Capítulo 5 #3
Me dirigí al despacho que había sido de Cornelia, ahora mío, y revisé todo.
Cajones, estanterías, hasta las carpetas colgantes.
Pero en el despacho no había nada que no fueran las cosas típicas de una pequeña oficina.
Carpetas y más carpetas. En la mesa del despacho se disponían cinco cajones.
Uno grande y ancho debajo de la superficie y cuatro cajones más en vertical a la derecha de la mesa.
Salvo útiles de oficina, bolígrafos, carpetas, folios en blanco, lápices, rotuladores, calculadoras, etc.
no había nada más. Encontré disquetes de computadoras, no tendrán pocos años ni nada. En el despacho, nada.
El siguiente sitio que revisé fue la biblioteca.
Aquí pude ver una colección preciosa de libros de geografía, una enciclopedia de geografía mundial con atlas e incluso la historia.
Una colección bestial. Las obras completas de Alejandro Dumas, Dante, León Tolstói, Emilio Salgari, Dickens, Verne, Stevenson…
¡wow! Nunca me había fijado en esta biblioteca.
Seguro que podría valer un montón de pasta, pero bueno, no estaba en venta.
Aluciné. Había muchas colecciones de novelas y muchas enciclopedias, diccionarios, etc.
Uno de estos días me pondré a contar los volúmenes que podría haber, una vez César me dijo que había más de mil.
Una biblioteca fantástica. Cornelia me había comentado que hasta tenían un incunable.
En otro momento lo buscaré, ahora estoy con la mente en otro asunto.
Bien, revisada la biblioteca, tampoco estaba la llave.
En el comedor, había un mueble estilo aparador con loza y cosas propias de los aparadores de comedor, cuberterías, cristalería, etc.
Pude ver las dos vajillas que me había dejado Cornelia para mí en su testamento, la vajilla de La Cartuja y la Vista Alegre.
Preciosas y en muy buenas condiciones las dos, no se veían viejas o usadas, estaban muy bien conservadas.
También había una vitrina, en el mueble de la vitrina había tres cajones que abrí y revisé, pero no había nada de interés, manteles, servilletas, abrelatas, abrebotellas y poco más.
Empezaba a desesperarme, no me quedaba mucho más por donde buscar, como no mirara en las cocinas…
GC despertó, le di una merienda y aproveché para comer algo yo también.
Me dispuse a mirar las otras habitaciones.
En El Amanecer había doce habitaciones, y solo había revisado la de Cornelia, la mía no la iba a mirar, de sobra sabía lo que había.
Me quedaban diez dormitorios más, el salón, las cocinas, el despacho de Gerardo y las habitaciones del servicio, pero las habitaciones del servicio no las iba a revisar. No soy tan curiosa.
Me lo voy a tomar con calma. Tengo esta tarde y mañana todo el día para poder buscar.
Y si… ¿Estuviera la llave en su baño? Un lugar un tanto raro para guardar una llave, pero que no revisé. Comprobé toda su habitación y el vestidor, pero pasé por alto su baño.
Subí las escaleras, me dirigí al dormitorio de Cornelia y fui directa al baño.
No había mucho por donde buscar, en el baño tan solo había un armario de pie con baldas y cosas de aseo, vi una crema muy buena hidratante, el bote estaba casi lleno, así que, me la quedé, y, el típico mueble con espejo encima del lavabo con el cepillo de dientes, enjuagues, pasta de dientes… nada. Y estoy, como estaba.
Tendría que tratar de abrir la caja fuerte que estaba en su vestidor.
Era de códigos numéricos, puedo intentar lo típico, con las fechas.
El cumpleaños de Cornelia, el cumpleaños de don Gustavo Alfonso, el de Gustavo, el de César…
yo apostaría por empezar por este último.
Si no funcionase ninguno, se vería de otra manera, quizás el aniversario de bodas o el nacimiento de GC.
Hay que ir haciendo combinaciones. Pero esto, salvo que la abra a la primera, me llevaría tiempo y ahora lo voy a dejar.
Ya se verá. Si no, me había dicho Martín, el director del hotel grande, que había un chico que se dedicaba a abrir cajas fuertes, él lo tuvo que llamar en varias ocasiones por las cajas fuertes que hay en las habitaciones del hotel.
Pasó la tarde y poco más había mirado. Mañana revisaré el resto de las habitaciones y abajo, en las cocinas. En el salón hay poco mueble, lo miraré rápido.
GC y yo vimos una película de dibujos animados en la televisión del salón, cuando acabó ya era hora de ir a dormir.
Tomamos un vasito de leche caliente cada uno y nos fuimos los dos a la cama.
GC duerme conmigo desde el accidente de César.
Me hace compañía, mientras es pequeño, tengo que aprovecharme de su compañía.
Cuando nazca el pequeño, tendré que desdoblarme para los dos.
Ya le estoy hablando de su hermanito o hermanita y se le ve emocionado.
Espero que no se cele. La verdad que el embarazo no me da lata ninguna, tanto es así, que ni me acuerdo de que estoy embarazada.
Tengo que pedir cita con el gine, iré al mismo de cuando el embarazo de GC, el Dr. Alonso, me lo había recomendado Cornelia y había quedado muy contenta con él.
Mi cachorrito cayó rendido. Es fantástico ver cómo duerme un niño, cómo se nota que no tienen preocupaciones.
En este momento me estoy dando cuenta de que estamos solos en un caserón enorme de grande y me ha entrado un poco de miedo.
Tenemos cámaras de vigilancia, pero, ¿y qué?
Si quieren entrar, no hay nadie vigilando los monitores.
Mejor no pensar en eso y dormir. Mañana más.
___ ooo ___
A la mañana siguiente continué con la tarea que había dejado ayer a medias.
Después de darle un repaso al salón, los diez dormitorios que quedaban y las cocinas, no encontré nada fuera de lo común.
En esta casa hay, lo que hay en todas las casas.
El despacho de Gerardo y las habitaciones del servicio, no las toqué, me gusta respetar la intimidad de la gente, además ahí no iba a encontrar nada.
Me sentía como una ladrona en mi casa, en realidad, aparte de estar buscando la llave que abre la puerta del desván, ¿qué más esperaba encontrar?
Pregunté a GC si él sabía cómo se abría la puerta del desván, lo llevé arriba y, tratando de abrir la puerta, le pregunté si él sabía dónde podría estar la llave.
—Está cerrada, ¿lo ves? —le dije—. ¿Sabes cómo abrirla?
—No ché —fue su respuesta.
Obviamente, él tampoco sabía. Tenía la absurda teoría de que, así como sabía de la existencia del vestidor, quizás supiese cómo abrir la puerta, pero mis pesquisas fueron en vano.
Mañana vendrá el servicio, ya no estaremos GC y yo solos. Por un lado, me alegro, por otro, no sé. Se está muy tranquilo.
—GC, ¿qué quieres hacer? ¿Vamos a dar un paseo a la playa?
—¡Chiii! —GC, siempre se apuntaba a dar un paseo por la playa.
Cogí una pequeña hamaca de playa y bajamos un momento, yo tomaría un poco de sol y GC jugaría y correría.
Tengo la mente saturada de tanto pensar. ¿Dónde se guarda una llave que abre una puerta? Normalmente, en un llavero, en un cajón, en… De repente lo vi claro: ¡debajo de un felpudo!
Es muy típico dejar la llave debajo del felpudo. Di un salto en la hamaca, en plan “eureka”, pero al momento, caí en la cuenta de que delante de la puerta, no había ningún felpudo.
Mi gozo en un pozo.
Sin embargo, es posible que no fuera muy desencaminada. Si no había un felpudo, quizás estuviera en un ladrillo que se mueve, en un escondite secreto cerca de la puerta… Tengo que seguir pensando.
No me quedan fuerzas ni para disimularlas. De tanto cavilar ya no doy para más y es que estaba segura de que ahí había algo. Tenía que haber algo. Si no, ¿para qué encerrarse tantos años por las tardes? ¿Haciendo qué?
—GC, ven, vamos para casa —le dije levantándome de la hamaca y recogiendo.
—Un poco más —me decía.
—No, churris, mañana venimos con más tiempo, ahora mami quiere hacer cosas en casa —trataba de explicarle.
Cuando regresamos a El Amanecer no pude menos que ir directamente a aquel estrecho pasillo, aquellas estrechas escaleras y me planté delante de la puerta.
Después de mirar bien, no había felpudo, no había ningún ladrillo que se moviese (es que no había ladrillos; era pared recebada y pintada), no había ningún escalón suelto, no veía ningún sitio donde se podría guardar una llave.
Según la Navaja de Ockham, la respuesta más sencilla suele ser la correcta. La explicación más simple es la más probable.
Tengo tres explicaciones posibles que me parecen sencillas y, por ende, las más probables.
Uno, la llave la guardaría en su dormitorio, dos, la llave la guardaría en un lugar de fácil acceso para cogerla y dejarla o… tres, después de tantos años, la llave se ha perdido.
¿Cuál será la correcta?, en su habitación, no. Nos quedan dos posibles respuestas.
Volví a ir al lugar y volví a revisar por la zona, me dije, o está por aquí, o se ha perdido, no queda de otra. No quería llamar a un cerrajero para dar sentencia a nadie, no sabía lo que allí me iba a encontrar.
Me había concentrado en mirar a los lados, las paredes, y en mirar abajo, las escaleras, pero me faltaba mirar hacia arriba, Cornelia no era bajita, bien podría llegar muy arriba. En el marco de la guarnición de la puerta, encontré la respuesta.
¡Eureka! —grité—. ¡La tengo! ¡Al fin!