Capítulo 2 #2
En el despacho de Gerardo, efectivamente, estaba Rosario. Llamé a la puerta antes de entrar, aunque estaba entreabierta. Rara vez Gerardo cerraba la puerta de su despacho.
Ambos se levantaron al verme.
—Sentaos, por favor. Rosario, quisiera hablar contigo cuando tuvieras un momento, quizás esta tarde, después de comer, te vaya bien.
—Sí, claro, señora, sin problema.
Le di las gracias y los dejé.
—¡Vamos a buscar a la tía Catarina! ¿Sí? —le decía a GC.
—Está praia… —contestó.
Me encantan los niños cuando empiezan a hablar y no hablan bien, supersimpáticos. En este caso, es posible que “praia” fuera porque lo dijo mal o porque lo dijo en gallego.
—¿Vamos a buscarla? —le pregunté.
—¡Chiii! —contestó GC.
—Y si… ¿Vinieran también Kitty y Lilly? ¿Quieres jugar con ellas? —pregunté a GC.
—¡Chiii!
Kitty y Lilly son dos perras dóberman, cuando yo llegué a El Amanecer, eran cachorras, ahora ya son grandes. Les pusimos los bozales. Las perras eran buenas, pero, para quien no las conociera, metían miedo y en la playa había más gente. Así que, con los bozales y las correas, irían bien.
La playa nos quedaba en la parte de atrás de El Amanecer, de hecho, desde El Amanecer teníamos acceso directo a la playa. No era privada, pero teníamos el acceso desde los jardines.
Al bajar a la playa ya vi a Catarina, estaba en una hamaca, debajo de la sombrilla.
—¿Qué tal está el agua? ¿Te has bañado? —le pregunté.
Catarina dio un respingo en su hamaca; no nos esperaba y se asustó.
—¡Ay! Sois vosotros, me habíais asustado —dijo.
—Ya me di cuenta. ¿No está haciendo mucho calor?
—Sí, precisamente, estaba pensando en darme un baño. El agua está fantástica. ¿Te apuntas?
—No venimos con bañador, solo veníamos a verte. ¿Sabías que llamó Raquel y que hay una oferta de compra por la bodega? —le dije.
—¡Ya! ¡Tan pronto! Pero si solo hace unos días…
—Eso mismo pensé yo. Algunas personas son como buitres —le dije.
Descalcé a GC y le dije que fuera a mojarse los pies. Al rato llegó completamente empapado.
—Catarina, te dejo, mira GC, el pantalón, la camiseta, completamente empapado. Subo a casa a cambiarlo.
—Puedes quitarle la ropa y dejarlo, hace calor, no va a pasar nada —añadió Catarina.
—No me gusta tener al niño desnudito; hay tanto chalao suelto, y ahora con las cámaras que hay y los móviles que hay, cualquiera puede hacerle fotos y no, no quiero, luego sale el niño en páginas de pederastas —decía yo.
—Bueno, tienes razón, hay gente para todo —me confirmó Catarina—, hay que tener cuidado con los niños en las playas.
—No tardas en subir a casa, ¿verdad? —le pregunté.
—No, de hecho, si me esperáis ya recojo y subo con vosotros.
Después de comer, Rosario buscó el momento apropiado cuando yo estaba en el despacho de Lia para hablar conmigo.
—Señora, quería despachar algo conmigo, ¿es buen momento ahora?
—Sí, sí. Siéntate, por favor. Rosario llevas mucho tiempo sirviendo en esta casa, creo que Gerardo y tú sois los más veteranos aquí, por eso, creo que puedes saber.
Si mal no recuerdo, César me dijo en algún momento que originalmente El Amanecer tenía catorce dormitorios y que mi suegra hizo dos más grandes uniendo dos habitaciones, por eso quedaron doce dormitorios…
—Sí, así es. Doña Cornelia había ordenado el hacer dos dormitorios más grandes, alegando que con doce dormitorios sería suficiente y así tanto ella como el señor don Gustavo Alfonso dormirían con mayor comodidad…
, es que no siempre dormían juntos…, entonces se había dispuesto un dormitorio para la señora y otro para el señor.
El dormitorio del señor es el que luego usó el señor César cuando se casó con usted —me explicaba con todo lujo de detalles nuestra ama de llaves.
—Ya, pero yo quiero llegar a otro asunto… verás… —continuaba yo—, desde el exterior de El Amanecer hay una ventana que no se corresponde con el interior de la casa y me pregunto a cuál habitación pertenece.
—¿Una ventana más? —preguntó algo incrédula Rosario.
—Sí, eso es, una ventana más. El ala que da a la playa, el ala sur, y es que ya hace unos días que me vengo fijando en que tiene una ventana más, conté cinco ventanas, y, sin embargo, hay cuatro dormitorios —le decía—, ¿tienes explicación para tal asunto?
—Pues no, la verdad. Es posible que durante las obras se quedase esa ventana, pero lo que me dice es un sinsentido. ¿Desea que le pregunte a Gerardo?, es posible que él sepa.
—Sí, Rosario, gracias. Averigua a ver si nos enteramos —le decía—, de todos modos, quería despachar contigo otra cuestión.
—Usted dirá.
—¿Todas las habitaciones de la casa tienen llave?
—Sí, así es.
—Por tanto… se pueden cerrar con la llave. Quiero decir que las llaves y las cerraduras funcionan.
—Hasta donde se me alcanza, sí. La verdad es que hace mucho que no se hace uso de llaves en El Amanecer para cerrar las puertas. Siempre están abiertas, pero hasta hace unos años, todas las cerraduras funcionaban muy bien.
—¿Hasta hace cuánto? ¿Cuántos años calculas? —me interesé.
—Le calculo que desde que falleció don Gustavo Alfonso, no se volvieron a cerrar las puertas con las llaves, por orden de doña Cornelia.
—Entonces, debo entender que era el señor, el papá de César, el que cerraba las puertas —si antes estaba interesada, ahora lo estaba aún más; esto parecía una novela de misterio.
—Sí, entiende bien. Doña Cornelia no quería cerrar ninguna puerta, sin embargo, el señor don Gustavo Alfonso, sí.
—¿Alguna puerta en particular? O eran todas —pregunté.
—Quería cerrar la puerta suya, la de su dormitorio, él tenía la llave —me explicaba Rosario.
—O sea, que tú, como ama de llaves, disponías de todas las llaves, menos la del dormitorio de don Gustavo Alfonso, mi suegro, que esa llave la tenía él.
—Así es —contestó Rosario.
—Gracias, puedes marcharte —le dije—. Trata de averiguar lo de la ventana con Gerardo, a ver si él puede saber algo.
—Sí, señora.