Capítulo 7
La visita de Eugenia
—Rosario, buenos días. Ya sé que no es lunes para hacer los planes de la semana, pero te lo digo hoy por si quieres ir adelantando tarea.
—Diga, señora.
—Verás, para la semana está prevista la llegada de mis tíos, de Silvia y de Patricia; tendréis que preparar tres habitaciones.
—Bien, entiendo que una habitación para la señorita Silvia, otra para la señorita Patricia y otra para sus tíos.
—Así es. Hasta donde yo sé, mis tíos duermen juntos y, si no, allá se las apañen —le digo sonriendo.
—Perdone, señora, no le he entendido. ¿Qué quiere decir?
—No te preocupes, Rosario; nada, cosas mías.
—Muy bien. ¿Sabemos en qué fechas vienen y por cuántos días? Tendremos que abastecer la despensa para cuatro personas más.
—Mis tíos entre el martes y el miércoles; Silvia y Patricia, no sé cuándo llegarán. En cuanto a la estancia… no sé. Te informaré en cuanto yo me entere.
—Gracias, señora. Le agradezco que me haya avisado con tiempo.
Rosario se fue y yo me quedé en el despacho.
No encontraba el momento de volver a subir al desván y contar los cuadros que allí había.
Y quería hacerlo antes de las visitas de la próxima semana; después ya estaré más liada.
Mi intención era inventariar todo, con fotos y todo lujo de detalles, medir los cuadros y hacer una descripción de ellos; no sé exactamente para qué, pero quería tener conocimiento de lo que allí pudiera haber.
No sé si tendría el momento para poder subir sin ser vista.
No quería que nadie se enterara. Y Gloria, su mejor amiga, ¡que no supiera nada!
, me parece increíble. Tenía ganas de ver los cuadros a la luz natural de la ventana.
___ ooo ___
Hoy llegan mis tíos y nos preparamos Eusebio y yo para ir a buscarlos al aeropuerto. Cuando llegamos veo a mi tía, pero no a mi tío.
—¿Y el tío? —le pregunto a Eugenia.
—Tu tío vendrá el viernes; pidió un día libre en el trabajo, así que viajará en dos días. Yo me he adelantado. Él marchará el domingo y yo, bueno, no sé; o me voy con él o…, si me tratas bien, me quedo un poco más aquí contigo —esto último lo dijo sonriendo.
—Te trataré como a una princesa —le dije.
Después de saludarnos y darnos un fuerte abrazo —ya tenía ganas—, metimos el escaso equipaje de Eugenia en el coche y nos fuimos para El Amanecer.
—Mi niña, tan joven y ya viuda —me dice mi tía.
—Bueno, ya ves. Hoy lo es todo y mañana es nada.
—¡Cuánto sentí la muerte de César! Realmente lo apreciaba mucho. Era una persona encantadora y se notaba que te quería mucho.
—Sí, muchísimo, tía.
El viaje desde el aeropuerto a El Amanecer debió de durar como unos veinte minutos; había tráfico.
En El Amanecer, Gerardo cogió el equipaje de mi tía, que lo llevaría a la que sería su habitación.
—Le hemos preparado la misma habitación de siempre, señora; espero que se encuentre a gusto en ella —le decía Gerardo.
—Sí, claro, es una habitación muy buena, con bonitas vistas al jardín —le decía Eugenia a Gerardo.
Ya estando las dos a solas, Eugenia me preguntaba por Silvia y Patricia.
—No sé cuándo llegarán, pero supongo que entre hoy y mañana —le decía a mi tía.
—Bueno, tenemos poco tiempo para estar a solas —me dijo Eugenia.
—Estaremos a solas, tranquila; ni Silvia, ni Patricia vienen para estar todo el tiempo en El Amanecer. Encontraremos los ratitos —le decía a Eugenia.
—Catarina me dejó muy preocupada. Me había llamado por teléfono y me había dicho que ella ya se había ido de aquí, abandonándote y que se había lamentado por haberte dejado sola —me dijo Eugenia.
—¡Qué tontería! ¡Estoy bien!
—Bueno, todo lo bien que se puede estar en tus condiciones… —me dijo Eugenia.
—Bueno, pues sí. Fue muy doloroso, tía. El ir a Badajoz corriendo… me acompañó Antonio, ¿sabes? El tener que identificar un cuerpo encima de una camilla, situada en el medio de una blanca y fría habitación, el olor a…
—No sigas, cariño, déjalo —mi tía me interrumpió.
Mi tía Eugenia, junto con su marido, mi tío Eduardo, eran más que unos tíos.
Eran como mis padres. Cuando era jovencita, escapé de mi casa en Córdoba para ir a Madrid con ellos.
En Córdoba, no estaba bien; mi padrastro Ramón…
no era bueno conmigo. En cuanto Eugenia tuvo conocimiento de ello, le faltó tiempo para llevarme a vivir con ellos a Madrid.
Ellos no tuvieron hijos y me han criado a mí como si lo fuera.
Mi madre, Aurora, aun sabiendo lo que ocurría con Ramón, no hizo nada para defenderme.
Por las noches, Ramón se metía en mi habitación y había tocamientos.
Nunca llegó más allá, pero fue lo bastante grave como para que una niña de catorce, quince años, quedase psicológicamente marcada.
Así que, ni corta ni perezosa, Eugenia, me llevó a su casa de Madrid.
Debí de marchar a los dieciséis años, más o menos; acabé el bachillerato, y luego hice un grado en Administración y Empresas, que completé con un MBA, que se me hizo muy difícil de acabar, sobre todo, la parte de contabilidad.
Una vez, César me había dicho que mi tío Eduardo, que es contable, me pudo haber ayudado…
pero no quería ayuda; lo quería hacer yo sola, por mí misma. Y el que la sigue, la consigue.
Estaba acabando el MBA, cuando conocí a César. Quedé prendada y… por si existiera la duda… ¡los flechazos existen! Lo he vivido en mis propias carnes.
Quizás no empezamos como todos los matrimonios; he de recordar que el mío fue más un contrato que un matrimonio, pero, con el tiempo, supimos complementarnos.
Y nos acabamos enamorando. César decía que yo era su “Mary Austin”, por la amiga tan amiga que tenía Freddie Mercury.
Solía decir que Elena era para César, lo que Mary Austin era para Freddie Mercury.
Mi tía se acomodó en su habitación, se dio una ducha y ya casi era la hora de la cena.
Jugar un poco con GC, un breve paseo, cenar, ver una peli y a dormir.
___ ooo ___
Esta noche he vuelto a soñar con César. ¡Fue tan real! Era como si hubiera estado con él. Y así lo sentí.
Desayunando, se lo comenté a mi tía y me dijo que era normal, soñar con él. Que necesitaba más tiempo, que todavía estaba muy reciente.
Sonó el móvil; era Silvia.
—Hola, ¿cuándo llegáis? —pregunté.
—Estamos ahora saliendo de La Coruña; en unas horas, ya estamos por ahí —me dijo Silvia.
—¿Viene Antonio también? —me interesé.
—No, solo vamos nosotras, Antonio, quedaba con bastante trabajo.
—Bueno, pues nos vemos en un ratito. Conducir con cuidado —le dije.
—Bueno, eso díselo a Patricia; vamos en su coche y conduce ella.
—Pues díselo de mi parte.
—Vale, se lo diré. Ciao.
—Ciao, ciao.
Y colgamos.
Eugenia y yo nos disponíamos a vestirnos para ir a dar un paseo con GC. En mi estado, me convenía dar largas caminatas; si no, me pondría muy gorda.
—En unos días tengo una revisión en el gine; me hará una ecografía para ver al bebé —le dije a mi tía—, si me quieres acompañar…
—¡Por supuesto que sí! Me encantará ver a ese chiquitín antes de que nazca.
—Y cuando nazca… ¿vendrás por aquí? —le pregunté.
—Sí, no te preocupes, estaré aquí contigo el tiempo que me necesites —me aseguró mi tía.
—Seguro que vendrá Catarina también; me lo dijo antes de marchar.
—Sí, no vas a estar sola —me dijo mi tía—, hay mucha gente que te quiere.
Dimos un paseo, y no me salía de la cabeza mi sueño de esta noche; ¡es que estuve con César! Estuve todo el resto del día, abobada y con una sensación extraña.
Otra cosa rondaba mi cabeza: el desván. No encontraba el momento de subir y volver a ver los cuadros; tenía que subir de día y no tuve ni cinco minutos. Y ahora, con la llegada de Silvia y Patricia, va a ser peor todavía. Aunque no estén todo el tiempo aquí, no voy a encontrar el momento.
Estas chicas debieron de conducir a todo gas, porque no habían pasado tres horas y ya estaban llamando al timbre.
—¡Yo abro! —le dije a Ana, que ya se disponía a acercarse a la puerta.
Efectivamente, eran Silvia y Patricia.
—Habéis tardado menos de lo que esperaba —les dije mientras extendía mis brazos para abrazarlas.
—Bueno, poco tráfico y una, que es muy diestra —bromeaba Patricia.
—Estáis guapísimas —comenté.
—Un abrazo prima —me dice Silvia—, caray, tenía muchas ganas de verte.
—Sí, por lo que has pasado, no quiero ni pensarlo —dijo Patricia—, Antonio, me contó todo; vuestro viaje, la estancia en Sevilla, el tener que ir a Badajoz.
—Sí, ha sido muy fuerte —dije yo.
—También me ha dicho Antonio que tienes las cenizas de César aquí, en El Amanecer —dijo Patricia—, ¿no estarían mejor en el cementerio?
—No sé por qué a todo el mundo le sorprende que quiera tener aquí a César; no es tan difícil de entender. Lo quiero cerca, porque hablo con él y lo siento cerca; si lo llevo al cementerio, tendré una sensación de abandono, como si no lo quisiera —les expliqué.
—Bueno, tú ten a César dónde quieras, si así te encuentras a gusto, no voy a ser yo quien te diga lo contrario —decía Patricia, mientras Silvia se mantenía en silencio, pero asentía con la cabeza.
—Y no has hecho ninguna ceremonia religiosa ni nada... —esta vez fue Silvia la que habló.
—No, ya sabéis que César no era mucho de esas cosas. Lo incineraron en el mismo Instituto de Medicina Legal, al que llegó después del accidente, no muy lejos de donde tuvo el accidente y me dieron las cenizas y me las traje; no hay más cáscaras. No sé por qué no lo entiende la gente —decía yo.
—Porque aquí se acostumbra a una ceremonia, un día en el tanatorio…
—Ya, pero no voy a ir al tanatorio con César cuando ya fue incinerado; eso sería de haber traído su cuerpo, pero pedí que lo incineraran allí, para que fuera más fácil —les expliqué.
—Bueno, dejemos este tema; queda aclarado, se hizo como tú dispusiste y está bien —dijo Patricia.
—Tenéis dos habitaciones arriba: la de Silvia es la de siempre y la de Patricia, creo que te prepararon la que está al lado de Silvia. Ahora llamo a Ana y que os acompañe —les dije para cambiar de tema.
—No hace falta que nos acompañe Ana, ya sabemos nosotras —dijo Silvia.