El secreto de Elena (Trilogía: El secreto nº 2) Capítulo 6
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Capítulo 6

El hallazgo

Meto la llave en la cerradura, le doy la vuelta, abro y entro.

Es una sensación rara, y, en estos momentos, estoy sintiendo un sinfín de emociones, alegría, miedo, sorpresa, esperanza, temor…

mi corazón bombea con fuerza. El lugar está oscuro.

Hay un pequeño ventanuco que dejaría entrar un poco de luz natural si fuese más temprano.

Es una ventana fija; no se puede abrir, por lo que la ventilación es inexistente. Dejé la puerta abierta para ventilar.

Tuve que encender la linterna del móvil para poder ver bien.

No había ninguna llave de luz al lado de la puerta, así que, supuse que no habría luz.

Me encontré con una habitación más o menos grande, abuhardillada, el techo caído a los dos lados, a la izquierda y a la derecha, pero con una zona central amplia que se cogía muy bien de pie.

La ventana estaba situada enfrente de la puerta de la entrada.

Miré con calma todo lo que estaba a mi alrededor, no sin tener un poco de cuidado.

No sabía por dónde empezar. Para llevar tanto tiempo cerrado, no estaba tan mal.

Veo trastos: una cuna, preciosa, sería la de César cuando era pequeño, una lámpara de pie muy chula, no funcionaba o estaba desenchufada, ¡buena idea!

Me haría falta un enchufe para poder encenderla.

Lo busqué, pero no lo encontré. Seguí con la linterna, malamente pude ver un costurero, un perchero de pie, un colchón, un sofá viejo, sillas viejas, hamacas de jardín, un mueble con cajones, este mueble tuvo que haber sido precioso en sus tiempos, ahora se ve viejo y muy ajado, un caballete de pintor…

Dispuestos en el suelo, mirando hacia la pared, había cuadros, muchos cuadros, cojo uno, lo ilumino con la linterna y veo una obra de arte abstracto, me recordó a las pinturas de Kandinski.

Lo había estudiado en el bachillerato y me gustaba.

Figuras geométricas y líneas, me preguntaba si todos los cuadros serían del mismo estilo.

Miro otro, y luego otro, y así estuve largo rato.

Miro la firma de los cuadros, en todos los cuadros aparecía “CEAG”, sin duda, Cornelia Emilia Alves Gravina, mi suegra.

No me equivoco al asegurar que César no sabía nada de esto, supongo que me lo hubiese dicho.

Seguí mirando los cuadros, eran todos en la misma línea, eran pinturas y dibujos con formas geométricas, colores puros y con una composición muy precisa.

Algunas pinturas no eran tan precisas; más bien parecían manchas aplicadas al azar.

Como si dejase, a propósito, “caer” la pintura encima.

Pero tenían todos algo en común, aparte de la firma: eran de una belleza singular, y sus colores, sus colores brillantes y fuertes, amarillos, naranjas, verdes, azules, violetas…

perfectamente utilizados, mostrando una armonía sin igual.

Quedé prendada por tal hallazgo, ¡allí habría unas doscientas pinturas!

GC apareció en aquel momento.

—Mami.

—¡GC! ¡Esto es la monda lironda! —le dije.

Sabía que allí tenía que haber algo y ¡vaya si lo había!

En esto era en lo que ocupaba su tiempo Cornelia, cuando perdió a su primer hijo Gustavo y hasta que nació César.

Este es el espacio de tiempo que Gerardo me había dicho.

Fueron como unos diez años. Me pregunto por qué Cornelia lo mantuvo en secreto.

Por lo que sé, según Gerardo y Rosario, nadie sabía a qué subía allí por las tardes y pasaba entre dos o tres horas.

Ahora entiendo que tenía que ir de día para poder ver, no había enchufes ni luz, usaría la luz de la ventana, según fuera invierno o verano, podía estar más o menos tiempo disfrutando de la luz natural.

¿Nunca la vieron subir con lienzos, bastidores y pinturas? O… ¿Lo hacía a escondidas? Muchas preguntas que quedarán sin respuesta.

Valió la pena abrir esta puerta. Ahora la dejaré cerrada y pondré la llave en su sitio, tal cual la encontré. No se lo voy a decir a nadie, al menos de momento.

—GC, vamos a guardar el secreto de lo que hay aquí, ¿vale? —le dije, confiando en que entendería.

—Vale, checreto.

—Sí, mi niño, será nuestro checreto.

Tendré que hacer un inventario con los cuadros que hay, habría que valorarlos; es posible que valgan un pastón, y todos fueron pintados entre 1968 y 1978, según mis cálculos.

Mañana volveré a subir, tendrá que ser de día, a ver si puedo escaquearme del servicio, no quiero que me vean, y los cuento.

Y cruzo los dedos para que GC no se vaya de la lengua.

Ese día había terminado. Preparé una sencilla pero súper sabrosa cena y me fui a dormir con el amor de mi vida, mi hijo.

___ ooo ___

Finita no entendía el porqué de aquellos dos días sin trabajar, tampoco lo entendieron Rosario, Gerardo, Ana e Isabel. La explicación que le había dado a Rosario era que quería un par de días sola. Creo que no es difícil de entender.

Finita, además de cocinar, tiene la faena de arreglar y limpiar la cocina.

Aunque teníamos lavavajillas, era la encargada de esta tarea también.

Espero que no se haya quejado cuando se incorporó al trabajo y vio algo de loza sin fregar, una sartén y una tartera.

La verdad que usé la cocina para cocinar, pero no fregué nada, estaba liada en otros asuntos de más importancia.

Tendría que ir pensando en reincorporarme a mis tareas en los hoteles.

Tengo tres hoteles; ahora supongo que son míos.

En ellos hago la función de coordinadora al lado de los directores y gerentes.

Eran del papá de César, tras su muerte, los heredó Cornelia y tras la muerte de esta, los heredó César.

Ahora imagino que sean míos y de GC. Cornelia me enseñó todo lo que sé.

Antes de hacer yo esta función, la había hecho ella.

Así que aprendí de la mejor. Y, sí, ya iba siendo hora de reincorporarme.

Realmente estoy esperando a estar un poco mejor de ánimo, todavía no ha pasado mucho tiempo desde la muerte de César y me siento un poco floja.

Quizás espere un poco más, a que GC empiece en el cole, total para lo que queda.

Y, además, tengo el firme convencimiento de que los hoteles están funcionando bien.

Isabel llama a mi despacho. Aunque no vaya a los hoteles, esto no quita de que haga algo de trabajo desde El Amanecer, atiendo lo que puedo, haciendo teletrabajo.

—Señora, la señora Gloria, acaba de llegar.

—Está bien, ya la recibo —le dije mientras me levantaba de la silla y me dirigía a la puerta.

—¡Gloria! ¿Qué tal? ¿Cómo vas?

—Curioso, te iba a preguntar lo mismo.

—Déjame preguntarte algo —le dije—, mientras la invitaba a pasar.

—Pregunta, pregunta.

—¿Sabes si Cornelia tenía algún hobby?, además de las orquídeas.

—No, querida, Cornelia era una loca fanática de las orquídeas, por cierto… ¿Se las estás cuidando? —me pregunta.

—Sí, claro, me encantan, pero… —quería llevarla a mi terreno de nuevo—, ¿otro hobby?

«No te voy a decir en qué estuve ocupada estos días», pensé.

—¿A qué te refieres, exactamente? —me preguntó Gloria.

—Pues, yo estaba pensando en pinturas, en dibujos, algo más… artístico.

—¿Quieres decir que si ella pintaba?, no querida, no recuerdo que ella pintase nada —me decía Gloria—, ¿preguntas por algo en especial?

—No, déjalo, cosas mías.

«No hay más cáscaras», pensé.

—Pediré a Ana o a Isabel que nos traigan algo para picar, ¿sí?

—Tomaría un café —me dice Gloria—, y… cuéntame, ¿qué sabes de tus tíos? Me caen muy bien.

—Pues no sé… a ver si los llamo uno de estos días, habían quedado en venir, pero no sé nada de ellos.

En ese preciso instante, me llaman al móvil y eran ellos.

—¡Caray! Justo estábamos hablando de vosotros, de cuando ibais a venir —le dije a mi tía Eugenia.

—En unos días. La semana que viene. Todavía no tengo muy claro el día, pero será martes o miércoles —me contestó Eugenia.

—Genial, tengo muchas ganas de veros.

—Y… ¿Con quién hablas de nosotros? —se interesó mi tía.

—Hablaba con Gloria, que está aquí de visita y me preguntaba cuándo ibais a venir.

—Bien, pues ya le puedes decir, que en unos días. Tengo muchas ganas de verte, mi niña —me decía mi tía.

—Sí, tía, yo también tengo ganas de veros, no veo el momento de abrazaros. Vuelvo a estar embarazada, ¿lo sabías?

—Sí, cielo, me había enterado por Catarina. Ella me llamó para decirme que te había dejado y que no quería que estuvieras tanto tiempo sola. Me pidió que fuéramos para ahí.

—Esta Catarina, se cree que no puedo estar sola…

—Bueno, se preocupa por ti. Para la semana ya nos vemos.

—Es posible que coincidáis con Silvia y Patricia; quedaron en venir para la semana, también.

—¡Vaya, qué contrariedad! Nos vamos a juntar unos cuantos —comentó mi tía.

—No importa, aquí hay sitio para todos y más.

Me despedí de mi tía y continué la conversación que tenía pendiente con Gloria.

—Creo que ya me has oído; mis tíos vendrán para la semana.

—Sí, ¡qué casualidad! Justo estábamos hablando de ellos y te llaman.

—Sí, así es —le dije.

Ana llegó con unos cafés y merendamos tranquilas mientras tratábamos de arreglar el mundo y recordábamos con tristeza a Cornelia y a César.

Gloria se fue y me quedé a solas con mi niño, tan bonito y tan bueno.

—GC, mi cachorrito… ¿Nos echamos algo al buche? ¿Tienes hambre?

—Chiii, vamos.

Bajamos a las cocinas y allí cenamos; ya no hicimos uso del comedor.