EPÍLOGO
—¿Y si el cliente rechaza esta circulación?
Miré el plano proyectado en la pantalla.
—Entonces la ajustaremos.
El hombre al otro lado de la mesa frunció el ceño.
—¿Solo eso?
—Es la mejor solución con la información que tenemos hoy. Si aparece información mejor, trabajaremos con ella.
Me observó durante unos segundos.
—Pareces tranquila.
—Lo estoy.
Martin, al extremo de la mesa, no dijo nada.
Peter tampoco.
Pero vi cuándo me miró.
La reunión terminó cuarenta minutos después.
Peter se acercó mientras yo cerraba el portátil.
—No has defendido el plano hasta la muerte.
Lo miré.
—¿Decepcionado?
—Sorprendido.
—He madurado.
—Qué bien.
Martin apareció en la puerta.
—Vosotros dos os quedáis.
Molly, Trevor y Lydia ya estaban en el pasillo.
—Vosotros también.
Scott venía justo detrás.
Martin señaló.
—Baines.
Scott se detuvo.
—¿Qué he hecho?
Trevor:
—¿Esta vez?
Scott le enseñó el móvil y volvió a entrar en la sala.
Sonreí.
Martin encendió la pantalla.
Apareció una mansión.
Grande.
Histórica.
Pero definitivamente no era un castillo.
—Nuevo proyecto —dijo—. Costa Este.
Trevor:
—¿Qué antigüedad tiene?
—Principios del siglo XX.
Scott se relajó.
—Excelente.
Miré a Martin.
—¿Tendremos que vivir allí?
—No.
Trevor:
—Gracias a Dios.
Nos reímos.
Martin continuó:
—Rebecca liderará la integración arquitectónica. Peter se ocupa de estructura. Molly, interiores. Trevor, sistemas. Lydia entra en las zonas históricas. Scott, logística.
Scott asintió.
—¿En suelo estadounidense?
—En suelo estadounidense.
—Perfecto.
Apareció el plano.
Señalé una conexión entre la construcción original y una ampliación posterior.
—Podemos abrir aquí y recuperar la circulación de la casa.
Peter lo estudió.
Esperé.
Acercó el plano.
Hizo un cálculo.
Después otro.
—Podemos.
Me giré despacio.
—¿Acabas de decir «podemos»?
Peter me miró.
—No te acostumbres.
Sonreí.
No pude evitarlo.
Martin apagó la presentación.
—Antes de que os vayáis, hay una cosa más.
Abrió una carpeta.
—El bonus contractual de Craigellan ha sido procesado.
Cincuenta mil dólares.
Molly sonrió.
Trevor también.
Martin continuó:
—Daniel Whitcomb ha añadido otra gratificación.
Peter levantó la vista.
—¿En serio?
—Otros cincuenta mil dólares para cada integrante que completó la entrega sobre el terreno.
Silencio.
Molly:
—¿Otros cincuenta mil?
—Otros cincuenta.
Trevor se recostó.
—Retiro la mitad de mis quejas.
Lydia:
—¿Solo la mitad?
—Algunas noches fueron muy malas.
Miré a Martin.
—¿Por qué?
Consultó la hoja.
—Según Whitcomb, entregasteis la casa que había contratado...
Levantó la vista.
—...y encontrasteis la historia que no sabía que estaba buscando.
Nadie habló durante unos segundos.
Scott fue el primero.
—Creo que esta es la parte en la que finjo que no estoy aquí.
Martin se volvió hacia él.
—No.
Scott se quedó callado.
—Whitcomb también dejó una instrucción sobre ti.
—Yo no terminé el proyecto.
—Lo sabe.
Scott no respondió.
—Tuvo en cuenta los seis meses de preparación y todo lo que dejaste organizado antes de marcharte. Autorizó el pago de los cincuenta mil originales. Porque le conté lo que pasó y entendió perfectamente el motivo.
Scott miró a Martin.
—¿Aun así?
—Aun así.
Trevor:
—Quizá fue porque huiste lo bastante rápido como para no estorbar.
Scott se giró.
—Huir fue una decisión racional.
Molly:
—Te perdiste la mejor parte.
—Vi las fotos.
—No es lo mismo.
Peter habló:
—Yo volvería.
Todos lo miraron.
Molly sonrió.
—¿A Craigellan?
Asintió.
—Volvería.
Lo miré.
—Yo también.
Lydia:
—Yo también.
Molly:
—Fue el mejor viaje de mi vida.
Trevor levantó un dedo.
—Exceptuando algunas noches.
—Y algunos pasillos —añadió Lydia.
Todos miraron a Scott.
Ni siquiera tuvo que pensarlo.
—Yo no.
Nos reímos.
Y, por primera vez, hablar de Craigellan no trajo miedo.
Trajo nostalgia.
Mi móvil vibró poco después.
Caroline.
Abrí el mensaje.
Era una fotografía del jardín de Craigellan.
Delante de la antigua sepultura había una pequeña placa.
«MARGARET FRASER»
El mensaje decía:
«La han terminado hoy.»
Después:
«Gracias por devolvernos nuestra historia.»
Me quedé mirando.
Peter se detuvo a mi lado.
Se lo enseñé.
Leyó.
—Ha quedado muy bien.
Asentí.
—Sí.
Guardé el móvil.
Y volví a la nueva mansión.
Aquella noche, cuando llegué al apartamento, olía a comida.
Peter ya estaba allí.
Mi llave seguía en su bolsillo.
Su taza seguía en mi escurridor.
Y algo estaba mal en la cocina.
Abrí un armario.
Lo cerré.
Abrí otro.
—Peter.
—¿Qué?
—Has tocado mi cocina.
Se quitó las gafas.
Las dejó sobre la encimera.
—Tu cocina necesitaba supervisión.
Me giré.
—Mi cocina funcionaba perfectamente.
—Tenías tres ollas en el mismo armario que los moldes.
—Eso se llama eficiencia.
—Eso se llama caos.
Crucé los brazos.
—Tú no vives aquí.
Peter miró su propia taza.
Después hacia el baño, donde yo sabía perfectamente que había un cepillo de dientes suyo.
Después a mí.
—Todavía.
Me reí.
Se acercó.
Puso las manos en mi cintura.
Lo besé primero.
Sin lluvia.
Sin torre.
Sin plazo.
Sin nadie llamando por la radio.
Solo Peter.
En mi cocina.
Tres meses después.
Había dicho que me quería en su vida cuando Craigellan ya no estuviera en medio.
Y seguía allí.
Más tarde, Peter fue a ducharse.
Busqué un adaptador en una caja donde había metido algunas cosas del viaje.
La fotografía que Ian nos había dado estaba encima.
Sonreí.
Nosotros delante de Craigellan.
Cuando fui a guardarla, vi algo en el fondo.
Metal.
Me detuve.
La llave.
Mi cuerpo se quedó inmóvil.
El cardo en el extremo.
La llave de Margaret.
No.
Yo le había entregado aquella llave a Lydia.
El último día.
Lo recordaba perfectamente.
«Esta se queda aquí.»
La vi meterla en la caja de conservación.
Vi cómo la cerraba.
Peter volvió a la cocina.
Se detuvo al verme.
—¿Qué pasa?
Señalé.
Se acercó.
Miró la llave.
Después a mí.
—Esa es...
—Sí.
Peter la cogió.
La reconoció de inmediato.
—Dejaste esto en Craigellan.
—Sí.
—Con Lydia.
—La vi guardarla.
Silencio.
Levantó la vista.
—¿Cómo?
Lo miré.
—¿Me lo preguntas a mí?
Peter no respondió.
Miré la llave.
No busqué una explicación.
Esta vez ni siquiera quise hacerlo.
Craigellan estaba a miles de kilómetros.
La llave no.
Quizá algunas historias sencillamente no sepan quedarse atrás.