El secreto de Elena (Trilogía: El secreto nº 2) Cornelia Eugenia
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Cornelia Eugenia

Eugenia todavía no sabe que la niña llevará su nombre. Es posible que, para abreviar, llamemos a la niña Lia, como César llamaba a su madre. Es bonito, es corto.

En el hospital tuve las visitas de la familia. Catarina no se separó de mí ni un instante. Ha sido como una madre en estos últimos días. Le estoy muy agradecida; ella lo sabe.

A los dos días ya estaba en El Amanecer.

El recibimiento que hizo el personal estaba un poco de más; de hecho, a mí esas cosas no me gustan, pero bueno, todo fue idea de Rosario y Gerardo, el ama de llaves y el mayordomo.

Hicieron un pasillo para nuestro recibimiento, y eso que les había dicho que no me gustaba, pero bueno. Hecho está.

La niña estaba dormida y no la molestaron mucho; ya tendrían tiempo.

El que se mantuvo un poco alejado fue GC.

—Ven, cariño, esta es tu hermana. La vamos a llamar Lia. ¿Te gusta el nombre? —le dije.

—Chiii. Como abuela.

—Sí, cariño, como abuela.

GC no fue a vernos al hospital. Sabía que había nacido el bebé, pero no nos fue a visitar al hospital; no me gustaba. Por un lado, es un ambiente de enfermos y triste y, por otro lado, conociéndolo, creí más oportuno que conociera a su hermana en casa, en un ambiente más íntimo y relajado para él.

Creo que hice bien.

GC se acercó a la niña y le dio un beso en la frente.

—Os llevaréis muy bien. Ya verás. Tendrás que esperar un poco a que crezca para jugar con ella —le dije.

—Es pequeña —dijo GC.

—Sí. Pero crecerá tanto como tú, ¡ya verás!

—¿Cuándo? ¿Mañana? —me preguntó GC.

—Jajajaja. ¡No! Tardará un poco más.

—¿Días?

—No, cielo. Tardará en crecer meses y años.

—Ufff. —Y dicho esto, GC se dio la vuelta y se fue.

Le di a la niña de mamar. También le había dado a GC. Cinco meses después de darle el pecho, me ayudaba con biberones y al poco, aunque no me acuerdo bien, ya le daba las papillas. Trataré de darle el pecho a Lia todo el tiempo que pueda, como con GC.

Cristina estaba a punto de llegar. No acompañé a Eusebio cuando fue al aeropuerto a buscarla; espero que no le importe.

Gloria estaba conmigo cuando llegaron del aeropuerto a El Amanecer. Les abrí la puerta y Cristina me abrazó.

—¡Vaya! ¡Menuda sorpresa! ¡Ya has tenido al bebé! Déjame adivinar… ¡Ha sido niña! —me decía Cristina.

—Adivinaste bien —le dije, mientras nos dimos otro abrazo.

—¿Cómo la vas a llamar?

—Se llama Cornelia Eugenia, pero puedes dirigirte a ella como Lia, te doy permiso —le dije entre risas.

Cristina la cogió en brazos y le pedí perdón por no haber estado en el aeropuerto para recibirla.

—¡Qué dices! No hacía falta ninguna que fueras; con Eusebio me apañé muy bien.

Gloria aprovechó el momento que estaba liada con Cristina para decirme adiós con la mano mientras me enviaba un beso con la mano. Le contesté igualmente, con un beso enviado con mi mano. Conociéndola, y sabiendo cómo le gustan los bebés, mañana ya está aquí otra vez.

Pasé el resto del día en compañía de los niños (antes era el niño, ahora son los niños), Cristina, Catarina y Eugenia. Aún estarían unos días más.

___ ooo ___

No volví al desván. Ya ni me acuerdo. Con lo liada que me tenía la búsqueda de las llaves, el ver tantos cuadros y ¡qué bonitos!

, el querer inventariar todo, y sigo queriendo inventariar los cuadros, pero no encuentro el momento, y ahora con Lia va a ser peor, no tendré ni un minuto.

Creo que nadie sabe el tesoro que encontré en el desván.

Había tirado de la lengua a Gloria, por si ella pudiera sospechar algo de que mi suegra pintara y, al parecer, no tenía idea de que Cornelia pintara.

Así que, si Gloria no tiene idea, dudo que alguien la pueda tener.

Quizá Catarina sea la única. Su hermana podría saber algo, pero nunca me dijo nada.

Mi madre no ha venido a visitarme; estuvo hace poco, cuando le iba mal con Ramón.

Por cierto, no lo dejó, muy a pesar mío.

Y claro, dos viajes en el mismo año para ver a su hija y a su desconocida nieta, es mucho.

Le pasé una foto de la niña por WhatsApp; de momento, parece que ya le llega.

Para el mes que viene, vendrá Rafita. Querrá conocer a su sobrina. Mi hermano sí que no falla.

Suena mi móvil, es Carlos, el abogado de la familia.

—Carlos, hola. Cuando tengo una llamada tuya, me pongo a temblar por lo que me puedas decir —le dije.

—Nada, tranquila, todo está bien. Te llamo para preguntarte por la niña, que ya me he enterado.

—Pues todo bien. Pásate por El Amanecer y la conoces. Está mal que yo lo diga, e igual es pasión de madre, pero es una niña preciosa.

—Sí, me pasaré entre esta tarde y mañana. A ver si puede mi mujer y me acompaña. A ella le encantan los bebés —me dijo.

—Cuando queráis. Por aquí estamos —le dije.

Charlamos un poco más de temas sin importancia y ya colgamos.

Al día siguiente estuvo Carlos de visita en El Amanecer, tal y como habíamos quedado el día anterior, y vino con su mujer. Trajeron un regalito para la niña, la típica canastilla. Me he juntado con unas cuantas, pero no importa, se usarán todas.

Aproveché que estaba Carlos en casa para comentarle lo de la oferta de compra por la bodega.

Lo primero que me preguntó fue de cuánto era la oferta y, claro, no lo sé.

Aún no hablé con el señor interesado en comprar.

Me dice Carlos que eso es lo primero y luego conocer bien las intenciones de la compra, si solo compra la bodega o si también está interesado en las plantaciones.

Luego hay que dejar claro que se tiene que hacer cargo del personal, y otros pequeños detalles.

Hablaré con este señor cuando tenga ganas y predisposición para ello; sigue sin apetecerme.

Carlos me preguntó si el señor que quiere comprar sería el mismo que había plantado fuego en uno de los viñedos.

Pero claro, aun a pesar de haber puesto cámaras de vigilancia, seguimos sin saber de quién se trata.

Así que no tengo la más pálida idea de si será el mismo o no.

Cristina se acercó con sigilo a mí, no quería molestarme.

—Pasa, no estoy haciendo nada de importancia —le dije.

—Es que claro, una mujer de negocios como tú, bodega, hoteles…, no da abasto —me dijo Cristina con cierta sorna.

—Pues sí, la verdad es que estoy con bastante chollo…

—¿Chollo? —Cristina me cortó—, un chollo es una oferta de algún producto o servicio, algo rebajado de precio, ¿qué quieres decir con que tienes “chollo”? No entiendo.

—Disculpa, hablo como los gallegos. Aquí, tener chollo significa tener trabajo —le expliqué—, y estoy con bastante trabajo, por tanto, estoy con bastante chollo. No me daba cuenta de que en el resto de España no se entiende igual.

—Bueno, todo se pega —me dijo Cristina.

—Sí, eso parece —le dije—, pero…, ¿qué me querías decir al entrar en el despacho?

—Solo quería saber si podremos dar un paseo por la playa; sé que hace frío, pero bueno…, nos podemos abrigar y eso.

—Sí, claro, a mí también me gusta. Esperaremos un rato y a ver si hoy viene Gloria, como es costumbre en ella. Digo de esperar por Gloria, porque a ella los paseos por la playa le encantan —le decía a Cristina.

—¡Ah! Pues me parece genial. Iremos todas. Seguro que Catarina también se apunta —comentaba Cristina.

—Pues igual sí. Tendremos que dar un paseo cortito de poco más de media hora; no quiero dejar a la niña con el servicio más tiempo; además, ya le tocará darle de comer.

—Y…, ¿no puede venir? —preguntaba Cristina.

—Mujer, es muy pequeñita todavía y está haciendo mucho frío. No me parece oportuno —le expliqué.

—Bueno, como quieras. Te dejo con tu “chollo”.

Y dicho esto, Cristina salió del despacho y yo seguí con mi trabajo.

Estaba repasando unas hojas de Excel que me pasaron de uno de los hoteles.

En este hotel, todavía están un poco anticuados y siguen trabajando con Excel; en el otro hotel, ya trabajan con software específico para hoteles.

No creo que tarde mucho en cambiar esto.

Tal y como había vaticinado, no tardó mucho en llegar Gloria.

Dejamos a la pequeña Lia con el servicio y Cristina, Gloria, Catarina y yo fuimos a dar un paseo por la playa.

Estaba el mar en calma, con una calma que no había vuelto a ver desde hacía tiempo.

Era enero, pero parecía la calma de agosto.

Todas me llamaron loca, pero me descalcé y me acerqué a la orilla, mojé los pies.

El agua estaba estupenda. Más caliente de lo habitual para esta época del año.

Cristina y Gloria me siguieron y también mojaron los pies; nos acabamos metiendo en el mar hasta las rodillas.

Catarina no se animó: “El reuma”, decía ella.

No tardamos mucho en volver a casa. Bañé a la pequeña Lia, le di el pecho, y enseguida se quedó dormida.

Es una niña muy buena. Más o menos como lo fue y lo sigue siendo su hermano GC.

Invitamos a Gloria a que se quedara a cenar, pero declinó la invitación; parece que su hijo Ricardo cenaría con ella.

A la mañana siguiente, tenía un par de llamadas perdidas en el móvil, una de Eugenia, mi tía, y la otra de Paco.

Contesté primero la llamada de Eugenia; me dijo que mi madre había sido internada de urgencia por un infarto.

«Vaya, qué pena que el del infarto no fuera Ramón», pensé.

Obviamente, quedé triste y pensativa. Le pregunté a Eugenia cómo iba y si ella veía necesario el viaje a Córdoba, donde mi madre estaba ingresada.

Me dijo que no. Que de ponerse peor, me avisaría.

Quedé preocupada con la llamada de Eugenia y con lo que le había pasado a mi madre.

En cuanto a Paco…, este es otro cantar. Quiere venir a verme, y le he dicho que las puertas de mi casa están siempre abiertas para mis amigos, pero que no espere otra cosa.

Todavía sigo triste con la muerte de César; no ha pasado ni un año.

Que hiciera lo que quisiera; yo ya le había dejado las cosas claras.