Capítulo 7 #4
Hace unos días que no te veo y no puedo dejar de pensar en ti.
Siempre estás en mi pensamiento, vaya a donde vaya, haga lo que haga.
Tengo que verte. Tocar tus manos, abrazarte…
solo espero el momento de volver a estar contigo.
Habla con Gustavo y acaba con este desatino, por favor. No podemos estar más tiempo separados.
Bien, parece que Enrique quiere una cosa y Cornelia no está dispuesta a dársela.
Por lo que sé, Cornelia nunca se separó del marido; por tanto, Enrique salió perdiendo.
Tengo que seguir leyendo. Me pregunto si Gustavo llegó a enterarse de la aventura de Cornelia con Enrique. Esto parece una telenovela.
En la sexta carta, Cornelia pone las cartas sobre la mesa.
Le vuelve a insistir que no va a dejar a su marido.
Y se lo dice bien clarito. Cornelia utiliza un arma de mujer infalible: le hace ver que no puede abandonar a su marido para irse con otro hombre, simplemente porque está mal visto y que ella quedaría muy mal.
¡Claro!, era otra época. Si Enrique es un caballero, lo entenderá y respetará la decisión de Cornelia. Sigo leyendo.
En la séptima carta, Enrique vuelve a intentarlo, pero ya se le ve menos ganas. Acepta la pérdida y abandona toda esperanza de estar con Cornelia.
Pasa bastante tiempo entre la séptima y la octava carta, como unos dos meses. En la octava carta, Cornelia se pone en contacto una última vez con Enrique para darle una noticia:
Mi estimado Enrique:
Necesito que sepas que ayer he conocido una noticia muy grata que me llena de dicha.
Después de tanto tiempo tratando, me he quedado nuevamente embarazada.
Tienes que saber que el niño que llevo en mi vientre es fruto de mi amor contigo, no es de Gustavo; sin embargo, espero que te mantengas al margen, por mi bien y, sobre todo, por el bien del niño que va a nacer.
Para el niño, para mí, para Gustavo, para mi matrimonio y para todo el mundo, es mejor que la gente piense que este niño es fruto del matrimonio y no de un desliz mío.
Espero que lo entiendas y lo comprendas.
Después de esto, no voy a volver a contactar contigo.
Confío en que respetes mi decisión. Siempre tuya
¡Madre mía, madre mía, madre mía! ¡César no es hijo de Gustavo! Esto puede cambiar muchas cosas, porque si no es hijo de Gustavo, no puede heredar el título de conde. Con lo cual no sería conde y, si no es conde, mi hijo GC, tampoco. Tengo que callar, como si no supiera nada.
Esta noticia puede cambiar muchas cosas, pero nada va a cambiar; todo va a seguir igual, porque yo callaré la boca. A mí no me conviene que se sepa. Dejemos todo tal cual está y punto.
Me puse muy nerviosa; si esta noticia se supiese, Antonio, primo de César, podría reclamar su título como legítimo conde de Zalagueta y Orzán, ya que es hijo de un hermano de Gustavo.
Si César no es el hijo legítimo de Gustavo, sino que es hijo de Enrique, no podría ostentar el título de conde de Zalagueta y Orzán, sino que sería su primo Antonio. ¡Menudo embrollo!
Leí la última carta; en ella, Enrique accede a callar la boca y no revelar la verdadera paternidad del niño.
Con mucho dolor de corazón por parte de Enrique, por lo que deja entrever en la carta.
Pero le jura y promete a Cornelia que de sus labios nada saldrá y que puede contar con él, y que su secreto le acompañará hasta la tumba.
Miré a GC, que estaba jugando con sus juguetes.
Me quedé pensativa. Si César era hijo de Enrique, GC, era el nieto de Enrique.
¿Y si ese Enrique estuviera en algún lugar de este mundo?
¿Y si tratase de buscarlo tan solo para conocerlo?
Podría hablar con él y le diría que yo comparto su secreto ahora también.
Muchas cosas en mi cabeza. Pero de momento voy a dejar todo de lado.
Bajaré a las cocinas y veré qué hago para comer.
Mañana ya viene el servicio; los dos días que les pedí, sola, ya se acaban hoy. Con los cuadros no he hecho mucho; sin embargo, sí he adelantado por otro lado con el hallazgo del pequeño baúl, que me ha dejado trastornada; hubiese sido mejor que no leyera esas cartas.
Preparé una comida rápida pero rica. Y, después de comer, me dirigí de nuevo al desván. Con las cartas ya no había nada que hacer; una vez leídas, las dejé tal cual estaban en el baúl, el cual cerré con la llave y, posteriormente, dejé la llave en el mismo sitio que la había encontrado.
Me centré en los cuadros. Ya solo me quedaba esta tarde. Mañana ya se reincorpora el servicio. Pasé un par de horas arriba y GC y yo bajamos a tomar algo a las cocinas.
Casualmente, llegaba Gloria. «¡Qué bien!», pensé. Le preguntaré por ese tal Enrique a ver si sabe algo.
Antes de que sonara el timbre, me acerqué a la puerta y le abrí.
—Buenas tardes, Gloria, ¡cuánto tiempo!
—Vaya, parece que me estabas esperando.
—Estábamos en las cocinas, cuando te vi llegar por uno de los monitores. Entra y acomódate. Nos pillaste merendando. ¿Nos acompañas?
Después de que Gloria le hiciera unos cariños a GC y le diera la bolsa de gusanitos (siempre le trae alguna chuchería), nos fuimos los tres para las cocinas. GC estaba tomando cacao, yo un descafeinado.
—Gloria, ¿qué te preparo?
—Lo mismo que estés tomando tú, querida. Y entonces…, ¿el servicio? —pregunta Gloria.
—Les di dos días libres, ayer y hoy. Mañana ya están de vuelta.
—Pero, ¿por qué?
—Porque me apetecía estar en casa sola con GC y mis cosas; no tenía ganas de gente por el medio. No es la primera vez que lo hago.
—Bueno, te entiendo. A veces, a mí me pasa lo mismo. Me gusta estar sola. Pero no muchos días seguidos —me dice Gloria.
—No, en mi caso sola no estoy, siempre está GC conmigo. Pero un par de días, para mí es tranquilizante. Ya sabes que me gusta hacer yoga, meditación, tai chi… y así, me concentro mejor —le decía yo.
—Te entiendo. Así que, un descafeinado. Bueno, a estas horas, es normal. No sea que no durmamos bien por la noche.
—Sí, me dijiste que te preparara lo mismo que estaba tomando yo —le dije.
—Sí, sí, está bien. Me apetecía.
—Gloria, ¿tú has conocido a un amigo de Gustavo que se llama Enrique? —le pregunto, interesándome—, Gustavo, mi suegro.
—Sí, querida, sé quién es Gustavo.
—¿Y? ¿Lo has conocido? —le digo yo—, a Enrique me refiero.
—Sí, claro; hace unos cuarenta años, estaba por aquí, venía mucho a ver a Gustavo. Pero, hasta donde yo sé, se fue para Cuba y no ha vuelto —respondió Gloria, un tanto sorprendida por la pregunta.
—¿¡A Cuba!? —pregunté sorprendida.
—Sí, Enrique era un tipo un tanto mujeriego, le gustaban todas.
Había coqueteado conmigo, con todas las chicas del barrio y hasta con Cornelia.
Incluso, estando Cornelia casada. Era un mal tipo —me explica Gloria—.
A decir verdad, me sorprende que me preguntes por Enrique.
¿A qué viene eso ahora? ¿Cómo has sabido de Enrique?
La verdad es que no sabía por dónde salir. ¿Qué le puedo decir? Y, claro, tiene razón, ¿cómo he sabido de Enrique? No le puedo decir nada de las cartas… ufff, menudo marrón.
Me quedé callada. Allí estábamos los tres sentados en la isla de la cocina y yo cavilando acerca de qué le iba a decir a Gloria del porqué sabía de la existencia de Enrique.
Después de unos sorbos interminables al descafeinado, le solté.
—Una vez César me habló de él y me acordé. Me dije: “Déjame preguntarle a Gloria, que seguro que sabe”, y por eso.
No sé si coló o no, pero fue lo primero que me vino a la cabeza.
—Me extraña que César supiera de la existencia de Enrique, ya que se fue unos meses antes de que naciera César y no se volvió a hablar de él, ¡para nada!, Cornelia lo llegó a odiar con todas sus fuerzas —comentaba Gloria.
«Pues, a juzgar por las cartas, de odiar nada; más bien todo lo contrario», pensaba yo.
—Pues…, me acordé de que César me había hablado de ese tal Enrique. Me había dicho que había sido un buen amigo de su papá y eso… —decía yo—, pensaba que tú sabrías decirme algo más.
—Enrique marchó poco antes del nacimiento de César; si César sabía de él, sería por oír hablar a sus padres, pero no lo llegó a conocer, eso seguro. Porque Enrique marchó y no volvió y, si llegó a volver, por aquí no estuvo —las palabras de Gloria eran bastante tajantes.
—Bien, vamos a dejar el tema de Enrique; no hablemos más de él —decía yo—, ¿quieres que vayamos a dar un paseo por la playa?
—¡Muy buena idea! Me vendrá bien caminar descalza por la playa; el masaje que da la arena en los pies es único —me contestó Gloria.