿Y ahora? —se interesaba GC.

—Pues no sé —estábamos los dos abrazados sentados en el sofá. Lia, que vio lo que pasaba, se unió a nosotros e hicimos un abrazo de tres.

—Tendrás que ir a Córdoba —me dijo GC.

—¡Vaya! ¡Pues tienes razón! No lo había pensado. Será enterrada allá, tendré que ir.

Volví a llamar a Eugenia para ver cómo era el tema.

—Tía, antes no te pregunté, pero me imagino que entierran a mi madre en Córdoba, así que habrá que ir allá —le dije.

—Claro. Tu tío y yo ya hemos preparado una bolsa con unas mudas, y estamos saliendo de casa; iremos al menos un par de días. Cogeremos un tren desde Madrid.

—Pues yo, no sé cómo voy a ir. Avión directo no hay y en tren se me va a hacer muy pesado, un viaje muy largo. Supongo que cogeré un avión a Sevilla y, desde allí, un tren a Córdoba, no sé. Bueno, a ver cómo me las ingenio —le comentaba a Eugenia.

—Tengo que dejarte, se nos hace tarde —me decía Eugenia.

—¿Ya vais para Córdoba?

—Sí, ya te dije que estábamos saliendo —me contestó Eugenia.

—Pero estás hablando con un móvil, puedes seguir hablando conmigo —le dije.

—Estoy con poca batería. ¡Ostras! ¡El cargador! Vaya, gracias a ti, me he acordado del cargador del móvil, marchaba sin él —me decía Eugenia.

—De nada —le dije.

—Nos vemos en Córdoba —me dijo Eugenia.

—Sí, buen viaje.

—Lo mismo, buen viaje. Besitos.

Me quedé bastante planchada. Tenía que organizar un viaje a Córdoba de emergencia y no sabía por dónde empezar. Como normalmente estas cosas las organizaba Raquel.

De repente me acordé; ¡Raquel! ¡Será mi salvación!

La llamé y le conté lo sucedido. Me contestó que lo dejara de su mano. Que ya estaba en ello.

También me comentó que era un poco tarde para viajar, que lo más probable es que hasta mañana…

Llamé a mi hermano. Le pregunté que cómo estaba. Me dijo que lo sobrellevaba. Después de hablar unos diez minutos y de contarme cómo había ocurrido todo, acabamos la conversación con un “nos vemos mañana”.

—Señora, ya nos hemos enterado de la tragedia —me dijo Rosario, nuestra ama de llaves—. En mi nombre y en el nombre de todo el servicio, le acompañamos en el sentimiento. Su madre era una buena mujer; así lo demostró las veces que nos ha visitado.

—Gracias, Rosario. Como ya imaginarás, estoy preparando un viaje para Córdoba; iré sin los niños, os quedáis encargados de ellos.

—¡No faltaba más! Vaya tranquila, que con nosotros estarán bien.

—Estoy segura —le dije—. Avisa a Finita de que esta noche no voy a cenar. Se me ha cerrado el estómago. Pero que sirvan la cena a los niños. Ellos no lo sienten igual que yo.

—No se preocupe. ¿Le preparo una bolsa de viaje?

—Sí, gracias.

—¿Para cuántos días?

—Creo que unos dos o tres días. No sé.

Me conducía como una autómata. Escuchaba y hablaba como si fuera una máquina.

Raquel, que es una chica muy resuelta, me preparó un viaje para salir a la mañana siguiente.

Iría a Sevilla en avión y desde Sevilla había tren para Córdoba.

La salida del tren estaba para una hora más tarde, a priori, daría tiempo.

Tendría que ir desde el aeropuerto de Sevilla a la estación de tren de Santa Justa.

Espero encontrar un autobús; de no ser así, cogería un taxi.

___ ooo ___

Me levanté temprano. Eusebio me llevó al aeropuerto de Santiago de Compostela. Todo salió bien y la puntualidad fue británica. Tal como esperaba. De no ser así, corría el riesgo de que no me diese tiempo de coger el tren desde Sevilla.

Durante el vuelo, llamé a Rafita, mi hermano.

Él ya se encontraba en el tanatorio. Junto a él, toda la familia, tal y como me dijo; solo faltaba yo.

Insistió mucho para ir a Sevilla a buscarme; me había dicho que en menos de hora y media se ponía en coche en el aeropuerto de Sevilla, que no cogiera ningún autobús, ni taxi, ni tren ni nada. Que le esperara.

Y así lo hice. Lo esperé aproximadamente media hora. Llegué antes yo en el avión desde Santiago que él en el coche desde Córdoba. Luego me explicó que había tenido que coger gasolina y que se había liado un poco más de la cuenta.

Cuando lo vi, nos fundimos en un gran abrazo. Después de abrazarlo a él, abracé a Rita, que lo acompañaba.

—¿Llevas tiempo esperando? —se interesó Rafita.

—Bueno, una media hora. Pero la espera vale la pena; de no ser así, ahora estaría en la estación esperando el tren. Prefiero esperar por vosotros.

—Bueno, tengo el coche fuera —decía Rafita—, ¿nos vamos?

—Traes poco equipaje —comentaba Rita.

—Sí, podemos ir marchando —dije dirigiéndome a Rafita—. Traigo poco equipaje porque supongo que me quedaré unos dos o tres días, nada más —dije dirigiéndome a Rita.

Nos subimos al coche; Rita me insistió para que subiera delante, y como hora y media después, estábamos en la casa familiar. Dejé la bolsa de viaje, me di una ducha, me cambié y nos fuimos los tres al tanatorio. El entierro sería mañana; estaba previsto para las cinco de la tarde.

Al llegar al tanatorio, fui vestida de riguroso negro, saludé a todo el mundo, al menos a todos los que conocía. A los primeros, a mis tíos Eugenia y Eduardo. No éramos una familia grande, mi mamá no tenía más hermanos, pero el tanatorio estaba lleno de gente.

A Ramón le di la mano; no lo besé. Al resto de la familia y a los amigos y conocidos, les daba un par de besos en la mejilla.

Allí estaban vecinos de los que ni me acordaba de su existencia, gente con la que crecí en el barrio.

Todos se dirigían a mí y me daban el pésame.

Me decían lo guapa que estaba y que ya se habían enterado de mi boda con un conde y de que había quedado viuda.

Me vine a enterar de que mi madre les comentaba todo acerca de mi vida.

Ellos sabían más de mi vida que yo misma.

He visto a primos que hacía años que no veía, he visto a amigas de mi madre que, lo mismo, hacía años que no veía y así con prácticamente todo el mundo.

¡Qué triste!

Había alguien inquietante para mí. Sabía que lo conocía y él no paraba de mirar para mí, pero no atinaba a adivinar quién era.

Un hombre más o menos de mi edad, tenía que ser del barrio, algún hijo de algún vecino…

seguía devanándome la sesera. Era imposible que recordara quién era, pero que lo conocía, lo conocía.

Un hombre elegantemente vestido que me inquietaba.

¿Por qué no se acercaba a mí a darme el pésame, como todo el mundo?

—¿Has visto a ese chico que no me quita el ojo de encima? —pregunto a mi hermano.

—¿No sabes quién es?

—Si lo supiera, no hablaría contigo en estos términos. Se me hace una cara conocida, pero no soy capaz de recordar… —decía yo.

—Pues es un antiguo novio tuyo —me dijo Rafita.

—¿¡No!? ¡No me digas que es Richard! ¡No me lo puedo creer! ¡Cómo ha cambiado!

—Sí, Richard, hijo de “el eléctrico” —me explicaba Rafita.

—¿”El eléctrico”? —pregunté extrañada.

—Sí, por sus papás, ¿no te acuerdas? Los padres tenían una tienda de electrónica.

—¡Ostras! Ya recuerdo. Sí, ¿todavía tienen la tienda?

—Sí, ahora la lleva Richard, desde hace unos años; sus papás se jubilaron y la heredó él. Creo que le va bien —decía Rafita.

—Pues me alegro. Me extraña que no se haya acercado a hablar conmigo.

—Será que está esperando a que seas tú la que te acerques a hablar con él.

—¡Qué tontería! —le dije a Rafita.

—Pues vete tú y da el primer paso.

—Voy —y me dirigí a hablar con Richard.

Cuando me acerqué a Richard, él se giró para hablar conmigo, dejó a un amigo con la palabra en la boca para hablarme.

—¡Hola! —le decía mientras le abrazaba.

—¡Hola! Pensé que no te acordabas de mí —me decía mientras nos abrazábamos.

—A decir verdad, no me acordaba, es decir, sí me acordaba, pero no sabía quién eras…

—Sí, ahora arréglalo —me interrumpió Richard.