El secreto de Elena (Trilogía: El secreto nº 2) GC empieza el cole #2
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GC empieza el cole #2

—Sí, estaré unos días, a lo sumo, una semana. Probablemente el próximo lunes, ya marche. Tan solo quería veros, a ti y a GC, que debe de estar precioso.

—Sí, sí que lo está. Ya empezó el cole, ¿lo sabías?

—Sí, me lo habías dicho por teléfono.

—Va muy contento —le dije—; si quieres, cuando Eusebio vaya a buscarlo, lo acompañas.

—No creo que el niño se acuerde de mí.

—No, no lo creo yo tampoco, pero se alegrará de verme a mí, y conmigo, estarás tú —le dije.

—Bien, me parece bien. ¿A qué hora sale? —se interesó mi madre.

—A las dos y cuarto. Esto nos deja un rato para que vayas a tu habitación, descanses un poco y nos sentemos tranquilas y charlemos un poco.

—¡Buena idea! Iré arriba y deshago un poco el equipaje; no traigo mucho.

—Ya, me he dado cuenta —le digo—. Cuando acabes, te espero abajo, en las cocinas. Prepararé algo para picar y hacia las dos; iremos a buscar a GC al cole.

—Bien, en cuanto esté, ya bajo.

Como era mediodía y solíamos comer temprano, cuando llegaba GC del colegio, no quise preparar mucho tentempié, tan solo unas galletas, unos bizcochos y un café para mi madre y un té Earl Grey para mí.

Aurora, mi madre, no tardó mucho en bajar a las cocinas.

—¡Qué rápido te arreglaste! —le digo.

—Tan solo dejé el equipaje y me lavé un poco la cara y las manos. Luego me daré una ducha.

—Te he preparado café, ¿está bien?, ¿te hago otra cosa?

—No, cariño, está bien así.

Finita saludó a mi madre; no la conocía mucho, pero la recordaba de la boda. Lo mismo el resto del personal.

Mi madre se pasó por el despacho de Gerardo, el mayordomo, y allí mismo ya lo saludó a él y a Rosario, que en ese momento se encontraba con él, por asuntos de la finca.

Pasarían unos diez minutos cuando por fin se sentó conmigo a tomar el café. Yo estaba esperando a que me contara a qué había venido, porque, ni por asomo, me puedo creer que haya venido solo por ver a GC. Seguro que necesita dinero, o algo le pasó con Ramón.

Entramos en cháchara y me comentaba el tiempo en Córdoba, algo que ni me iba ni me venía. Yo quería saber lo que quería saber.

Yo lo que quiero es la verdad, monda y lironda.

Llevábamos un buen rato, como media hora charlando de temas sin importancia, cuando me dice que quizás deje a Ramón.

—¡Vaya! Al fin te has dado cuenta de que ese hombre es un bárbaro —le digo.

—Bueno, no es para tanto —Aurora lo disculpa.

—Mamá, ¡por favor! ¿Es que no te acuerdas de lo que me hacía de pequeña y de por qué me fui de la casa para casa de los tíos en Madrid?

—Bueno…

—No lo disculpes. Ya has aguantado bastante. Pues si lo dejas, me alegraré por ti y a él, ni pan.

—Bueno…

Se la veía triste y demacrada. Parece que realmente estaba enamorada de Ramón.

Aún no entiendo qué es lo que vio mi madre en Ramón.

El pobre no tiene nada de interés para ninguna mujer.

Bajito, rechonchón y siempre malhumorado.

No tiene nada bueno. Pero así es el amor, siempre hay un roto para un descosido.

Cuando reviso mi móvil, veo varios WhatsApps de Paco.

Como siete mensajes en los cuales me decía que quería volver a verme y si podía venir a casa.

Me proponía viajar para la semana. Le contesté que tenía un compromiso anterior para la semana que viene, y que no podría atenderle.

En realidad, no tengo nada, pero no me apetece verle.

Quiero dejar pasar más tiempo, al menos un par de años, no antes.

En un momento que mi madre salió con GC a dar un paseo por la playa, aunque ya empieza a hacer frío, me dirigí donde están las cenizas de César.

Estuve hablando con él. Me parece increíble lo mucho que me tranquiliza hablar con él.

Pasé unos quince minutos hablándole de lo mucho que le echo de menos y que mi barriga está creciendo, que GC va muy contento al cole, de los cuadros que aparecieron en el desván y que casi seguro él no tenía ni idea, y algunos asuntos más.

Cuando mi madre y GC regresaron del paseo, tuve que limpiar al niño de toda la arena que se le había pegado en la ropa y en el resto del cuerpo…

—Parece mentira que hayas dejado al niño hacer lo que le venga en gana —le dije a mi madre, casi a gritos.

—Se lo pasó genial —contestó.

—No lo pongo en duda, ¡pero si tiene arena hasta en las orejas! —le dije—, seguro que se estuvo rebozando, como una croqueta.

—Nos lo hemos pasado de guinda —dijo mi madre, dirigiéndose al niño—, ¿verdad?

—¡Chiii! ¡Quero más! —decía el niño.

No sé si dijo “quero” porque lo dijo en gallego o si es que aún no habla bien.

Le di una ducha rápida al niño y nos sentamos a la mesa a cenar.

Aunque ya empezaba el invierno, el primer plato de la cena era una ensalada. Finita hace unas ensaladas completas muy ricas y nos gustan mucho. Después, macarrones y huevos.

Mi madre comió bastante. En un momento de la cena le pregunté qué había decidido con respecto a Ramón.

—Aún no lo sé. El lunes me regreso y hablaré con él.

—Si lo dejaras… ¡Que ya lo has aguantado bastante! —le dije.

—Es muy fácil de decir.

—Y es muy fácil de hacer.

—No te creas —mi madre se defendía.

—Una persona que te maltrata no merece tu cariño.

—No me maltrata.

—Eso es lo que tú te crees. Pero sí, te maltrata. Te obliga a hacer cosas que no quieres y en alguna ocasión te pegó.

—¡No! Nunca me pegó —mi madre fue tajante.

—Mamá, por favor, que era pequeña, pero no tonta.

—No sé a qué te refieres.

—En varias ocasiones que tenías el cuerpo lleno de moratones. Yo me fijaba en eso.

—Bueno…

—Si te vuelve a levantar la mano, prométeme que te defenderás. —Se lo dije de forma contundente, en firme.

—No es tan fácil.

—Ni tan difícil. Si él te da un bofetón, se lo devuelves.

—Y te da otro…

—Y tú a él.

—Y te da con más fuerza.

—Y le arreas una patada en la barrigola que tiene, que es bien grande.

—No sé. Es muy fácil hablar desde el otro lado.

—Pues entonces, si no te vas a defender, tendrás que dejarlo. Ya sabes que aquí tienes tu casa y que puedes contar conmigo. Además, si se lo comentas a los tíos, Eugenia y Eduardo, seguro que te ofrecen su casa también.

—Ya veré. Lo primero es regresar a casa y hablar con él. Ahí tomaré mi decisión —decía mi madre.

—Solo espero que sea la acertada.

Quería cambiar de tema; no era una conversación muy adecuada con un niño pequeño en la mesa.

—¿Te gusta la cena, cariño? —pregunté a GC, dirigiéndome a él.

—¡Chiii! ¡Todo muy quio! —contestó.

—Se dice “rico”, no “quio” —corregí.

—¡Todo muy quico! —GC volvió a decirlo mal.

Pero esta vez, lo dejé; no quise corregirlo. Tiene el resto de su vida para aprender a hablar bien, y es que además, me encanta cuando habla mal.

El lunes siguiente, Eusebio y yo acercamos a mi madre al aeropuerto. Me despedí de ella, intranquila y nerviosa; sabía que iba a hacer lo que fuera necesario para quedarse al lado de Ramón y eso me parecía muy mala idea. Pero no podía hacer nada más para hacerla entrar en razón.

Nos regresamos a El Amanecer, no sin antes pasar por el cole de GC para recogerlo.

De regreso a casa, noté al niño un poco caliente. Le tomé la temperatura y marcaba unas décimas por encima de los treinta y ocho grados.

Comimos tranquilos; GC apenas probó bocado. A la media hora de acabar de comer, GC devolvió lo poco que había comido. Junto con Eusebio, lo llevé al médico.

—Vamos al médico, cariño, no me quedo tranquila el resto de la tarde y después toda la noche. Prefiero que te vea un médico y quedar más tranquila —le decía a GC.

—¿Vamos al méquido? —preguntaba GC.

—Sí, cariño, se dice médico.

Nos atendieron rápido y no tardamos en salir. En el parking, esperando, estaba Eusebio.

—¿Qué tal todo?, señora —se interesó nuestro chófer.

—Pues parece que es una gastroenteritis, por lo que han comentado. Parece que en el cole de GC hay más casos. No le ha dado mucha importancia.

Nos regresamos a casa y traté de que GC, en la medida de lo posible, descansara.