El secreto de Elena (Trilogía: El secreto nº 2) Capítulo 8 #3
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Capítulo 8 #3

En un par de meses ya estaremos con la vendimia.

Confío en que todo salga bien. Se espera que este año se recojan más kilos de uvas que en años anteriores.

Ahora, solo falta esperar a ver cómo viene el tiempo.

Según me contó Mateo, que yo no entiendo, hará falta algo de lluvia para que las uvas engorden, pero de eso, ya digo, no entiendo; poco a poco voy aprendiendo.

Me estoy vistiendo para ir a los hoteles.

Era mi trabajo antes de que César muriera y antes de quedar de nuevo embarazada.

No creo que me echen de menos, aunque hacía una gran labor, pero entre los directores de los hoteles y los gerentes, ellos solos pueden con todo, no me necesitan.

Pero sí, es verdad que me gusta estar un poco atenta a lo que se cuece por ahí, al menos, para que vean interés por parte de la familia.

Al no estar Cornelia ni César, me toca a mí estar en la brecha.

Estuve en los tres hoteles, y parece que todo marcha bien.

Al menos, es lo que me han dicho. Fui acompañada de GC; todo fueron cariños, atenciones y cucamonas para el niño.

En uno de los hoteles, las chicas de recepción se lo llevaron a un parque de bolas que había en el mismo hotel para los niños de los clientes, y allí estuvo como media hora.

Agradecida les quedé porque así atendí asuntos de trabajo sin tener que estar pendiente del niño.

De vuelta en El Amanecer, comimos y por la tarde descansé. La barriga ya está grande y pesa.

Echo de menos a Luis y a Paco. Quizás no sea que, específicamente, los eche de menos a ellos, sino que más bien, echo de menos más gente aquí conmigo.

La casa se me hace muy grande para mí y GC solos.

Cuando nazca el baby, tendré muchas visitas; al menos, eso me aseguraron.

Catarina, Eugenia, Luis, Antonio con Patricia, Silvia con Almudena, Gloria…

mucha gente por aquí, y yo, encantada. Me gusta tener la casa llena de gente; estoy más entretenida.

Aunque, por otro lado, estoy deseando quedarme otros dos días más a solas para acabar el tema del inventario de cuadros del desván.

Paco me puso un WhatsApp; en él me decía que ya habían llegado a Sevilla y que estaban bien.

Hasta aquí hacía referencia a los dos, a él y a su hermano.

Sin embargo, en otro mensaje me decía que estaba deseando volver a El Amanecer y que no veía el momento de volver a verme.

¿…? ¿Estaba de coña? Me da la impresión de que está teniendo unos sentimientos hacia mí que yo no siento.

Me pregunto si él es consciente de que recién enviudé y que no tengo ganas de hombres, ni de él ni de nadie. ¡Con lo que yo quería a César!

No podía esperar más y que se hiciera falsas esperanzas, así que se lo puse en un mensaje.

Más o menos le vine a decir que recién quedé viuda y que no tengo ningún interés en él y que no estaba interesada en ningún hombre.

Traté de ser lo más transparente posible.

¡Pero si no hace ni seis meses del fallecimiento de César!

___ ooo ___

Estaba obnubilada y absorta en mis pensamientos cuando, de repente, me vinieron a la mente las orquídeas de Cornelia.

Mi suegra tenía una colección preciosa de orquídeas en un invernadero en El Amanecer.

El invernadero, según tengo entendido, lo mandó construir ella al casarse con el papá de César, con Gustavo.

Ahí fue cuando empezó su colección de plantas.

Eso significa que muchas de las orquídeas que haya en el invernadero pueden tener más de cincuenta años.

El invernadero ocupaba una extensión de unos cien metros cuadrados y se situaba en el lado sur de la finca, no muy lejos de la casa principal.

Ahora ya llevaba unos días sin prestarle atención a las plantas.

La misma Cornelia me había explicado, unos días antes de su muerte, cómo cuidarlas, en qué momento del día regar, cómo cortar las hojas secas, qué cantidad de agua es la apropiada para cada planta, abonarlas y trasplantarlas cuando fuera necesario.

En el invernadero había más de doscientas cincuenta plantas de especies distintas de orquídeas, cada cual más bonita.

A mi tía Eugenia le encantan y siempre va al invernadero cuando me visita.

Revisé todas las plantas y cuidé algunas de ellas. A unas les eché agua, siempre con agua de lluvia o destilada, así me enseñó Cornelia; otras tenían hojas ya secas que es mejor quitar, y así con todas las plantas. Cuando acabé, había pasado una hora; regresé a casa.

Justo llego a la casa y me llama Carlos, el abogado de la familia.

—Elena, tengo que hablar contigo —me dice.

—Pues dime, aquí estoy —le contesto.

—No, mejor en persona, lo que te tengo que decir es cosa grave.

—¿Cómo de grave?

—Bastante grave, puede hacer temblar los pilares de El Amanecer, los hoteles y la bodega de Condes de Zalagueta y Orzán.

—¡Wow! ¡Qué me dices! —quedé entre dudosa, sorprendida y deseosa de saber qué había pasado—. ¡Dime qué ha pasado!

—¿Estarás en casa mañana? —me pregunta Carlos.

—¡Claro! Cuenta conmigo, puedes venir cuando quieras, te estaré esperando.

—Pues mañana te cuento.

La verdad que me dejó atormentada por saber qué pasó y por saber qué era eso tan grave que me tenía que contar.