El secreto de Elena (Trilogía: El secreto nº 2) Capítulo 4
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Capítulo 4

¡Fuego!

Uno de los viñedos estaba ardiendo.

—¿Cuál viñedo es el que está ardiendo? —pregunté.

—Es el Poniente, señora; me acabo de enterar —me dijo Raquel.

—Está bien, tranquila. Salgo para allá. Voy para la bodega a ver si Mateo puede estar allí y acompañarme al viñedo Poniente.

—Mateo ya está en el viñedo, Elena, fue él el que dio la voz de alarma —me informaba Raquel.

—El caso es que no sé si sabré llegar al viñedo.

—Su chófer, Eusebio, sabe —me dijo Raquel.

—Sí, claro, ¡qué tonta! Le diré que me lleve —le decía muy nerviosa—. Estaré ahí lo antes posible.

Y colgamos el teléfono. Supuse que Raquel estaría en la bodega, no en el viñedo. En el viñedo estaría Mateo, el capataz.

—Catarina, ¿está Eusebio por aquí? Lo necesito urgente.

—Pues no sé; pregunta a Rosario o a Gerardo. Si está, estará abajo, en las cocinas —me decía Catarina.

Bajé las escaleras como si fuera Flash.

—¡Rosario! —la llamé.

—Señora, ¿ocurre algo? —preguntó Rosario.

—Sí, el viñedo Poniente está ardiendo y yo no sé llegar sola. Me perdería. ¿Está Eusebio disponible?

—Sí, está en el garaje, limpiando los coches —me dijo Rosario—, la acompaño.

Y nos dirigimos las dos al garaje. Efectivamente, allí estaba Eusebio.

—Eusebio, vamos, tienes que llevarme al viñedo Poniente, urgente, rápido —le dije.

—Señora, manténganos informados —me dijo Rosario.

—Sí, claro, dile a Ana o a Isabel que cuiden de GC, él se queda aquí —le dije a Rosario.

—Por supuesto, marche tranquila —me tranquilizó Rosario.

—Rosario, mi bolso. Tráemelo, por favor. Debe estar en el despacho y asegúrate de que mi móvil esté en el bolso.

Rosario fue corriendo a la casa, no tardó en volver con el bolso y el móvil dentro.

Salimos para el viñedo Poniente y allí estaba Mateo, el capataz.

Era el encargado de las tierras, las plantas, las podas, el cultivo, las vendimias y todo lo relacionado con los viñedos.

Su labor era muy importante para el buen funcionamiento de los viñedos.

Tenía a su cargo cinco: viñedo Amador, viñedo San Amaro, Gran Capitán, Poniente —este mismo donde estaba ahora— y la última adquisición, a la que se le puso mi nombre: Val Elena.

Entre todos suman unas doce hectáreas, solo el Gran Capitán, el más grande, ya abarca unas seis hectáreas y Val Elena son dos hectáreas, el resto se reparte entre los otros tres.

Poniente era uno de los pequeños. Y Mateo cumplía con su labor mejor que bien.

César estaba muy contento con el trabajo de Mateo.

Y, por supuesto, no culpaba a Mateo de lo que estaba ocurriendo.

Al llegar vi a Mateo en una esquina del viñedo, con las manos en la cabeza, limpiándose el sudor con un pañuelo. El pañuelo se lo pasaba por la frente, la nuca… es normal que esté sudando, entre el fuego y que además estamos en julio, el calor es sofocante. Me dirijo hacia él, y él se acerca a mí.

—Mateo, ¿qué ha pasado? —me interesaba—, me informó Raquel por teléfono hace apenas media hora.

—He llegado y vi el fuego incipiente, estaba empezando, inmediatamente nos movilizamos.

Tiene que saber que la gente de la zona se ha portado de maravilla.

Todos han ayudado con mangueras de agua y calderos que traían de sus casas.

Llamé a los bomberos, fueron ellos los que acabaron por apagar el fuego, de no ser por los bomberos, no sé adónde habría llegado el fuego.

Pero la gente de por aquí se ha portado, señora Elena, ellos han ayudado mucho.

La solidaridad que he visto hoy aquí no se me olvidará en la vida.

Yo dejé a Mateo que se explicara sin interrumpirlo. Se le veía muy nervioso. Y siguió con la explicación.

—Llegué por la mañana temprano, como hago siempre.

Siempre sigo la misma rutina. Primero voy al Gran Capitán, es el que queda más cerca de la bodega, donde hago la primera parada, y tomo un café con los compañeros, del Gran Capitán vengo hasta aquí, por cercanía y luego continúo la ruta con Amador, de Amador tiro para San Amaro y el que lleva su nombre, Val Elena, lo dejo para el final —Mateo estaba visiblemente nervioso y sin aliento—, nunca había vivido una situación parecida a esta, señora Elena y estoy muy nervioso.

—Se te nota, pero tranquilízate; todo ha pasado, has obrado bien, la llamada a los bomberos fue decisiva, sin ellos… no sé qué habría ocurrido —le decía yo.

—Pues ya se lo digo yo, ¡habría ardido todo! Y se habría perdido toda la cosecha a dos meses de la vendimia. ¡Señora! ¡Habría sido una pérdida total!

—Disculpa, Mateo, y… ¿Sabemos cómo se originó el fuego? Es algo que me anda rondando la cabeza, porque no me explico —le decía yo.

—No tengo idea. Que aquí se origine un fuego es prácticamente imposible; muy difícil, salvo que… —Mateo quedó pensando.

—¿Salvo qué? —me interesé.

—Salvo que el fuego haya sido intencionado, señora —Mateo confirmó, o casi confirmó, lo que yo temía desde que salí de El Amanecer.

—Gracias, Mateo. Estamos en contacto. Vuelvo para la bodega, a ver si me puedo enterar de algo más —le dije—, mientras tanto, si tú te enterases de algo más, me lo dices.

—Por supuesto, señora, cuente con ello —me dijo Mateo.

Subí al coche con Eusebio y le dije que me llevara a la bodega, quería hablar con Raquel.

Después de saludarnos, de que me diera el pésame y de intercambiar unas palabras sin importancia, entré en materia y fui a lo que realmente me interesaba saber.

—Vengo de Poniente y ya he estado hablando con Mateo —le dije.

—Sí, yo la llamé en cuanto Mateo me dio el aviso.

—Parece que antes de dar el aviso, estuvo ocupado ayudando a apagar el fuego y con los bomberos…

—¿Ya estuvieron los bomberos? —preguntó Raquel. No sé por qué le extrañó que hubieran estado los bomberos en un lugar donde había un incendio, pero bueno.

—Sí, los llamó Mateo. Parece que toda la aldea se volcó en ayudar a sofocar el fuego. Han sido una ayuda esencial en la extinción del fuego, junto con los bomberos, claro.

—Nosotros hemos estado hablando aquí acerca de lo ocurrido y nos ha extrañado, tanto a Xoaquín como a María y a mí, que ocurriera precisamente ahora…

—¿Qué quieres decir? —me interesé.

—Sí, que ocurriese precisamente ahora, con la oferta de compra… ya sabe —me dijo Raquel.

—Entonces es que sospecháis algo… —dije yo.

—Bueno, es un poco precipitado, pero el Venancio… todo el mundo habla mal de él, y nosotros pensamos que es el primer sospechoso, en caso de que fuera provocado, claro —aclaró Raquel.

—¿Venancio? ¿Quién es? —pregunté.

—A Venancio le llaman “el Tintorro” porque solo bebe vino tinto, ese de Barrantes que mancha la lengua…

Interrumpí a Raquel.

—Ve al grano, Raquel, por favor.

—Perdone. Venancio es el que pasó la oferta de compra y para mí, que algo ha tenido que ver, no es la primera vez que ocurre algo parecido por la zona —me decía Raquel—, no con los viñedos de César, bueno ahora suyos, sino con otros por aquí…

Raquel estaba emocionada y continuó:

—Venancio conocía muy bien el día a día de Mateo, sabía que empezaba aquí, en la bodega con un café, que de aquí va al Gran Capitán, y luego que va para Poniente, donde tuvo lugar… bueno, ya sabe.

—Entonces, ¿crees que Venancio pudo haber sido el responsable del incendio? —le dije.

—No es que lo crea yo, es que Xoaquín, el químico, lo conoce bien y, bueno, cuando el río suena… ya sabe —me decía Raquel.

—Entonces, debo entender que ya tiene… ¿antecedentes? —le pregunté.

—Xoaquín afirma que sí —me dijo Raquel.

—Está bien. Tendré que ponerlo en manos de las autoridades, pondré una denuncia en el Cuartel de la Guardia Civil y que investiguen, si ese Venancio tiene algo que ver, que pague. Pero ya te digo que a ese Venancio, no le voy a vender nada —le dije a Raquel.

—Entonces, ¿quiere vender?

—No, no he dicho eso. De momento, no se vende nada. En caso de que se venda, a Venancio no le venderé nada —le dije a Raquel—, salvo que se demuestre que no ha tenido implicación en los hechos. Y si… ¿hablara con él?

—¡No! ¡Ni se le ocurra! En todo caso, podría hablar con su mujer, pero con él, ¡no! —Raquel fue tajante.

—¿Y eso?

—No es buena persona y, además, es agresivo, sobre todo cuando lleva un tintorro de más. Lo que yo creo es que no debería hablar con nadie, salvo con la Guardia Civil; y, si hablara con alguien, podría ser con la mujer de Venancio —me decía Raquel.

—Muy bien. Me ha quedado claro. Voy a ver si averiguo con Mateo el alcance económico de los daños —le contesté.

—No creo que sea mucho. Quien haya sido, controlaba los horarios de trabajo de Mateo y sabía que iría por allí, más o menos a la hora que tuvo lugar —Raquel hablaba rápido; se notaba que estaba nerviosa.

Raquel no era consciente de la información tan valiosa que acababa de darme. Más o menos, me vino a confirmar todo lo que yo sospechaba desde el principio.

—Eusebio, volvemos a Poniente, por favor. Trato un tema con Mateo y nos regresamos para El Amanecer.

—Como guste.

Cuando volvimos a Poniente, Mateo todavía estaba lidiando con unas cepas a medio quemar. Trataba de salvar todo lo que podía. Cuando me vio llegar, se acercó a mí.

—¿Ha averiguado algo más en la bodega? —me preguntó.

—Se puede decir que sí. En la bodega sospechan de un tal Venancio “el Tintorro”. ¿Lo conoces?

—¡Quién no conoce al “Tintorro”! ¡Buena pieza es ese hombre!

—¿Había tenido mi marido algún problema con él en el pasado? —pregunté.

—No, que yo sepa. A don César todo el mundo lo admiraba y lo quería. Nadie le haría daño, directa o indirectamente —me dijo Mateo.

—Gracias. Pondré el asunto en conocimiento de la Guardia Civil y que investiguen —le decía—, pero dime, ¿ha sido mucho el daño causado? Me refiero a daño económico.

—No, señora. Quien haya sido —porque ya no nos queda duda de que fue alguien, ¿no?— controlaba mis horarios —me decía Mateo.