Capítulo 7 #3
Cada vez que veía un cuadro, pensaba en lo maravilloso que pudo haber sido pintar todo eso.
Pensaba en por qué quería que fuera secreto, en por qué no quería que se supiese que pintaba; no era nada malo y estaban preciosos.
Yo estaba maravillada. Imagino que nadie lo sabía, porque Gloria, su mejor amiga, tampoco lo sabía; y si no lo sabía Gloria, supongo que no lo sabría nadie.
Me preguntaba si su marido, mi suegro don Gustavo Alfonso, lo sabría.
Y, por supuesto, mi marido César no sabía nada, o, al menos, nunca me comentó nada al respecto.
Cuanto más miraba los cuadros, más maravillada me quedaba. Sus colores, sus líneas, sus figuras… parecían copias del mismísimo Kandinsky.
—Mira, GC, estos cuadros los ha pintado tu abuela. ¿No son preciosos?
—Chí, proosos —GC todavía no habla bien.
—¿Te lo estás pasando bien?
—Chí.
—En un ratito bajamos a las cocinas; hoy comeremos croquetas, ¿sí?
—Bieeen —dijo GC mientras aplaudía.
Mi hijo es único, le gusta todo; de no haberle dicho que comeríamos croquetas y haberle dicho albóndigas, filetes, caldo o sopa, hubiese hecho la fiesta de aplaudir igual.
Seguimos un rato más arriba, en el desván. A decir verdad me acabo de dar cuenta de que, si llaman al timbre igual no lo oímos. No esperaba a nadie, pero, por ejemplo, Gloria llega sin avisar.
Fuimos para las cocinas, preparé las croquetas y freí unas patatas. No hice nada más para comer; después tomamos un yogur. Al acabar, no fregué nada; volvimos a subir al desván, donde me esperaba seguir con lo que me había propuesto: hacer un inventario de todo.
Moviendo unos cuadros arrimados a la pared, vi un pequeño baúl de madera.
Se trataba de un baúl tallado, me pareció precioso, cerrado con una llave.
Quise abrirlo y no hubo manera; no sin la llave.
Entonces pensé en la lata que me había dado la llave de la puerta del desván.
Había puesto la casa patas arriba buscándola, para que, al final, estuviera en la misma puerta, en el dintel.
En realidad no me interesaba demasiado el contenido de aquel pequeño baúl, pero ya que estaba cerrado con llave, mi curiosidad por conocer su contenido iba creciendo.
Pensé que su llave podría estar cerca de donde estaba el baúl cuando lo hallé.
Por un momento, abandoné la idea del baúl y me concentré en los cuadros. Seguía midiéndolos, numerándolos y marcándolos. No tenían fecha, por tanto, no podía inventariar por fechas. No sabía cuál de ellos había sido el primero o… el último.
Así que opté por ordenarlos por tamaño: los más pequeños primero, estos eran de unos treinta centímetros de lado, cuadrados; luego irían los de cincuenta centímetros de lado, también cuadrados, de estos los que más; y, luego, el resto.
Pero mi cabeza ahora estaba en el baúl. No dejaba de pensar que si estaba cerrado con llave, ¡por algo sería!, y me estaba volviendo loca.
—GC, ¿me ayudas a buscar una llave?
—Chí.
—Mira, cariño, tiene que ser una llave pequeña, como la del buzón cuando vamos a buscar las cartas, ¿sabes?
—Chí.
—Pues venga, a ver si tenemos suerte.
Empezamos a mirar por cajones de muebles viejos y por los alrededores de donde estaba el baúl.
Como estaba en el suelo, en un rincón detrás de los cuadros, no había mucho donde buscar, y acabamos pronto.
Cuando ya me había rendido, busqué en los bolsillos de una bata que posiblemente Cornelia usaba para pintar y no mancharse la ropa.
¡Ahí estaba! Una llave pequeña, perfecta para ese tipo de baúl. ¡Tenía que ser la llave!
Cuando traté de abrir el baúl, efectivamente, era esa.
Allí solo había cartas. Cartas abiertas y leídas de… Cornelia para un tal Enrique y de ese tal Enrique para Cornelia.
Me daba un poco de pena leerlas, ya que parecía invadir la intimidad de la que había sido mi suegra y que tan bien me trató. Pero, por otro lado, supongo que no hacía nada malo; Cornelia ya había muerto, no tendría que rendirle cuentas a nadie, por tanto, me puse manos a la obra.
Ya mi mente no estaba en los cuadros; ahora estaba en esas cartas.
Todas las cartas son manuscritas, escritas con una caligrafía propia de la época, pulcra y elegante, con tinta de color negro.
El papel amarillento y con pequeñas manchas amarronadas, imagino que por el paso del tiempo.
Me doy cuenta de que cada una está en un sobre de tamaño pequeño, del mismo color amarillento y también con manchas, igual que el papel de las cartas y ninguna de ellas está con matasellos.
Este detalle me hace pensar que eran entregadas en mano.
Posiblemente, por algún mensajero, o por alguien conocido de los dos y que servía de “alcahueta”.
Me viene a la mente, Gloria. No puede ser otra.
Es la única que puede encajar en el perfil, conoce a los dos, es amiga de ambos, de la misma pandilla, amiga íntima de Cornelia… ¿quién si no?
Lo primero que hice fue ordenarlas por fechas; si me había decidido a leerlas, las iba a entender mejor si las ordenaba por orden cronológico.
La primera databa de 1976, del mes de agosto.
En esta fecha, Cornelia ya llevaría casada con mi suegro al menos diez años, porque César había tenido un hermano que muriera al poco de nacer por una cardiopatía o algo por el estilo.
Esta primera carta era de unos dos años antes del nacimiento de César.
En la carta, este tal Enrique le dice a Cornelia lo mucho que la echa de menos y que no es capaz de vivir sin ella.
—¡Cáscaras! —exclamé—, ¡ahí va!, vaya con tu abuela —y aquí me mordí la lengua, porque no podía seguir hablando delante de GC.
Vi que GC estaba ensimismado jugando con los cochitos, así que lo dejé.
«Vaya con mi suegra, tenía un amante», pensé.
¿Quién sería este tal Enrique? Seguí leyendo a ver si podía esclarecer alguna duda.
… tienes que hablar con Gustavo, dejarlo; no puedo dejar de pensar en ti. Si no lo haces tú, tendré que hacerlo yo. Ya sé que es mi mejor amigo, pero tú estás por encima de todo y, en estos momentos, me importa bien poco lo que Gustavo pudiera pensar. Tenemos que ser uno, tú y yo, uno…
—¡Wow! ¡Qué fuerte! —exclamé en alto, aunque GC ni se inmutó.
¡Enrique era el mejor amigo de mi suegro, y mi suegra se había liado con él!
No podía creer lo que estaba leyendo. Conté las cartas que había: nueve en total.
Pensé que si era un número impar, era porque uno de los dos no le había contestado al otro.
Así que uno de los dos rompió relaciones, ¿quién?
Pasé a la carta siguiente. Esta había sido escrita por Cornelia, respondiendo a la petición de Enrique.
...ya sé que serías capaz de hablar con Gustavo, de decirle lo mucho que nos queremos, pero te pido, ¡no!, te ruego que no lo hagas. Tu amor por mí y mi amor por ti son mucho más fuertes que todo esto. Algún día estaremos juntos, solo tienes que tener paciencia y confiar en mí...
Así que Cornelia le pedía paciencia a su amado. Igual era porque quería ser ella la que quería hablar con Gustavo.
Digo yo… si mi suegra tenía un amante… esto significaba que sus relaciones con mi suegro no eran buenas, porque, obviamente, si fueran buenas, probablemente no tendría un amante. ¡Qué lío!
En la tercera carta, Enrique le vuelve a instar a que hable con Gustavo, que ya no puede más. Que lo tiene que dejar y casi, casi, le da un ultimátum. Menudo es este Enrique. Vaya tela.
En la cuarta carta, Cornelia le responde.
Le dice que, aunque la intención de dejar a Gustavo existe, no lo va a hacer.
No puede. Argumenta que son muchos los años junto a él, la pérdida de su hijo, y que se siente muy unida a él.
O sea, que primero le pide paciencia porque su intención es dejar a mi suegro y que van a estar juntos, y ahora le dice que no va a dejar a Gustavo. ¿Qué habrá cambiado?
Vaya lío se han montado estos dos. Mientras leo las cartas entre mi suegra y su…, ¿amante?, veo a GC en una esquina de cuclillas y haciendo fuerza. Toca cambiar pañal.
Y, con todo esto, me di cuenta de que era tardísimo. Le doy un baño al niño, preparo cena, veremos una película y a dormir. Mañana será otro día y seguiré con lo mismo: los cuadros y las cartas.
___ ooo ___
A la mañana siguiente, cuando me disponía a desayunar y seguir con lo mío en el desván, veo que tengo una llamada perdida en el móvil; era de Mateo.
Mateo me había llamado, ¡hace una hora! ¿Qué habrá pasado?
Mientras tomaba el primer café del día en la mejor compañía posible, al menos hasta que nazca su hermano o hermana, le devolví la llamada a Mateo.
—Buenos días, Mateo, siento no haber visto tu llamada antes, soy Elena. ¿Ha pasado algo?
—Buenos días, sí, señora Elena, tenemos noticias —me decía Mateo—, han intentado entrar en uno de los viñedos, pero no era Venancio; eran chavales de la zona. Pretendían hacer botellón en el viñedo. Estuvieron como una media hora y se fueron; no han causado ningún daño.
—Bien, entonces, lo dejamos. No nos sirve de nada esa información.
Pensé que sería algo más interesante. Tú, en cualquier caso, sigue mirando las grabaciones por si en una de ellas pillamos al indeseable este.
Daríamos las grabaciones a la Guardia Civil y quizás podamos enjuiciarlo.
Ya se verá qué hacemos llegado el momento.
De momento, no tenemos nada —le expliqué a Mateo.
—Bien, seguimos revisando y a ver —me confirmó Mateo.
Nos despedimos y colgué. La verdad, que esperaba algo de mayor interés; para eso, casi era mejor que no me hubiera llamado.
Seguí con el desayuno y con GC; al acabar, subimos al desván.
No sabía si primero atender los cuadros (todavía seguía con el inventario) o continuar leyendo las cartas. Me quedaban cinco por leer. Opté por seguir leyendo; tenía curiosidad por saber en qué acabaría todo esto.
En la quinta carta, Enrique insiste en que tiene que hablar con Gustavo.
Querida Cornelia: