El Castillo Que Se Convirtió en Recuerdo
La luz seguía encendida.
En la última planta de la torre oeste.
Amarilla.
Cálida.
Imposible.
Trevor me miró.
—Lo digo en serio.
Peter no apartó la vista de la ventana.
—¿No hay alimentación auxiliar?
—Ninguna.
—¿Batería?
—Nada.
—¿Generador?
—Ni siquiera está conectado a ese circuito.
Trevor señaló la torre.
—No llega electricidad ahí.
Se me encogió el estómago.
Molly se quedó junto a Lydia.
Nadie hizo ninguna broma.
No hacía falta.
Volví a mirar la torre.
Tenía miedo.
Mucho.
Tenía las manos frías.
La respiración corta.
Cada parte de mi cuerpo quería quedarse exactamente donde estaba.
—Voy a subir.
Peter se volvió hacia mí.
—Voy contigo.
Asentí.
—Vamos.
Trevor nos acompañó hasta el corredor técnico.
Después se detuvo.
—Yo de aquí no paso.
Lo miré.
—Pensaba que no creías en fantasmas.
—No creo.
Cruzó los brazos.
—Pero creo muchísimo en quedarme aquí.
Peter casi sonrió.
Yo no pude.
Seguimos.
Cada paso hasta la torre parecía sonar más de lo debido.
La madera.
Las piedras.
El viento entrando por alguna rendija.
Cuando llegamos al último tramo de escaleras, la luz se apagó.
De golpe.
Me detuve.
Peter también.
Oscuridad.
Oscuridad absoluta.
Encendió la linterna.
—¿Rebecca?
—Estoy aquí.
Subimos.
La sala de arriba estaba vacía.
Sin bombilla.
Sin cableado activo.
Sin nada que pudiera haber producido aquella luz.
Recorrí el espacio con la mirada.
Pared.
Ventana.
Piedra.
Madera.
Nada.
Hasta que lo vi.
En el alféizar.
La llave.
La llave de Margaret.
Me quedé inmóvil.
Peter iluminó.
—¿Dónde la dejaste?
—En la caja de conservación.
—¿Con Lydia?
—Sí.
No preguntó nada más.
Yo tampoco.
Me acerqué.
Cogí la llave.
Fría.
Pesada.
Conocida.
Esta vez no pensé en cómo había llegado hasta allí.
No busqué huellas.
No busqué ningún truco.
No pedí explicaciones.
Solo la sostuve.
Peter pasó lentamente la luz por la madera junto a la ventana.
Acerqué la llave.
Encajó en una abertura tan estrecha que habría jurado que antes no estaba allí.
Lo miré.
—¿Esto estaba aquí?
—No lo sé.
Giré.
Un clic.
La madera cedió.
Detrás había un compartimento estrecho.
Muy pequeño.
Dentro, una cinta clara doblada.
Y un trozo de papel.
Nada más.
Sentí una presión en el pecho.
Peter acercó la linterna.
Cogí el papel.
La letra era de Eleanor.
Breve.
Íntima.
«Maggie, si pierdo el valor esta noche, recuérdame que fui yo quien eligió. Si tú pierdes el tuyo, yo haré lo mismo por ti. Nos vemos después. E.»
Me quedé mirando.
Nada más.
Ninguna explicación.
Ningún secreto.
Solo una promesa.
Miré la cinta.
Quizá fuera de Margaret.
Quizá de Eleanor.
Quizá nunca lo sabríamos.
—De verdad creía que Margaret saldría —dije.
Peter se quedó a mi lado.
—Sí.
Solo eso.
Y fue suficiente.
Cerré los dedos alrededor de la carta.
Miré la ventana.
La llave.
Una torre sin electricidad.
Peter preguntó:
—¿Alguna teoría?
—Ninguna.
Esperó.
Yo también.
—Y está bien.
Peter me miró durante unos segundos.
No sonrió.
Solo asintió.
Guardamos la carta.
La cinta.
La llave.
Y bajamos.
El treinta y uno de octubre amaneció cubierto por una niebla baja.
Halloween.
Nuestro último día en Craigellan.
Las hojas mojadas se pegaban a los caminos.
El cielo estaba casi blanco.
El jardín parecía suspendido.
Sin martillos.
Sin sierras.
Sin trabajadores gritándose de una habitación a otra.
Después de semanas de ruido, el silencio resultaba extraño.
Bonito.
Me quedé unos minutos en la entrada.
Craigellan estaba listo.
Hoy alguien llegaría para vivir en el lugar que nosotros estábamos a punto de dejar.
Y, por primera vez, eso me dolió más de lo que me hizo sentir orgullosa.
A las nueve, Craigellan estaba impecable.
A las diez y media, Trevor terminó las pruebas.
Poco antes del mediodía, Peter completó la última inspección estructural.
Molly todavía recolocó un cojín dos veces.
Anne trajo café.
Moira apareció únicamente para informar de que todos parecíamos nerviosos.
—Estáis nerviosos.
Molly:
—No.
Moira:
—Claro.
Me reí.
Ian comentó que ya había calabazas en las puertas del pueblo.
Anne dijo que los niños empezarían a aparecer disfrazados incluso antes de que anocheciera.
Allí, dentro de Craigellan, parecía otro tipo de Halloween.
Sin disfraces.
Sin decoraciones exageradas.
Solo un castillo antiguo.
Una mujer muerta que no había muerto.
Otra que probablemente había muerto con el nombre de la primera.
Y una torre que se iluminaba sin electricidad.
Me pareció suficiente.
Poco después de las dos recibimos el mensaje.
«Están llegando.»
Todo el mundo fue hacia la parte delantera del castillo.
No alineados.
No como empleados esperando una inspección.
Como un equipo que había terminado algo imposible y quería presenciar el momento en que aquello por fin tendría sentido.
Peter se quedó a mi lado.
Molly, Lydia, Trevor e Ian un poco más atrás.
Anne cerca de Ian.
Moira más apartada, como si no quisiera admitir que formaba parte de aquello.
El primer coche apareció al final del camino.
Otro venía detrás.
Se detuvieron delante de Craigellan.
Daniel bajó primero.
Después Sophie.
Unos dieciséis años.
Atenta.
La mirada yendo del castillo a su padre.
James salió por el otro lado.
Parecía tener doce años.
Ya estaba mirando las ventanas superiores.
Henry salió el último.
Unos diez años, calculé.
Demasiada energía para alguien que acababa de pasar demasiado tiempo dentro de un coche.
Entonces bajó Caroline.
Miró el castillo.
Se detuvo.
No dijo nada.
Daniel no intentó apresurarla.
Esperó.
Caroline dio dos pasos.
Miró la fachada.
Después la placa de piedra junto a la entrada.
«CRAIGELLAN.»
Su expresión cambió.
—Daniel...
Él se colocó delante de ella.
—Hola.
Señaló el castillo.
—¿Craigellan?
Daniel asintió.
Caroline volvió a mirar.
Se llevó una mano a la boca.
—Daniel.
Él sacó una llave del bolsillo.
Cogió su mano.
Dejó la llave en su palma.
—Una vez me dijiste que querías saber de dónde había venido tu familia.
Caroline lo miró.
Sentí una presión en el pecho.
Continuó:
—Craigellan formaba parte de la respuesta.
Caroline miró el castillo.
Después la llave.
Después a él.
Soltó una risa que ya venía mezclada con lágrimas.
—¿Has comprado un castillo?
Sophie miraba a su madre.
Daniel mantuvo los ojos en Caroline.
—No lo compré porque pensara que necesitabas un castillo.
Ella se secó una lágrima.
Él le apretó la mano.
—Lo compré porque pensé que merecías recuperar una parte de la historia que tu familia había perdido.
Caroline se quedó completamente inmóvil.
Daniel bajó la voz.
—Te estoy devolviendo algo que perdisteis hace mucho tiempo.
Empezó a llorar.
Abrazó a Daniel.
Él le sostuvo el rostro primero.
Después la abrazó.
Sophie se unió.
Henry también.
James se quedó quieto un segundo antes de sumarse al abrazo.
Molly se secó los ojos.
Anne cogió la mano de Ian.
Moira miró hacia el jardín.
Daniel besó a Caroline en la frente.
Y en aquel momento entendí por completo lo que había intentado hacer.
No comprar algo.
Recordar una conversación.
Guardarla durante años.
Encontrar una respuesta.
Henry miró el castillo.
—Entonces ¿todo esto es nuestro?
Caroline respiró.
—Creo que sí.
James:
—¿Tiene pasadizos secretos?
Miré a Peter.
Él me miró a mí.
—Algunos —respondí.
James sonrió de oreja a oreja.
—¿En serio?
Daniel:
—No vas a buscar nada tú solo.
—Ni siquiera he dicho que vaya a hacerlo.
Sophie:
—Lo has pensado.
—No puedes demostrarlo.
Peter bajó la cabeza para esconder una sonrisa.
Entramos.
Caroline no hablaba mucho.
Era mejor así.
No quería una reacción exagerada ante cada puerta.
Quería verla darse cuenta.
Y se daba cuenta.
En el gran salón se detuvo delante de la chimenea.
Pasó la mano por la madera restaurada.
En el corredor miró dos veces un detalle del techo que Molly había insistido en conservar.
En la biblioteca vio la silla junto a la ventana oeste.
Se detuvo.
—Esta silla...
Daniel:
—Lo sé.
Se giró.
—Has sido tú.
—Te quejas cuando la luz viene del lado equivocado.
Caroline se rio entre lágrimas.
—Yo no me quejo.
Sophie:
—Sí te quejas.
Caroline miró a su hija.
—Gracias.
Sophie:
—Solo ayudo.
Sobre la mesa estaban las peonías.
Claras.
No completamente blancas.
Caroline tocó una de ellas.
—Estas son...
Daniel:
—Lo sé.
Cerró los ojos un segundo.
Después negó con la cabeza.
—Eres increíble.
—Veintidós años.
Ella le besó la mejilla.
Y siguió caminando.
En la suite, Caroline miró la pared frente a la cama.
Después a Daniel.
—No hay televisión.
—Nunca la ves en el dormitorio.
—Tú sí.
—Entonces sobreviviré.
Ella se rio.
Sobre el sillón había una manta suave doblada.
Caroline la tocó.
—Esto lo pediste tú, seguro.
Daniel se encogió de hombros.
—Siempre te quejas cuando no hay una cerca.
Ella lo miró.
Esta vez no dijo nada.
Solo le cogió la mano.
Sophie lo vio.
Yo también.
No era la casa.
Era la atención.
Décadas de pequeñas cosas guardadas.
Cuando terminamos el recorrido principal, Caroline todavía parecía estar intentando comprender dónde estaba.
Daniel me miró.
Yo sabía que había llegado el momento.
—Hay una cosa más.
Caroline se giró.
—¿Más?
—Sí.
Los llevé a todos a la biblioteca.
Al espacio que Molly y Lydia habían preparado.
Discreto.
Íntimo.
Sin aspecto de exposición.
Allí estaban las fotografías.
Los documentos.
Eleanor joven.
David.
Hawthorn Cottage.
Los hijos.
La fotografía de ambos ya ancianos.
Margaret.
Margaret con Agnes.
El medallón.
El broche.
Las cartas.
Caroline se detuvo.
Daniel también.
Sophie se acercó.
James se puso serio.
Henry cogió la mano de su madre.
Caroline miró la fotografía más grande.
—¿Quiénes son?
Me puse a su lado.
—Eleanor y David.
Frunció el ceño.
—¿Eleanor?
Asentí.
—La mujer de tu familia.
Caroline se acercó.
Miró la fecha.
Después se volvió hacia mí.
Respiré.
—Eleanor Kinnaird no murió en Craigellan.
Nadie se movió.
Caroline miró a Daniel.
—¿Tú lo sabías?
No respondió de inmediato.
—Sabía que Drummond sospechaba que existía una conexión.
Miró la fotografía.
—Que realmente fuera ella, solo lo descubrí gracias a ellos.
Caroline volvió a mirarme.
Se lo conté.
Eleanor escapó.
David la esperó.
Los dos adoptaron nuevos nombres.
Ella pasó a ser Anna Lewis.
Se casaron.
Tuvieron tres hijos.
Vivieron en Hawthorn Cottage.