El secreto de Elena (Trilogía: El secreto nº 2) Capítulo 1
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El secreto de Elena (Trilogía: El secreto nº 2)

El secreto de Elena (Trilogía: El secreto nº 2)

Por Reyes Sopkowsky Vaello

© inepub.com

Capítulo 1

Desesperación

—Señora, la Guardia Civil está en la puerta, quieren hablar con usted acerca del señorito… —Rosario irrumpió en mi habitación, gritando.

—¿GC? ¿Qué le ha pasado al niño? —pregunté.

—No, perdón; quería decir que se trata del señor, lo lamento —me contestó ella.

—¿César? Se supone que está de viaje, llegando de Sevilla. ¿Qué ha pasado? —pregunté nerviosa.

—No lo sé, señora. Están abajo y desean hablar con usted —añadió nuestra ama de llaves.

Al escuchar por segunda vez las palabras “Guardia Civil”, me levanté de la cama de un salto. La primera vez apenas las había procesado, medio dormida.

—Está bien, que pasen al salón y ofréceles un café. Bajo en un momento —le ordené.

—Muy bien, señora.

Mientras Rosario salía de la habitación, me arreglé un poco y me puse una bata; a decir verdad, agarré lo primero que encontré.

Bajé las escaleras y me dirigí al salón, donde los agentes me estaban esperando. ¿Pero para qué? ¿Qué le pudo haber pasado a César para que viniese la policía a casa?

Traté de tranquilizarme antes de entrar. Inhalé y exhalé lentamente. Era inútil. Inhalar, exhalar… inhalar, exhalar… Traté de hacerlo despacio, como había aprendido en mis clases de yoga y taichí, pero no pude. El miedo se apoderó de mí; más que miedo, sentí desesperación.

—Buenos días —saludé al hombre que tenía más cerca mientras le extendía la mano, con evidentes muestras de nerviosismo.

—Buenos días —contestó él—, lamentamos la interrupción. Permítame que nos presentemos: mi nombre es Agustín Romero y soy sargento de la Guardia Civil; me acompaña el guardia Fernando Villar.

El sargento intercambió una mirada breve con el guardia, se quitó los guantes y adoptó una postura solemne. Ambos portaban sus gorras en las manos.

—No somos portadores de buenas noticias. Su marido, César Gustavo…

Mis oídos se cerraron. No fui capaz de seguir escuchando; de repente, todo lo que el hombre siguió diciendo lo escuché como si de un eco se tratase.

—Perdón —tuve que interrumpir—, no le he entendido.

—Su marido, César Gustavo —continuó el sargento—, ha tenido un fatal accidente de tráfico en Badajoz. Lo lamento profundamente, señora.

Caí de rodillas; mis piernas no pudieron sostenerme. Vi a Rosario, que se acercó a mí rápidamente mientras trataba de ayudarme a levantarme. Los dos guardias civiles hicieron lo propio también. El guardia más joven, de menor rango, dio un paso adelante, instintivamente, para sujetarme.

—Lo sentimos mucho. Le damos nuestras condolencias —seguía hablando el sargento, aparentemente en nombre de los dos—.

El vehículo en el que viajaba su esposo se salió de la vía a pocos kilómetros de Badajoz.

Los servicios de emergencias no han podido hacer nada por salvarlo; ha fallecido en el acto.

Todo apunta a que un camión se le atravesó en medio de la carretera y, al venir de frente una furgoneta, no pudo esquivarla.

Chocó con ella dando varias vueltas de campana.

Así es como lo relataron los primeros testigos.

—¿Están ustedes seguros de que se trata de mi marido? —pregunté aturdida.

—Los compañeros de Tráfico de Badajoz han verificado la documentación en el lugar —habló el guardia por primera vez, en un tono suave y respetuoso.

—Los detalles del siniestro aún se están investigando por el equipo de Badajoz —añadió el sargento, manteniendo un tono empático y profesional, midiendo sus palabras porque el atestado sigue abierto—.

Ahora mismo lo prioritario es usted. ¿Tiene a algún familiar cerca a quien podamos llamar para que venga a hacerle compañía?

—Rosario se encargará de llamar a alguien. Y ahora… ¿qué? —pregunté—. Me gustaría ir con él y traerlo para aquí.

—Por supuesto, está en su derecho. Actualmente su marido se encuentra en el Instituto de Medicina Legal de Badajoz —explicó el guardia.

—Rosario, ayúdame a prepararme, he de ir de inmediato. Avisa a Eusebio para que prepare el coche; me llevará al aeropuerto, ¡rápido! —dije.

Me quedé un rato más con los guardias y enseguida se fueron.

Preparé una maleta pequeña, aunque no sabía muy bien cuántos días iba a estar fuera.

En estos momentos, todavía no era consciente de lo que se me estaba viniendo encima.

Habría pasado aproximadamente media hora cuando vi entrar a Rosario en mi dormitorio.

—Señora, no hay vuelos directos de Vigo a Badajoz, todos hacen escala en Madrid.

—Pues mira desde Santiago.

—Ya me he tomado la libertad. Lo mismo, señora, todos pasan por Madrid. Todos tardan entre cinco y siete horas, como mínimo.

—Resérvame el primero que salga, el que llegue antes, al precio que sea —dije sin titubear.

Mientras hablaba con Rosario, estaba arreglando a GC.

—Señora, ¿no irá a llevar al niño con usted?

—Sí, eso tenía pensado.

—No lo haga. Mejor déjelo en El Amanecer. Aquí entre Ana, Isabel y yo lo cuidaremos mientras usted está fuera y así estará más tranquila.

—Sí, supongo que tienes razón. Además, iré y me moveré más rápido sin él.

—Señora, ¿quiere que avise a alguien?

«Avisar a alguien». Repetí en mi mente y volví a tomar conciencia.

—Bueno, habría que avisar a Antonio y a Silvia y a… —por un momento quedé pensando—, a Catarina.

—Así lo haré. ¿Quiere que lo haga ahora o… esperamos un poco?

—Me gustaría no tener que avisarles nunca de una tragedia, pero como hay que hacerlo, cuanto antes, mejor.

—Muy bien, señora, me pongo en ello.

En cuanto el primo de César, Antonio, conoció la noticia, enseguida me llamó, quería hablar conmigo porque quería acompañarme a Badajoz, me dijo que no permitiría que yo viajase sola, y se lo agradecí.

Catarina también quedó desolada. Igual que Antonio, me llamó y me dijo que vendría a El Amanecer para ayudarme en lo que fuera necesario. Catarina es la tía de César, hermana de su mamá, y lo quiere como si fuera su hijo.

El Amanecer era la finca con la casa, donde vivíamos. Un palacete estilo pazo, una construcción muy típica aquí, en Galicia.

Antonio tardó como unas tres horas en llegar a Vigo. Él vive en La Coruña, con su mujer Patricia. Hizo lo mismo que yo, una maleta rápida con lo imprescindible para unos días. En cuanto sonó el timbre de casa, Gerardo, nuestro mayordomo, se dirigía a la puerta para abrir.

—Gerardo, deja, será Antonio, ya le abro yo —le dije.

—Muy bien. Como desee.

Efectivamente, era Antonio y nos fundimos en un largo abrazo. Yo no podía parar de llorar y Antonio estaba visiblemente afligido.

—¿Qué ha pasado? —preguntó—, no logro entenderlo.

—¿Por qué pasan los accidentes? —le dije—, yo tampoco logro entenderlo.

—Está bien. Tengo poca información, Rosario apenas me contó, pero creo que tenemos que ir a Badajoz, que es allí donde César tuvo el accidente.

—Sí, así es.

—¿Y qué hacía conduciendo por Badajoz? —preguntó Antonio, incrédulo.

—Iba camino de Sevilla, allí se encontraría con un amigo suyo. Con Luis.

—He oído hablar de Luis, pero no lo conozco —me decía Antonio.

—¡Luis!, —de repente me di cuenta—. ¡Tengo que avisarle a él también! Lo estará esperando y… ¡No va a llegar! —esto último lo dije entre gritos y lágrimas.

Antonio me vio abatida y me volvió a abrazar.

—Cálmate —dijo Antonio—, dame su número de teléfono y con mucho gusto hablaré yo con él, no pases tú por ese trago.

—En realidad no me importa, pero bueno, sí, prefiero que le llames tú.

—¿Y su número? —preguntó Antonio.

—¿Su número? No lo tengo.

—Pues no le puedo llamar —dijo Antonio.

—Lo tenía César en su agenda del móvil. Quien puede tenerlo es Raquel, su secretaria de la bodega —dije.

—Buena idea, llamaré a Raquel, el teléfono de ella, lo tienes, ¿no?

—Sí, en mi agenda del móvil. Quizás sea bueno que no le digas nada del porqué quieres el número del teléfono de Luis —le dije.

—Tendrá que saberlo, cuanto antes, mejor.

—Pues como veas, lo dejo de tu mano.

Pasó poco tiempo cuando Antonio regresó del despacho de Lia. Todavía seguía siendo el despacho de Lia, aunque ella ya no estuviera con nosotros. Lia era mi suegra, a la que quise mucho y que todavía añoro.

—¿Conseguiste hablar con Luis? —pregunté.

—Sí, no le he visto la cara a Luis, pero, de repente, quedó mudo. No fue capaz de articular palabra. Parece que quedó abatido. Pobre…

—Sí, César y él se apreciaban de veras.

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Un par de horas después estábamos camino de Badajoz. Finalmente, cogimos vuelo a Sevilla y de allí a Badajoz iríamos con Luis en su coche. Muy amablemente se ofreció a acompañarnos y quedó a nuestra disposición.

Al llegar a Sevilla, Luis ya nos estaba esperando. Yo no lo conocía en persona, pero, por alguna razón que desconozco, él me reconoció enseguida.

Cuando Luis nos vio, levantó la mano en señal de llamada.

—Antonio, mira, allí hay un chico levantando la mano, mirando hacia nosotros, ¿será Luis? —pregunté.

—Sí, es posible, pero no lo sabremos si no nos acercamos a él.

Después de acercarnos, el primero en hablar fue él.

—Elena y Antonio, supongo.

—Supones bien. Y tú eres Luis —dije yo mientras me acercaba a darle un par de besos.

—Sí. Elena, eres tal cual César me había dicho. He venido acompañado de mi mujer, espero que no les moleste, nos está esperando fuera, en el coche.

—¡No!, tranquilo —dijo Antonio.

Cuando salimos del interior del aeropuerto y nos dirigimos afuera, una oleada de calor inmenso nos envolvió y enseguida empezamos a sudar por la frente.

Al llegar al coche, nos presentó a Ana María, su mujer. Me pareció encantadora y lo primero que nos dijo, tanto a Antonio como a mí, especialmente a mí, es que nos acompañaba en el sentimiento y nos dio sus más sinceras condolencias.

Luis reafirmó lo que había dicho Ana y se le veía visiblemente afectado.

—Éramos grandes amigos —dijo Luis, mirando hacia mí—. Ha sido un fuerte golpe y, en cierto sentido, me siento culpable, ya que el accidente lo tuvo viniendo para aquí…

Aunque Luis seguía hablando, viendo su desolación, Antonio no pudo evitar interrumpirlo y no lo dejó seguir hablando.

—Está bien, tranquilo —le dijo, mientras le daba unas palmadas en la espalda.

Ya estábamos sentados en el coche, Luis y Ana delante y Antonio y yo atrás.