Capítulo 3
Las sorpresas de El Amanecer
Quedé cavilando durante largo rato acerca de la conversación con Rosario. Entre la ventana de más y el lío de las llaves, no sabía qué pensar.
Sonó mi móvil; era Carlos, el abogado de la familia.
—Hola Carlos, ¡cuánto tiempo! ¿Te pasarás por casa cuando puedas? —le dije.
—Sí, Elena, para eso te llamaba. Parece que ha pasado mucho tiempo, pero en realidad no ha sido tanto. Siento la demora, estaba arreglando unos asuntos que te conciernen, con respecto a la herencia de César. Ya te contaré. ¿Te va bien mañana?
—Sí, puedes venir cuando quieras, lo más probable es que no salga. Llevo unos días encerrada aquí; no tengo ganas de ver ni de hablar con nadie —le dije.
—Entonces quizá quieras posponer mi visita —me decía Carlos.
—No, por favor; puedes venir cuando quieras. Sabes que eres un buen amigo. También añoro las visitas de Gloria. ¡Qué raro que no haya venido! Me pregunto si estará bien.
—Gloria estaba en un crucero, creo que tardará unos días más —me explicaba Carlos—, ¿no te llamó?
—Sí, al día siguiente del accidente, cuando íbamos para Badajoz, pero la dejé con la palabra en la boca; apenas hablé con ella —decía yo.
—Pues no te preocupes, ella está bien. Seguro que lo primero que hace cuando pise tierra es visitarte. ¿Estás sola en El Amanecer?
—No, la tía Catarina está conmigo. La verdad es que me hace mucho bien, así no me encuentro tan sola.
—Mañana te veo —se despedía Carlos.
—Hasta mañana.
En cuanto colgué el teléfono después de hablar con Carlos, Gerardo hizo acto de presencia en el despacho.
—Señora, Rosario me comentó el detalle de las ventanas.
—¡Ay! ¡Sí! ¿Me puedes explicar?
—Sí, señora, creo tener la respuesta.
—Genial, cuéntame.
—Verá, cuando se hicieron las reformas para sacar dos habitaciones uniéndolas en una, una de esas habitaciones tenía dos ventanas.
No es ningún misterio, al reformar, se decidió tapar una de las ventanas desde el interior y dejar la exterior para abaratar costes.
Por tanto, desde fuera, se ve la ventana, pero por dentro, está tapiada.
Es el dormitorio de doña Cornelia —me explicó nuestro mayordomo—, la misma doña Cornelia, en su momento, lo había dispuesto así.
—Muy bien, Gerardo. Muchas gracias, ahora ya sé. Puedes seguir con tus quehaceres.
—Quedo a su disposición, señora.
Gerardo salió del despacho de Lia. Creo que seguiré llamándolo “el despacho de Lia”, aunque ahora ya debería llamarse “el despacho de Elena”.
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Al día siguiente, tal y como me había indicado, vino Carlos a El Amanecer.
—Me han dicho que llevas en El Amanecer desde que llegaste de Badajoz —se interesó Carlos.
—Te han dicho bien —le contesté—, mientras nos dábamos un largo abrazo.
—No sabes lo mucho que lo siento, todavía no me hago a la idea —comentaba Carlos—, ¿y GC? ¿Crees que echa de menos al padre?
—Para GC aún es pronto. De momento no ha preguntado por el padre, pero no creo que tarde mucho… supongo que a su manera, lo echará de menos también.
—Bueno. Vamos con el asunto que me trae aquí, además de visitarte, claro —me decía Carlos.
—Tal cual están las cosas, según el testamento otorgado en su día por doña Cornelia y según el testamento de César, todo lo que pertenecía a César pasa a ser tuyo y de GC. Piensa que doña Cornelia le había dejado todo a César y a GC, así que pasa por línea directa a GC y a ti por ser su esposa.
—¿Todo? —pregunté.
—Todo —afirmó Carlos.
—Pero entonces… —decía yo, realmente no me salían las palabras.
—Todo: El Amanecer, la bodega, los tres hoteles, los muebles, los enseres, las joyas, las obras de arte… Todo es tuyo.
—¡Vaya! —decía yo—. Y ahora… ¿Qué voy a hacer yo con todo esto?
—Tendrás que velar por el buen mantenimiento de todo y tratar de dejarle a GC lo más posible. Parece que César confiaba en ti y en que ibas a hacer las cosas bien —comentaba Carlos.
—Pues… no sé. Estoy asustada —comentaba—. Carlos, ¿cómo están las cuentas del banco? Y la bodega y los hoteles… ¿No estarán con números rojos, verdad?
—Lo mejor, lo que yo te aconsejo, es que hagas una auditoría de todo…
—Tenía pensado hacer la auditoría de la bodega porque hay una oferta de compra —le interrumpí.
—¿Una oferta de compra tan rápido? —dijo Carlos.
—Eso mismo opinó Catarina y yo misma —le dije.
—Yo, si me permites un consejo, haría una auditoría de todo.
De las cuentas del banco, no sé, César era muy de él con esas cosas, pero la bodega y los hoteles, hasta donde yo sé, están bien, y la economía, saneada.
Sea como sea, para curarte en salud, ya te digo, haría una auditoría a cada una de las empresas —me decía Carlos—, en cuanto a la bodega, si hay una oferta en firme, verifica que esa oferta es buena encargando una tasación.
Así sabrás si la oferta está acorde con el valor de mercado.
—¿Sabes cuántos empleados tenemos? —me interesé.
—Pues, un número cierto, no lo sé, eso te lo puede decir la gestoría de César. Si quieres, le digo que te llame y que te ponga al día —me decía Carlos.
—Sí, gracias. Y le preguntas si conoce alguna empresa auditora. Pediré a Isabel que traiga unos cafés, ¿has desayunado?
—Sí, siempre desayuno en casa antes de salir, pero tomaría un segundo desayuno —contestó Carlos.
Solicité a Isabel una bandeja con café, leche y algo de pastelería para picar.
—Y dime, Elena, ¿qué vas a hacer con las cenizas de César?
—¿Eh? —me sorprendió la pregunta.
—Sí, verás, la gente de los hoteles y de la bodega se preguntan si vas a hacer una misa, llevar las cenizas al cementerio, etc.
—Pues de momento, nada. César se va a quedar aquí en El Amanecer, que para eso es su casa.
—No pretendía molestarte.
—No, no me has molestado, siento si te di esa impresión. Es solo que a veces hablo con César y me siento bien con él aquí. Ya sé que puede parecer una locura, pero estoy bien así, con él aquí.
—¿Y una misa? —preguntó Carlos.
—Ya conocías a César, no era mucho de iglesias. Prefiero cambiar de tema si no te importa.
—Está bien. Cambiemos de tema. ¿Ya tienes colegio para GC?, supongo que empezará este año.
—Sí, se había encargado Cornelia, le había reservado plaza en un parvulario aquí cerca.
Decía Cornelia que era un buen colegio, y que ahí mismo haría hasta el bachiller.
En octubre GC ya hace los tres años, así que, empezará en el cole con dos años y once meses, va a ser el más pequeño de la clase —dije.
Isabel sirvió los cafés y estuvimos un largo rato hablando de temas sin importancia. Le pregunté por su mujer, su hija… en fin, me pareció raro que no se interesase por el accidente de César. Eran buenos amigos. Igual está esperando a que pase más tiempo.
Después de que Carlos marchase, quedé pensando en por qué no me había preguntado por el accidente.
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—Finita, vengo a molestarte un poco —le dije.
—Usted no molesta, señora —contestó—, estoy preparando carne estofada con patatas y una guarnición para acompañamiento, ¿le apetece?
—¡Qué si me apetece!, a mí me apetece todo lo que haces.
—De postre estoy entre flanes y arroz con leche, ¿qué prefiere? —preguntaba amablemente Finita.
—Lo que tengáis programado Rosario y tú. Para mí estará bien. No te preocupes.
—¡Miren, se acerca el coche de la señora Gloria! —decía Gerardo.
En las cocinas tenemos unos monitores y vemos las principales puertas de la casa, de tal manera que, cuando se acercan, ya los vemos llegar.
—Voy para arriba a recibirla —les dije a Finita y a Gerardo, mientras cogía una manzana.
Lavé la manzana y subí a abrirle la puerta a Gloria.
Apenas había bajado del coche cuando salí a la calle a recibirla.
—¡Caray! ¡Menudo recibimiento! —me dijo Gloria—, ya no me dejas ni llamar al timbre.
—Te vi llegar por el monitor de la cocina —le dije.
—¿Estás cocinando tú? ¿No está Finita?
—Sí, Finita está, solo había bajado a coger una manzana —le decía esto mientras mordía la manzana.
—Cuéntame, mi niña, ¿cómo estás?
—¡Cómo quieres que esté! —le digo—. Hundida. Aún no me lo creo. Creo que aún no me he hecho a la idea.
—He tardado en venir porque la noticia me pilló en un crucero. Estuve doce días en un crucero por el Mediterráneo, y no pude venir antes. Pero tenía muchas ganas de verte —Gloria se disculpaba.
—Me dijo Carlos que estabas en un crucero. No te preocupes, me hago cargo —le dije.
—Pero que sepas que tenía muchas ganas de abrazarte. Anda ven aquí. —Gloria estiró sus brazos, pidiéndome un abrazo.
—Gracias, Gloria, realmente lo aprecio mucho.
—Yo quería mucho a César. ¡Caramba! ¡Pero si lo vi nacer! —Gloria, lloraba.
—No llores; me harás llorar a mí también —le decía.
—Primero, Cornelia, ahora César, esto es un sinvivir —decía Gloria—. Me han dicho que tienes las cenizas de César en casa, ¿es verdad?
—Sí, es verdad.
—Bueno, si tú te sientes bien, así, ¿quién soy yo para decirte nada?
—Me decía Carlos que hay gente que se pregunta por qué no llevé sus cenizas al cementerio, pero yo me siento a gusto así. A veces, hablo con él, ¿sabes?
—Está bien, te comprendo. Sientes como si lo dejases abandonado, si lo llevas al cementerio.
—¡Exacto! ¡Has dado en el clavo! —le dije—. Siento como si lo abandonase, mientras que estando aquí, lo siento más cerca.
Catarina apareció en ese momento.
—¡Catarina!, no sabes cuánto lamento la pérdida, le decía a Elena que César era muy querido para mí y que lo vi nacer.
—Lo sé —contestaba Catarina—, soy consciente de que mi sobrino era muy querido.
Y de cháchara quedamos las tres.
___ ooo ___
Esta noche he soñado con César. He vivido este sueño de tal manera que es como si hubiese ocurrido de verdad, y me levanté con la firme sensación de que había estado con él toda esta noche.
Es curioso cómo funciona el subconsciente. Durante el sueño puedes vivir las sensaciones que ansías y, realmente, ¡estuve con él! Alucinante.
—Mami, mami —me llamaba GC.
—¡Cuchi!, ¿has dormido bien? ¿Bajamos a desayunar?
—¡Chiii!
En el comedor, todo estaba dispuesto para el desayuno y Catarina ya estaba allí, esperándome.
—No sé el tiempo que llevas aquí, pero no me esperes para desayunar, cuando bajes y no esté, desayuna sin mí —le decía.
—Realmente, acabo de llegar y recién están sirviendo —me dijo.
—Bien, es que es absurdo que me hubieses esperado —le dije.
—GC, siéntate bien y desayuna tranquilo —le dijo Catarina.
—Esta noche he estado con César —solté de repente.
—¿Eh? —dijo Catarina.
—En un sueño.
—¡Ah!
—Fue tan real…
—Te entiendo.
Apareció Rosario y me preguntó.
—Señora, ¿quiere que despachemos los asuntos cuando acabe el desayuno?
—Los asuntos, ¿qué asuntos?
—Hoy es lunes, los lunes organizamos el resto de la semana, ¿se acuerda?
—Sí, Rosario, déjame media hora y vete al despacho, allí estaremos bien.
Rosario se dio media vuelta y me dejó seguir con el desayuno.
—Tengo que despachar los asuntos de la semana y no sé qué es eso, ¿te lo puedes creer, Catarina? —le comentaba—, era tarea de tu hermana, luego lo fue de César y ahora… lo tengo que hacer yo, como si yo supiera hacer tal cosa.
—No te alarmes, tranquila. Como es algo que Rosario lleva haciendo toda su vida, ella sabrá. Déjate guiar por ella y cualquier cosa que no sepas, le dices que haga ella como crea conveniente —me aconsejó Catarina.
—¿Y… si estás tú conmigo? —pedí ayuda a Catarina.
—Está bien, si eso es lo que quieres, cuenta conmigo —me respondió Catarina—, por cierto, en unos días marcharé para Braga, para mi casa, ya llevo muchos días fuera y…
—¡No! ¡Ni hablar! ¡No te puedes marchar! —le dije.
—Aquí no me necesitas, niña. Tú solita puedes con todo —me dijo Catarina.
—¡No, no puedo! Catarina, quédate más tiempo, la casa se me caerá encima.
—Y si… puedes ir para la casa de Sanxenxo, te encantaba, ¿te acuerdas?, y allí quizás no tengas tantos recuerdos de César, como tienes aquí.
Quedé pensando, porque realmente, era una opción.
—Sí, lo puedo pensar.
Poco tiempo después, estábamos despachando los asuntos de El Amanecer con Rosario. Cuando hubimos acabado…
—No fue tan difícil, ¿verdad? —me dijo Catarina.
—Bueno, porque Rosario me ayudó mucho, que si no… a ver —le dije.
Los lunes por la mañana se organizaban los menús de la semana, se hacían los pedidos a proveedores, se organizaban las limpiezas, cortinas, ventanas, baños, la limpieza del jardín, la piscina, etc.
, y se organizaban los cuadrantes del trabajo de la gente.
Para Rosario no era nada nuevo, pero para mí, sí.
—He estado pensando que, cuando marche, para que no quedes tan sola, puedes invitar a tus tíos, a Eugenia y a Eduardo, los quieres mucho —comentaba Catarina.
—Ya están invitados, hablé con ellos dos días después del accidente de César, me dijeron que vendrían en cuanto les fuera posible. Lamentaron mucho la muerte de César, ellos también lo querían mucho.
—Bien, pues me alegro de que vengan, si compaginamos bien, marcho yo y llegan ellos, así no quedas sola —me consolaba Catarina.
Sonaba mi móvil.
—Escucho mi teléfono, pero no sé dónde lo dejé —le dije a Catarina.
—Sí, se oye por allí —me dijo Catarina señalando el despacho.
Cuando fui al despacho, efectivamente el móvil estaba allí, lo había dejado de cuando estuvimos con Rosario.
Era Raquel. Contesté de inmediato.
—Raquel, hola —la saludé.
—Elena, un desastre. Un desastre —decía Raquel.
—Raquel, ¿qué es eso de un desastre? ¿Qué pasa? Me estás asustando.
—Se trata de uno de los viñedos… —me decía Raquel.
—¿Qué pasa? —volví a preguntar, interrumpiéndola.
—Elena, está ardiendo.