Capítulo 2
El despertar
Inhalar, exhalar, inhalar, exhalar… Así suelo comenzar casi todos los días.
Así durante unos diez minutos. Inspiro y visualizo una intensa luz blanca entrando por todo mi cuerpo (normalmente desde los pies y hacia la cabeza) y, cuando espiro, visualizo una fuerte luz negra saliendo de mi cuerpo (normalmente desde las palmas de las manos y desde los pies).
La luz blanca que entra representa todo lo bueno, lo sano, la fuerza…
y la luz negra representa todo lo malo, la enfermedad, lo tóxico…
La meditación me ayuda a tranquilizarme; mi sistema nervioso central se relaja… pero hoy… Hoy no puedo concentrarme.
Casi siempre la practico por la mañana, hoy hay algo diferente.
Hace unos días quedé viuda con treinta y cuatro años.
César me dejó con un niño pequeño, tres hoteles, una bodega, una mansión y un montón de gente a mi cargo y algo más que no llegó a saber.
Un embarazo. César murió sin saber que iba a ser padre de nuevo.
Poco antes del accidente, cuando ya estaba de viaje, lo llamé para anunciarle que tenía algo importante que compartir, y, aunque insistió para que le dijera, no se lo llegué a mencionar, porque preferí esperar a su vuelta, quería ver su cara al decírselo.
En fin, ahora lamento que no lo supiera, aunque, bien mirado, quizás haya sido lo mejor.
Aunque he tenido una buena maestra, mi suegra, doña Cornelia Emilia Alves Gravina, condesa de Zalagueta y Orzán, ella me ha enseñado casi todo lo que sé y bueno, César también me ayudó mucho, ahora veo que quizás no sepa tanto.
Todo se me está viniendo encima y, aunque nuestro abogado Carlos me ayuda mucho, no es suficiente.
Entre los hoteles y la bodega, estoy saturada. No doy abasto.
Qué lejos queda aquella época en la que, siendo adolescente, tu única preocupación era la ropa que ibas a ponerte el sábado o cómo conjuntar esa ropa con tal o cual bolso o este u otro zapato. Y te pasas toda la semana pensando en el conjunto que te vas a poner el sábado.
Tengo que tomar decisiones y siento que no estoy preparada para ello. Doña Cornelia no me enseñó a batallar con todo.
Se me está haciendo muy dura la vida, sola en El Amanecer. Tengo la compañía de GC, ¡no sé qué sería de mí sin él! Catarina me hace compañía, pero llegará un día que ella se marche para su casa y me deje.
—Te veo preocupada —me dijo Catarina.
—Más que preocupada, estoy como obnubilada. Y es que si uno se empeña en ver todo negro, no verá otro color. Me encantaría ser experta en afrontar situaciones difíciles, Catarina, pero no puedo, siento que me estoy hundiendo poco a poco, como si de un enorme barco se tratase.
—Estás haciendo unas predicciones agoreras y eso, no te va a ayudar —Catarina, trataba de consolarme.
—Mi corazón no da para más —contesté.
—¿Y si te arreglas un poco y vamos a dar un paseo? —me decía Catarina.
—Lo mío no tiene remedio —contesté.
—¡Bueno, no seas así! ¡Ánimo! ¿Qué es eso de que lo tuyo no tiene remedio?
—El arreglarme —le dije.
—¡Ah! Había entendido que hablabas de tu estado de ánimo.
—No, soy consciente de que el luto tiene sus fases y estoy en la primera. Lo peor aún está por llegar…
—Ya estás siendo agorera, otra vez —me decía Catarina.
—Mucho me estás aguantando, Catarina y no sabes lo mucho que te lo agradezco —le dije—. ¿Quieres una buena noticia?
—Para buenas noticias siempre estoy disponible —Catarina, estaba ansiosa por saber.
—Estoy embarazada.
—¡Bien! ¡Qué alegría más grande!
—No sé si es una gran alegría, pero yo me siento bien. Solo lamento que César no lo vaya a ver.
—Pero eso ya no tiene remedio, tienes que ser fuerte por GC y ahora, por el que está por venir —me decía Catarina—. ¿César lo sabía?
—No, no se lo quise decir por teléfono, estaba esperando a que regresara a El Amanecer, porque quería verle la cara y ya no pudo ser —Catarina me abrazó con todas sus fuerzas.
—Bueno, pues aunque no tengas remedio, arréglate un poco e iremos a dar un paseo, a GC le vendrá bien ir a jugar a un parque con otros niños, ¿no hay un parque de columpios y toboganes por aquí cerca?
—Sí —le respondí—. A unos cuatrocientos metros, además, es un parque bonito. ¡Ea! ¡Vamos!
—Si hubiese una farmacia cerca, aprovecharía para comprar una crema hidratante para la cara.
—Si quieres usar la mía, es muy buena —contesté.
—Gracias, querida, pero prefiero la mía de siempre, espero encontrarla aquí, porque claro, la mía la compro en Braga.
—Pues no sé, pero miramos a ver —le contesté—, salvo que sea una marca portuguesa, de seguro que aquí también la habrá.
—No, no es portuguesa, creo que es americana —me contestó Catarina—, así que imagino que no tenga problema para encontrarla.
Y salimos a dar el paseo y de compras.
De regreso a El Amanecer me acerqué a las cenizas de César, puede parecer algo morboso, pero a mí me daba una sensación de alivio el acercarme a la urna y hablarle.
No, no estoy loca; le hablaba y me sentía bien.
Una vez escuché que es bastante normal ir al cementerio y hablar con nuestros muertos; no es un síntoma de enfermedad mental, sino algo normal e incluso beneficioso desde el punto de vista psicológico.
—Lo que antes era todo, ahora tiene que ser nada —le decía a la urna que contenía las cenizas de César.
Le seguí hablando de lo que había hecho en el día. Cuando escuché unos pasos que se acercaban, callé, porque una cosa es cierta, no me gustaba que la gente me escuchase hablar con César.
Era Rosario, el ama de llaves, quería saber si nosotras íbamos a despachar los asuntos de El Amanecer, tal y como hacía con César. Los asuntos de El Amanecer los llevaba mi suegra, doña Cornelia; cuando ella murió, pasaron a encargarse Rosario y César.
—Sí, Rosario, yo me encargaré de tomar el testigo.
—¿Los lunes por las mañanas?, como con doña Cornelia y después, con el señor.
—Sí, trataré de reservar un hueco los lunes. Si algún lunes no fuera posible, te dejo a ti que organices como consideres necesario. Tienes carta blanca. Harás lo mejor que convenga para la casa. Si necesitases ayuda, consulta con Gerardo.
—Muy bien, señora —Rosario se dio la vuelta y marchó a sus quehaceres.
___ ooo ___
Una llamada de Raquel, la secretaria de César, interrumpe mi tranquilidad mientras tomaba un ligero brunch en el jardín de El Amanecer en compañía de GC. No tenía ganas de hablar con nadie, pero entendí que podía ser una llamada importante, así que respondí.
—Hola Raquel, buenos días. ¿Va todo bien? —pregunté.
—Buenos días, señora Elena —me contestó.
—Raquel, solo Elena, por favor, quita el “señora”.
—Sí, lo siento. Verá… hemos tenido la llamada de un vecino de por la zona que está interesado en comprar la bodega de vinos “Condes de Zalagueta y Orzán”, se ha enterado del fallecimiento de nuestro querido César y cree que quizá para usted sea mucho… y por si desease vender.
—Raquel, es una decisión muy importante y no tengo la cabeza para eso ahora mismo…
Raquel no me dejó seguir hablando y me interrumpió.
—Lo entiendo, Elena. Pero como han hecho la oferta, creí oportuno que supiera…
Ahora fui yo la que la interrumpió.
—Raquel, tengo que hablar de muchas cosas con Carlos, porque no sé cómo estarán los términos del testamento de César, todavía acaba de fallecer y no puedo más… no tengo la cabeza en estos asuntos, tengo que visitar los hoteles también; aún no he hecho nada y…
—Lo entiendo —dijo Raquel.
—Dame unos meses y ya se verá, aún es muy pronto para que tome una decisión de semejante calibre. También hay que ver qué clase de persona puede venir a los pocos días del accidente a presentar una oferta de compra, vamos, como para mear y no echar gota —dije.
—Está bien. Esperaremos y le daré largas a este señor —me dijo Raquel.
—Sí, explícale lo que hay y que espere. Si después de unos meses sigue interesado y la oferta es buena… nunca se sabe —le dije—. Una cosa, ¿la oferta es para la bodega solo o abarcaría también las plantaciones de viñedo?
—No estoy segura, pero creo que compraría todo —me explicó Raquel.
—Está bien. Habla con él y dale largas. Ahora no estoy para esas cosas, tengo la mente en otros asuntos. Por cierto, ¿cómo va la bodega? ¿Todo bien?
—Sí, Elena, no tiene de qué preocuparse, entre Mateo, Xoaquín, María y yo, tenemos todo controlado, quédese tranquila, la bodega funciona igual que si estuviera César aquí al frente —Raquel me consoló.
—Quedo agradecida, al menos me sacáis un trabajo de encima…
Y es que estoy hasta arriba —le comentaba yo—.
Es posible que haga una auditoría en la bodega en los próximos meses, así veremos si vale la pena vender o no, y, sobre todo, tengo que hablar con Carlos primero, que aún no tuve el momento de hacerlo.
Nos despedimos y así quedó la cosa. Ahora mi prioridad sería hablar con Carlos, el abogado de la familia y que me pusiese al tanto de cómo dejó César sus asuntos.
Bajé un momento a las cocinas de El Amanecer y aproveché el viaje para bajar la bandeja del brunch, GC, conmigo, siempre a mi lado, parece “mi rabito”, es como un chicle que se pega y no hay forma de despegarlo, pero a mí me encanta que sea así.
—Señora, no tendría que haber bajado la bandeja, nosotros iríamos a buscarla —dijo Finita, la cocinera.
—No bajé para traer la bandeja, Finita. Quería hablar con Rosario, ¿está por aquí?, la estoy buscando y, ya que venía para aquí, pues traje la bandeja.
—A Rosario la encontrará en el despacho de Gerardo, están tratando el tema de las compras con proveedores…
bueno, según tengo entendido —me dijo Finita, esta mujer es única, parece que no se entera de nada y, sin embargo, sabe todo lo que ocurre a su alrededor, hasta el tema que está tratando Rosario en el despacho de Gerardo.
—Gracias —le dije, ya caminando hacia el despacho de Gerardo—. ¿Qué estás cocinando hoy? —se lo pregunté alzando un poco la voz, porque ya me estaba alejando.
—Pescado a la plancha, señora —Finita también tuvo que alzar la voz.
—¡Qué rico! —y ya la dejé.