El Castillo Que Se Convirtió en Recuerdo #2
David murió cuarenta y ocho años después.
Eleanor, cuatro años después que él.
Caroline miró la fotografía.
—¿Vivió todo eso?
—Sí.
—¿Después de estar oficialmente muerta?
—Sí.
Soltó una risa nerviosa.
Después empezó a llorar.
Miró a sus hijos.
Después la fotografía.
—Entonces...
Se detuvo.
—Yo solo estoy aquí porque ella se marchó.
Miré a Eleanor.
Después a Caroline.
—La familia que llegó hasta ti nació de la vida que ella eligió después de Craigellan.
Caroline siguió mirando la fotografía.
A aquella mujer anciana.
Cabello blanco.
Familia alrededor.
Toda una vida.
—Dios mío.
Daniel apoyó una mano en su espalda.
Caroline la sujetó.
Esperé unos segundos.
Después dije:
—Hay otra cosa.
Me miró.
—La doncella y amiga de Eleanor se llamaba Margaret.
Caroline se quedó inmóvil.
—¿Margaret?
—Margaret.
Ninguna de las dos tuvo que explicarlo.
Le enseñé la fotografía de Margaret.
El medallón.
La fotografía con Agnes.
Caroline se acercó.
—¿Esta es ella?
—Sí.
Respiré.
—Margaret se quedó en la habitación de Eleanor para darle tiempo.
Caroline me miró.
—¿Vestida como ella?
—Sí.
—Pero debía salir después.
—Debía.
—Y no salió.
—No.
Volvió a mirar la fotografía.
—¿Qué ocurrió?
—No lo sabemos todo.
Le conté lo que habíamos podido reconstruir.
El movimiento en el pasillo.
El intento de salida.
El accidente.
El fuego.
La caída.
La mujer inconsciente con la ropa de Eleanor.
La identificación aceptada por la familia.
El registro posterior diciendo que Margaret había abandonado el servicio.
Caroline se quedó muy quieta.
Entonces cogí la pequeña hoja que Lydia había protegido aquella mañana.
—Hemos encontrado otra cosa esta madrugada.
Se la entregué.
—Eleanor escribió esto para Margaret antes de marcharse.
Caroline leyó.
Se detuvo en la última línea.
«Nos vemos después.»
Se quedó mirando la frase durante unos segundos.
—Pero no se encontraron.
—No.
Caroline bajó la mirada.
—Margaret se quedó.
—Se quedó.
Después le entregué la carta nunca enviada a Agnes.
La leyó en silencio.
Hasta llegar al final.
Se detuvo.
Volvió a leer.
«Decid su nombre. Margaret Fraser.»
Caroline cerró los ojos.
Cuando los abrió:
—¿Dónde está?
Respiré.
—Creemos que está enterrada en el jardín.
Fuimos hasta allí.
Todos.
El viento estaba más frío.
La niebla había desaparecido.
El cielo empezaba a oscurecer temprano.
La piedra seguía diciendo:
«Lady Eleanor Kinnaird.»
Caroline se quedó delante.
No habló durante un rato.
Después se volvió hacia mí.
—Entonces Eleanor no está aquí.
—Creemos que no.
—Y Margaret sí.
—Es la reconstrucción más probable.
Miró el nombre grabado en la piedra.
Después a Daniel.
—Esto tiene que corregirse.
—Ya he autorizado lo que haga falta.
Caroline negó con la cabeza.
—No.
Daniel frunció el ceño.
Ella se volvió hacia mí.
—No quiero que lo hagan como si fuera una curiosidad.
—No lo haremos.
Caroline miró Craigellan.
Después la lápida.
—Vivió aquí.
—Sí.
—Murió ayudando a alguien de mi familia.
Asentí.
Caroline respiró.
Entonces dijo:
—Craigellan no vuelve a mi familia sin devolverle también su nombre.
Sentí una presión en el pecho.
—Quiero que la recuerden como parte de esta casa.
Daniel:
—Así será.
Caroline me miró.
—Margaret Fraser.
—Margaret Fraser.
Antes de volver, cogí la caja pequeña.
Se la entregué.
Caroline la abrió.
El broche Kinnaird.
Lo tocó con cuidado.
—¿Era de Eleanor?
—Su madre se lo dio.
—¿Y se quedó aquí?
Asentí.
—Margaret pensaba llevárselo a Eleanor después de la fuga.
Caroline me miró.
—Y no pudo.
—No.
Caroline cerró los dedos alrededor del broche.
No hacía falta decir nada más.
Todos empezaron a regresar.
Daniel.
Los niños.
Molly.
Lydia.
Trevor.
Ian.
Caroline se quedó unos segundos más.
Después fue tras ellos.
Yo permanecí allí.
Peter también.
Encendí una única vela pequeña dentro del recipiente de cristal que Lydia había preparado.
La coloqué junto a las violetas.
Miré la piedra.
—Tu nombre está aquí ahora.
El viento pasó.
La llama tembló.
—Margaret Fraser.
Silencio.
Miré hacia el camino.
Y ella estaba allí.
La mujer de cabello oscuro.
El vestido oscuro.
La misma figura que había visto antes.
Solo que esta vez no había urgencia.
No había aquel peso.
Aquel miedo.
O quizá yo estaba proyectando.
Quizá era la luz.
El final de la tarde.
La distancia.
Algo en su rostro pareció más suave.
Parpadeé.
Ya no estaba.
Peter se quedó a mi lado.
—¿Has visto algo?
Tardé en responder.
—Creo que sí.
Miró el camino vacío.
Después a mí.
No intentó explicarlo.
Yo tampoco.
Volvimos dentro.
Y Craigellan permaneció en silencio.
Por completo.
En el corredor de servicio, la pizarra seguía allí.
Nuestro marcador improvisado.
Garabatos.
Fechas.
Anotaciones.
En una esquina:
«FANTASMA: ?»
Me detuve.
Cogí el rotulador.
Peter apareció detrás.
—¿Por fin vas a responder?
Borré el signo de interrogación.
Esperó.
No escribí nada.
Lo dejé en blanco.
Peter miró.
—Eso es nuevo.
Tapé el rotulador.
—No todo necesita una respuesta.
Sonrió.
—Definitivamente nuevo.
Lo borré todo porque no me pareció necesario contarle aquella parte a Caroline. Era una broma interna del equipo.
Daniel me encontró en el gran salón poco después.
Caroline estaba con los niños en la biblioteca.
Vino solo.
—Rebecca.
Me giré.
—¿Sí?
Miró alrededor.
Después a mí.
—Has entregado exactamente lo que prometiste.
Me quedé callada.
—En realidad, has entregado más.
Sonreí.
—Veintinueve días de obra.
Daniel asintió.
—Mejor todavía.
Me tendió la mano.
Se la estreché.
—Gracias.
—Ha sido todo un equipo.
—Lo sé.
Miró en dirección a la biblioteca.
Sentí una presión en el pecho.
—Ha sido un buen proyecto.
Daniel sonrió.
—Creo que ha sido algo más que eso.
Miré Craigellan.
—Estoy de acuerdo.
Mi móvil vibró.
Martin.
«El cliente ha aprobado íntegramente la entrega del ala principal. Enhorabuena, equipo. Cuando volváis, hablaremos.»
Lo leí dos veces.
Peter apareció a mi lado.
—¿Problema?
Se lo enseñé.
Lo leyó.
—Enhorabuena.
—Gracias.
—Tú has hecho esto.
Lo miré.
—Lo hemos hecho nosotros.
Más tarde pasamos por el gran salón.
Solos durante unos segundos.
Miré las dos sillas.
—He perdido mi trono.
Peter:
—Mi reinado ha sido excelente.
—Has sido un tirano.
—Y tu castillo sigue en pie.
Lo miré.
—¿Mi castillo?
Peter miró alrededor.
—Este siempre será nuestro.
Sonreí.
La despedida empezó de verdad poco después.
Anne me entregó una bolsa llena de shortbread, té y un tarro pequeño de mermelada.
—En los aviones sirven cosas horribles.
Ian puso encima una fotografía impresa.
Todo el equipo en el jardín.
Todos sucios.
Molly sonriendo.