El secreto de Elena (Trilogía: El secreto nº 2) 2024
58%

2024

Pasaron unos tres días que, con el fin de semana, sumaron cinco en total, hasta que GC reanudó sus clases en el cole.

Esos días, por lo que había hablado con su tutora, habían faltado muchos niños. Y yo pensaba: «Mal de muchos, consuelo de tontos», pero claro, solo lo pensaba; a la tutora no le dije nada, no quería parecer maleducada.

Fueron unos días en los que me vi más negra que la sotana de un cura. Viendo mal a GC, yo tampoco estaba bien y, además, con el embarazo, tenía miedo de que me contagiara. En fin, yo bien y GC recuperado. Bien está lo que bien acaba.

—Mamá, quero pepis —me gritaba GC.

—GC, primero, no me grites, habla con tu tono normal, no estoy sorda y segundo, no te voy a dar Pepsi, tomarás leche que te alimenta más.

—¡No! ¡Quero pepis!

En el cole, los niños aprenderán muchas cosas buenas, pero también aprenden lo malo. GC, nunca antes había levantado la voz y esto no me gustaba un pelo.

—GC, te he dicho que no levantes la voz, es feo. Habla en tu tono normal —le dije en un tono amistoso y, por supuesto, hablando bajito—, y pide las cosas por favor.

—Mami, po favo, quero pepis —esta vez GC se había esforzado en hablar bajito y me gustó.

—Vamos a las cocinas, pero tomarás leche. —Lo cogí de la mano para que me acompañara.

—Finita, un gran vaso de leche para un gran bebedor —le dije a nuestra cocinera, aunque ya estaba yo abriendo la nevera con el vaso vacío en la mano.

—Uy, qué gran chicarrón se va a hacer este niño con el vaso de leche —Finita me seguía la corriente—, señora, ¿le preparo algo a usted?

—Voy a prepararme un Earl Grey, pero me lo hago yo, tranquila. ¿Qué estás cocinando? Me gustaría continuar unos días más con dieta blanda, al menos para GC —le decía a Finita.

—Estoy haciendo cocido, algo de pollo, lacón, grelos, carne de ternera, huesos de tuétano…, un poco de todo. Le pondré unos garbanzos a cocer también…

—Casi prefiero habas, si las tienes —interrumpí a Finita.

—Debo de tener habas en el congelador; si las hay, no hay problema; si no, no podría ser, ya sabe que hay que ponerlas en remojo —me decía Finita.

—Está bien, si las tienes congeladas, bien; si no, los garbanzos estarán de rechupete.

Así que, GC con su vaso de leche y unas galletas y yo, con mi Earl Grey y un bizcocho estupendo que el día anterior había preparado Finita, sin gluten. Un brunch fantástico.

Aunque GC había reanudado su rutina de clases, todavía estaba un poco débil y había perdido unos kilos. Prefería que estuviera en casa un tiempo antes de que regresara al cole, pero él…, no estaba de acuerdo conmigo.

___ ooo ___

Es increíble lo rápido que pasa el tiempo.

Cuando vine a darme cuenta, ya casi estábamos en Navidades.

Para el mes, yo cumpliría un año más y nacería el pequeñín.

Según mis cálculos, hacia mediados de enero.

¡Me encantaría que naciera el mismo día que yo, el seis, y así hacer los dos cumpleaños juntos!

Pero es algo que, realmente, lo veo difícil.

Serán unas Navidades tristes, las primeras sin César.

Ya hemos vivido unas Navidades tristes también sin Cornelia.

Eso quiere decir que no habrá fiestas ni festejos.

Lo más íntimo posible. Solo un pequeño árbol de Navidad que adorne la casa y nada más.

Así se lo diré a nuestra ama de llaves. Rosario sabrá lo que quiero.

Sin adornos, solo el árbol, porque GC es todavía muy pequeño y no entendería que en su casa no hubiese árbol cuando en todas partes los hay.

Me dirigí a la chimenea; las cenizas de César siguen ahí, y hablé con él.

Le dije que serían unas fiestas muy tristes para mí, que lo echaba de menos, le conté que ya estaba a punto de nacer otro pequeñín y que era una lástima que no lo fuera a conocer y así…

A mí me gustaba hablar con él, aunque no me escuchara.

Y pasaron las Navidades; no se hicieron ni comidas ni cenas. Obviamente, la familia podía venir; Catarina estuvo presente desde el veinte de diciembre que llegó a El Amanecer después de que Eusebio fuera a buscarla a Braga.

Ya me dijo que se quedaría hasta que naciera el bebé. Que no me iba a dejar sola en estos momentos.

Durante las fiestas, se pasaron por casa prácticamente toda la familia y los amigos.

Los primeros fueron Antonio y Patricia; estuvieron una noche y marcharon, tenían compromisos con la familia de Patricia.

Silvia y Almudena, más o menos lo mismo, vinieron mis tíos, ellos no podían faltar, estuvieron como una semana, estuvo Gloria, ella era muy asidua, venía casi todos los días y algún día quedaba a comer o cenar…

, uno de los días, nos visitaron sus hijos, Ricardo y Alberto, Gloria está contenta con Alberto, pero sigue desencantada con la novia de Ricardo; el personal de los hoteles y el personal de la bodega, también se dieron una vuelta por El Amanecer, pero eran visitas cortas, no más de media hora.

Quienes no estuvieron fueron mi madre y mi padrastro.

Este último me da igual, pero mi madre…, bueno, no importa, tendría cosas más importantes que hacer que estar conmigo y con su nieto.

Ya en enero, el día seis, cumplí años. Aunque sentía malestar por el estado avanzado del embarazo, no tuve contracciones; por tanto, me acosté ese día sabiendo que mi bebé no iba a cumplir años el mismo día que yo.

Fue un día raro; nos levantamos tarde, Catarina, GC y yo, decidimos comer fuera y dimos el día libre al personal, para que pasaran el Día de Reyes con sus familias.

Luego por la tarde, después de comer, nos regresamos a El Amanecer, nos abrigamos mucho, hacía frío, y salimos a dar un paseo por la playa.

Iban pasando los días. El ocho de enero tuve la última visita en el gine, para ver cómo iba todo el embarazo; me quedarían una o, a lo sumo, dos semanas más y ya debería nacer.

Solo espero que sea un parto como el de GC, más o menos rápido, más o menos doloroso y con un final feliz, un niño sano y hermoso. Solo pido eso, que nazca bien y sano.

Estoy deseando que nazca y saber si es niño o niña. Tengo toda la ropita del bebé en amarillo y verde clarito, para que vaya bien tanto si es chica como si es chico.

Un día, antes de comer, salí al jardín a hacer mis ejercicios de meditación; los hacía a diario. Cuando regresé al salón y miré el móvil, ¡tenía cuatro llamadas!, en apenas quince minutos. De repente, todo el mundo se acordó de mí.

Además de las cuatro llamadas, tenía numerosos mensajes en WhatsApp.

Me senté tranquila en el sofá del salón y me puse a revisar mi teléfono.

Empecé por los WhatsApps; luego miraría las llamadas, tendría que devolver las llamadas y me llevaría más tiempo; por eso, las llamadas las dejé para el final.

En los WhatsApps, había varios de Paco, la verdad, que desde que estuvo en El Amanecer no dejó de contactar conmigo; me preguntaba cosas sin interés, que cómo iba el tiempo, si hacía mucho frío, qué tal se portaron los Reyes Magos conmigo…

, en fin, nada de importancia. Ya le contestaría.

Tenía algún mensaje de Cristina, mi amiga desde pequeñas; allí en Córdoba, habíamos estudiado juntas, creo recordar, ¡desde el parvulario!

Nos hicimos inseparables, hasta que dejé Córdoba y me fui para Madrid con mis tíos Eugenia y Eduardo, pero no hemos perdido el contacto.

Cristina me decía que me había llamado y que quería hablar conmigo, que le devolviera la llamada en cuanto pueda. ¿Habrá pasado algo? ¿Y si fuera algo importante? La llamaré ahora mismo.

—Cris, ¿qué pasa?, ¿todo bien?

—Vaya, por fin, das señales de vida —me decía—, ¿cómo va esa barriga? Según mis cuentas, ya tendría que haber nacido y es que…, no cuentas nada.

—Tus cuentas están mal, aún no nació, pero no le queda mucho. Imagino que antes de una semana —le dije—. Estaba pensando… si no tienes nada importante que hacer, ¿qué te parecería venir a pasar un tiempo conmigo aquí? Me harías compañía y hablaríamos de nuestras cosas.

—Es curioso que me lo digas, porque iba a proponerte lo mismo.

—Entonces, ¡fantástico! No se hable más, mira a ver cuándo tienes vuelo a Vigo y te recogemos —le dije.

—Trataré de viajar en unos días. Me han dado unos días libres en el trabajo y quería pasarlos contigo —decía Cristina.

—Bien, cuando sea, avisa.

—Sí, te avisaré en cuanto tenga el billete —continuaba Cristina—, te dejo que estoy en la cola del súper para pagar y ya me toca a mí. Hablamos.

—Vale, un beso —le dije, y ya colgué.

Bueno, una llamada para responder, menos.

Continué mirando el móvil, veo una llamada de Raquel, la secretaria de César en la bodega; fue la siguiente llamada que contesté, podía ser importante.

—Raquel, veo que tengo una llamada tuya —le dije.

—Hola, Elena, buenos días. ¿Te acuerdas que hace unos meses te había comentado de un señor que había pasado una oferta de compra por la bodega?

—Sí, claro que me acuerdo.

—Bien, pues ha vuelto a contactar con nosotros para lo mismo, y quiere hablar contigo, ¿le dejo tu número y que te llame o prefieres que te dé a ti su número y le llamas tú?

—Dame su número; así siento que tengo el control y le llamo cuando quiera, no cuando quiera él —le digo.

—Vale, como quieras, te paso un WhatsApp con su contacto y ya le llamas cuando quieras. Le diré a él que espere tu llamada —decía Raquel.

—Sí, gracias, así, mejor.

—¿Cómo va esa barriga? Ya estarás a punto —me decía Raquel.

—Sí, supongo que en una semana ya tendría que nacer, pero estas cosas ya se saben, se pueden adelantar o…

—O retrasar —me interrumpió Raquel.

—O retrasar —le confirmé.

—Bueno, pues paciencia. Cuando nazca, avisa.

—Sí, no te preocupes, ya te avisaré —le dije.

—Te dejo, que está entrando gente en la oficina —me dijo Raquel.

Bien, segunda llamada, resuelta. Quedan dos llamadas por contestar. Una es de Aurora, mi madre, y la otra de Eugenia, mi tía.

Contesté primero la de Eugenia. No era nada del otro mundo, tan solo quería saber cómo iba el embarazo y que le avisara para cuando naciera, que quería venir a casa.

Y con Aurora, más o menos lo mismo, pero no me dijo nada de que me quería visitar cuando naciera su nieto.

Parece mentira que Aurora y Eugenia sean hermanas y sean tan diferentes.

Avisé a Rosario que dispusieran una habitación para Cristina, que me visitaría, y que para cuando naciera el bebé, se dispusiera la habitación de siempre para Eugenia.

Catarina se acercó a mí sigilosamente y le hice señas con la mano para que pasara al salón, donde yo estaba.

—Pasa, pasa.

—Es que te oía hablar por teléfono y no quería molestarte.

—No molestas, eran llamadas sin importancia —le decía—, contesté unas llamadas que tenía perdidas, Aurora, Eugenia, Raquel y Cristina. Han vuelto a pasar una oferta de compra por la bodega, y no sé qué hacer.

—Lo primero, tomarlo con calma —me dijo Catarina—, y asegurarte de que la oferta es buena.

—Sí, ya sé. Pero el tema va más allá de la oferta en sí. Pensaba en César, en qué haría él.

—César no vendería —Catarina fue tajante—. No vendería porque estaría trabajando la bodega él, ya sabes lo mucho que le gustaba. Pero no es el mismo caso; él ahora no está y tú…, tienes que hacer lo que mejor convenga, tienes que pensar en ti y no en César.

—Tienes razón —le dije pensativa.

De repente, me sobrevino un fuerte dolor en la barriga. La agarré con fuerza y Catarina enseguida se dio cuenta de que podían ser los dolores del parto.

—Avisaré a Eusebio e iremos para el hospital —dijo Catarina—. Vamos, te acompaño.

—No, espera, parece que ya va calmando —le dije.

El dolor fue intenso, pero solo un momento. Después de unos minutos me calmó y todo volvió a ser normal.

GC había llegado del cole con un dibujo precioso para mí. En el dibujo se veía la figura de una mujer con una barriga enorme; obviamente, era yo.

—¡Qué dibujo más bonito, GC! Es precioso —le dije entusiasmada; ya había olvidado el dolor de unos minutos antes—. ¿Soy yo?

—¡Claro! ¡Eres tú!

GC me dio un beso muy grande y yo a él.

—Dale un beso a la tía Catarina también —le dije.

Y así lo hizo. El dibujo lo pusimos en la nevera con un imán. Poco después, nos sentamos a comer.

Después de comer, Cristina me puso en WhatsApp con su llegada, fecha y hora.

Estaría en El Amanecer en cuatro días. Bien.

Y ya vi el WhatsApp de Raquel también, que me enviaba el contacto de la persona que quería comprar la bodega.

Ya le llamaré; ahora no tengo la cabeza para los negocios.

Para los negocios hay que tener la cabeza fría, y ahora mismo la tengo caliente.

Imagino que hasta que nazca el bebé no voy a llamarle.

Junto con el contacto me decía en un mensaje: “Ya le dije a este señor que le llamarías tú y que igual tardabas unos días, así tienes tiempo de darle una vuelta”.

“Una vuelta”, dice Raquel; más bien, le daré unas seis vueltas.

Esa noche no paraba de dar vueltas en la cama. El bebé va a nacer, y no tardará mucho en hacerlo.

Al día siguiente fui ingresada en el hospital con contracciones de parto. Eran como las cuatro de la tarde cuando mi hija vio la luz.

Diez de enero de 2024. La niña se llamará como su abuela paterna y su tía abuela. Se llamará Cornelia Eugenia. Todo el parto fue bien, un poco más largo que el de GC, pero bien, sin complicaciones. La niña nació sana, que era lo importante.

Catarina se encargó de dar la buena nueva a los más allegados.

Sobre todo a aquellos que nos habían dicho que les avisáramos.

Eugenia ya le dijo que cogería el primer vuelo para Vigo.

A Cristina no se le dijo nada; ya está de camino.

Lo que no sé es si yo estaré en el hospital o ya estaré en casa cuando llegue. Da igual.

Se avisó a Antonio, a Silvia, a Gloria, a Raquel…, en fin, a todo el mundo.