El secreto de Elena (Trilogía: El secreto nº 2) Capítulo 7 #2
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Capítulo 7 #2

—Bueno, vale; cualquier cosa, me decís.

Eugenia estaba fuera en el jardín; cuando vio que Silvia y Patricia habían subido, entró en la casa.

—No os quise interrumpir. Ahora que ya hablasteis, las saludo yo.

—Gracias tía.

No tardaron mucho en bajar. Nos disponíamos a comer.

Sentadas en el comedor, la conversación ya tomó otro cariz; ya hablábamos de mi embarazo y de la pena que sentían el que César no estuviera aquí.

Les conté que no llegó a saber nada de mi embarazo, que por teléfono no se lo había dicho porque quería que estuviera de vuelta y verle la cara al decírselo…

Bueno, todo me salió mal, porque ya no volvió.

—Quizás fue mejor así —dijo Silvia—, si lo hubiese sabido…

En ese momento, no sabemos muy bien lo que Silvia iba a decir, pero quedó callada y no siguió. Quizás lo que pretendía decir, era que la muerte le hubiese dolido más de saber que iba a tener otro hijo.

Se me había olvidado el tema de las cámaras de seguridad; de hoy no pasa. Esta tarde iremos al centro comercial, daremos un paseo y ya las compro. Para la semana hay que dejarlas puestas; si lo vuelven a intentar, ¡tendremos al culpable!

Así que, poco después de comer, mi tía, GC y yo nos fuimos a un centro comercial en Vigo.

Nos llevó Eusebio. Lo primero era comprar las cámaras de vigilancia.

Le expliqué a mi tía Eugenia lo ocurrido; no sabía nada y quedó asombrada.

Por lo que le había explicado, ella también estaba de acuerdo en que, bien podría haber sido Venancio; lo veía como el más sospechoso, el que más tendría que ganar por el fuego.

Eso, o simplemente había sido un triste accidente.

Como eran cinco terrenos, el viñedo Gran Capitán, el más grande, haciendo cálculos, pensé que con veinte cámaras se podría tener vigilado todo.

Luego vería con la asesoría cómo colocar los carteles de advertencia y qué es lo que dice la ley al respecto.

Pero lo primero era lo primero, y era comprar las cámaras.

Como cada viñedo tenía su caseta de aperos con toma de corriente, se comprarían cinco cámaras (una por cada viñedo) con enchufes; el resto habría que ponerlas sin cableado, más fácil, pero son más caras.

Finalmente, compré las cinco cámaras con enchufes y otras veinte más inalámbricas.

Con esto espero cubrir buena parte de los cinco viñedos y comprobar qué está ocurriendo.

Algunas de las cámaras se recargan con panel solar, otras son a baterías; parece que las pilas duran unos dos años, más que suficiente; espero no tener que esperar tanto para dar con el culpable.

Con el tiempo se verá cuál de los dos sistemas, baterías o carga solar, es mejor.

Las de carga solar resultaban bastante más caras.

En las cámaras se me fueron más de novecientos euros. Espero que el gasto valga la pena.

Después de la compra y de dar un paseo por el centro comercial, regresamos a El Amanecer.

Mi tía tuvo que cambiarse el calzado; le lastimaba un zapato en el pie derecho.

Cuando le vi el pie, tenía una ampolla del tamaño de un guisante; normal que se quejase.

Poco después de llegar a la casa, avisé a Mateo por WhatsApp de que ya tenía las cámaras, si podíamos quedar mañana tempranito y empezar a colocarlas; mi idea era empezar por Gran Capitán.

No tardó mucho Mateo en contestar mi WhatsApp con un “Sí”.

Habíamos quedado a las ocho y media de la mañana.

Espero contar con Eusebio para que haga de chófer y, al mismo tiempo, nos eche una mano.

Cenamos todos juntos; si no fuera por GC, tendría que decir que cenamos todas juntas, ya que éramos todas chicas. Silvia y Patricia abandonarán El Amanecer mañana por la mañana; mi tía se quedará conmigo un poco más.

Al día siguiente, según estaba previsto, Silvia y Patricia se fueron para La Coruña. Tenían trabajo que atender. Yo fui para el viñedo Gran Capitán y mi tía prefirió quedar en El Amanecer con GC.

Seguía pensando que estaba deseando volver a subir al desván.

No me salía de la cabeza. Quería volver a ver todas esas maravillas pintadas.

La verdad es que me habían encantado. Se me pasó por la cabeza hacer una especie de galería de arte en las paredes del salón o de la biblioteca con todos los cuadros, pero no cabrían; eran demasiados.

Otra cosa que quería hacer era contarlos con calma y ver cuántos, realmente, había.

Entre Mateo, Eusebio y yo, colocamos unas cuatro cámaras en el viñedo Gran Capitán.

Estuvimos como unas cinco horas para todo; la primera fue la que más lata nos dio.

Con estas cuatro cámaras tenemos controlados los cuatro lados del viñedo; no abarca todo, obviamente, pero sí, bastante.

Si alguien entra o se acerca por según qué sitios, será grabado.

Desde la asesoría quedaron de pasarme los textos legales que tenemos que poner en el lugar o lugares oportunos y bien visibles.

Mañana hemos quedado otra vez, a la misma hora, para ir al viñedo Amador. Así haremos con todos, a uno por día; en cinco días habremos acabado. En el resto, ya no estaremos tanto tiempo, son más pequeños; calculo que unas dos o tres horas por cada viñedo.

Tengo puestas esperanzas en las cámaras.

Espero que la idea funcione. Es importante, y así se lo dije a Mateo y a Eusebio, que guarden riguroso secreto; si se sabe de las cámaras o si las ven, ya no servirán.

Imagino que los malos verán el aviso de la existencia de las cámaras, pero las hemos puesto escondidas, las hemos camuflado todo lo más que pudimos.

Por la tarde, después de comer, pasé un rato en el invernadero de Lia, supongo que ahora mío. No tengo yo la maña y la mano de mi suegra con las orquídeas, pero todo se andará; poco a poco voy aprendiendo. Esta tarde me acompañó mi tía y Gloria, que se pasó por casa un momento para saludar.

___ ooo ___

Fue pasando el tiempo. Las cámaras ya están todas instaladas; habrá que esperar por resultados.

El tío Eduardo ya ha venido y se ha ido hace un par de días; le toca trabajar.

Nos estuvo echando una mano a Mateo, a Eusebio y a mí en la colocación de algunas cámaras.

Lo he visto bien, quedé contenta. La tía Eugenia tiene planeado quedar unos días más y ya se regresará también para Madrid.

Por un lado, está feo que lo diga; tengo ganas de que se marche. Quiero volver a quedar sola, incluso sin servicio; pero, por otro lado, me gustaría que se quedara más tiempo.

Una mañana, Eugenia me preguntó qué me pasaba, que me encontraba intranquila, inquieta. Le había contestado que no sabía, aunque imagino que sería por el hallazgo del desván. No le dije nada; el secreto sigue guardado en mi mente y… en el desván.

Pasado el tiempo, Eugenia se regresó a su casa; como ella había dicho, “ya era mucho tiempo de dejar a Eduardo solo”. Debió de estar en El Amanecer unas tres semanas, le calculo, y sí, supongo que para el tío Eduardo es mucho tiempo solo.

Eusebio y yo la llevamos al aeropuerto; una vez en Madrid, iría el tío a buscarla.

Me quedé bien, sola en casa; bueno, con GC, con el servicio y con una barriga que ya empezaba a notarse.

Cuando vi a Rosario pasar por delante del despacho, enseguida la llamé para que entrara.

—Rosario, mañana y pasado, cogeos los días libres —le dije.

—¿Igual que de la otra vez, señora? —preguntó Rosario.

—Sí, igual que la otra vez.

—¿Por algún motivo especial? —preguntó Rosario.

—Por nada en especial —no le iba a decir la verdad—, simplemente quiero quedar sola un par de días. Que Finita no deje nada hecho en la cocina; ya me las apañaré yo con cualquier cosita de nada.

—Muy bien, señora, como desee. ¿Seguro que quedará bien? —Rosario quería asegurarse.

—Sí, tranquila, estaré bien.

—Muy bien, avisaré al resto del servicio —me dijo Rosario saliendo del despacho.

Debió de pasar aproximadamente media hora y Rosario volvió al despacho.

—Señora, avisé a Finita y me ha dicho que ha dejado pasta de croquetas hecha; que como no sabía nada, hizo la pasta con la intención de hacer mañana croquetas, que la tiene en la nevera.

—Vale, muy bien, pues haré croquetas con unas patatas fritas. Está bien. No te preocupes, me las apañaré.

—Me preguntó Finita si quiere que le deje las croquetas ya rebozadas y listas para freír.

—No, que no se preocupe, que deje la pasta; ya las prepararé yo.

Y dicho esto, Rosario salió del despacho.

Pasé los dos días siguientes muy tranquila. Con GC y con mis cosas. Tenía muchas cosas en la mente. Lo primero que hice al quedar sola fue subir al desván. A primera hora de la mañana, en cuanto acabamos de desayunar.

—GC, coge un juguete y vamos arriba —le dije.

El niño cogió unos cochitos que le gustaban mucho, y el garaje se lo subí yo. Entre los cochitos y el garaje, pasaría bastante tiempo entretenido; le encantaba.

Mientras el niño estaba entretenido con lo de él, yo estaba entretenida con lo mío, sin perder de vista al niño, por supuesto.

Debí de estar como unas cuatro horas arriba, mirando los cuadros, uno a uno.

Los conté: doscientos treinta y seis cuadros.

En diez años que se calculó que estuvo subiendo al desván por las tardes, sale a unos veinticuatro cuadros por año, ¡no está nada mal!

A un poco menos de dos cuadros al mes. No eran grandes; había de todos los tamaños, pero la mayoría eran de unos cincuenta por cincuenta centímetros.

Había muchos, como unos sesenta, del mismo tamaño, y había cuatro que eran grandes, excepcionalmente grandes.

Uno medía dos metros por tres, otro medía dos metros por dos y medio, otro, un metro por uno y medio, y el otro era de dos metros por uno y medio. El resto eran más pequeños.