Capítulo 5
¿Qué secretos guarda El Amanecer?
Cuando tuve las llaves de la casa en mi poder, no pude dejar de comprobar que, efectivamente, funcionaban.
Entré y salí de cada habitación, abriendo y cerrando con llave cada una de ellas. No tuve ningún problema con ninguna; todas funcionaban perfectamente.
Sin saber que existía, porque nunca antes había estado en esa zona, llegué a un minipasillo oscuro y lúgubre, sin ventanas.
De ese pasillo partían unas angostas escaleras.
Eran unas escaleras estrechas de madera que conducían a lo que yo imaginaba que era un desván.
César nunca me había hablado de que la casa tuviera un desván.
Me pareció interesante ver qué se escondía detrás de aquella puerta, tan estrecha como el propio acceso.
Subí las escaleras, no sin cierto tiento, pues no había luz y apenas veía dónde pisaba.
Cuando llegué arriba, traté de abrir la puerta, pero fue en vano.
Estaba cerrada a cal y canto. ¿Qué podía esconderse detrás de una puerta de desván para que permaneciera cerrada?
Bajé al despacho. Allí, en un cajón de la cómoda, había dejado el fajo de llaves que Rosario me había dado un par de días antes.
Volví a subir y probé todas las llaves, una a una, en la cerradura de la pequeña puerta.
Era una puerta normal y corriente, de madera, bien conservada, y tenía un pestillo que solo se abriría si tuviera la llave apropiada.
Pero ninguna de las llaves que probé servía.
Ninguna era la llave que abría aquella puerta.
«Tengo que abrirla», pensé. Probablemente, solo haya trastos viejos, lo típico de los desvanes, juguetes de César de cuando era pequeño, y cualquier otro tipo de cacharros y chismes que no sirven para nada y que se suben al desván en lugar de tirarlos a la basura.
Preguntaré a Gerardo y a Rosario, a ver si ellos saben.
No tardé en bajar al despacho de Gerardo, un pequeño habitáculo al lado de las cocinas, con una gran ventana y pintado de blanco. Allí, sentado, trabajando con su portátil, estaba Gerardo.
—Quisiera preguntarle algo —le dije.
—Sí, claro —Gerardo se puso en pie en cuanto me vio en la puerta.
—¿Le pillo ocupado? —le dije.
—No, esto puede esperar. Estaba haciendo las nóminas del mes de los empleados de El Amanecer y después me pondré a hacer los cuadrantes para la semana que viene que ya me los pasó Rosario, pero todo esto puede esperar, dígame, ¿en qué puedo serle útil? —me contestó Gerardo.
—No sabía que hacías tú las nóminas, pensaba que de eso se encargaban desde la gestoría —le dije.
—Bueno, normalmente las hago yo, porque me gusta tener todo controlado. Yo hago las nóminas y dejo que la gestoría las haga también, así cotejo las de ellos con las mías y me aseguro de que todo está bien, en orden y en regla —me explicaba Gerardo.
—Bueno, bien —le dije.
—¿En qué puedo serle útil? —volvió a preguntar Gerardo.
—Verás, solicité a Rosario las llaves de El Amanecer y las probé todas, en cada habitación…
Gerardo me interrumpió.
—¿Falla alguna?
—No, verás. Todo funciona bien, pero he dado con un pequeño pasillo en la esquina del norte, con unas estrechas escaleras que se dirigían a una pequeña puerta. Esta puerta no la he podido abrir, ninguna de las llaves abre esta puerta.
—Es la puerta del desván, señora. Doña Cornelia pasaba horas ahí metida.
Empezó a hacerlo cuando murió el señorito Gustavo, el hermano mayor de César, supongo que sabrá de él…
y dejó de hacerlo cuando nació el señor César.
Imagino que haría alguna actividad ahí para evadirse de sus cosas, la señora Cornelia lo pasó muy mal con la muerte de su primer hijo.
—¿Después de la muerte de Gustavo? Y… ¿Hasta qué nació César?, tengo entendido que fueron como unos… ¿Diez años?
—Así es. Empezó a hacerlo después de la muerte de Gustavo, que había muerto muy pequeño, no llegó a cumplir el mes de nacido, nació mal del corazón y en aquella época… la medicina no era como ahora…
—Sí, lo sabía.
—Se metía en el desván todas las tardes, pasaba dos, tres horas por las tardes. Nadie llegó a saber qué hacía la señora allí metida. Ha sido un misterio.
—Ha sido, y es un misterio —puntualicé.
—Pues sí, sigue siendo un misterio, nadie lo sabe.
—Y, Rosario, ¿no sabrá?
—No, hemos hablado varias veces del tema, y no sabe nada.
—Bien, y… ¿La llave que abre esa puerta? —le pregunté.
—Si no está en el llavero que le entregó Rosario, no lo sé. Todas las llaves que tenemos disponibles están ahí.
—Vaya, pues si esa llave no aparece, tendré que llamar a un cerrajero, porque la curiosidad que tengo por ver lo que ahí dentro se esconde, es mucha —le dije.
—Preguntaré a Rosario, por si tiene conocimiento, pero ya le digo que me temo que no…
—Gracias Gerardo, te dejo con tus cosas.
___ ooo ___
Un día me levanté y pensé… ¿Realmente conozco mi casa?
Necesitaba un día, o mejor aún dos, completamente sola en El Amanecer. Sin nadie vigilando, sin servicio; solo GC y yo. Podía estar GC, él nunca me molestaba, al contrario, me encantaba su compañía.
Me rondaba en la cabeza qué habría realmente en El Amanecer.
Sentía la necesidad de abrir armarios, cajones, verlo todo y tener el conocimiento real de todo lo que había en su interior, habitación por habitación, armario por armario y cajón por cajón, cada esquina, cada rincón.
Y, por supuesto, sin los ojos del servicio, controlando lo que hacía.
Tenía curiosidad por saber todo lo que se guardaba.
¿Habría algún tesoro escondido en algún lugar de El Amanecer?
Era mi casa desde mi matrimonio concertado, esto poca gente lo sabía, tan solo yo y César, pero no la conocía en profundidad, más allá de mi habitación.
César me conoció en una casa de citas que llevaba Eugenia, mi tía.
Ahora ya no la tiene, la cerró al jubilarse, vive de su pensión y del trabajo de contable de mi tío Eduardo.
Cuando César me conoció, pensaba que yo era una “chica de vida alegre”, pero en realidad era la sobrina de los dueños del sarao.
César tenía que casarse y tener un hijo para hacerse con la fortuna de su madre, Cornelia.
Así que tuvo la brillante idea de buscar una chica en un burdel.
¡Vaya idea! Cada vez que lo pienso, me da el telele.
Pero, le salió bien al condenado, porque me conoció a mí y mejor que yo, ninguna.
Me enamoré de él en cuanto lo vi, y creo que a él le pasó lo mismo conmigo.
Salimos unas cuantas veces, por Madrid, donde mis tíos vivían, y nos casamos enseguida.
Yo tenía que casarme con él y darle un hijo, él a cambio me haría princesa, bueno en realidad, condesa, pero me sentía como una princesa.
A cambio, no podía decir nunca, nunca, nunca y a nadie, que él era gay.
De ahí el motivo del viaje a Sevilla que acabó con su vida.
Viajaba a Sevilla para ponerle fin a su relación con Luis.
Se quería despedir de él. Con el tiempo, creo que César no era gay, más bien, bisexual.
Nos quisimos mucho, a pesar de las circunstancias del matrimonio por conveniencia.
Guardé su secreto hasta el final. Más que hasta el final, porque no se lo he dicho a nadie y nunca lo haré.
César fue mi marido y punto y si era gay, daba igual.
Vi pasar a Rosario, se dirigía al jardín.
—Rosario, buenos días. ¿Estás ocupada? —le pregunté.
—No, dígame señora.
—Creo que ya Gerardo le habló de la puerta del desván, que está cerrada y quisiera entrar.
—Sí, me dijo. Verá, no sé nada de la llave que abre esa habitación. Como al desván solo iba la señora Cornelia, se me ocurre que quizás la llave que abre esa puerta podría tenerla ella guardada, posiblemente en su dormitorio.
—Entiendo, sería lo lógico —le dije—, está bien, gracias.
Rosario se retiró, y yo, enfrascada en mis pensamientos.
No dejaba de pensar que tendría que buscar esa llave en la habitación de Cornelia, tal y como me había dicho Rosario, lo lógico sería buscar en su habitación.
Escucho mi móvil y era Antonio.
—¿Qué tal vas? —me pregunta Antonio.
—Voy, que no es poco —le respondo.
—Verás, me decía Silvia ayer que quizás se pase por El Amanecer para la semana, que tiene que ir a Vigo a no sé qué y aprovecharía para visitarte —me dice Antonio—, ¿te parece bien?
—¡Por supuesto! ¡Puede venir cuando quiera! Además, ya tengo ganas de verla que hace mucho que no nos vemos. Vosotros no tenéis que pedir permiso, venís y ya está.
—Genial, le diré a Patricia si le apetece acompañar a Silvia y van las dos, ¿sí?
—¡Pues claro! Una idea excelente, así veré a Patricia también.
—Pues ya te confirmo cuándo sería; supongo que pasarán un par de días o así —me dijo Antonio.
—Qué pasen el tiempo que quieran, son bien recibidas siempre, y tú… ¿Cuándo vas a venir? —le pregunto.
—Ando liado en los juzgados con un par de casos que me están volviendo loco, necesitaría a Patricia para que me echase una mano, pero bueno, ella está con bastante estrés también, por eso le voy a decir que acompañe a Silvia y se tome un par de días de relax —me explicaba Antonio—, por cierto Elena, Catarina, ¿todavía sigue ahí?
—No, hace unos días que se fue.
—Lástima, era para saludarla. Está bien, quedamos así, entonces.
—Ciao.
—Ciao, ciao.
Noté a Antonio muy acelerado, estaba como una moto, parecía tener prisa.
Si van a venir a El Amanecer Silvia y Patricia, no podré revisar lo que aquí hay con tranquilidad. Hablaré con Rosario.
Bajé a las cocinas y allí la encontré.
—Necesito que me dejéis sola en casa un día; bueno, no, mejor dos días —le dije.
—¿Por qué? ¿Señora, se encuentra bien? —preguntó Rosario.
—Estoy perfectamente, Rosario. Tan solo quiero tranquilidad, yo sola en casa, dos días. Hoy es martes; dile al personal que no vengan ni mañana ni pasado. Hasta el viernes. Que se tomen estos dos días libres —fui clara y tajante.
—Señora, ¡no pretenderá hacer una locura! —Rosario no entendía.
—¿Una locura? ¿Cómo suicidarme o algo así? —le pregunté.