El secreto de Elena (Trilogía: El secreto nº 2) Capítulo 10
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Capítulo 10

El tiempo pasa

Fue pasando el tiempo. Creo que no somos conscientes de lo deprisa que puede llegar a pasar.

Cuando me vine a dar cuenta, ya casi se había ido el verano.

Empezábamos la vendimia y, en poco tiempo, GC empezaría el cole.

Ahora ya tengo una barriga de cinco meses.

La barriga la tengo grandecilla; si la comparo con la de GC, es más grande y más redondeada. Se ve diferente.

En este tiempo, acabé de inventariar los cuadros.

Pero el problema surgió al no saber qué hacer con ellos.

Es evidente que en el desván, más tiempo, no los quiero.

Mi idea sería colgarlos en la casa y que la gente los observase, pero claro, doscientos y pico de cuadros, algunos grandes, no hay paredes para tantos.

Ya me estrujaré el cerebro y pensaré en algo.

Después de este tiempo, parece que hemos tenido algo de suerte y probablemente se venda uno de los hoteles.

La oferta es razonable y firme, así que he aceptado.

Una vez ingresado el dinero de la compraventa, liquidaré el préstamo en el banco, el mismo préstamo que nos ha dado de comer y nos ha dejado pagar nóminas y facturas todo este tiempo, y el resto, habrá que ver con lupa a qué se destina.

Ahora nuestro patrimonio se verá mermado; en vez de tres hoteles, dispondremos de dos.

Nuestra economía se verá mermada significativamente, ya que tendremos menos gastos, pero también menos ingresos.

Espero que todo salga bien y que mi idea de vender uno de los hoteles no haya sido un fiasco. Espero no haberme equivocado.

En cuanto a las videocámaras…, me he gastado el dinero y hemos pasado el trabajo, para nada.

No han dado ningún resultado. No, al menos el resultado que yo esperaba.

En mi mente estaba que el indeseable que había plantado fuego se dejase ver de nuevo y cogerlo in fraganti, pero ha salido mal.

Igual se han dado cuenta de la colocación de las cámaras.

Algunas de ellas estaban bien escondidas, otras, más a la vista. No hace falta ser un lince para verlas.

Gloria ha seguido visitándome. Los que ahora vienen menos son los primos, Antonio con su mujer, Patricia, y Silvia con Almudena; entiendo que estén liados con trabajo; aun así, han pasado un par de días aquí el mes pasado.

He hablado con Luis y con su mujer un par de veces por teléfono y, en cuanto a Paco…

, ese es otro cantar. Por un lado, me llena de alegría el hablar con él; me alegro cuando veo un mensaje de él por WhatsApp o cuando me llama por teléfono para preguntarme, “¿Cómo está el tiempo en Galicia?”, pero, por otro lado…

, no me hago a la idea, no puedo hacerme a la idea de estar con otro hombre que no sea César.

Al menos, no, por ahora. En mi cabeza está el dejar pasar unos años, al menos tres años.

No tengo yo el cuerpo para andar de fiesta por ahí.

Pero sí es verdad, y eso es indudable, que el trato con Paco, me llena de alegría y que me quedo más contenta que un farolillo de feria.

A veces pienso que en esto del amor, estoy un poco anticuada. Soy de las que piensan que hay un tiempo para cada cosa y que cada cosa, a su debido tiempo.

Por el momento, me voy a dedicar a los negocios que me dejaron mi suegra y César, a El Amanecer, desde hace unos años, mi casa, a mi hijo GC y al que está por venir.

Bajé a las cocinas a ver qué estaba haciendo Finita para comer.

—Hola, buenos días —saludé mientras destapaba una olla.

—Buenos días, señora. En esa olla estoy cocinando unas verduras, entre ellas judías, zanahorias, apio, puerro, guisantes…

, luego rebozaré todo con algo de harina de arroz, cebolla, ajo, perejil y, finalmente, huevo.

Haré un revuelto de verduras para tomar de primer plato.

En el horno, estoy cocinando una pechuga de pavo con patatas asadas, que será el plato fuerte.

Una carne muy rica y sana, tanto para usted como para GC —me explicaba Finita, muy atenta.

—Todo tiene muy buena pinta —le dije.

—Gracias señora, esperemos que el sabor acompañe esa pinta.

—Seguro que sí. ¿Falta mucho para comer? —pregunté.

—Le calculo una media hora, para que se acabe de cocinar el pavo. Sin embargo, si tiene prisa, en unos quince minutos puede estar hecho el revuelto; mientras comen el revuelto, ya se acaba de cocinar el pavo —me decía Finita.

—No, tranquila, no hay prisa; espero media hora —le decía a Finita mientras cogía una tostada de pan y salía de las cocinas.

Finita ya sabe mi condición de celíaca; por tanto, las harinas, el pan, la pasta o las galletas que entran en El Amanecer son todos productos sin gluten. A veces le doy a GC galletas o pan regular, ya que, afortunadamente, no hay motivo para que el niño coma sin gluten.

Me dirigí al despacho, donde había dejado el móvil; tenía dos llamadas perdidas y las respondí.

Una era de Gloria, me preguntaba si estaría por la tarde en casa, que quería pasar a visitarme; le respondí que sí, que se pasase cuando quisiera.

La otra llamada era de la tía Catarina; me preguntaba cómo iba el embarazo y que un par de semanas antes del parto, ella estaría aquí conmigo.

Calculo que el baby nazca en enero, así que, un poco antes, ya tendré la casa llena, Catarina, mi tía Eugenia, quizás los primos…

Luis me había dicho que vendría también, aunque imagino que Luis vendrá dos o tres meses después del parto.

Ya me había dicho que querrá conocer al peque, a ver si le encuentra más parecido con César del que tiene GC.

Me encanta tener la casa llena de gente; aun así, a veces, me encantaría estar sola y, aunque esté feo decirlo, incluso sin GC, que, de momento, es lo que más quiero en este mundo, hasta que nazca el peque; después los querré a los dos por igual.

No sé nada de mi mamá, Aurora. Hace como unos dos meses que hablamos por teléfono; desde entonces, nada, no me ha vuelto a llamar, yo tampoco a ella, todo hay que decirlo.

No me ha dicho si vendrá cuando nazca su segundo nieto, o no.

Realmente, me da igual. Que haga lo que quiera.

Ni ha sido buena abuela de GC, ni ha sido buena madre para mí.

En el comedor ya estaba todo dispuesto para comer.

—¿Tienes hambre, cariño? —preguntaba a GC.

—¡Chiii! —respondió.

Qué suerte tengo con GC; es un niño de buen diente. Come de todo y no es nada remilgado para las comidas.

Ana sirvió el primer plato, el revuelto de verduras.

—Señora, me ha dicho Finita que si deseasen alguna salsa con el revuelto, que se hace en un momento. De bote hay ketchup, pero que se puede hacer bechamel o mayonesa en un par de minutos —decía Ana.

—No te preocupes, tomaremos el revuelto así. Que no haga nada más —le dije.

Tanto GC como yo degustamos el revuelto; realmente estaba riquísimo.

Finita tiene muy buena mano en la cocina.

A mi suegra, a Cornelia, no le gustaba tanto el toque en la cocina de Finita como el toque de su anterior cocinera, Ramona.

Para Cornelia, Ramona fue mucho mejor, pero cuando Ramona se jubiló, tuvimos que coger a Finita.

Fue elegida entre varias candidatas y, después de probar los manjares de unas cocineras y otras durante un mes, nos quedamos con Finita.

Aunque la elección fue de Cornelia, yo también estuve de acuerdo.

El segundo plato estaba igual de rico que el primero. GC tomó una buena porción de pechuga de pavo con poca patata; yo, al revés, más patata que pechuga.

No pasó mucho tiempo desde que acabamos de comer cuando llamaron al timbre; era Gloria.

Después de entrar en la casa y sacarse la chaqueta que le dio a Isabel para que guardara, Gloria se dirigió a la sala donde yo estaba.

—¡Elena! —me dijo sorprendida.

—¡Gloria!, no escuché el timbre —le dije—; ahora comprendo la cara de sorpresa tuya; normalmente te espero en la puerta cuando te oigo llegar.

—Así es. ¿No me escuchaste llamar al timbre?

—No, ni en el portalón de fuera ni en la puerta de la entrada.

—A la puerta de la entrada, no llamé, ya me abrió Isabel, pero sí llamé en el portalón de fuera —me explicaba Gloria.

—Pasa y siéntate, le diré a Isabel que te prepare una merienda.

—¡No! ¡Qué va! Estoy como si acabara de comer. No me coge nada.

—Bueno, como veas. Cuéntame, ¿qué es de tus hijos que hace tiempo que no te pregunto?

—Alberto, sigue en Marín, en una empresa de barcos; ya sabes que él había hecho una ingeniería, y Ricardo…, ese es otro cantar. Sigue saliendo con una chica que no me gusta nada; es maleducada, burda, tosca, de malas maneras…

—Bueno, mujer, pobrecita, algo bueno tendrá —la interrumpí.

—¡No tiene nada bueno! ¡No sé qué le ve mi hijo a esa chica!

—Pues algo tendrá que a Ricardo le gusta.

—Pues algo tendrá…, pero yo, no se lo veo —decía Gloria disgustada.

—¿Qué es de tu marido?, si me permites la pregunta —le dije.

—Te la permito. No sé nada de él desde que nos separamos. Sé que mantiene contacto con los hijos, pero ni sé nada de él, ni me interesa saber. Lo pasé muy mal con él. Ahora estoy tranquila.

—Recuerdo que Cornelia se había sacado un peso de encima al saber que os ibais a separar; parece que no le caía bien —dije yo.

—La buena de Cornelia. Sí, a ella no le gustaba nadita, y llevaba tiempo diciéndome que me separara de él, pero yo…

Bien, al final le hice caso y fue lo mejor que pude hacer.

Y no estamos usando la palabra correcta, ya que no me “separé”; la palabra correcta es “divorcio”.

Me divorcié y fue lo mejor que he hecho —me decía Gloria—. Cuéntame, ¿cómo va esa barriga?

—Bien, ya la ves, creciendo. Tengo un bombo un poco diferente a GC, en la forma, digo.

—Eso es que será niña.

—No sé. Me gustaría una niña, ojalá.

—¿Ya has pensado nombres? —preguntó Gloria.

—No, espero a que nazca; como no sé si será niño o niña, toca esperar y ahí ya veremos de buscar nombres. Me gustaría que los nombres elegidos fueran de alguien de la familia. Nombres familiares, ya sabes.