¡Cómo pasa el tiempo!
Es increíble cómo va pasando el tiempo. En estos tres años, Antonio y Patricia han sido padres, Silvia y Almudena han roto su relación; el porqué, no lo sé, nunca le he preguntado a Silvia.
Tanto Silvia como Antonio con su mujer y su hijo han estado en El Amanecer varias veces, pero no le he preguntado a Silvia lo que le pasó con Almudena; entiendo que si ella quisiera que yo lo supiera, ya me lo habría dicho.
Gloria aún no es abuela. Aunque Ricardo ya se casó con aquella novia que no le gustaba nada a Gloria. Finalmente se han casado, debe de hacer como un año, pero todavía no hay bebé a la vista.
Catarina me visita de vez en cuando. Su salud ya no es la misma.
No es que hayan pasado muchos años, pero tuvo una caída en su casa, que la dejó K.O.
Ya le he dicho varias veces que se venga a vivir conmigo para El Amanecer, que a mí no me molesta; al contrario, me cae muy bien, muy bien, muy bien.
Pero ella no se anima a dejar su palacete de Braga.
Sí, lo hace por pequeñas temporadas, pero hablar de dejar su casa, definitivamente, de eso nada (al menos de momento).
En cuanto a Luis, Ana, Paco…, hablo con ellos de vez en cuando; no han vuelto por aquí, ni yo he ido a Sevilla.
Mantenemos un contacto semanal de llamadas, WhatsApps y así.
Me preguntan por los niños, por la casa, por la vida aquí, por el tiempo, en fin, cosas sin importancia. En cuanto a Paco…, ese es otro cantar.
No lo he vuelto a ver. No ha vuelto por Galicia; por tanto, no nos hemos visto.
Es un hombre poco atrayente para mí, aunque al principio sí me había gustado.
Creo que Paco llegó a mi vida en un momento muy triste; acababa de perder a César, y no tenía yo el cuerpo para fiestas.
Ahora ya ha pasado más tiempo; ya podría reorganizar mi vida con otro hombre; estoy bastante segura de que a César no le hubiese importado.
Es más, creo que a él le gustaría que encauzase mi vida con otro hombre.
El caso es encontrar a ese hombre capaz de darme lo que necesito; lo más importante para mí es que esté dispuesto a tener dos hijos pequeños.
Que los cuide y que los quiera. Que sea cariñoso con ellos.
No como Ramón conmigo, cuando se casó con mi madre.
Era una batalla constante con él. Y mi madre, sabiéndolo, no hizo nada para remediarlo.
Estoy segura, segurísima, de que si el hombre elegido no trata bien a mis hijos, lo dejo. Mis hijos son lo primero.
Hace unos tres años, mi madre había tenido un infarto. Había sido ingresada de urgencia en la UCI; afortunadamente, se recuperó, pero desde entonces, pasa temporadas conmigo en El Amanecer. Ella sabe que aquí está bien cuidada y se libera de sus tareas de ama de casa en su casa.
De este viaje no vino sola. La acompañó Ramón.
Ese ser despreciable que no lo trago desde el mismo día que se casó con mi madre.
Yo tendría unos tres o cuatro años. Pasaron unos años cuando empezó a meterse en la cama conmigo y me hacía tocamientos.
Nunca llegó hasta el final, pero para una niña, eso ya estaba de más.
Se lo dije a mi madre; ella lo sabía, pero no hizo nada para remediarlo.
Hasta que con quince o dieciséis años se lo conté a mi tía Eugenia.
Enseguida se puso manos a la obra; me pidió que recogiera todas mis cosas, mis efectos personales, que me iba a vivir con ella y con el tío Eduardo a Madrid.
Que allí acabaría mis estudios en el instituto y que con ellos estaría mejor.
Dicho y hecho, me fui con ellos. Y en Madrid estuve hasta que me casé con César.
A César le había contado lo que me pasara con Ramón.
Siempre le había dicho que era un hombre que no tragaba, que no lo podía ver ni en foto; él no comprendió el porqué, hasta que le conté la historia.
Desde esa, tampoco él podía verlo. Y, no estoy muy segura, pero creo que la única vez que estuvo en El Amanecer con César, vaya, que habían coincidido juntos, fue en nuestra boda.
Nunca más volvió. Al menos, hasta donde yo tengo recuerdo.
Con Ramón en casa, no estaba tranquila. “Va a estar unos pocos días”, me había dicho mi madre. A ver si es verdad. Ya lleva tres días… ya se puede ir.
Uno de esos días, por la tarde, fue más o menos después de comer; la niña no aparecía.
La buscamos por todas partes, por el jardín, por la zona de la piscina, miramos a ver si estaba con Kitty y Lilly, las perras; a ella le gustaba mucho estar con las perras, pero tampoco. Revolvimos toda la casa. Todo el servicio buscando a la pequeña Lia.
Lia no aparecía.
La desesperación era enorme y, a medida que iba avanzando el tiempo, más desesperación todavía.
—No sé si llamar a la policía —le dije a Gerardo, nuestro mayordomo.
—No se preocupe, señora; la niña tiene que estar en algún rincón de la casa. No ha podido salir. Todas las puertas que dan acceso al exterior están cerradas —me informaba Gerardo.
Y nada. Seguíamos buscando, pero nada. Yo ya no podía más, estaba al borde de un parraque.
—GC, ¿no se te ocurre dónde puede estar tu hermana? —le pregunto.
—No, mamá. No tengo idea, ¿ya mirasteis en la perrera? —me preguntaba GC.
—Sí, cielo. Allí no estaba.
—¿En la piscina?
—Sí, también miramos allí. Nada.
—¿Dentro de la piscina? —GC se puso nervioso nada más decirlo.
—¡Dentro! ¡No! ¡No puede ser!
Al momento, GC y yo corrimos a la piscina y miramos ¡dentro!
El alivio que sentimos fue mutuo. En la piscina no estaba.
—¿Y si miramos las cámaras de seguridad de la casa? Podemos retroceder las grabaciones y ver… ¿La última media hora? —propuso GC.
Me pareció una buena idea. En cuanto lo dijo GC, se puso manos a la obra.
—Vete con Gerardo y proponle ver las grabaciones. Pasa la cinta rápido, no vas a estar media hora mirando… —Le dije lo más rápido que pude.
La finca no tenía pozos ni ningún sitio peligroso. Lo más peligroso sería la piscina y ya quedamos tranquilos al ver que allí no se encontraba.
—¿Y si bajó a la playa? —me preguntó de repente GC.
—¡Vayamos a ver! —le dije.
Nos pusimos rumbo a la playa. Desde la finca de El Amanecer había un acceso directo a la playa.
Era un acceso un poco complicado con escaleras de piedra; la playa quedaba a unos metros por debajo de la casa, pero no era un camino difícil para una niña de tres años, que ya lo había hecho en multitud de ocasiones.
Al llegar a la playa, estuvimos observando toda la playa desde la parte alta.
—Es mejor que bajemos —me decía GC—, yo miraré por la zona de la izquierda, tú mira por la derecha.
—Sí.
Es increíble la capacidad de organización que, de repente, tenía GC.
Un niño de siete años, que tenía más capacidad que yo para buscar a una persona.
Es en estos momentos cuando se ve el cariño tan grande que siente por su hermana.
En mi caso, y para defenderme, he de decir que estaba completamente fuera de mí y que, a medida que iba avanzando el tiempo de búsqueda, peor me iban las cosas.
El nerviosismo y la desesperación iban en aumento.
Después de revisar la playa, incluso miramos dentro del agua; ni rastro de la niña. Volvimos a la casa.
—¿Nada? —pregunté a mi madre.
—¡Nada! —me confirmaba lo que ya me temía—. Hemos mirado dentro de la casa, todas las habitaciones, pero nada. Hemos subido al desván, pero ahí no puede estar; está cerrado con llave.
—Creo que ha llegado el momento de llamar a la policía —insistí.
De repente llegó GC.
—¿Habéis mirado en el invernadero de la abuela? No creo que esté allí, pero por mirar… —decía GC.
—Sí, por mirar —dije yo.
De repente, mi hijo me pareció una persona más adulta y más cabal que cualquiera de los que allí estábamos.
Todos nos dirigimos al invernadero. El personal, Ana, Isabel, Rosario, Gerardo, Finita, mi madre, GC…, faltaba… ¡Ramón!
—Y Ramón, ¿dónde está? —pregunté a gritos sin dirigirme a nadie en especial.
—Pues no sé —rápidamente contestó mi madre.
—Y vosotros…, ¿sabéis dónde puede estar Ramón? —en este caso me dirigí al personal de El Amanecer.
Todos dijeron que no sabían de Ramón, incluso Isabel llegó a decir que no lo veía desde la mañana, que le había servido el desayuno en la cama.
De repente, me asusté. Lo que me estaba pasando por mi mente… ¡No, no puede ser!
—¡Todo el mundo a buscar a Ramón! ¡Es posible que la niña esté con él! —dije gritando y con un claro tono de nerviosismo.
En ese momento mi madre me miró, y es como si comprendiera, con solo mirarme, que todo lo que le había contado cuando era niña era verdad.
—¡Era verdad! —me dijo.
—¿El qué? —le respondí.
—Todo lo que me contabas de pequeña, lo que Ramón te hacía. Responde, ¿era verdad?
—¡Claro que era verdad! ¡Tú no querías creerme! —le dije—, pero ahora no tengo tiempo para hablar de ello. Ahora no es el momento. Tengo que encontrar a Lia.
Mi madre mostraba evidentes signos de tristeza en su rostro.
—Pensaba que eran cuentos tuyos, para captar mi atención —me dijo sollozando.
—¡No, mamá! No eran cuentos. Ramón me hizo mucho daño.
—Ahora entiendo, ahora comprendo —mi madre me abrazó muy fuerte y me pidió disculpas, disculpas por no haberme creído.
—Está bien, nos vamos a organizar —tomé el mando—.
Finita, tú mira bien la zona de las cocinas, incluso dentro de los muebles si hace falta.
Ana, sube al primer piso y revisa todas las habitaciones, baños, armarios, todo.
Isabel, lo mismo que Ana, pero en el segundo piso.
Gerardo, revisa salón, biblioteca, despacho…
Rosario, mira fuera en la zona de los jardines; volvamos sobre nuestros pasos…
Comprobemos piscina, perrera, el laberinto.
Estamos buscando a Ramón y a Lia. Si damos con Ramón, daremos con Lia. Revisemos, ¡todo! ¡Vamos!
Con todo en orden, me sentí un poco mejor.
—Si de esta no aparece, tendremos que llamar a la policía —dije.
Ramón apareció muy rápido; estaba en su habitación durmiendo plácidamente, ajeno a todo. Me alegré; Lia no era una de sus presas.