El secreto de Elena (Trilogía: El secreto nº 2) Un nuevo descubrimiento #3
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Un nuevo descubrimiento #3

—Lo leí todo, completito. No cuenta nada en particular. Sus vivencias de niña con sus papás, cómo te conoció a ti en el colegio, cómo os hicisteis amigas, cómo conoció a Gustavo Alfonso, cómo se enredó con Enrique…

—¿Eso también?

—Sí, pero no cuenta que César es en realidad hijo de Enrique; mantuvo el secreto hasta en su diario. Si no fuera por las cartas, yo no lo hubiese sabido nunca…

—Así debe de seguir siendo. Es una información muy valiosa para ti y tienes mucho que perder. Recuérdalo.

Gloria supo cómo poner los puntos sobre las íes.

—Sí, ya sé.

—¿Cuenta algo más?

—¿Acerca de…?

—No sé, de su adolescencia, por ejemplo…

Me di cuenta de que Gloria quería saber de algún episodio en especial de la vida de Cornelia, algo que les habría ocurrido a Cornelia o a ella cuando eran adolescentes.

—Nada en particular. Si te quedas más tranquila, puedes leer el diario.

—¿Me lo dejarías llevar a casa?

—No, eso no. Prefiero que lo leas aquí. Vienes por las tardes y en unos días lo lees. Así verás por ti misma que no cuenta gran cosa.

—Por cierto… —No sabía cómo decírselo: «de golpe, como si te estuvieras sacando una tirita, que duele menos», pensaba—. Voy a publicarlo como novela.

Ya está, ya se lo dije. Lo que no esperaba, ni por asombro, fue su reacción.

—¡Te has vuelto completamente loca!

—No, verás —quería suavizar la situación—. No lo voy a publicar tal y como está, va a ser estilo novela, y voy a cambiar los nombres de los implicados. Nadie va a saber que en realidad se trata de la vida de Cornelia.

—Aun así, estás completamente loca.

—Es más, se va a publicar bajo un seudónimo. Voy a reescribir todo en un procesador de textos y se lo enviaré a dos o tres editoriales. Se firmará con el autor CEAG.

—¡Vaya! ¡Qué cosas! Cornelia Emilia Alves Gravina. ¡Todo el mundo se dará cuenta! —Gloria estaba fuera de sí, estaba segura de que ella conocía algo del pasado de Cornelia que tenía miedo que saliera a la luz.

—Te pediré una tila. Estás fuera de ti.

—¡No seas sarcástica!

Es la primera vez, en todos estos años que conozco y trato a Gloria, que la veo enfadada. Si me lo contaran y no lo viera con mis propios ojos, no lo podría creer.

—Bueno, a ver, te propongo un plan —mi cometido seguía siendo suavizar lo más posible la situación—, lees el manuscrito, lo valoras y me das tu opinión.

Cuando lo leas, te darás cuenta de que no hay nada de qué preocuparse.

Si lo deseas, lo podemos hacer juntas, podemos cambiar situaciones, nombres, lo hacemos entre las dos, si así te quedas más tranquila.

—Bien, lo primero es leerlo. ¿Dónde me dijiste que lo encontraste?

—No te lo había dicho. Lo encontré en el desván, hará un par de semanas cuando subí para volver a ver los cuadros. Noté unas tablas en el suelo que estaban como flojas y se movían y, cuando fui a mirar, ¡ahí estaba!

—Era uno de los escondites favoritos de Cornelia.

Me ha hablado de ese lugar, aunque nunca lo vi.

Por lo que ella me había contado, ese hueco ya estaba ahí de la época de los padres de Gustavo Alfonso.

Debe ser un fallo en la construcción. Ni sabía de la existencia de los cuadros hasta que me lo mencionaste. Por cierto… ¿Puedo verlos?

—Sí, claro. Ven, vamos arriba y los vemos.

Cuando le dije a Gloria que el diario se cambiaría y que contaba con su ayuda, parece que quedó más tranquila. Subimos al desván y allí vio los cuadros. Era temprano. Todavía tendríamos una hora hasta que se hiciera de noche, así que pudo verlos en todo su esplendor, sin problema.

Quedó maravillada. No tenía palabras para poder articular lo mucho que le gustó lo que en el desván vio.

—Me parece increíble que Cornelia haya pintado todos estos cuadros, más de doscientos, y yo no lo supiese. ¡Y qué bonitos!

—Pues son de ella, no hay duda. Llevan su firma.

—Sí, sí, no hay duda —afirmaba Gloria.

Una hora después volvimos al salón; Gloria al fin me hizo caso y tomó una tila. Marchó tranquila para casa.

En los días siguientes, estuvo viniendo a casa todas las tardes, entre dos y tres horas, un poco de parloteo y el resto del tiempo leyendo el diario de Cornelia.

Cuando al fin lo acabó de leer, me dijo:

—Con algunos retoques, lo podemos publicar, ¡es una obra maestra!

Y así se hizo, lo reescribimos, pero sin cambiar el grueso de la historia; Gloria me ayudó. Ella me dictaba y yo mecanografiaba en el portátil.

Estuvimos más de dos meses en la tarea. Pero valió la pena.

Cuando lo tuvimos terminado, lo firmamos con un seudónimo: CEG, Cornelia, Elena y Gloria.

Nadie más sabría quién o quiénes lo habían escrito, ni quién estaba detrás del original ni de la novela.

Además, CEG se parece a CEAG, el nombre que tenía pensado al principio. Pero seríamos nosotras.

Se lo envié a tres editoriales. Las tres se mostraron muy interesadas en su publicación. Se lo dimos a la primera editorial que nos contestó, no porque tuviéramos prisa, que no la teníamos, sino porque nos pareció que era la más seria y la que mejores condiciones nos dio.

El diario de Cornelia se publicó cuatro meses después como novela con el título de:

El secreto de Cornelia. Una vida