El secreto de Elena (Trilogía: El secreto nº 2) Capítulo 5 #2
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Capítulo 5 #2

—Pues en eso mismo… estaba pensando —me dijo Rosario.

—No, tranquila. Además, estará GC conmigo, ¿crees que haría algo así con el niño por el medio?

Y, si no lo sabes, te lo diré, estoy embarazada, no cometería una locura como esa, puedes quedar tranquila.

Di al servicio que no vengan hasta el viernes y que estén tranquilos: en las nóminas no se hará ningún descuento —le expliqué.

—Muy bien, pues como indique la señora —dijo Rosario—. ¿De verdad que quedará bien? ¿Quiere que le diga a Finita que haga hoy comida de más para que le quede algo hecho?

—No, yo cocinaré. Hasta el viernes.

Rosario me dejó y espero que haya quedado convencida de que no quiero quedarme sola para hacer una locura.

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Al día siguiente, me levanté con muchas ganas de verlo todo y, sobre todo, quería ver el desván. Empezaría por revisar el dormitorio de Cornelia, estaba bastante convencida de que la llave del desván la encontraría allí.

Después de desayunar en la cocina, preparé leche con galletas para GC y yo tomé un café, como vengo haciendo desde los últimos ¿quince años?, pues por ahí, bueno, un poco menos.

Subimos a la habitación de Cornelia y empecé mirando los cajones de sus mesitas de noche. No había nada en particular, unas pastillas que a veces tomaba, no sé para qué, pañuelos de papel, caramelos de menta, cosas sin importancia, de lo que yo estaba buscando, nada.

GC estaba conmigo. Y yo seguía mirando. En el armario empotrado, ropa, evidentemente.

Cornelia tenía ropa de muy buena calidad y encontré un pañuelo tipo fular que siempre me gustó.

Ahora podría quedármelo, pero… no sé, parece una apropiación indebida, sé dónde está, para cuando quiera ponérmelo.

Colgado, el vestido que llevó a mi boda, qué guapa y elegante estaba, y blusas, camisas, chaquetas, pantalones, etc.

De repente, veo su joyero encima de la coqueta.

Seguro que encontraré la llave, ahí, en el joyero.

Voy hacia él, lo abro, revuelvo un poco su interior, pero no veo ninguna llave.

Solo joyas, algunas buenas, otras muy buenas, y otras regulares.

También había bisutería. Cornelia era una mujer con muy buen gusto para el vestir y los accesorios, cuando se tiene dinero, vestir bien y mantener la elegancia no es difícil.

Veo un armario de madera blanco en una esquina, abro sus puertas y veo ropa debidamente doblada y bien colocada en cada una de sus estanterías.

¡Qué ordenada era esta mujer! Así fui mirando y revisando todo.

Cada cajón de la coqueta, de las mesitas de noche…

GC se dirigió al baño de Cornelia, entendí que quería hacer pipi, aunque me extrañaba, ya que GC todavía usaba pañal.

Iba detrás de una pelota. Fue él, el que me guió al vestidor.

En su baño había una puerta de la que nunca me había percatado, de hecho, creo que nunca había entrado en su baño, abro la puerta y veo un precioso y enorme vestidor.

¡Increíble! GC lo conocía, sin duda, ya había estado allí, imagino que con Cornelia.

Y, de repente, me doy cuenta de que era como si hubiera encontrado un tesoro.

Seguro que es aquí donde cerraron la ventana al exterior, ya que en el vestidor no había ventanas y la situación me cuadraba con la fachada donde había visto una ventana de más.

No me extrañaría que, de esa habitación, hubieran hecho el baño y el vestidor.

Ya me parecía a mí que solo los armarios de la habitación era poco espacio para almacenar la gran cantidad de ropa que esta mujer tenía. Ahora lo entendía.

El vestidor de Cornelia era como una habitación con estantes, cajones y barras para ropa de colgar y todo muy bien ordenado.

Todo dispuesto en las paredes, alrededor de la habitación, todo en blanco y, en el centro, dos grandes baúles dispuestos uno frente al otro.

En el vestidor, vi mantas, sábanas de seda, (mi suegra tenía gustos caros), colchas y, obviamente, ropa de salir.

También tenía la ropa para dormir, pijamas, camisones, batas y el albornoz, blanco de microfibra.

Abrí uno de los baúles, y vi ropa más vieja, seguro que la ropa que no usaba, la dejaba aquí, abrí el otro baúl y lo mismo, ropa muy usada.

Quizás fuera la ropa que Cornelia usaba para estar en casa, cómoda o cuando se metía en el invernadero, para cuidar sus orquídeas.

Tendría que ponerme un día con ayuda de Ana o Isabel y recoger todo esto, donarlo para beneficencia o algo así, ya que era ropa que estaba en buen uso. Pero esto lo voy a dejar para más adelante, ahora estoy con otros asuntos.

En mi dormitorio, César y yo también teníamos un gran vestidor, pero ¡caramba!

No como este. Estoy pensando en mudarme de habitación, puesto que, además, el baño de Cornelia también es mejor que el mío.

Pero esto, también lo voy a dejar para más adelante.

Ahora estoy a lo que estoy, y es encontrar esa maldita llave del demonio.

Si llamase a un cerrajero, acabaría antes.

Con todo esto, se me pasó el tiempo volando, tendría que bajar a las cocinas y preparar algo de comer, había olvidado que estaba sola y no tenía servicio.

Pero quería acabar de revisar esta habitación antes de ir a hacer la comida.

—¿Tienes hambre? —le pregunté a GC.

—Chiii —me contestó.

—Habrá que ir a hacer algo de comer, hoy voy a hacer yo la comida, Finita no está, ¿lo sabías? —le pregunté.

—Ché.

—Sé, cariño, se dice sé.

—Chi, ché.

—Bueno, en un ratito vamos para abajo. ¿Te aburres?

—No.

—Bien.

Miré el espacio destinado a zapatero, únicamente había zapatos.

En una esquina del vestidor, abajo a la izquierda, y muy bien camuflada, había una caja fuerte.

No me sorprendió. Todas las casas de este estilo suelen tener caja fuerte.

Me pregunté qué habría en ella, pero tampoco le di mucha importancia, supongo que habrá papeles importantes, escrituras de compraventa de los hoteles, de El Amanecer, algún documento notarial, dinero…

de repente, caí en la cuenta de que quizá la llave estuviera allí.

Aunque me parecía un lugar incómodo donde guardar algo que tendría que coger todos los días.

Más bien, pensaba que la llave la guardaría en un lugar de fácil acceso y me di cuenta de que quizás la estaba buscando mal.

¿Y si no la escondiese? Simplemente, la pondría en algún otro sitio, pero sin esconderla.

Salí del vestidor, y volví a mirar la coqueta, las mesitas de noche, por encima y sin buscar, el armario blanco de la esquina, reviso los estantes, deslizo mi mano por debajo de las pilas de ropa y trato de buscar con el tacto, noto algo en mi mano, que no es ropa.

Cuando lo cojo y lo saco, veo que es un sobre, lo abro y dentro hay dinero.

Una suma considerable, he de decir. Sí, es verdad que había algunos pagos que Cornelia los efectuaba en efectivo, pero tener tanto dinero en efectivo para esos pagos, no sé, es demasiado.

Miro en otro estante, deslizo mi mano por debajo de la ropa y noto lo mismo, cuando lo cojo y saco otro sobre, lo abro y dentro, dinero.

Otra suma significativa, que con la anterior, ya son dos sumas realmente importantes.

Revisé todos los estantes del armario; eran siete, y en cada estante, había un sobre y dentro de cada sobre, dinero.

No me esperaba esto. Cogí el dinero y lo guardé en mi habitación, quién sabe si me puede hacer falta.

En total, siete sobres, siete sumas considerables.

Seguí revisando, ahora emocionada por el hallazgo, ya se me había olvidado el tema de la llave; ahora buscaba más dinero.

Vuelvo a mirar el armario empotrado, lo mismo, deslizo mi mano por debajo de la ropa, pero nada.

Me regreso al vestidor, un cajón, otro, otro…

los estantes, vuelvo a llevar mi mano por debajo de las pilas de ropa, nada.

Ya no vi más dinero. Tan solo lo tenía en el armario blanco de la esquina. Sería el sitio más fácil para ella.

Lo revisé todo, bien, a conciencia y, sin embargo, no encontré nada. Esa llave no estaba por ningún lado. Total, que decidí bajar a las cocinas y hacer algo de comida. Ya eran horas y tanto GC como yo teníamos hambre. Cocinaré algo sencillo.

Con este lío se me olvidó que había quedado con Mateo en que iba a comprar las cámaras de vigilancia, le llamaré y le explico. Después de comer.

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Después de comer llamé a Mateo.

—Mateo, buenas tardes, soy Elena. Había quedado contigo en que te avisaría cuando hubiera comprado las cámaras, ¿te acuerdas?

—Sí, señora, me acuerdo. ¿Ya las tiene? —me preguntó Mateo.

—No, verás. He estado ocupada en la casa, en El Amanecer, y no he tenido mucho tiempo. Probablemente, quede para la semana que viene; te lo digo para que no creas que me olvidé —le expliqué.

—Está bien, cuando quiera ya me avisa.

—Una cosa, ¿tenemos corriente para enchufar las cámaras? —pregunté.

—En todos los viñedos tenemos pequeñas edificaciones a modo de galpón, donde sí, hay toma de corriente, ¿se refiere a esto? —me pregunta Mateo.

—Sí, eso es. Es todo lo que necesito saber. Muchas gracias. ¿Hemos sabido algo más acerca del fuego?

—No, todo está igual. He preguntado a los vecinos por si habían visto a Venancio por aquí aquel día, pero parece que nadie lo vio o nadie dice nada.

—Está bien. Muchas gracias. Cuando tenga las cámaras, te aviso.

La conversación acabó y yo seguí con mis tareas. Aproveché que GC quedó dormido después de comer y seguí revisando.

Le di un par de vueltas al asunto de la llave. Si no la escondía en su habitación, ¿dónde? Rápidamente me vino a la mente, su despacho.