Cornelia Eugenia #2
Después de hablar con Paco, me dirigí a la chimenea, donde tengo las cenizas de César, y ahí estuve un ratito, con el pensamiento en mi marido y en lo mucho que lo quise.
¡Cuánto le echo de menos! Justo lo fui a perder cuando más lo necesitaba.
Con GC pequeño y con Lia en mi vientre. No hay derecho. ¡Qué triste!
___ ooo ___
Pasaba el tiempo. GC iba muy bien en el cole.
Lia se estaba poniendo preciosa. Mi madre había salido de la UCI; había estado un par de días.
No la visité en Córdoba; tengo un montón de cosas que hacer aquí.
Paco no vino a visitarme. Quizá encontró algo mejor que hacer, pero le quedé agradecida; no tenía muchas ganas ni de verle a él, ni de ver a nadie.
De vez en cuando llamaba a Luis. Ya sé que había sido el amante de mi marido, pero ya lo sabía antes de casarme y accedí, así que, no veía oportuno dejar de hablarle; además, se había portado muy bien conmigo y con Antonio cuando tuvimos que ir a Badajoz a buscar a César.
No veía oportuno dejar de hablar con él o con su mujer Ana. Los dos son encantadores.
Gloria seguía viniendo por casa; no había motivo para que no lo hiciera.
Nos llevábamos muy bien. En una de las últimas visitas de ella, tomamos la merienda en el invernadero.
Ese lugar que a mi suegra Cornelia tanto le gustaba.
Y ahí, en medio de sus orquídeas, a las que cuido lo mejor que sé, la estuvimos recordando.
—¿Te acuerdas el día de tu boda cuando te manchaste el vestido con…, café? —me preguntaba Gloria—. Cornelia se había puesto nerviosísima, mucho más que tú. En realidad, es increíble la entereza que tuviste.
—Sí, me acuerdo. Ella estaba peor que un flan, y yo trataba de ponerle buena cara al mal tiempo.
Pero sí que sufrí, aunque no tanto como ella —le decía a Gloria—.
Afortunadamente, la mancha de café había salido sin problema; creo recordar que fueron Rosario y Gerardo, haciendo buenas artes de sus respectivos trabajos, los que consiguieron el milagro, y como era en agosto y hacía mucho calor, una tela fina enseguida secó y no dejó ninguna mancha.
—Ufff, pero Cornelia estaba… Para ella, la boda de su hijo contigo tenía que ser perfecta, no podía fallar nada. Todo, hasta el más mínimo detalle, lo tenía previsto. Siempre tenía un plan B por si pasaba algo —comentaba Gloria.
—Es que ella coordinaba diferentes eventos en los hoteles, y ya había organizado un montón de bodas para desconocidos, que siempre salían bien; imagínate que la de su hijo hubiera salido mal…
—Sí, y el detalle de derramar café por el vestido, se le había pasado…, no lo podía ni imaginar, no lo previó. ¿Y qué plan B podrías tener para algo así? —comentaba Gloria—, se me ocurre que tener un segundo vestido de novia.
—Pues no sé, eso, o tener a Rosario y a Gerardo como ama de llaves y como mayordomo —le dije, y las dos nos reímos.
Seguimos durante un rato recordando a Cornelia.
Me comentó algo que no sabía de su época cuando empezó a salir con el padre de César.
Que, finalmente, resultó no ser su verdadero padre; César resultó ser hijo de Enrique, pero bueno, voy a hacerme la tonta y dejar que sigan así las cosas; a mí, por el bien de mis hijos, tampoco me conviene que se sepa la verdad.
Así que, por lo que a mí respecta, don Gustavo Alfonso era el padre de César.
Parece ser que el papá de César, don Gustavo Alfonso Quintana García, conde de Zalagueta y Orzán, en realidad iba detrás de Gloria; era Gloria quien realmente le gustaba, pero, por avatares de la vida, acabó con Cornelia. Parece que Cornelia le “robó” el ligue a Gloria.
—Estas cosas pasan en las mejores familias —le dije a Gloria—, si te contara de ligues en Córdoba, cuando yo era niña… y no tan niña…
—Cuenta, cuenta… —me dijo Gloria.
Todavía seguíamos entre orquídeas y había una especialmente, que emanaba un perfume como a coco; era riquísimo.
—Pues tendría yo como unos catorce años, ya ves, una niña, y no me pasó a mí, le pasó a una buena amiga de la pandilla, era más amiga de Cristina que mía, pero bueno, yo la conocía.
Pues nada, un chico, de la misma edad, un poco mayor, de unos dieciséis años, iba detrás de la amiga de Cristina, pero acabó con otra niña, también de la pandilla.
Salieron juntos como unos diez años, pero al final…
se separaron. Supongo que eran muy jóvenes —le comentaba a Gloria.
—Bueno, yo conozco varias parejas que se formaron así, cuando eran jóvenes, lo típico, que se conocen en el instituto, y todavía siguen juntos, parece difícil, tantos años juntos, pero puede ser —me comentaba Gloria.
—Sí, sí puede ser. Yo también conozco una pareja así. No se conocieron en el instituto; estos se conocieron en la universidad, ya con unos veinte años, más o menos, pero siguen juntos. Al acabar la carrera se casaron y todavía siguen juntos…, bueno, hasta donde yo sé —le decía a Gloria.
Así estuvimos un buen rato y así nos pasó el tiempo. Después del primer café, pedimos otro al servicio y estuvimos la mar de bien, las dos charlando de cosas del pasado; empezamos recordando a Cornelia y acabamos contando chismes de parejas y de cómo se conocieron.
Mis hijos requerían de mi atención. Uno para que le ayudara en un tema del cole y la otra para comer. Me disculpé con Gloria y atendí lo que tenía que atender. Gloria se quedó conmigo un rato más y luego ya se fue.
Es curioso de las cosas que puedes llegar a enterarte, en un rato de cháchara.
Después de estar en el invernadero, regresamos a casa y tenía que subir a mi habitación. Tuve que pisar lo fregado por Isabel.
—Isabel, disculpa, pero tengo que entrar en la habitación. Trataré de pisar lo menos posible, no te quiero pisar lo fregado —le decía.
—No se preocupe, señora, pise lo que haga falta, volveré a pasar la fregona. Eso sí, tenga cuidado de no resbalar —me advertía Isabel.
El servicio solía hacer este tipo de tareas cuando no íbamos a las habitaciones.
Ellas conocían nuestras costumbres y sí, es verdad que a esas horas no solía subir a la habitación, con lo cual, se hubiese secado, pero tenía ganas de cambiarme el calzado; los zapatos me estaban lastimando.
Entré en la habitación, tratando de pisar lo menos posible, me dirigí al vestidor, me cambié el calzado, me puse unas cómodas zapatillas y salí sobre mis pasos.
Espero no haber fastidiado mucho el trabajo de Isabel.