El secreto de Elena (Trilogía: El secreto nº 2) Capítulo 9
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Capítulo 9

La ruina

Cuando todo parece ir bien, llega una noticia que te deja K.O., y todo tu mundo se vuelve del revés.

Carlos vino a casa a la mañana siguiente. Me explicó que las empresas, sobre todo los hoteles, estaban al borde de la bancarrota. Muchos gastos y pocos ingresos. Los ingresos no compensaban los gastos.

—¡Pero cómo puede ser eso! —le digo a Carlos.

—La verdad, no lo sé. Las cosas iban bien… hasta hace unos meses —me contestó Carlos—. Más o menos coincidió con el fallecimiento de César.

—¿Crees que puede ser una mala gestión por parte de los altos cargos de los hoteles? ¿Crees que han estado chorizando dinero? ¿Piensas que realmente han ido mal porque no hay clientes que se alojen en los hoteles? —preguntaba—. Siento esta batería de preguntas, pero es que no me lo explico.

—Tranquila. Es normal. Yo tampoco me lo explico —me decía Carlos—.

En realidad, a la pregunta de mala gestión por parte de los directores, te diría que no, ya que son los mismos.

Si antes trabajaban bien, no veo por qué ahora tienen que hacerlo mal.

A la pregunta de si están chorizando… no lo sé, quiero pensar que no.

En cuanto a la ocupación media de los hoteles con respecto a otros años, echaré un vistazo y te digo.

—Y… ¿La bodega? —pregunté.

—Hasta donde yo sé, no está presentando problemas. De hecho, creo que va mejor que bien —me contestaba Carlos—; lamentablemente, los buenos datos de la bodega no compensan las pérdidas de los tres hoteles.

—Porque… ¿Están los tres hoteles presentando pérdidas? —me interesé.

—Sí, los tres.

—Vaya, parece que se han puesto de acuerdo.

—No, o simplemente, que el turismo ha cambiado —contestó Carlos—. Voy a hacer un estudio a ver cómo salieron otros hoteles y voy a contrastar con los datos que tenemos publicados en el INE, a ver si arroja alguna luz. Por lo menos, saber si es cosa de nuestros hoteles o si todos están así.

—Mal de muchos, consuelo de tontos —dije yo.

—Ya, pero por lo menos descartaríamos una mala gestión por parte de nuestros empleados, o… el que hayan robado.

—Bien, por favor, ponte manos a la obra, cuanto antes.

Me quedé pensando un rato, ¿cómo hemos llegado hasta aquí?

—Carlos, ¿cómo es que no hemos tenido noticia de esto antes? ¿Cómo es que lo sabemos ahora?

—Me lo han dicho ayer desde la gestoría, antes no teníamos idea.

—Bueno, pero la gestoría tendría que haberlo sabido con antelación —insistí.

—O no. Simplemente, han saltado los resultados de la contabilidad.

—Necesito propuestas para poner fin a esta situación —le dije.

—Déjame pensar y te digo algo —contestó Carlos.

—Yo también pensaré en algo. Imagino que cuanto antes, mejor.

—Sí, la situación es muy grave. Hasta el punto de que no sé cómo se pagarán las nóminas del mes que viene.

—Pero la bodega va bien —decía yo.

—Sí, la bodega bien, pero no compensa. Piensa que entre los tres hoteles tienes unas cuarenta nóminas para pagar. Haz números y a ver cómo resolvemos —me decía Carlos.

—Bueno, ahora déjame. Tengo que pensar —le dije visiblemente nerviosa.

—Sí, ya me voy. Pasaré por la gestoría y a ver si pienso en algo para poner fin a esta situación lo antes posible.

—Hablamos mañana. Entre los dos solucionaremos, ya verás —le dije a Carlos.

Carlos se fue. No estuvo en casa ni media hora. La situación parece muy difícil. Sigo sin saber qué ha pasado. Si todo iba bien… ¿Por qué de repente dejó de ir bien? No me sale de la cabeza. Ojalá que sea por la ocupación de los hoteles; no quiero ni pensar que los empleados hayan estado robando.

Me devané los sesos lo que quedó del día. La única solución que pensaba era tener el dinero suficiente como para pagar las nóminas y el resto de gastos de los hoteles. Y la única manera que se me ocurría para tener liquidez pasaba por la venta de alguno de los hoteles.

Sí, creo que es lo mejor. Vender uno de los hoteles; con el dinero de la compraventa, tendría la liquidez suficiente para hacer frente a todos los pagos.

De los tres hoteles, el primero era intocable.

Era el hotel de Gustavo, de cuando se casó con Cornelia.

Por ese empezó todo. Los otros dos los compró después, con los años.

Enseguida llamé a Carlos.

—Carlos, tengo la solución.

—¿Sí? ¡Qué bien! ¡Cuéntame!

—Vamos a poner en venta los dos hoteles más pequeños.

De estos dos hoteles, se venderá uno. El que se venda antes o el que reciba la mejor oferta.

El hotel que quede se sacará de la venta en cuanto se haya vendido uno de los dos.

Sé que parece un trabalenguas, pero en realidad es muy sencillo.

Se ponen en venta dos hoteles, pero solo se venderá uno, ¿me entiendes? —yo estaba hablando nerviosa.

—Te entiendo.

—Creo que es la manera más rápida de obtener liquidez. Mientras tanto, si hay que hacer frente a los gastos y si hace falta un préstamo… que no es lo que quiero, pues habrá que pedirlo al banco.

—Me parece una idea genial. Me pongo manos a la obra.

—Habla con la tasadora con la que trabajaba César. Si le preguntas a Raquel, ella sabrá. Que haga una valoración de los dos hoteles y los ponemos en venta un poco por debajo del valor de la tasación, ¿te parece buena idea?

—Me parece una idea genial —contestó Carlos—. Despreocúpate. Yo me encargo de todo.

Colgamos el teléfono y se me pasó por la mente si no sería el propio Carlos el que estuviera haciendo algo malo a mis espaldas, pero enseguida me lo saqué de la mente. «Carlos no haría eso», pensé.

No me imagino a Carlos, después de tantos años trabajando para Cornelia y para César, haciéndonos una mala jugada. Sería muy feo. Bueno, otras cosas peores se han visto.

___ ooo ___

Así se hizo. Se les hizo tasación a los dos hoteles más pequeños y se pusieron en venta.

Pasaron unos cuatro meses hasta que hubo noticias de un inversor interesado en comprar.

Mientras tanto, se tuvieron que arreglar no pocos papeles de la herencia de César.

Sin arreglar esos papeles yo no podía vender.

Aún quedaban flecos en el Registro de la Propiedad, pero, afortunadamente, se pudieron arreglar a tiempo para poder vender.

Este primer inversor pasó una oferta muy por debajo de su valor, con lo cual la rechacé de plano. Ya habíamos salido del atolladero con un préstamo del banco, teníamos lo suficiente para ir tirando unos meses, así que la prisa, ahora, ya no existía.

El segundo interesado apareció un par de semanas después, pero ocurrió más o menos lo mismo. De nuevo, lo rechacé.

Ya empezaba a ponerme nerviosa. Necesitaría vender lo antes posible. La venta de cualquiera de los dos hoteles me salvaría de muchos problemas.

Mientras no dejaba de pensar en despedir a gente.

Pero no se podía. Pensé en Eusebio, ¿para qué quiero chófer?

No lo necesito, y Gerardo… ¿Realmente necesito un mayordomo?

¿No me arreglaría yo sola con Rosario? Despidiendo a Eusebio y a Gerardo, serían dos nóminas menos.

Así como lo estaba pensando, ya lo estaba descartando.

Llevan tantos años que me daría pena. Tengo que buscar otra solución. Hay que reducir gastos como sea.

Esa misma mañana, pedí reunirme con Rosario y con Gerardo.

—Rosario, Gerardo, desde vuestro punto de vista…, si tuviéramos que reducir gastos…, ¿por dónde empezaríais? —les pregunté.

—Es difícil señora. Se puede tratar con los proveedores, tratar de comprar más barato o menos cantidades —señaló Gerardo.

—Opino lo mismo —dijo Rosario—, es muy complicado rebajar gastos en una casa como esta.

—Y si tratásemos de rebajar esos gastos…, ¿cuánto creéis que podríamos ahorrar? —pregunté.

—A lo sumo unos trescientos euros al mes. No más —dijo Gerardo.

—Sí, señora, el ahorro no va a ir más allá de esas cantidades. Incluso, yo diría un poco menos —dijo Rosario.

—¿De dónde rebajaríamos? —pregunté.

—Principalmente en gastos de supermercado, gasolina, jardinero… Es que el jardinero es el único empleado que actualmente cobra por horas. Si no viene, se ahorra. El resto es plantilla fija —comentaba Rosario.

—Bien. Vamos a empezar a ahorrar todo lo que podamos. El Amanecer no está pasando por su mejor momento.

—¡Cuánto siento escuchar eso! —dijo Gerardo.

—Sí, es una pena —dijo Rosario.

—Bueno, pues es lo que hay. Esperemos que la situación finalice pronto; sin embargo, hasta entonces, toca apretarse el cinturón —dije yo—. Por cierto… Gerardo, que no te parezca mal, pero… ¿Cuánto tiempo te queda para tu jubilación?

—Un par de años, señora.

—Bien, ¿y a Eusebio? ¿Cuánto tiempo le quedará para su jubilación?

—Eusebio recién cumplió los sesenta y tres —dijo Rosario.

—Recién cumplidos los sesenta y tres —dije pensativa, como haciendo números.

—Sí, la semana pasada —dijo Rosario.

—Vale, eso es todo. Podéis dejarme sola.

Salieron los dos del despacho y pude observar el cuchicheo entre los dos. Se podía adivinar de qué estarían hablando.

Siento llegar a este punto, pero las cosas están como están y ellos tienen que saberlo.

El tiempo iba pasando y no se veía movimiento en cuanto a la venta de cualquiera de los dos hoteles. No dejaba de repetirme que el comprador llegará en cualquier momento y todo se arreglará, el comprador llegará en cualquier momento y todo se arreglará… Lo repetía una y otra vez, como un mantra.

Fui a la bodega a ver cómo iba todo por allá. Eusebio me acompañó.

Saludé al personal, Raquel, la primera. Luego fui para el laboratorio; allí estaba Xoaquín, quien se puso de pie al verme entrar.

—Elena, buenos días. Encantado de verla por aquí.

—Buenos días, a ti también. Vengo un poco por visitaros y otro poco por vigilaros —esto último lo dije en tono de guasa.

—La bodega está yendo muy bien. Incluso me atrevería a decir que es la mejor época que ha pasado —decía Xoaquín—, pero bueno, de números, mejor Raquel. Yo estoy en el laboratorio. No entiendo más allá de la química.

—Lo sé. Voy a ver si veo a María. Con Raquel ya he estado. Saludo a María y me gustaría hablar con Mateo, a ver si lo localizo.

—Mateo, ya sabes que anda por los viñedos. Viene aquí a las mañanas tempranito y ya se va —comentaba Xoaquín—. Ya tienes una barriga enorme, desde la última vez que te vi.

—¡Ay! ¡Sí! —decía yo, mientras formaba círculos con la mano derecha alrededor de la barriga.

—Y… ¿Todo bien? ¿Ya sabes si es niño o niña?

—No, Xoaquín, no sé si será niño o niña; en la última ecografía, que hice hace poco, se veía, pero no lo quise saber. Prefiero la sorpresa. Y sí, de momento, hasta donde yo sé, todo bien.

—Pues me alegro mucho.

—Gracias. Te dejo, voy a ver a María.

—Sí, la pillarás en su despacho.

Cuando llegué al despacho, María no estaba allí. Me dirigí a recepción para preguntarle a Raquel por Mateo y allí me encontré con María.

—María, venía ahora de tu despacho —le dije.

—Sí, allí estaba. Pero escuché que estabas aquí y vine a recepción para verte. ¿Cómo estás? —nos decíamos mientras nos dábamos un par de besos a modo de saludo—, ya veo que la barriga va viento en popa. ¿Ya sabes si es…?

—No, no sé si es niño o niña, porque no lo quiero saber, prefiero la sorpresa —corté a María en su pregunta, porque ya sabía lo que me iba a preguntar—. Ya sé que en el siglo XXI es una chorrada no querer saberlo y preferir la sorpresa, pero ya ves, ¡así soy yo!

—Bueno, pues sí, te iba a preguntar eso mismo —afirmó María.

Después de estar un rato charlando en la recepción con María y Raquel, las dejé. Raquel llamó a Mateo para saber dónde estaba.

—Elena, tienes a Mateo en el viñedo Amador —me dijo Raquel.

—Ese está lejos, ¿no? —pregunté.

—Sí, pero te lleva Eusebio. Él sabe —dijo Raquel.

Salí de la bodega, me dirigí al coche y le dije a Eusebio que iríamos al viñedo Amador, que allí encontraría a Mateo y que quería hablar con él.

—Muy bien, señora. Para allá vamos.

Eusebio dio indicaciones al navegador del coche, no sé por qué, porque sabía de sobra dónde estaba.

—¿Por qué das las indicaciones al GPS, si ya sabes dónde es? —pregunté a Eusebio.

—Por si hay radares, retenciones o cualquier otra incidencia. Cualquier cosa. Incluso calles cortadas y tener que coger algún otro camino alternativo —me respondió Eusebio.

—Bueno, bien. Eusebio —me quedé pensativa.

—Dígame, señora.

—Nada, que me enteré de que estuviste de cumpleaños hace poco y no sabía —le dije.

—Sí, sesenta y tres primaveras, como se suele decir.

—Lo sé. Pues ya sabes…, a seguir sumando.

—Se hace lo que se puede. Ya a mi edad, toca cuidarse.

—¡A tu edad y a la mía! —dije riéndome—, todo el mundo se tiene que cuidar, tenga la edad que tenga.

Y hablando de los años, de cuidarse, de seguir cumpliendo…, llegamos al viñedo Amador. Allí estaba Mateo. Lo vi al llegar. Él también nos vio llegar y se dirigió hacia nosotros.

—Buenos días, señora —dijo mientras me extendía su mano.

Después de saludarme a mí, hizo lo propio con Eusebio.

—Eusebio, le veo bien. Hacía tiempo que no lo veía —le dijo Mateo mientras extendía su mano a modo de saludo.

Después de los saludos, entramos en materia.

—Así que, de momento nada —dije yo—, de las cámaras, digo.

—Pues, no. No han dado resultado. Yo no sé si es que ya saben que están puestas y las evitan, o si no ha venido nadie. Desde aquella fiesta de chavales con el botellón, no se ha tenido noticias de nadie merodeando por aquí —decía Mateo.

—Bueno, pues casi mejor —le comenté.

—Sí, claro, sin duda.

—¿Cómo va la salud de nuestras viñas? —me interesé.

—¡Genial!, van bien. De hecho, será la mejor cosecha de los últimos años.

—Sí, algo así, me dijo Xoaquín.

—Pues le ha dicho bien. Las cepas van teniendo su edad, las uvas se ven grandes, muy llenas de agua, no hay plagas… ¿Qué más se puede pedir? —decía Mateo.

—Supongo que nada. ¿Esto es así en todos los viñedos? —pregunté.

—Sí, es así en todos. Las cepas están muy grandes y están dando el mejor fruto que cabría esperar. Estoy muy contento —dijo Mateo.

Después de más o menos media hora, Eusebio y yo nos regresamos a El Amanecer. GC corrió hacia mí.

El comedor ya estaba preparado. En cuanto me cambié de ropa y me puse cómoda, GC me acompañaba; últimamente tenía siempre el mismo espectador. Nos dispusimos a comer.

Yo comí con hambre un pescado a la plancha riquísimo; tengo que decir que Finita lo bordó y una carne estofada, buenísima. GC también comió lo mismo que yo. De postre, natillas caseras que a Finita le salen de maravilla.

El resto de la tarde lo pasé en El Amanecer, en la playa y en el invernadero.

Ya hacia la noche, me encontraba sentada en una de las mesas del jardín con una infusión; avisé a Rosario para que el personal me dejara sola dos días.

—Señora, ¿otra vez? —se interesó Rosario.

—Sí, Rosario. Tranquila, está todo bien. Simplemente…

—Ya sé. Que quiere estar sola —Rosario me cortó—. Bueno, pues siendo así, no hay nada más que hablar. A estas horas ya es un poco tarde para avisar para mañana. ¿Qué le parecen los dos días siguientes a mañana?

—Por mí, bien.

—Pues ya está hecho —añadió Rosario—, si no ordena nada más… —Rosario quedó esperando mi respuesta.

—No, nada más, puedes retirarte.

Rosario abandonó el jardín y entró en la casa.