La Vida Que Eleanor Eligió
A las siete y diez de la mañana estábamos saliendo de Craigellan.
Yo, Peter, Molly y Lydia.
Ian se quedó.
Trevor también.
No porque no quisieran venir.
Sino porque faltaban cuatro días.
Y Craigellan había elegido precisamente aquellos cuatro días para necesitar a toda persona capaz de sostener una carpeta, contestar un teléfono o impedir que algo saliera mal.
Drummond había organizado la visita la noche anterior.
La carretera estaba húmeda.
El cielo, gris.
Peter conducía.
Lydia iba detrás de él.
Molly a mi lado.
Yo tenía en el móvil una fotografía de la carta de David.
No necesitaba abrirla.
Me la sabía casi de memoria.
La cocina pequeña.
El techo inclinado.
La ventana.
La estantería para los libros.
Las violetas.
Dos sillas.
Miré a Peter.
—¿Y si ya no queda nada?
Mantuvo la vista en la carretera.
—Queda la casa.
—Sabes a qué me refiero.
—Sí.
—¿Y?
Peter tardó un segundo.
—Entonces habremos ido a ver una casa que un hombre preparó para una mujer hace más de un siglo.
Lo pensé.
—Te estás volviendo romántico.
—No lo difundas.
Molly, desde atrás:
—Demasiado tarde.
Peter miró por el retrovisor.
—Pensaba que estabas dormida.
—Estaba escuchando.
—Es distinto.
—Para mí no.
Sonreí.
Después volví a mirar por la ventanilla.
Cuanto más nos alejábamos de Craigellan, más sentía algo que no había sentido cuando fuimos a Edimburgo.
Aquel día, el castillo había seguido detrás de nosotros como un proyecto.
Ahora parecía que estábamos siguiendo una historia fuera de él.
Exactamente como había hecho Eleanor.
Hawthorn Cottage estaba al final de una carretera estrecha.
No había un portón monumental.
Ni columnas.
Ni escudo.
Nada que recordara a Craigellan.
Era una casa de piedra de dos plantas.
Pequeña.
Ventanas claras.
Un jardín rodeado por un muro bajo.
Un árbol antiguo a un lado.
Y, detrás, suaves colinas cubiertas por el verde húmedo de octubre.
Peter apagó el motor.
Nadie abrió la puerta de inmediato.
Molly habló primero.
—Es mucho más pequeña de lo que imaginaba.
Miré.
—Era eso lo que él le prometió.
No riqueza.
No grandeza.
Una vida.
Bajamos.
Una mujer abrió la puerta antes de que llegáramos.
Cabello gris corto.
Abrigo azul oscuro.
Expresión cautelosa, pero amable.
—¿Rebecca Sloan?
—Sí.
—Helen Kerr.
Nos estrechamos la mano.
Miró a los demás.
—Entrad. Malcolm me ha dejado demasiado intrigada como para seguir esperando aquí fuera.
Lo primero que sentí fue calor.
Después madera.
Después café.
Y entonces lo vi.
El salón no era grande.
Una chimenea de piedra ocupaba una pared.
Había libros.
Fotografías.
Un sofá.
Y dos sillas antiguas junto al fuego.
Me detuve.
Peter también.
Helen se dio cuenta.
—¿Qué?
La miré.
—Esas sillas.
Siguió mi mirada.
—Son demasiado viejas para ser cómodas.
Molly se acercó.
—¿Siempre han estado aquí?
Helen lo pensó.
—Hasta donde yo sé.
El corazón me latió más deprisa.
—¿Juntas?
—Siempre.
Miré a Peter.
Él ya me estaba mirando.
Helen volvió a darse cuenta.
—Creo que me estoy perdiendo algo.
Cogí el móvil.
Abrí la carta.
—¿Podemos explicarlo después?
Sonrió.
—Me parece justo.
Entramos.
La cocina estaba al fondo.
Pequeña.
Exactamente como David había escrito.
En la planta superior, Helen nos enseñó uno de los dormitorios.
El techo se inclinaba hacia un lado.
Me detuve debajo.
—Tenía razón.
Peter:
—¿Sobre qué?
—Esto habría irritado a Eleanor.
Helen se rio.
—Ha irritado a varias generaciones después de ella.
Me giré.
—¿Después de ella?
Helen se puso seria.
—Creo que será mejor que nos sentemos.
Antes de bajar, me detuve delante de una estantería empotrada junto a la ventana.
Madera antigua.
Desgastada en algunos bordes.
Pasé los dedos por la superficie.
Helen se dio cuenta.
—Eso es antiguo.
La miré.
—¿Sabe de cuándo?
—No. Mi abuela decía que era para los libros.
No dije nada.
Peter tampoco.
No hacía falta.
La casa que yo había conocido primero en una carta estaba delante de mí.
Volvimos al salón.
Helen trajo una caja.
Después otra.
La tercera era más pequeña.
—Malcolm me pidió que no abriera algunas cosas antes de que llegarais.
Lydia se puso inmediatamente más atenta.
—¿Material antiguo?
—Cartas. Fotografías. Un álbum que a mi abuela no le gustaba que tocaran los niños.
Molly:
—Eso explica por qué los niños siempre quieren tocarlo.
Helen sonrió.
Se sentó.
—Tengo que explicaros lo poco que sé.
Esperamos.
—En mi familia siempre se ha contado que una pareja vino a vivir aquí hace muchas generaciones.
El corazón me latió más fuerte.
Lewis.
La inicial del registro.
L.
Peter se inclinó hacia delante.
—¿Lewis?
—Sí. Pero siempre existió la historia de que esos no eran sus nombres originales.
Miré a Lydia.
Helen continuó.
—Nadie sabía exactamente por qué. Mi abuela decía que empezaron su vida aquí queriendo que los dejaran en paz. Después eso se convirtió en una de esas historias familiares que todo el mundo conoce solo a medias.
—¿Tuvieron hijos? —pregunté.
Helen sonrió.
—Tres.
Sentí una presión en el pecho.
Abrió la primera caja.
Sacó una hoja protegida.
—Thomas.
Otra.
—Alice.
Otra.
—Margaret.
Me detuve.
—¿Margaret?
Helen me miró.
—La hija menor.
Nadie habló.
Helen acercó el álbum.
Cuero oscuro.
Desgastado en los bordes.
Lydia se puso guantes antes de tocarlo.
La primera fotografía mostraba a una mujer joven.
Cabello recogido.
Vestido sencillo.
A su lado, un hombre.
Más delgado de lo que había imaginado.
Expresión seria.
Su mano casi rozando la de ella.
Helen señaló.
Probablemente eran Eleanor y David.
Sentí un escalofrío.
No porque reconociera a David.
Nunca lo había visto.
Y la Eleanor que yo conocía estaba en un retrato aristocrático de Craigellan.
Aquella mujer parecía otra.
Quizá porque lo era.
Sin joyas.
Sin pose.
Sin Craigellan detrás.
La segunda fotografía mostraba a un niño.
Después a dos.
Después a tres.
En otra, Eleanor estaba sentada en el jardín.
David sostenía al hijo menor.
Molly se llevó una mano a la boca.
—Tuvieron una vida.
Helen miró.
—Una larga.
Pasó más páginas.
Cumpleaños.
Bodas.
Bautizos.
Niños.
Personas envejeciendo.
La casa cambiando un poco.
La ropa cambiando mucho.
Eleanor seguía allí.
David también.
Hasta que Lydia se detuvo en una fotografía.
—Espera.
Helen miró.
Era más grande.
Mejor conservada.
Tomada en el jardín de Hawthorn Cottage.
Eleanor estaba sentada en una silla.
El cabello completamente blanco.
David a su lado.
Viejo también.
Su mano descansaba detrás de la silla de ella.
Los tres hijos adultos.
Nietos.
Un niño pequeño en el regazo de Eleanor.
Helen dio la vuelta a la fotografía.
En el reverso había una fecha.
Hice la cuenta.
Una vez.
Después otra.
—Cuarenta y siete años.
Peter se acercó.
—¿Qué?
Lo miré.
—Esta fotografía se hizo cuarenta y siete años después de la noche en que Eleanor murió en Craigellan.
Silencio.
Molly respiró hondo.
Volví a mirar.
La mujer muerta había envejecido.
Había tenido hijos.
Nietos.
Arrugas.
Cabello blanco.
Décadas.
Vida.
Se me humedecieron los ojos.
Tuve que tragar antes de hablar.
—Lo consiguieron.
Peter no miró la fotografía.
Me miró a mí.
Solo me di cuenta unos segundos después.
Y aquello dolió de una forma completamente distinta.
Helen abrió otra caja.
—Hay algo que quizá explique el apellido.
Era una copia antigua de un registro parroquial realizado poco después de que llegaran a la zona.
El documento mostraba a David con el apellido Lewis.
Eleanor aparecía como Anna Lewis. Meses después, otros registros locales ya la identificaban como Anna Lewis.
Junto a él había una hoja escrita de puño y letra por David.
«Durante algún tiempo, este será nuestro nombre.
No por vergüenza del anterior.
Por seguridad.»
Más abajo:
«Si algún día tenemos hijos, les contaremos la verdad cuando ya no pueda utilizarse contra ti.»
Me quedé mirando.
—Él también cambió su apellido.
Peter:
—Para que ella no fuera la única que tuviera que esconderse.
Sentí una presión en el pecho.
Helen sonrió.
—Mi abuela decía que nunca pasaron un día separados voluntariamente después de llegar aquí.
La miré.
—¿Sabe cuánto tiempo vivió él?
—Murió cuarenta y ocho años después de llegar.
Respiré.
—¿Y ella?
Helen tardó un instante.
—Cuatro años más.
—¿La misma enfermedad?
—Cólera. Hubo otro brote unos años después.
Volví a mirar la fotografía.
Todavía quedaban años de vida después de aquella imagen.
Eleanor no había escapado para ganar unos cuantos años.
Había ganado una vida entera.
La carta estaba en el fondo de la caja más pequeña.
Helen ni siquiera sabía qué era.
—Nunca se envió.
Lydia la examinó antes de abrirla.
La letra era de Eleanor.
La reconocí de inmediato.
En el exterior:
«Agnes Fraser.»
Sentí que el aire cambiaba.
Molly lo vio.
—Dios mío.
Helen no entendió.
—¿Quién es Agnes?
La miré.
—La hermana de Margaret.
Lydia abrió la carta.
Yo leí.
«Agnes, ya he escrito tu nombre tres veces y no sé cómo continuar.»
Me detuve.
Sentí una presión en el pecho.
Continué.
«Si esta carta llega hasta ti, otras personas podrían descubrir dónde estoy. Si no llega, quizá pases el resto de tu vida creyendo una mentira.»
Nadie respiraba bien.
«Margaret no os abandonó.»
Cerré los ojos.
Después continué.
«Debía venir después de mí. Esperé a Maggie durante tres días.»
Se me cerró la garganta.
«David volvió todo lo cerca de Craigellan que pudo.
Preguntó donde pudo.
Nadie sabía nada de ella.»
Más abajo:
«Al cuarto día vimos la noticia.»
Me detuve.
Peter estaba a mi lado.
Continué.
«Lady Eleanor Kinnaird estaba muerta.»
El silencio se volvió absoluto.
«Leí mi propio nombre.
Leí sobre mi funeral.
Y comprendí lo que probablemente había ocurrido.»
Helen se llevó una mano a la boca.
Continué.
«Maggie llevaba mi ropa. La dejé en aquella casa creyendo que vendría después. Pasé años deseando estar equivocada.»
Las letras se volvieron borrosas.
Parpadeé.
«Si digo quién soy, puedo llevar a mi padre hasta David, hasta esta casa y hasta los hijos que quizá algún día tengamos. Y aun así no sé si conseguiría devolveros a Maggie.»
Me detuve.
Esa era la crueldad.
No había ninguna elección limpia.
Continué.
«Si no lo digo, creeréis que os abandonó. No sé cuál de las dos cosas es más imperdonable.»