El secreto de Elena (Trilogía: El secreto nº 2) ¡Cómo pasa el tiempo! #2
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¡Cómo pasa el tiempo! #2

De repente alguien dijo que usáramos a las perras para encontrar a la niña. Así que fuimos a la perrera y las soltamos, las dejamos libres, con las puertas de la casa abiertas, para que tuvieran libertad de andar por donde ellas quisieran.

Kitty subió a la primera planta y se dirigió a una de las habitaciones. Se estiró en la alfombra que había a los pies de la cama y allí se quedó.

—¡Vaya! —dije yo—, ¡qué cansadita estás!

En ese momento, veo un pequeño brazo que salía de debajo de la cama para acariciar a la perra.

—¡Lia! ¡Estabas aquí! —le dije.

—Juaba esconder —me dijo la niña.

—Jugabas…, y nos tenías a todos en jaque.

La búsqueda había acabado. Estos niños… Lia me había dicho que había estado todo el tiempo escondida debajo de la cama, para ella “juando”.

No pude reñirle; lo único que pude hacer fue abrazarla muy fuerte.

Kitty se mereció una galleta. Al final, fue ella la que la encontró.

De haberlo sabido, hubiésemos usado a las perras antes.

Para otra vez, que espero no se repita, ya sé lo que tengo que hacer.

Le pedí disculpas a Ramón por el malentendido. Algo bueno salió de todo esto. Mi madre, al fin, me creyó y, por otro lado, le dije a Ramón que prefería que se fuera.

—Pero si no hice nada —me replicó.

—Por si algún día se te ocurriera —le contesté—, disculpa, pero no te quiero en mi casa. Tengo dos niños pequeños.

Me gusta prevenir. Eso que dicen: “Más vale prevenir que lamentar”. Yo, para estas cosas, soy muy pragmática. Me gustan las cosas muy prácticas y útiles. Así que mi decisión había sido tomada y era firme. Ramón abandonaría El Amanecer más pronto que tarde.

Prefiero quedar mal con él que luego llorar por no haberlo echado de la casa.

Poco después, llamé a Catarina y le conté el episodio que habíamos tenido con la niña. Después del susto, vinieron las risas.

—Bien está lo que bien acaba —me dijo.

—Sí, es cierto —le respondí.

—¡Vaya con la niña! ¡Y ella jugando al escondite! —comentó Catarina.

—Sí, ya ves. Como para mear y no echar gota —le dije.

—Bueno, pero finalmente… ¿Todo bien? —preguntaba Catarina.

—Todo bien —le respondí.

Al día siguiente, Ramón estaba cogiendo un avión para Córdoba. Espero no volver a verlo. Tal es el odio que le tengo.

Mi madre quedó en El Amanecer como una semana más y, finalmente, volvió para su casa, junto a Ramón. Las cosas, entre ella y yo, habían cambiado. Le perdoné el no haberme creído y sentía como si cada día la quisiera un poco más.

___ ooo ___

A veces recuerdo cuando, de niña, estaba en cama y escuchaba el ruido de la casa, una puerta que se abría, la televisión encendida, mi madre en la cocina fregando la loza…

, y yo, a punto de quedarme dormida, tranquila y relajada porque sabía que no estaba sola en la casa; los ruidos me tranquilizaban.

Me pregunto si mis hijos sentirán lo mismo, si estarán tranquilos y dormirán plácidamente, porque saben que no están solos.

Les di un besito a cada uno y las buenas noches.

Primero a GC, que es el mayor; luego, como tardo un poco más, a Lia.

A veces, les leo un cuento o vemos un poco de televisión, pero hoy no es de esos días.

Mejor dormir, que mañana tienen cole y yo, pues tengo que atender mis asuntos en los hoteles.

Trato de hacer lo más posible desde casa, aunque a veces el ir a uno u otro hotel se hace imprescindible.

Le di las buenas noches a mi marido, a César.

Sí, después de los años, sigo haciendo lo mismo, le sigo hablando igual que el primer día.

GC no pregunta por él. Le enseño fotos de él, de cuando era pequeño con su papá, y lo recuerda, sabe que es su papá, pero no habla de él, no pregunta.

Con Lia es normal. Ya no tuvo la oportunidad de conocerle.

Pero me gusta hablarle de él igualmente.

___ ooo ___

Al día siguiente amaneció caluroso. Gloria se pasó por casa y merendó con nosotros.

—Quería contarte algo —me dijo Gloria, visiblemente triste y apenada.

—Puedes contarme lo que quieras, sé guardar un secreto —le dije—. ¿Es un secreto?

—Me gustaría que lo fuese —me dijo Gloria.

—Pues espera un momento. —En ese momento llamé a alguien del servicio para que entretuvieran a los niños y no estuvieran por el medio.

—Ellos son pequeños, están a lo de ellos y no se enteran —dijo Gloria.

—Bueno, eso de que no se enteran…, no sé yo —le dije.

Cuando vino Rosario y se llevó a los niños a las cocinas con Finita, quedamos Gloria y yo a solas.

—Puedes hablar, nadie nos escucha —le dije, cogiéndole la mano, para tranquilizarla.

—No sé por dónde empezar —me decía Gloria.

—Pues…, normalmente se empieza por el principio.

—Mi hijo Alberto dejó embarazada a una chica y no sabemos… —En ese momento Gloria se desmoronó, empezó a llorar.

—Pero mujer, eso está a la orden del día, ya no es un problema dejar embarazada a una mujer —le dije.

—De eso se trata, no es una mujer, es una…, chica. Es casi una niña, ¿comprendes? —me decía entre lamentos—, y Alberto es un hombre hecho y derecho…

—Y con pelos en el pecho —continué yo, interrumpiéndola.

—¿¡Qué dices!? —se sorprendió Gloria.

—No, nada, disculpa. No pretendía reírme, ni mucho menos. Lo lamento profundamente —y continué—. Bueno, a ver, ¿cuántos años tiene Alberto?

—Es un poco más joven que César, tiene cuarenta.

—Sí, César, si viviera, tendría cuarenta y siete. ¿Y esa niña? —me interesé.

—La niña tiene recién cumplidos los dieciocho —Gloria seguía lamentándose—. ¿Te das cuenta de que mi hijo es veintidós años mayor que esa niña?

—Bueno, pero…, ¿se quieren? ¿Quieren formar una familia? —me interesé.

—La familia de la niña quiere que aborte. Si yo fuera su mamá, pues igual querría lo mismo. Porque, imagínate una niña que va a tener un niño —me decía Gloria.

—¡Vaya! Y yo que pensaba que los niños no daban problemas, que los problemas solo eran cosas de las niñas —decía yo.