¡Cómo pasa el tiempo! #3
—Los hijos dan problemas igual que las hijas. Ya te darás cuenta cuando los tuyos sean un poco más mayores —me decía Gloria.
—Sinceramente, no sé qué decirte. ¡Menudo marrón!
—Bueno, el haberlo contado ya es un alivio en sí.
—Yo casi te diría que dejes que vayan surgiendo las cosas y que no te metas mucho. Ya sé que se trata de tu hijo y eso, pero yo, si me permites un consejo, no me metería demasiado; tu hijo ya es mayorcito…
—Y tanto —Gloria me interrumpió.
—También, hay que ver qué quiere la niña. Por lo pronto, ya es mayor de edad —le decía.
—Ya ves qué mala suerte tengo. ¡Tantos años anhelando ser abuela y cuando por fin puedo serlo…!
—Bueno, de momento, no se sabe todavía lo que van a hacer. Todavía puedes serlo —le dije.
—Pues así, sin ellos estar casados y estas cosas…, igual así no quiero. ¿Y si no me dejan ver a mi nieto?
—Veo que tienes muchos temores. Casi te diría que te preocupes de cada uno de los problemas a medida que van llegando. Aún no ha nacido y te estás preocupando de…, ¿si te lo van a dejar ver?
—Sí, así soy yo —me decía Gloria.
—Habla con tu hijo, que te aclare bien las cosas. Porque… ¿Sabemos si esta chica es una novia y ya llevaba tiempo con ella? O…, ¿es fruto de una relación fortuita? Es que todo influye —le dije.
—Pues no sé.
—Ves. ¡Tienes que hablar con tu hijo! Y que te aclare bien todo antes de preocuparte tanto.
—Me ha gustado haber hablado contigo de esto. —Gloria se mostraba visiblemente más tranquila.
—Pues me alegro de haber sido de ayuda —le dije mientras le daba un abrazo y le masajeaba la espalda.
Gloria salió de casa un poco más tranquila de lo que había entrado.
Cuando empezamos la conversación, hice que los niños nos dejaran a solas porque cuando yo era pequeña había escuchado una conversación entre mi madre y mi tía Eugenia.
Recuerdo cómo Eugenia le había dicho a mi madre que quería hablar con ella, pero que la niña (yo) estaba por el medio. Mi madre le había respondido a mi tía Eugenia que no importaba, que la niña estaba jugando con sus muñecas y que andaba a lo de ella, que no se iba a enterar de nada.
Lo que ellas nunca supieron es que la niña (yo) se enteró de todo. Y, dicho sea de paso, he guardado el secreto todos estos años.
Corría el año 1993, más o menos, porque yo nací en 1988 y tendría unos cinco años…
, así es como yo calculo. Eugenia le vino a decir a mi madre que se había ido a Portugal a abortar.
Que no es que no quisiera tener hijos, pero que en aquel momento le venía muy mal.
No me quedó muy claro si el tío Eduardo estaba enterado, si lo hizo ella a espaldas del tío, si se fue sola a Portugal o si fue acompañada…
La verdad es que no me acuerdo de muchas cosas, pero sí recuerdo que la tía había ido a Portugal a abortar.
No me quedó muy claro por qué fue a Portugal; en España, por aquel entonces, creo que ya era legal.
Parece que mi tía no quería que se supiera y que nadie de su círculo se enterase, de ahí que se hubiera ido fuera de España. Así, cuanto más lejos de aquí, mejor.
Lo que son las cosas; años después, Eugenia, que ya tenía ganas de ser madre, nunca pudo concebir.
Imagino que le habrá pesado horrores el haber abortado, porque fue la única oportunidad que tanto ella como el tío tuvieron de ser padres y la rechazaron.
No sé qué malos momentos estarían ellos atravesando; una niña no sabe esas cosas, ellos sabrán.
No he vuelto a hablar con mi tía de esto, como es lógico.
Supuestamente, yo no me había enterado de nada.
Pero sí, es verdad, y me consta, que los tíos hicieron lo imposible para que mi tía se quedase embarazada y ya no pudo ser. Supongo que yo sería la hija que ellos nunca tuvieron. De hecho, cuando fui a vivir con ellos, me trataron como a una hija.
Los niños atravesaban el salón corriendo y era algo que me ponía muy nerviosa; podían romper algo.
Además, pensaba en las cenizas de César que estaban allá arriba —levanté la vista hacia ellas— en una estantería y me daría mucha pena y rabia si caían.
Me levanté del sofá, donde estaba cómodamente recostada, y me dirigí a la urna; la eché un poco hacia atrás, apenas un par de centímetros, pero quedé mucho más tranquila.
—Niños, tened cuidado, ir a correr al jardín. Será por jardín, ¿qué tenéis que correr por el salón?
Estos niños…, ¡qué sería de mí sin ellos!
—¡Mamá! —me llamó GC, levantando la voz.
—Ya te he dicho muchas veces que no hace falta que grites si estoy cerca de ti. No estoy sorda, de momento, porque, como sigas gritando así… no sé, no sé…
—¿Falta mucho para la cena? —preguntaba GC ya en un tono normal.
—Pues no sé. Vete abajo y pregúntale a Finita. Y ya que vas, pide que me suban un Earl Grey y a ver qué hay de cena.
—¡Vale! —GC y la pequeña Lia bajaron a toda pastilla.
Lia hacía todo lo que hacía su hermano.
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Al cabo de dos meses, Gloria me confirmó que la niña había decidido abortar, que quería estudiar y que se veía muy joven para ser madre. De Alberto, no supe nada.