Capítulo 1 #2
—Os alojaréis en nuestro piso, os he preparado una habitación con literas, podréis quedaros el tiempo que estiméis oportuno —dijo Ana.
—No, no queremos molestaros —decía yo—, ya os habéis tomado muchas molestias y os estamos muy agradecidos, iremos a un hotel, además creo que Raquel, la secretaria de César, hizo reservas.
—Las cancelaremos y os vendréis a casa, insisto —Ana fue tajante.
—Está bien. Trataremos de causaros la mínima molestia posible —dijo Antonio.
—La policía me llamó por teléfono —dijo Luis—, querían hablar conmigo, ya que parece ser que era una de las últimas llamadas que César tenía en el móvil, junto con una llamada que te hizo a ti, Elena. Así fue como me enteré.
—Sí, me llamó desde una cafetería, en una parada que había hecho para tomar un café, poner gasolina al coche… La verdad es que ahora recuerdo, no me llamó él, le había llamado yo.
—Sí, puede ser. La policía estaba investigando las últimas llamadas y dieron conmigo y contigo. Luego fue cuando fueron a tu casa… —decía Luis.
—Sí. Me gustaría ir cuanto antes al lugar donde está César, si no os es molestia —cambié de tema.
—Sí, iremos enseguida, dejamos vuestras cosas en el piso y ya tiramos para allí, nos queda a unas dos o tres horas en coche.
Al llegar al piso, pude ver que no vivían con grandes lujos, pero el piso estaba muy bien arreglado y limpio.
Me llamó la atención que, teniendo hijos, estuviese todo tan recogido de juguetes y demás; El Amanecer está peor con todos los juguetes de GC por el medio, y eso que tengo servicio. Eso es trabajo de Ana, sin duda.
Dejamos nuestras bolsas en la habitación que Ana, muy amablemente, había habilitado para nosotros.
—Siento tener que poneros a los dos en la misma habitación —Ana se disculpaba—, pero el piso es pequeño y no pudimos arreglar de otra manera.
—Tranquila, Ana —mientras la abrazaba—, está todo muy bien, Antonio es mi primo, no pasa nada.
Comimos algo rápido y nos pusimos camino de Badajoz, estaba deseando llegar. Allí tendríamos que ver a César e identificarlo. No sé por qué había que identificarlo, la policía ya sabía que era él, o acaso, ¿es posible que haya habido algún error?
—¿Creéis, realmente, que es César? ¿No será una confusión y César está en algún sitio perdido? —dije yo.
—Elena, es César, no hay dudas —dijo Antonio.
—Entonces… ¿Por qué nos hacen ir a reconocer el cuerpo?
—Supongo que es por simples y meros trámites —dijo Luis.
El viaje se me hizo eterno. Cuando llegamos nos dirigimos al Instituto de Medicina Legal, Luis había puesto el navegador del coche, y ya nos llevó directamente allí, por el camino más rápido.
Una vez allí y después de presentarnos y de enseñar nuestras identificaciones a uno de los funcionarios, fuimos conducidos a un sótano, que a mí me pareció un laberinto, un sótano frío y oscuro, nos abrieron una puerta y en el medio de la habitación había una camilla con un cuerpo encima, tapado con una sábana.
Cuando tal cosa vi, no pude evitar llorar a lágrima viva, suponía el cuerpo de César, el hombre de mi vida y que tanto me había dado. Me dio un ataque de nervios y Antonio, tratando de calmarme, me dijo que quizás fuera mejor que no viera a César, que lo identificarían Luis y él.
—¡Quiero verlo! ¡Quiero verlo!, no podré despedirme de él si no lo veo —gritaba yo.
—Pasen por aquí, por favor —dijo el funcionario.
Cuando traté de entrar yo, el funcionario me paró y me impidió el paso. Miré a Antonio, tratando de que él hiciera algo, pero Antonio reafirmó la decisión del funcionario.
—Elena, espera aquí, primero lo vemos Luis y yo, y luego, lo ves tú.
—El señor está muy desmejorado por el accidente, tiene la cara cortada, los ojos hinchados, uno de los ojos está fuera del sitio y además, todo el cuerpo está hinchado, es mejor que la señora no lo vea y que lo recuerde tal cual era, créanme, es lo mejor.
Batallo con esto más a menudo de lo que quisiera, y en estas condiciones, creo que es mejor que la señora no lo vea —el funcionario fue sincero.
Lo que él no sabía es que la puerta había quedado medio abierta y lo escuché todo.
¡Un ojo fuera de su sitio! Creo que es mejor que no lo vea y no tener esa imagen en mi mente lo que me quede de vida.
Quizás este hombre tenga razón y sea mejor que lo recuerde tal y como era, siempre con una sonrisa en sus labios.
Suena mi móvil y veo que era Catarina. No sé si contestar o no. Decido contestarle.
—Hola Catarina, me pillas en mal momento —le dije entre sollozos.
—Querida, ya estoy en El Amanecer, acabo de llegar. Tomaros vuestro tiempo, yo os esperaré aquí y no te preocupes por GC, él estará bien.
—Estamos en el Instituto de Medicina Legal con César.
—¿Lo has visto?
—No, en estos momentos lo está viendo Antonio y Luis.
—Y tú… ¿No lo has visto? —se interesó Catarina.
—No, no me dejan. Me dicen que está desmejorado y que es mejor que no lo vea.
—Si es así… ¡No lo veas! Recuérdalo como era. Si lo ves así, te quedará esa imagen grabada para el resto de tu vida.
—Eso me han dicho, pero tía, si no lo veo, no puedo despedirme de él… ¿Lo entiendes?
—Trata de despedirte de él sin levantar la sábana. Una vez identificado por Antonio, ya sabrás que es él, no necesitas verlo. Y le das tu último adiós con la sábana cubriéndolo. Hazme caso, es lo mejor.
—Está bien. Así lo haré. Están saliendo tía, te dejo.
Cuando salieron de la habitación, no hacía falta que me dijeran nada, sus rostros lo decían todo. ¡Era César!
—Es…
—No digas más —interrumpí a Antonio.
Y Antonio y yo nos abrazamos desolados por el dolor. Pronto se unió al abrazo Luis y nos dimos un abrazo de tres.
Y si había una mínima esperanza de que no fuera César, quedó eliminada por completo.
—¿Lo puedo ver? —pregunté.
—No te lo aconsejo —dijo Antonio—, está con las marcas propias del accidente y está hinchado… Mejor que no lo veas.
—No, Elena. No lo veas —reafirmó Luis.
No me dijeron nada del ojo, igual se creen que no escuché al funcionario. Tan solo me dijeron que César estaba con los cortes y magulladuras propias del accidente, por los golpes que había llevado al dar vueltas de campana y que estaba hinchado. Quizás sea todo lo que necesito saber.
Hablé con el funcionario acerca de incinerar a mi marido y en lugar de regresar a Galicia con el cuerpo, hacerlo con sus cenizas. Él quería ser incinerado, me lo había dicho en alguna que otra ocasión.
Al día siguiente de la visita al Instituto de Medicina Legal, César fue incinerado.
Estuvimos los tres presentes. Regresamos a Sevilla, pasamos una noche con Luis y Ana en el piso, dejé que Luis se despidiera de César también, sabía la relación que los unía, y Luis sabía que yo lo sabía, pero no hablamos de ello.
No le dije que César estaba viajando a Sevilla para cortar la relación que tenía con él definitivamente.
No quería hacerlo parecer culpable, ya se sentía él bastante mal sin tener que echar más leña al fuego.
Nos despedimos de Luis y de Ana, invitándolos a pasar por El Amanecer cuando quisieran, el tiempo que quisieran. Era lo lógico después de haber estado Antonio y yo en su casa en Sevilla y después de tratarnos tan bien como lo hicieron.
Al día siguiente cogimos un vuelo de Sevilla a Santiago de Compostela. Eusebio, nuestro chófer, iría a buscarnos para llevarnos a El Amanecer, allí estaría Catarina esperando por nosotros y todo el personal de servicio.
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Al llegar a El Amanecer todo el servicio estaba esperándonos e hicieron un pasillo en honor a César. Yo llevaba la urna que contenía las cenizas de mi marido.
Todo el servicio se mostró triste, la verdad es que lo querían mucho y me constaba.
La tía Catarina tenía una cara que no parecía ella ni su sombra.
Tenía unas ojeras enormes y oscuras y me estoy preguntando si yo también estoy presentando un semblante parecido.
En cualquier caso, si así fuera, no me importa, estoy de luto y es normal que no tenga mi mejor cara.
Lo primero que hice fue darle un abrazo muy grande y llené de besos a GC, mi hijo.
Ahora tendrá que crecer sin su padre, yo seré su madre y su padre a la vez, a ver cómo hago.
Él no es consciente, es muy pequeño todavía.
Pero crecerá con el recuerdo de un gran hombre que lo quería mucho, de eso me voy a encargar yo.
Hablé con Rosario y Gerardo. Les pregunté si más o menos ya todos sabían, el personal de la bodega, el personal de los hoteles, Carlos, Gloria… ¡Eran tantos! Todo el mundo quería mucho a César. La verdad es que se lo tenía merecido, fue buen marido, buen padre, buen hijo, buen sobrino, buen amigo…
Me dijeron que sí, que les constaba que ya todos estaban enterados de la tragedia. Que la prensa había contactado con El Amanecer, pero que Gerardo les había dado largas. Le dije que muy bien, ya hablaría yo con ellos.
César era conde de Zalagueta y Orzán, de ahí el interés de la prensa. De hecho, según tengo entendido, era ya uno de los pocos condes por la zona. Es una zona en la que quedan pocos condados.
Hablé un poco con Catarina, le dije que, finalmente, le había hecho caso y que no llegué a ver a César en la camilla de la morgue. Solo espero no arrepentirme algún día.
—No te arrepentirás, querida, es lo mejor —me dijo la tía Catarina.
Antonio quedó a dormir en El Amanecer, marchará mañana para su casa de La Coruña.
Y yo, me fui a dormir también. En mi habitación, la misma habitación que había compartido con César desde que nos casamos, hace casi cinco años, ahora estoy sola. Pedí a GC si quería dormir conmigo y me dijo que sí. Esta noche la pasaré con mi hijo.