GC empieza el cole
A la mañana siguiente, hice la visita al hospital acompañada de Gloria, tal cual estaba previsto.
El embarazo va bien y yo estoy contenta.
Del tema de Enrique no le comenté nada y no pienso volver a sacar el asunto, nunca.
Creo que ya me quedó bastante claro. Mejor no hacer más preguntas.
No me conviene y sé por qué no me conviene.
La vendimia ha pasado y, tal y como habían sido las previsiones, ha sido un año estupendo; aparentemente, ha sido el mejor año que la bodega Condes de Zalagueta y Orzán ha vivido desde sus ¿quince? años de existencia.
No, no son quince, son más. Cuando empecé a salir con César, él ya la tenía desde hacía diez años. Si mis cálculos son correctos, debe de llevar unos diecisiete o dieciocho años en la familia.
Mañana será el primer día de cole para GC. Ya tiene todo preparado para su primer día; solo falta saber si se acomodará a su nuevo ritmo de horarios.
Ya me han dicho en el cole que los primeros días son pocas horas, unas dos o tres, para que el niño se vaya adecuando y por si hay pataletas al separarse de sus papás. No creo que GC sea de los niños a los que les cueste mucho separarse de mí.
El primer día de cole, lo llevé yo a la clase. Charlé con su profesora. En la clase habrá unos veinte niños o quizás unos pocos menos; tampoco me paré a contarlos. En un par de horas, estaré de vuelta para recogerlo.
En ese tiempo le dije a Eusebio de ir a hacer unas compras. Aunque Rosario, como ama de llaves, y Gerardo, como mayordomo, son los encargados de las compras, a veces, me gusta a mí ir al supermercado.
Así lo hice. Me dirigí al supermercado más cercano al colegio de GC.
Como acabamos pronto con la compra, Eusebio y yo decidimos tomar un café para hacer algo de tiempo; no nos valía la pena ir a El Amanecer, para luego volver al colegio.
Hicimos un poco de tiempo en la terraza de una cafetería.
Aproveché para hablar con nuestro chófer y conocerlo mejor.
—Eusebio, cuéntame, ¿estás casado, soltero, viudo…?
—Estoy casado, señora. Desde hace cuarenta años.
—¡Vaya! ¡Qué joven te has casado!
—Sí, señora. Tenía veintitrés años. Y no me arrepiento un solo día. He sido muy feliz al lado de Sole.
—Sole, imagino que sea Soledad.
—Imagina usted bien.
—Sole ha sido la luz de mi vida. Desde que nos casamos me ha guiado por el camino correcto, ha hecho de mí lo que soy.
—¿Tenéis hijos?
—Sí, hemos tenido tres. Lamentablemente, uno de ellos falleció en un accidente de coche, del cual no quiero hablar.
—No tienes que contármelo, tranquilo —le dije, mientras le tomaba de la mano.
—Ha sido un hecho muy traumático, tanto para Sole como para mí.
—Ya imagino. Yo sería incapaz de imaginarme la vida sin GC o sin este que está por venir. ¡Se les quiere tanto!
—Sí, así es —respondió Eusebio.
—Y dime, cambiando de tema. Sé que llevas muchos años trabajando para El Amanecer. ¿Has estado contento con nosotros?
—Sí, señora. Muy feliz. Un trabajo que me agrada, cerca de mi casa, y un salario decente para poder alimentar a mi familia.
Sole no trabaja. Así que mi sueldo es el único dinero que ha entrado en mi casa.
Ahora, mi hija mayor ya trabaja, pero hasta hace un par de años, todavía estaba buscando. Estamos muy contentos con ella.
—Y…, conmigo, ¿bien? —me interesé.
—¡Sí, claro!, tanto la señora Cornelia como el señor César como usted han sido muy buenos conmigo. El señor Alfonso también fue muy bueno. Todos, muy bien. No puedo tener queja alguna —comentaba Eusebio.
—Pues me alegro mucho. Ya es hora de volver al cole a recoger a GC; estará a punto de salir y prefiero llegar yo antes —decía mientras me levantaba y cogía dinero de la cartera para pagar los cafés.
—Sí, claro, el señorito, primero.
Fuimos al cole andando desde la cafetería. El coche estaba bien aparcado en un parking cercano. Me ha gustado haber hablado con Eusebio y conocer un poco más acerca de él. Tal y como previne, llegamos antes de que GC saliera. Cuando al fin salió, lo vi supercontento.
—¡GC! —le llamé mientras levantaba la mano para que me viera.
—¡Mamá! —GC corrió hacia mí.
Nos fundimos en un abrazo. Me agaché hasta su altura para poder abrazarlo; no lo quiero levantar por si me hago daño en la barriga.
—¿Qué tal? —pregunta obligada—, ¿lo pasaste bien?
—Chí, muy bien. Hay muchos niños; jugamos, pintamos y cantamos.
—¡Qué bien, cariño! Entonces…, ¿mañana quieres volver?
—Chi, mañana ota vez —ya aprenderá a hablar cuando sea más mayor.
GC aún no habla bien. Todavía no tiene los tres años; cumple tres años para el mes que viene, octubre. Y como me encanta que hable mal, no lo corrijo.
De regreso a El Amanecer, todo fueron carantoñas y cucamonas por parte del personal para con GC. Todos le preguntaban lo mismo, qué tal, si había jugado mucho, si había hecho muchos amigos… GC, hoy es el protagonista.
___ ooo ___
Sorprendentemente, tenía una llamada de Aurora y, claro, se la devolví.
—Mamá, tenía una llamada tuya en el móvil de hace un rato, ¿va todo bien?
—Sí, Elena. Todo bien. Quería preguntarte… ¿Qué te parece si te hago una visita en tu casa de unos días?
Mi madre no me molesta, pero tampoco tengo muchas ganas de verla por aquí; ella y yo acabamos discutiendo casi siempre.
—Sí, mamá, ven cuando quieras, las puertas de El Amanecer están abiertas para ti. —¿Qué le iba a decir?
—Bien, miraré billetes de avión para la semana; en cuanto sepa fecha y hora de llegada, te digo.
—¿Vendrás tú sola? ¿Sin Ramón? —pregunté.
—Sí, yo sola.
Mejor, respiré tranquila; si no tengo muchas ganas de ver a Aurora, a Ramón…, muchas menos.
Nos despedimos y colgamos. Me pregunto por qué quiere venir ella sola, sin Ramón.
Ramón es mi padrastro. Nunca me he llevado bien con él, no lo soporto. Cuanto más lejos de mí, mejor. No se portaba muy bien conmigo cuando yo era pequeña.
Durante un buen rato, se me olvidó Aurora, Ramón…, y me vino a la mente Paco.
¿Y si, de repente…, llegase alguien que me hiciese olvidar el ayer y me hiciera soñar con un mañana?
No sería tan mala idea. El problema es que hace tan poco tiempo que he perdido a César, que en mi cabeza no está ni Paco ni nadie.
Si él me esperara… claro que soy consciente de que sería pedirle demasiado.
Media hora más tarde, me estaba llamando Aurora. Llegará el próximo lunes y la iremos a buscar al aeropuerto a las doce de la mañana.
¡Qué rápida ha sido planificando! Me huelo que algo le está pasando con Ramón y, por algún motivo que todavía desconozco, está deseando marchar de su casa.
GC iba al colegio muy contento. Ahora ya iba un poco más de tiempo y, para la semana, ya empieza con su horario habitual.
Se ha acostumbrado muy bien. Y me alegro.
Es el primero en levantarse en El Amanecer, pero bueno, también es el primero en acostarse.
Cuando se levanta, va corriendo a las cocinas y allí espera un poco la llegada de Finita y a que le hagan el desayuno.
No sé quién es la primera persona en llegar a El Amanecer, no sé si es Finita, Rosario o Gerardo.
No les llevo la cuenta. Confío en ellos y en el cumplimiento de sus horarios; tampoco sé si marchan a sus horas, simplemente, me da igual.
Si un día hacen menos trabajo, pues confío en que otro día lo compensen.
Lo que sí sé es que Ana e Isabel son las últimas en llegar, hacia las nueve.
Y el primero, sea quien sea, debe llegar a las siete, que es cuando se levanta GC.
Yo me hago la remolona hasta las ocho y media o nueve.
Desde que se levanta GC hasta que me levanto yo, es atendido por el personal.
Finita, la primera. No es un niño muy golfo, todo lo contrario, es bastante tranquilo, así que no hace falta estar muy pendiente de él.
Después del desayuno, lo visto; esta tarea la hago yo, siempre, y Eusebio lo lleva al colegio.
Al principio lo acompañaba yo; ahora ya lo lleva Eusebio.
Debe de ser el único niño del cole que va con chófer, aunque en el cole no lo saben.
Pueden pensar que Eusebio es su…, ¿abuelo?
No sé, nunca me han comentado nada, ni uno, ni otro.
Había llegado el lunes siguiente y, después de dejar a GC en el cole, Eusebio se regresó a El Amanecer. Quince minutos antes de las doce, salíamos para el aeropuerto. No esperamos mucho hasta que vimos aterrizar un avión.
—Seguro que llega en ese —le digo a Eusebio—, es la única llegada a esta hora.
—Sí, debe de ser en ese, señora —me confirmó Eusebio.
Al poco ya vimos las puertas abrirse y bajar a todos los pasajeros del avión.
—¡Qué raro!
—¿El qué?, señora.
—No veo a mi madre. ¿Habrá cancelado el vuelo a última hora? —dije.
—Se lo hubiese dicho. Mire, está bajando más gente.
—¡Ah! ¡Sí! ¡Ya la veo!
Increíble la poca gana que tenía de ver a Aurora y lo contenta que me puse cuando la vi. Parece un oxímoron.
Cuando la vi, levanté mi brazo derecho para que me viera en medio de tanta gente, aunque no era la única que estaba haciendo exactamente el mismo gesto. Sea como fuere, mi madre me vio y me saludó igualmente.
Nos dimos un abrazo y nos besamos.
—¡Elena! Estás preciosa, te sienta bien el embarazo.
—Gracias, mamá. A ti también te veo bien.
Después de los saludos de rigor, pusimos rumbo a El Amanecer.
—¿Qué tal va todo por casa? —se interesó Aurora.
—Todo bien, todo igual.
—Pero sin César. ¡Tienes que echarlo mucho de menos! —me dijo mi madre—. ¡Quedaste viuda muy joven! ¡Pobre niña!
—Bueno, las cosas hay que cogerlas como vienen. No hay más cáscaras.
—Sigues usando esa expresión.
—¿Cuál?
—“No hay más cáscaras”.
—Sí. Es verdad, no me había dado cuenta.
—¿No se te ha pegado nada de las expresiones gallegas?, ¿o del acento? —preguntaba mi madre.
—Pues no sé…, nunca me han dicho nada, aunque imagino que algo se pega. ¡Llevo tanto tiempo aquí, que algo se me habrá contagiado!
Al llegar a El Amanecer, Ana cogió el equipaje de mi madre y lo llevó a la que va a ser su habitación.
—Viajas con poco equipaje —le dije.