El secreto de Craigellan Castle (Secretos de Octubre 2) La Mujer Que Craigellan Olvidó #3
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La Mujer Que Craigellan Olvidó #3

Trevor empezó a cerrar la automatización por sectores.

Molly trabajaba con dos listas sujetas a la carpeta y una tercera en la cabeza.

Lydia dividía el tiempo entre Conservación y los documentos.

Yo hacía lo que tenía que hacer.

Sin intentar hacer el trabajo de todos.

La mayor parte del tiempo.

Al final de la tarde, Daniel mandó un mensaje.

«Rebecca, voy a poner al Dr. Malcolm Drummond en contacto contigo.»

Llegó otro.

«Lleva tiempo investigando a la familia Kinnaird. Le he enviado la información que encontraste.»

Me quedé quieta.

Peter se dio cuenta.

—¿Daniel?

Se lo enseñé.

—La familia Kinnaird.

Peter leyó.

—Entonces era eso.

—Parte de eso.

—Probablemente.

El móvil vibró.

Un correo.

«Dr. Malcolm Drummond.»

Quería copias de las cartas.

Fechas.

Fotografías.

La dirección de la carta de David.

Se lo envié todo.

Después volví al trabajo.

O lo intenté.

A las ocho de la noche todavía no había respuesta.

A las nueve, tampoco.

Peter y yo salimos juntos de la biblioteca.

—Voy a coger mi carpeta.

—Te espero.

—No hace falta.

—Lo sé.

Seguí andando.

Cuando pasé junto a la abertura del antiguo corredor, algo cambió.

No fue un sonido.

Fue una sensación.

Me detuve.

Peter venía unos pasos detrás.

—¿Rebecca?

Miré hacia la izquierda.

Ella estaba allí.

Todo mi cuerpo se heló.

Más cerca esta vez.

Mucho.

Vestido oscuro.

Cabello oscuro.

Las manos junto al cuerpo.

El corazón me latió tan fuerte que lo sentí en las costillas.

Peter se detuvo detrás de mí.

No dijo nada.

La mujer levantó el rostro.

Por primera vez, por completo.

No vi cada detalle.

Quizá porque estaba temblando.

Quizá porque la luz parecía distinta a su alrededor.

Pero vi lo suficiente.

Joven.

Más joven de lo que había imaginado.

Triste.

No amenazante.

Simplemente allí.

Todo mi cuerpo me pidió que corriera.

Puerta.

Luz.

Gente.

Distancia.

No lo hice.

Me temblaban las manos.

También la respiración.

Pero me quedé.

Tragué saliva.

—¿Margaret?

Levantó un poco más el rostro.

Solo eso.

Ninguna sonrisa.

Ninguna lágrima.

Ninguna respuesta.

Pero algo dentro de mí supo que aquel nombre había llegado hasta ella.

Margaret.

No Eleanor.

Margaret.

Entonces dejó de estar allí.

No desapareció entre humo.

No atravesó la pared.

Estaba.

Y después ya no.

Solo quedó el pasillo vacío.

Seguí inmóvil.

Peter llegó a mi lado.

No buscó reflejos.

No comprobó ninguna ventana.

No preguntó si estaba segura.

Miró el lugar donde había estado.

Después a mí.

—¿Era ella?

Mi voz salió baja.

—Creo que sí.

Peter me cogió de la mano.

Solo eso.

Me quedé allí unos segundos más.

Temblando.

Pero me quedé.

Aquella noche, Craigellan permaneció en silencio.

Ningún paso.

Ningún llanto.

Ninguna puerta.

Nada.

No pensé que Margaret se hubiera marchado.

Todavía no.

Porque la historia seguía estando mal.

En los registros, todavía era la mujer que había abandonado el servicio.

En la tumba, todavía llevaba el nombre de Eleanor.

Y el broche que había prometido devolver seguía guardado en Craigellan.

Pero alguien por fin había dicho su nombre.

Quizá eso importara.

El correo de Drummond llegó a las seis y doce de la mañana del día veintiocho.

Lo vi a las seis y cuarenta.

Me senté en la cama.

Lo leí una vez.

Después otra.

Crucé el pasillo.

Llamé a la puerta de Peter.

Nada.

Volví a llamar.

—Peter.

Oí movimiento.

La puerta se abrió.

El pelo revuelto.

Las gafas en la mano.

Camiseta.

—¿Qué ha pasado?

Le tendí el móvil.

—Lee.

Se puso las gafas.

Leyó.

Se quedó inmóvil.

Drummond había encontrado un registro censal de la región realizado doce años después de la muerte oficial de Eleanor Kinnaird.

Una mujer llamada Eleanor.

Edad compatible.

Lugar de nacimiento compatible.

Viviendo con su familia en una propiedad registrada como:

«Hawthorn Cottage. Bridge of Allan.»

El apellido aparecía únicamente abreviado en el índice disponible.

«L.»

También había una referencia parroquial cuatro años después a una familia que asistía a aquella parroquia.

El mismo nombre.

La misma dirección.

Drummond había sido prudente.

Escribió que aquello no bastaba para una confirmación definitiva.

Pero que la coincidencia de nombre, edad, región de nacimiento y dirección hacía que la hipótesis fuera relevante.

Peter llegó al final.

Me miró.

—Rebecca.

El corazón me iba a toda velocidad.

—Estaba viva.

—Eso parece.

—Doce años después.

Peter volvió a mirar la pantalla.

—En la dirección de David.

Me quedé en silencio.

La casa.

La cocina pequeña.

El techo inclinado.

La ventana con sol por la mañana.

La estantería para los libros.

Las violetas junto al muro.

Las dos sillas delante de la chimenea.

Todo lo que él había preparado.

Cogí el móvil.

—Vamos hoy.

Peter miró el reloj.

Después a mí.

—Primero cerramos la inspección.

Asentí.

—La cerramos.

Volví a mirar el correo.

Durante más de un siglo, Craigellan había contado la historia de una mujer que murió allí.

Pero Eleanor había sobrevivido.

Una mujer con su nombre vivió en aquella casa años después.

En la dirección que David había dejado.

Y ahora solo había una pregunta que quería responder:

Cuando Eleanor llegó hasta aquella puerta, ¿David estaba esperándola?