Capítulo 4 #2
—Eso mismo me dijo Raquel —dije yo—. Alguien quiso darnos un “aviso” y sospechan de Venancio porque hizo una oferta de compra por la bodega.
Está tratando de decirme que, o vendo, o prende fuego a todo.
Esto ha sido una mijilla para asustarnos.
Pretende decirme que puede hacerme mucho daño.
Pero, si se cree que me va a amilanar o a acobardar, ha pinchado en hueso.
—Calculo unas cien cepas. Afortunadamente, el daño no fue muy grande. Si fue Venancio, lo calculó muy bien —me dijo Mateo.
—Mateo, vamos a hacer una cosa. Me gustaría poder denunciar a Venancio, pero para ello, tengo que tener pruebas consistentes.
Necesito que averigües con los vecinos si han visto a Venancio esta mañana rondando por aquí y si hay cámaras de seguridad cerca que hayan podido grabarlo, en fin, cualquier pista.
—Muy bien, señora. Trataré de averiguar, a ver.
—Y vamos a instalar cámaras de seguridad en nuestros viñedos —le dije.
—¿Cámaras de seguridad en todos los viñedos? —Mateo quiso asegurar si había oído bien.
—Sí, Mateo, cámaras en todos los viñedos.
Es la única manera de poder cazar al culpable en el caso de que volviera a intentarlo…
ya sabes —le dije—. Pero solo tú y yo sabremos de la existencia de esas cámaras, si esto llega a oídos de todo el mundo, las cámaras perderán su razón de ser.
¿Lo entiendes? Es muy importante que guardes esto en secreto.
—Seré una tumba, señora.
—Déjame unos días para comprar las cámaras, en cuanto las tenga, nos pondremos manos a la obra. Empezaremos por Gran Capitán, yo te aviso.
—Sí, claro, cuente conmigo. ¿Usted sabrá hacerlo?
—Sí, no te preocupes, no es la primera vez que instalo cámaras, no es difícil —le dije—, y recuerda que tendrás que guardar el secreto.
A ver si damos con el desgraciado este. Serán cámaras fáciles de colocar, pueden ser inalámbricas y con baterías autónomas, de carga solar, por ejemplo. Veré qué encuentro.
—Sí, es buena idea. Con las cámaras quedará todo grabado. ¿Y qué mejor prueba para identificar al culpable?
—No vaya a ser que culpemos a Venancio y luego resulte que no haya sido él —le dije yo—. Será la prueba definitiva y, aunque a la Guardia Civil no le sirviera, para mí bastaría.
Me fui de allí para El Amanecer. Al llegar Catarina me preguntó con todo detalle lo que había averiguado y le conté todo. Las cámaras de grabación le parecieron una idea excelente.
A la hora de comer le dije a Isabel que me sirviera una mijilla, que no tenía mucha hambre, Catarina, siempre tan atenta, me dijo que me alimentara y me recordó que estaba embarazada y que tenía que comer por dos.
—Señora, ¿está usted embarazada? ¡Qué bien! ¡Enhorabuena! —me dijo Isabel.
—Sí, es bueno que de vez en cuando se me recuerde, porque ya casi lo había olvidado.
—Que sea enhorabuena, señora —me volvió a decir Isabel.
—Gracias, Isabel —y se fue después de servir la comida.
—Me pareció raro que el servicio no lo supiera, Elena. ¿Acaso es secreto y he metido la pata? —Catarina estaba extrañada.
—No, no es secreto y no has metido la pata, simplemente no se lo he dicho a prácticamente nadie. Pero en nada, ya lo sabrá todo el mundo, en cuanto Isabel se lo diga a Finita, ¡ya está! Finita es como La Voz de Galicia.
—¿Sí? ¿Cotilla?
—Sí, Cornelia supo elegir muy bien a todo el personal, y con Finita acertó de pleno, ya que como cocinera es muy buena, pero es una cotilla… de tomo y lomo.
Cuando Isabel sirvió el segundo plato le indiqué que me hiciera el favor de decirle a Rosario que se pasase por mi despacho, ya no es el de Lia, que quería comentarle algo.
—En unos días me iré para mi casa —me espetó de repente Catarina—, ¿sabes si tus tíos tardarán en venir? No quisiera dejarte sola.
—No sé nada de mis tíos. Me habían dicho que vendrían, pero no sé cuándo, todo dependerá del trabajo, supongo —le dije.
—Mujer, yo si quieres puedo estirar más el tiempo aquí, no es que tenga prisa por marchar, pero no quiero dejar mucho tiempo mi casa sola, ¿sabes? —me decía Catarina.
—Te entiendo. No te sientas obligada a estar aquí conmigo. Cuando quieras te vas y si te quieres quedar, te quedas. Organízate como quieras. Si quieres ir un par de días para tu casa y luego volver aquí… No sería tan mala idea.
Por la tarde se pasó Rosario por mi despacho, tal cual le había pedido a Isabel.
—Señora, ¿se puede? —Rosario me pidió permiso para entrar—, ¿está ocupada?
—No, Rosario, no estoy ocupada, pase, por favor.
—Me ha dicho Isabel que quería verme.
—Sí. Verás. No es porque no confíe en ti, pero cuando puedas me pasas las llaves de la casa, prefiero tenerlas yo —le dije.
—Sí, claro, como desee. Desde que no se usan están todas las llaves en el despacho de Gerardo, metidas en un cajón —me indicó Rosario.
—¿Se las tengo que pedir a Gerardo? —no lo tenía muy claro.
—No, señora, no será necesario. Se las pido yo y se las doy —me dijo Rosario.
—Gracias, Rosario. Las necesito porque quiero revisar las cerraduras y ver si todo funciona —le dije.
—Deberían funcionar, señora, si quiere lo reviso yo misma —me decía Rosario.
—No, lo haré yo, gracias —le dije poniéndome de pie de la silla, como queriendo dar por terminada la conversación, pero sin decirle el clásico “puedes retirarte”.
Debió de entenderme, ya que abandonó el despacho.
El caso es que quiero las llaves, porque con ellas espero tener el control, el control de la casa. Parece una tontería, pero es como si me dieran poder.
Catarina decidió marcharse para su casa. Eusebio la llevó a Braga. Ella tiene un palacete precioso en el cual estuve en varias ocasiones con César.
Al despedirnos, le dije que viniera cuando quisiera y ella me invitó también a su casa. Catarina es encantadora, me cae muy bien.