Capítulo 10 #2
Estaba pensando en Enrique, si fuera niño, para que llevara el nombre del abuelo, pero claro, eso no se lo podía decir.
—Te entiendo.
—Si es niña, me gustaría que se llamara Cornelia, como la abuela; quizás un nombre compuesto con el de mi tía, sería Cornelia Eugenia, aunque la llamaríamos Lia. ¿Qué te parece?
—Me parece una idea genial, Elena. ¿Y si es niño? —preguntó.
—Si es niño… —Me volví a acordar de Enrique—, si es niño, le llamaría Alfonso, como el abuelo, aunque no es un nombre que me guste mucho, pero bueno.
—¿Y por qué no, Gustavo? —preguntó Gloria.
—Gustavo ya es el nombre de GC —le respondí—, no vamos a repetir el mismo nombre.
—¡Ay! ¡Claro! No me daba cuenta. Pensaré en nombres, a ver… —Gloria quedó pensativa unos momentos—. Alfonso tenía un hermano, el papá de los primos Antonio y Silvia, que se llamaba Antonio. Quizás sea un nombre más de tu agrado.
—Ya se verá cuando nazca. —En mi mente, seguía el nombre de Enrique si fuera niño, pero no sabía cómo decírselo.
Así estuvimos un largo rato, hablando de tonterías. A decir verdad, Gloria era una mujer muy culta y se podía hablar con ella de cualquier tema, de cualquier tema, menos de fútbol. No solo no le gustaba, sino que lo odiaba.
—He encontrado la foto de mi suegro con Enrique —le digo sin darle importancia al tema.
—¿Foto? ¿Qué foto?
—La que hablábamos el otro día, ¿te acuerdas? Durante los carnavales, mi suegro disfrazado de sheriff y Enrique de mujer de cabaret.
—¡Ah! ¡Sí! Tenía olvidado ese asunto.
Gloria no disimula muy bien y se la vio un poco inquieta.
—Ya, pero a mí me interesa.
—Pues no veo por qué —me dice acomodándose en el sillón.
—No sé. Siento como si formara parte de César. Al fin y al cabo, creo que era un buen amigo de su papá. Me fijé en la foto y no logro ver bien su cara. La foto es antigua y está bastante estropeada.
—No te preocupes, no vale la pena. Ese hombre se fue a Cuba hace más de cuarenta años; mejor déjalo.
Siento como que Gloria sabe algo más de lo que me dice.
Hace ver que no tiene importancia, pero me está haciendo callar. Da la impresión de que quiere dejar esta conversación y cambiar de tema, pero a mí me interesa seguir con esta conversación.
—¿No sabes de alguna foto más? —de repente me siento como si fuera muy insistente y no me gusta. Si no me contesta bien, lo dejo y cambio de tema.
—No, no sé de ninguna otra —me contestó—, ese día se hicieron varias fotos, pero muchas se perdieron.
—¿Se perdieron? —pregunté extrañada.
—Sí, no se perdieron, en realidad, se rompieron.
—¡Ah! Pues lo siento.
—Antes de que me lo preguntes, las rompió Cornelia. Y mejor deja el tema de Enrique; lo mejor es que no sepas nada más. No te conviene.
Aquí comprendí que, efectivamente, Gloria sabía mucho más de lo que ella me decía.
También me dio la impresión de que ella bien podría haber sido el “mensajero” o, mejor aún, la “alcahueta” que hacía de correo, carta va, carta viene.
Ella estaba al tanto de todo y creo que también sabe que Enrique es el verdadero padre de César.
Por eso me dice que me calle y que es mejor que no sepa nada más. Que no me conviene.
—Pues… Será por algo —dije yo.
—Pues… Por algo será —me contestó Gloria.
—Mañana iré al ginecólogo —dije para zanjar el asunto y cambiar de tema rápidamente.
—¿Qué pasa? ¿Estás mal?
—¡No! ¡Qué va! Todo marcha según lo previsto. El niño crece y está bien. Es una visita rutinaria. Probablemente, la penúltima, antes del nacimiento —le expliqué.
—¿Tienes a alguien que te acompañe? Seguro que estás sola. Te acompaño, cuenta conmigo, a la hora que sea.
Gloria se mostró muy solicita y se notaba que la intención era sincera.
—Como quieras. Puedo ir sola si te causa trastorno.
—¿Trastorno? ¡Pero no ves que no hago nada en todo el día! Además, ya se sabe… hoy por ti y mañana por mí.
—¡Ah! Eso, por supuesto. Si alguna vez me necesitas para eso o para otra cuestión, me dices; para ti estaré disponible siempre.
Con esto dábamos por finalizada la visita. Ha estado bien, me gusta la compañía de Gloria. Me recuerda a mi suegra, a Cornelia.
—¿A qué hora mañana? —pregunta Gloria.
—Tengo que estar en el hospital a la una menos diez. Saldremos de El Amanecer aproximadamente media hora antes. Me gusta llegar con tiempo.
—Bueno, de aquí al hospital hay unos quince minutos de carretera.
—Ya, me gusta llegar con tiempo —le repetí.
—Está bien. Mañana hacia las doce o doce y diez, estoy aquí y ya salimos juntas de El Amanecer.
—Sí, nos llevará Eusebio. Luego podemos comer juntas por ahí… —le dije.
—¡Me parece un plan estupendo! —a Gloria se la veía contenta con la idea.
—Pues, hasta mañana.
Gloria se fue. Mañana ya la volveré a ver. Espero que la visita al gine sea buena, corta y con buenas noticias. Que todo vaya bien. No veo motivos para que vaya mal. Yo me encuentro bien.
El resto de la tarde pasó sin más. Decidí bajar a dar un paseo de última hora por la playa con GC. Estando en la playa, me acordé de que pudimos dar el paseo con Gloria; le gusta caminar descalza por la fina arena. Otra vez será.
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Antes de acostarme, revisé el móvil y vi varios WhatsApps de Paco. Eran muy intrigantes.
Paco, me gusta. Podría planear un ardid para romper las barreras que me separan de él, pero, al mismo tiempo, soy consciente de que es mejor dejarlo estar y hacer los mayores esfuerzos para olvidarlo. En mi mente, al menos de momento, solo está César.
Pero es bastante curioso que, pensando en una de las dos opciones, romper las barreras que nos separan u olvidarlo, cuando pienso en una de ellas como la mejor opción, me muestro más partidaria de hacer exactamente lo contrario.
Un desbarajuste total. Mi cabeza no puede más.