La Vida Que Eleanor Eligió #2
Molly lloraba en silencio.
Peter no se movió.
Más abajo:
«Fue mi amiga antes que David. Fue mi valor cuando yo no tenía ninguno. Fue la única persona en Craigellan que nunca confundió mi nombre con la vida que esperaban de mí.»
Tragué saliva.
La última parte era breve.
«Si algún día alguien encuentra la verdad, solo pido esto:
decid su nombre. Margaret Fraser. No dejéis que la recuerden como a mí.»
No pude hablar de inmediato.
Helen también lloraba.
Lydia cerró los ojos.
Peter apoyó una mano en mi espalda.
Quizá todo hubiera empezado por eso.
Margaret Fraser.
Drummond entró por videollamada cuarenta minutos después.
Helen colocó el portátil sobre la mesa.
Debía de tener poco más de sesenta años.
Cabello gris.
Gafas.
Papeles por todas partes.
No perdió el tiempo.
—Ahora puedo cerrar la brecha que nunca conseguí demostrar.
Me senté.
Drummond compartió un documento.
El corazón me latió más deprisa.
—El problema siempre fue demostrar que Anna Lewis y Lady Eleanor Kinnaird eran la misma persona.
Miré las cajas.
Las fotografías.
La carta.
El nombre falso.
Drummond continuó.
—Las fechas coincidían. La región coincidía. Algunas referencias familiares también. Pero Eleanor Kinnaird estaba oficialmente muerta antes de que apareciera Anna Lewis.
—Entonces nunca pudo relacionarlas —dijo Peter.
—Exactamente.
Drummond amplió el árbol.
—Ahora tenemos la carta de David, la dirección, los registros de Craigellan, el material de Hawthorn Cottage y documentos escritos por la propia Eleanor.
Pausa.
—Ya no es solo una hipótesis genealógica.
El árbol continuaba.
Eleanor y David.
Tres hijos.
Thomas.
Alice.
Margaret.
—Hawthorn Cottage permaneció durante generaciones dentro de la familia —explicó Drummond—. Helen pertenece a una de las ramas que siguieron vinculadas a la propiedad.
Después señaló a Alice.
—Su línea viene de aquí.
Hija.
Nieta.
Otra generación.
Otra.
Hasta un nombre que conocíamos.
«Caroline Whitcomb.»
Nadie habló.
Volví a mirar.
Caroline.
El retrato.
Las peonías.
La silla junto a la ventana.
El interés de Daniel por Eleanor.
La petición:
«Si encontráis cualquier cosa relacionada con Eleanor Kinnaird, hablad directamente conmigo.»
Todo encajó.
Helen miraba la pantalla.
—¿Caroline?
Me giré.
—¿La conoce?
—Conozco a la familia.
Señaló una fotografía moderna en una estantería.
Una señora mayor.
Mujeres más jóvenes.
Niños.
—La abuela de Caroline pertenecía a la rama de Alice. Su familia pasó muchos veranos aquí.
El corazón me latió más deprisa.
—¿Caroline también?
Helen sonrió.
—De niña, sí. Se quedaba con su abuela. Después de que muriera, Caroline casi no volvió.
Molly:
—¿Sabía lo de Eleanor?
Helen lo pensó.
—Sabía que había una Anna en la historia de la familia. Creo que todos lo sabían. Pero la versión se fue haciendo cada vez más pequeña.
Drummond completó:
—El nombre Kinnaird prácticamente desapareció de la narración familiar. Quedó la historia de una antepasada escocesa que empezó otra vida.
Miré a Peter.
—Daniel lo sabía.
Peter asintió.
—La hipótesis.
Cogí el móvil.
Daniel respondió al segundo tono.
—¿Rebecca?
—Drummond tenía razón.
Silencio.
—Sobre Eleanor.
Otro silencio.
Miré la fotografía de ella ya anciana.
—Anna Lewis era Lady Eleanor Kinnaird.
Daniel respiró.
—¿Habéis encontrado eso?
—Sí.
Tardó unos segundos.
—Entonces era ella...
Su voz sonó emocionada.
—Caroline desciende de ella.
—Era lo que Malcolm creía.
—Ya no es una hipótesis.
Miré Hawthorn Cottage.
La chimenea.
Las dos sillas.
—Lo hemos demostrado.
Daniel se quedó callado.
Después:
—Dios mío.
—Por eso compraste Craigellan.
—Sí.
—Caroline pasó algunos veranos en Escocia.
—Sí.
Su voz bajó.
—Su abuela hablaba mucho de esta casa.
Nadie interrumpió.
—Caroline me trajo aquí una vez, hace muchos años. Antes de los niños.
Miré a Helen.
Ella asintió discretamente.
Daniel continuó:
—Me contó que había una mujer en la familia que había salido de algún lugar importante de Escocia y había empezado de nuevo. No sabía mucho más.
—Y tú te acordaste.
—Sí.
Claro que se había acordado.
Daniel siempre se acordaba.
—¿Cuándo apareció Craigellan?
—Años después. Encontramos el nombre en un documento antiguo de su abuela. Caroline dijo que le gustaría saber de dónde venía aquello.
—Y llamaste a Drummond.
—Unos meses después.
Casi sonreí.
—Claro.
—Llegó hasta los Kinnaird. Después hasta Craigellan. Pero nunca conseguía demostrar la conexión porque Eleanor Kinnaird estaba muerta antes de que existiera Anna Lewis.
Miré la fotografía.
—Ahora sí puede.
—Ahora sí puede.
Respiré.
—Daniel...
—¿Qué?
—Hay más.
Silencio.
Se lo expliqué.
Margaret.
La ropa.
El incendio.
La identificación aceptada por la familia.
El registro diciendo que Margaret había abandonado el servicio.
La carta de Agnes.
El broche.
La carta que Eleanor nunca envió.
Daniel no habló durante mucho tiempo.
Cuando terminé:
—¿Caroline no sabe nada de esto?
—Nada.
—¿Ni de Margaret?
—Nunca había oído ese nombre.
Miré a Lydia.
Sostenía la carta.
—Hemos encontrado cosas que pertenecieron a las dos.
—¿Qué?
—Cartas. Fotografías. Un medallón de Margaret. Un broche que Beatrice le dio a Eleanor.
Otro silencio.
—¿Eso todavía existe?
—Está en Craigellan.
Daniel respiró.
—Dios mío.
Miré a Peter.
Pero ahora lo entendía.
Daniel continuó:
—Si quiero regalarle una joya a Caroline, puedo comprar una mañana.
Pausa.
—Pero no podía devolverle una historia que su familia había perdido.
Sentí una presión en el pecho.
—Cuando Craigellan salió a la venta, pensé que quizá podría devolverle el lugar donde todo empezó.
Nadie en aquella sala habló.
No era un castillo.
Nunca lo había sido.
No para Daniel.
Era memoria.
Pertenencia.
Una pregunta que Caroline llevaba años cargando sin saber que algún día tendría respuesta.
—Daniel.
—¿Sí?
—La historia es mucho más grande de lo que imaginabas.
—Ahora lo sé.
Miré la fotografía de Eleanor y David.
—Quiero preparar algo antes de que llegue Caroline.
—Haced lo que creáis correcto.
—Puede exigir mover algo que ya estaba cerrado.
—Hacedlo.
—Lydia necesitará autorización para conservar y presentar documentos.
—La tiene.
—Y hay otra cosa.
—¿Qué?
—La tumba.
Pausa.
Se lo expliqué.
La sepultura de Eleanor.
La enorme posibilidad de que el cuerpo enterrado allí fuera Margaret.
Cuando terminé, Daniel se quedó callado.
Después:
—Su nombre volverá.
Sentí una presión en el pecho.
—Tenemos que hacerlo bien.
—Hacedlo bien.
—Lo haremos.
Volvimos a Craigellan a primera hora de la tarde.
Esta vez, cuando el castillo apareció al final del camino, no vi muros.
Vi a dos mujeres.
Una se marchó.
Una se quedó.
Una vivió más de cincuenta años después de su propia muerte oficial.
La otra probablemente murió allí y perdió su nombre.
Peter aparcó.
Nadie salió de inmediato.
Molly miró Craigellan.
—Quedan dos días.
Miré.
—Lo sé.
Lydia abrió la puerta.
—Entonces tenemos mucho trabajo.
Salí.
No expliqué la sorpresa completa a nadie.
Solo repartí tareas.
—Lydia, necesito que prepares el material que hemos elegido. Todo protegido.
Miró la lista.
Después a mí.
—¿Para mañana?
—Sí.
—Claro.
Molly apareció.
—¿Qué hago yo?
—Necesito un espacio en la biblioteca.
—Eso normalmente sería una petición más concreta viniendo de una arquitecta.
—Lateral oeste. Íntimo. Nada de museo.
Lo entendió.
—Casa.
—Casa.
Trevor:
—¿Y yo?
—Iluminación.
—¿Dónde?
—Te lo enseño.
Ian:
—¿Y yo?
Lo miré.
—Jardines.
Peter estaba al fondo.
—¿Yo ya tengo función?
—Sí.
—¿Cuál?
—Evitar que cualquier cosa estructural decida derrumbarse en las próximas treinta y seis horas.
—Por fin una petición razonable.
Las horas siguientes desaparecieron.
Llegaron marcos.
Cristal de conservación.
Soportes.
Lydia trabajaba con los documentos.
Molly discutía alturas.
Trevor ajustaba una iluminación que yo no quería demasiado intensa.
Una placa llegó mal.
La mandé rehacer.
La siguiente llegó al final del día.
No la dejé abierta.
En el jardín, Ian me llevó hasta la tumba.
La piedra decía:
«Lady Eleanor Kinnaird.»
Me quedé mirándola.
Si teníamos razón, aquella piedra llevaba más de un siglo diciendo Eleanor sobre Margaret.
—Daniel ha autorizado una placa temporal —dije.
Ian asintió.
—¿Quieres ponerla ahora?
Miré la sepultura.
—Todavía no.
No era mi decisión final.
Era de Caroline.
Pero dejamos flores.
Violetas.
Ian colocó el pequeño jarrón delante de la piedra.
No expliqué el simbolismo.
No hacía falta.
El día veintinueve empezó antes de las seis.
Ya no había espacio para dramas.
Solo listas.
—Molly, suite y gran salón.
—Vale.
—Trevor, automatización completa a las cuatro.
—Ya lo he marcado.
—Lydia, biblioteca y documentación.
—Sí.
—Ian, entrada, accesos y jardines.
—Hecho.
Miré a Peter.
—Inspección final conmigo.
—Por desgracia.
—Me vas a echar de menos.
—¿Eso es una amenaza?
—Una predicción.
Peter cogió la carpeta.
—Peligroso viniendo de ti.
Sonreí.
Y seguimos.
Las peonías llegaron a las diez y veinte.
Claras.
No completamente blancas.
Me detuve delante de ellas.
Daniel se había acordado.
De todas las cosas que podía haber olvidado después de veintidós años, recordaba que Caroline consideraba las flores completamente blancas demasiado bonitas para parecer felices.
Molly apareció.
—¿Estas?
—Estas.
Cogió uno de los jarrones.
Caroline todavía no había pisado Craigellan.
Pero estaba en todas partes.
En la silla.
En las flores.
En la luz.
En el retrato que Daniel no quería mover.
En la biblioteca.
En el jardín.
En la forma en que el castillo había sido preparado.
A las cuatro y siete de la tarde entré en la biblioteca.
La luz atravesaba la ventana oeste.
Y caía exactamente sobre la silla.
Me detuve.
Era justo lo que Daniel había descrito.
Caroline lee junto a las ventanas.
Sobre todo en invierno.
Pasado mañana estaría allí.
Quizá se sentara.
Quizá abriera un libro.
Quizá ni siquiera se diera cuenta de inmediato de que aquella silla estaba exactamente en ese punto porque su marido recordaba cómo le gustaba la luz.
Peter entró.
Se detuvo detrás de mí.
—¿Todo bien?
Miré la silla.
—Dentro de dos días dejará de ser nuestro.
No me corrigió.
—Lo sé.
Eso fue peor.
Aquella noche fuimos al pub.