El secreto de Elena (Trilogía: El secreto nº 2) Capítulo 8
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Capítulo 8

La visita de Luis

Los cuadros siguen a medio inventariar; son tantos que no doy acabado.

Volveré a repetir la experiencia de estar dos días sin servicio y a ver si acabo.

En cuanto al baúl, casi hubiese sido mejor no haberlo encontrado o no haber leído las cartas que allí estaban.

Pero, ahora ya está, a lo hecho, pecho. Lástima no poder darle marcha atrás al reloj; me quitaría un peso de encima, porque la verdad acerca del padre de César me tiene atormentada.

Hoy, en El Amanecer, tenemos el servicio al completo.

Hasta vino el jardinero con la intención de arreglar un poco unos setos al lado de la piscina.

Cuando Finita vio la cocina y toda la loza sin fregar, no puso pegas, se limitó a meter todo en el lavavajillas y a recoger.

Me preguntó por las croquetas que había dejado preparadas, y le dije que estaban muy ricas.

Simplemente les di la forma, las rebocé y freí.

Muy ricas. Finita se alegró de que le dijera que estaban muy ricas.

A las cocineras les gusta que se alabe su trabajo.

Despaché unos asuntos, a pesar de ser sábado, con Rosario, nuestra ama de llaves.

Gerardo, el mayordomo, estaba haciendo unos cuadrantes y entre Rosario y yo, preparamos el menú de la semana que viene.

Esta tarea se suele hacer los lunes; ya lo hacía así con mi suegra también, pero el lunes tengo ginecólogo, y no quiero verme en ese brete.

Así que ya lo dejaremos resuelto de hoy.

Que Rosario y Gerardo estén un sábado en El Amanecer es algo extraordinario, normalmente libran los fines de semana.

Llaman al timbre de fuera. Lo que me extraña es que no se abrieran las puertas de la finca. Me pregunto quién será y por qué no abrieron.

—Rosario, han llamado y no se ha abierto, ¿quién es? —pregunto.

—Eso mismo venía a comentarle, señora. Dice llamarse Luis y que es de Sevilla. Dice conocerla, pero no queríamos abrirle sin su permiso. ¿Le abrimos? —me dice Rosario.

—¡Luis! ¡Qué alegría! Sí, claro, abrir; es un buen amigo —exclamé yo—. ¡Caramba! No me lo esperaba.

Cuando supe quién estaba en la puerta principal, salí de la casa y me dirigí al camino para darle la bienvenida.

—¡Luis! No me habías dicho nada de que venías. ¡Qué sorpresa tan agradable! —le gritaba; aún estaba en el coche y no me oiría si hablase más bajo.

Al acercarme, vi que no venía solo; quizás venía con Ana, su mujer. Me había caído muy bien cuando estuvimos Antonio y yo en su piso de Sevilla. Pero enseguida me di cuenta de que no era Ana, era un hombre.

Luis y su acompañante bajaron del coche y, primero, saludé a Luis, como es obvio; al otro chico, no lo conocía de nada.

—Vaya, qué bien acompañado vienes —le digo a Luis. En ese momento, veo un gesto de guiño de ojo de Luis y un movimiento raro de ojos, de izquierda a derecha, al mismo tiempo que los abría mucho, lo cual me hizo callar.

—Sí, te presento a mi hermano Paco. —Enseguida, Luis, me lo presentó.

—Encantada, Paco, sentíos tú y tu hermano como en vuestra casa. Luis es muy bien recibido en esta casa, y tú, también —comentaba yo—. Cuando os vi llegar, vi una sombra a tu lado y pensé en Ana, que vendrías con ella; ya me di cuenta rápido de que no era Ana.

—Sí, hemos venido a Vigo por un trabajo de Paco, y no era para venir sin avisar, pero… es que cuadró así.

—No te preocupes, puedes venir sin avisar siempre que quieras. Por cierto…, ¿cuánto tiempo os quedaréis? Diré a Isabel que os preparen dos habitaciones.

—No, no. En todo caso, una habitación para los dos estará bien. Nos quedaremos un par de días, pero ya hemos cogido una habitación en un hotel —comentaba Paco.

—¡Tonterías!, nos encargaremos de cancelar vuestra reserva en el hotel y os quedaréis aquí. Recuerdo lo bien que tanto tu hermano como tu cuñada Ana nos trataron a Antonio y a mí cuando estuvimos en Sevilla —le respondí a Paco.

—Bueno, era lo menos que podíamos hacer. A Ana le caíste muy bien —decía Luis.

—Y Ana a mí, también —dije yo.

Me acerqué un poco a Luis, sin que Paco se diese cuenta; estaba un poco lejos y al oído, le dije a Luis:

—Menos mal que me presentaste a Paco como tu hermano, rápido. Porque hubiese metido la pata hasta el fondo. Pensaba que era un ligue tuyo.

—Ya me di cuenta, por eso te hice el gesto con los ojos.

—Bien está lo que bien acaba. Un poco más y meto la pata —dije yo.

Nos dirigimos al interior de El Amanecer. Se les preparó una habitación, no quisieron dos, y cuando se acomodaron, les enseñé El Amanecer.

Dimos un paseo por los jardines de El Amanecer y acabamos la ruta en la playa. Tanto a Luis como a Paco les encantó el lugar.

—¡GC! Cariño, ven que te quiero presentar a un buen amigo de tu papá, y, ahora, mío —le dije a GC, llamándolo.

Cuando GC se acercó, Luis se agachó a su altura y lo besó en las mejillas.

—¡Qué niño más guapo! —exclamó Luis—, no le veo mucho parecido con César, aunque, indudablemente, el cincuenta por ciento es de él.

—Sí, quizás no se parezca mucho al padre, pero tiene ciertos gestos que son del papá —dije yo—; cuando pasas tiempo con él, se le ven.

—Por supuesto, la genética no falla —decía Paco—, tienes un niño muy guapo.

—Gracias, Paco. Se hizo lo que se pudo. A ver este —dije yo, mientras me acariciaba la barriga—, cómo sale.

—Saldrá igual de guapo y, lo más importante, que nazca sano —dijo Luis.

—Eso siempre. La salud, lo primero —dije yo.

—Y… ¿Todavía no sabes si es niño o niña? —se interesó Paco.

—Pues, aún no lo sé. El lunes tengo cita con el ginecólogo e igual se ve en ecografía, pero hasta la fecha, no lo quise saber, porque prefiero la sorpresa. Así fue también cuando nació GC. César y yo decidimos esperar al nacimiento.

—¿Quién te acompañará al ginecólogo? —preguntó Luis.

—Iré sola. Normalmente voy sola. Con GC, César no faltó ni una sola vez, siempre me acompañó, pero ahora… —Quedé callada, pensativa—, si estuviera aquí mi tía Eugenia, pero…

Luis no me dejó seguir hablando y me interrumpió.

—No se hable más, el lunes te acompañamos nosotros.

—No hace falta, tendréis cosas que hacer de trabajo y eso —decía yo.

—Sí, pero el trabajo lo dejaremos para la tarde. Y por la mañana te acompañamos —dijo Paco, de acuerdo con las palabras de Luis.

—Como queráis —les dije a los dos.

Ya acabado el paseo por la playa, regresamos a El Amanecer. En las cocinas ya tenían noticias de que había que hacer cena para dos más.

El comedor ya estaba dispuesto para la cena.

Luis y Paco quisieron darse una ducha antes de la cena; estaban cansados del viaje y les ayudaría a conciliar mejor el sueño.

Así que se ducharon, se arreglaron y nos sentamos a cenar.

Mientras ellos se arreglaban, yo le di la cena a GC y ya lo acosté también.

Cenamos los tres. Durante la cena, todo fue risas. La verdad es que Luis y Paco son muy simpáticos. Paco incluso más que Luis.

—Mañana, domingo —¿qué vais a hacer? —pregunté—, de trabajo, digo.

—Mañana, lo que podemos hacer es organizar las visitas para el lunes por la tarde; la mañana ya está ocupada —dijo Paco, riéndose y mirando para mí—. Contactaremos con dos o tres conserveras y a ver qué pasa.

—¿Conserveras? —me interesé.

—Sí. Quiero ver qué conservas hay por aquí. En Sevilla quiero vender conservas gallegas de mejillones, bonito, atún, almejas… bueno, quiero ver qué hay —contestó Paco.

—Bien, pues de eso, yo, igual no te puedo ayudar mucho, pero sé de alguien que sí —dije yo, mirando el reloj a ver qué hora era—. Ahora es un poco tarde para llamar a Gloria, pero mañana por la mañana será lo primero que haga.

—¿Quién es esa Gloria? —se interesó Paco.

—Es una vieja amiga de la familia. Muy amiga de Cornelia, mi suegra. Tanto el papá de Cornelia como el papá de Gloria tenían conserveras. Eran rivales, pero al mismo tiempo, por raro que parezca, grandes amigos —les expliqué.

—Bien, pues mañana, si no te importa, le das una llamada y, al menos, que nos diga por dónde empezar —comentó Paco.

—No te preocupes, déjalo en mis manos —le contesté.

Después de tomar una infusión, al acabar de cenar, nos dimos las “buenas noches”.

___ ooo ___

Desperté y no me hacía a la idea de que César ya no estaba conmigo y eso que habían pasado varios meses.

Y es que esa noche, otra vez, había soñado con él.

Eran unos sueños tan reales que parecía como si el propio César estuviera a mi lado.

Al despertar, me doy cuenta de que había sido un sueño y hubiese deseado no despertar nunca.

Cuando me hice a la realidad, me levanté y bajé a desayunar. Llamaría a Gloria, a ver si puede ayudar a Paco en el tema de las conserveras, y me daré una ducha.

GC sigue durmiendo; lo dejaré dormir un poco más; al fin, hoy es domingo, puede dormir un poco más.

Después de desayunar y de asegurarme de que era una buena hora para llamar a Gloria y no molestarla, la llamé.

—Gloria, buenos días, confío en no haberte despertado.

—No, qué va, ya llevo una hora a pie, estoy poniendo orden en uno de los armarios de la ropa. ¡Tengo tanta ropa que ya no me sirve!, y es que engordé tanto, pero dime, ¿estás bien?

—Sí, estoy bien. Verás, tengo en casa, de visita, un amigo de César, de Sevilla, Luis, y su hermano Paco.

El caso es que Paco quiere contactar con conserveras por aquí, por la zona, con la finalidad de poder llevar conservas de aquí para Sevilla.

Me acordé de que tú igual sabías qué puertas tocar, para que no vayan dando palos de ciego, ya me entiendes.

—Te entiendo perfectamente. Y sí, te puedo ayudar.

Te pasaré por WhatsApp los contactos de tres o cuatro conserveras que pueden ser las ideales para Paco.

Déjame el día de hoy, para ponerme yo antes en contacto con ellos; les diré que les va a llamar un buen amigo de la familia y que lo traten muy bien —ya sabía yo que con Gloria se podía contar.

—¡Genial!, me parece estupendo, así tú les das un toque hoy y mañana ya les llama Paco.

No hablamos mucho más y nos despedimos.