El Castillo Que Se Convirtió en Recuerdo #3
Trevor claramente arrepentido de haber aceptado salir en la foto.
Peter mirándome a mí.
Otra vez.
Sentí una presión en el pecho.
Moira apareció con una bolsa más pequeña.
—Para el avión.
La abrí.
Dulces.
La miré.
—Te caigo bien.
—No exageres.
La abracé de todos modos.
Lo toleró durante aproximadamente dos segundos.
—Ya basta.
Perfecto.
Pasé por la habitación una última vez.
Vacía.
La cama preparada.
Ninguna maleta.
Ninguna ropa.
Ningún miedo a que se apagara la luz.
Pasé por la cocina.
Limpia.
La encimera donde tantas veces alguien había dejado una taza ya no tenía nada.
Por la biblioteca.
La silla junto a la ventana ahora esperaba a Caroline.
Por el gran salón.
Nuestros tronos ya no eran nuestros.
Por el jardín.
El banco.
El camino.
Cada lugar parecía terminado y, al mismo tiempo, lleno.
Sabía dónde Molly se había reído hasta llorar.
Dónde Peter me había besado.
Dónde discutimos.
Dónde preparamos café demasiado tarde.
Dónde sentí miedo.
Dónde dejé de permitir que el miedo decidiera.
Craigellan no había cambiado solo porque hubiéramos restaurado sus muros.
Había cambiado porque ahora yo sabía lo que había ocurrido dentro de ellos.
Y porque algo también había ocurrido dentro de mí.
La furgoneta estaba lista.
Las maletas dentro.
Trevor ya había elegido sitio.
Molly discutía con él por la ventanilla.
Lydia revisaba los documentos por última vez.
Ian y Anne esperaban junto a la entrada.
Peter me tocó el brazo.
—¿Dos minutos?
Lo miré.
Sabía exactamente adónde quería ir.
El banco seguía en el jardín.
Las iniciales también.
«E.K.»
«D.L.»
Me senté.
Peter a mi lado.
Nos quedamos un rato sin hablar.
Miré las letras.
—Entonces esto es todo.
—Sí.
Seguí mirando.
—No me gusta esta parte.
—¿Irnos?
—Dejar algo que fue nuestro.
Peter me cogió de la mano.
—No lo dejamos todo.
Lo miré.
Sentí una presión en el pecho.
Miré Craigellan.
—Nunca voy a olvidar este lugar.
Peter:
—Yo tampoco.
Volví a mirar las iniciales.
«Eleanor.»
«David.»
Una vida que empezó allí y continuó en otro lugar.
Después miré a Peter.
Lo besé.
Sin urgencia.
Sin despedida.
Solo elección.
Cuando nos separamos, siguió sujetándome la mano.
—¿Lista?
Miré el castillo.
—Ahora ya no importa.
—¿Qué?
—Voy a irme aunque no lo esté.
Peter lo entendió.
Cuando llegamos a la furgoneta, Caroline estaba en la entrada.
Daniel a su lado.
Sophie.
James.
Henry.
Caroline me abrazó.
Fuerte.
—Gracias.
—Cuida de Craigellan.
Miró el castillo.
—Creo que ahora él también cuidará de nosotros.
No respondí.
Me gustó demasiado la frase como para estropearla.
Daniel me estrechó la mano.
Sophie volvió a abrazar a su madre.
James seguía mirando las ventanas como si intentara decidir por dónde empezaría a explorar.
Henry seguía obsesionado con la llave.
Daniel rozó la mano de Caroline.
Un gesto pequeño.
Automático.
De esos que solo existen después de muchos años eligiendo a la misma persona.
Subí a la furgoneta.
Peter entró justo después.
La puerta se cerró. Y, cuando el vehículo empezó a avanzar, algo dentro de mí se encogió.
Miré por la ventanilla.
Craigellan fue quedándose atrás poco a poco.
Primero la fachada de piedra.
Las ventanas.
La torre oeste.
Después el muro empezó a ocultar el jardín.
Los árboles se interpusieron.
Y el castillo fue haciéndose más pequeño.
Las hojas naranjas se pegaban al suelo mojado.
Las primeras luces aparecían en las ventanas.
Treinta y uno de octubre.
Pensé en cómo había empezado todo.
Un viaje de trabajo.
Un calendario imposible.
Un castillo que solo conocía por planos, fotografías e informes.
Llegué a Craigellan con una maleta y treinta días para entregar un proyecto.
Me marchaba con la misma maleta.
Pero ya no era la misma mujer que había llegado.
Miré hacia atrás una vez más.
La torre oeste todavía se veía por encima de los árboles.
La ventana estaba apagada.
Ninguna luz.
Ningún movimiento.
Nada que necesitara una explicación.
Solo Craigellan.
Quieto.
Preparado para que otra vida empezara dentro de él.
Sentí una presión en el pecho.
Sabía que dejaba atrás una cocina donde el café había acabado convirtiéndose en madrugada.
Una chimenea delante de la que habíamos bailado.
Un banco donde dos historias de amor, separadas por más de un siglo, se habían encontrado.
Un equipo que había llegado allí por trabajo y se marchaba siendo otra cosa.
Y una versión de mí que había creído que ser competente significaba controlarlo todo.
Peter encontró mi mano entre los asientos.
Entrelazó sus dedos con los míos.
Lo miré.
Una de las mejores cosas que Craigellan me había dado no se quedaba atrás.
Sonreí.
Después volví a mirar por la ventanilla.
El castillo apareció durante unos segundos más entre los árboles.
Entonces llegó la curva.
Y Craigellan desapareció.
Seguí mirando el lugar donde había estado.
Solo entonces lo entendí.
Durante semanas había llamado a aquel lugar proyecto.
Después, problema.
Misterio.
Aventura.
Nuestro castillo.
Nuestra cocina.
Nuestra casa.
Peter me apretó la mano.
Seguí mirando la curva donde Craigellan había desaparecido.
Y sentí que lo echaría de menos incluso antes de llegar al avión.