La Mujer Que Craigellan Olvidó
A la mañana siguiente, la frase seguía en mi cabeza.
«Maggie saldrá después de mí.»
Había leído cuatro palabras y había visto cómo se derrumbaba toda la certeza del día anterior.
Peter tenía razón.
Odié esa parte.
Pero no tanto como odié darme cuenta de por qué.
Había encontrado la mitad de una historia.
Había rellenado el resto.
Y había condenado a Eleanor antes de saber cómo terminaba.
A las siete y cuarto estaba en la biblioteca con café, la carta protegida sobre la mesa y tres documentos abiertos delante de mí.
Peter entró.
Dejó otra taza junto a la mía.
Miré.
—Ya tengo café.
—Ese está frío.
Toqué la taza.
Lo estaba.
Peter acercó una silla.
—¿Has dormido?
—Un poco.
—Eso significa que no.
—Significa un poco.
No discutió.
Volví a abrir la carta.
—Quiero reconstruir aquella noche.
Peter bebió café.
—¿Sin rellenar nada?
Lo miré.
—¿Cuánto tiempo vas a usar esto contra mí?
—Todavía lo estoy decidiendo.
Casi sonreí.
Después volví a la carta.
—Eleanor salió primero.
—Sí.
—Margaret se quedó.
—Temporalmente.
La palabra importaba ahora.
Mucho.
—Debía marcharse antes del amanecer.
Peter asintió.
—Eso es lo que sabemos.
—Y no se marchó.
Se quedó callado.
Miré la fotografía sobre la mesa.
Margaret y Agnes.
Dos hermanas mirando a una cámara sin saber que, más de un siglo después, cinco desconocidos intentarían descubrir por qué una de ellas había desaparecido de su propia historia.
—Antes de saber cómo murió, quiero saber quién era.
Peter me miró.
Esta vez no hubo corrección.
Ni advertencia.
Solo atención.
—Entonces empezamos por ella.
Lydia llegó veinte minutos después.
Trevor apareció a continuación.
Molly entró con el pelo recogido de cualquier manera, una taza enorme y la expresión de quien todavía no había perdonado a Craigellan por la noche anterior.
Ian ya estaba con el equipo en el gran salón.
El castillo seguía funcionando.
Ese era el absurdo.
Una mujer podía aparecer en un pasillo.
Una historia podía cambiar por completo de significado.
Y alguien todavía tenía que revisar yeso, recibir a un proveedor y aprobar una luminaria.
Craigellan no se detenía porque estuviéramos descubriendo a sus muertos.
Lydia abrió una caja.
—He separado todo en lo que Margaret aparece por su nombre.
Había más de lo que esperaba.
No mucho.
Pero suficiente.
Una anotación doméstica.
Tres cartas de Eleanor.
Dos de David.
Una nota sin firma que Lydia creía que era de Margaret por la letra.
Un pequeño cuaderno de gastos.
Y correspondencia antigua de la propiedad.
Empezamos por Eleanor.
La primera carta no tenía la fecha completa.
«Maggie volvió a hacerme reír durante la cena.
Mi padre preguntó qué tenía tanta gracia.
Tuve que fingir que me estaba atragantando.»
Molly sonrió.
Continué.
«Dice que, si acabo casada con Charles, al menos tendrá el placer de verlo descubrir que no sé bordar y odio madrugar.»
Trevor levantó la vista.
—No era precisamente una criada obediente.
Lydia:
—Quizá por eso le gustaba a Eleanor.
Otra carta.
Eleanor debía de ser más joven.
«Maggie escondió mi libro dentro del armario porque mamá dijo que ya había leído demasiado aquella semana.
Después nos sentamos en el suelo para terminar los tres últimos capítulos.»
Me detuve.
No parecía una relación entre señora y criada.
Parecía adolescencia.
Complicidad.
Años de intimidad.
En la tercera:
«Es la única persona de esta casa que sabe cuándo estoy mintiendo incluso antes de que abra la boca.»
Molly se apoyó en la mesa.
—Crecieron juntas.
Lydia asintió.
—Margaret aparece en los registros de servicio desde muy joven. Su madre trabajó aquí antes.
Miré la fotografía.
Aquello lo cambiaba todo.
Margaret no había aparecido al final de la historia para ayudar a una aristócrata enamorada.
Ya formaba parte de la vida de Eleanor mucho antes que David.
Mucho antes de la fuga.
Quizá incluso antes de que Eleanor entendiera que existía una vida que podía elegir.
Fue una carta de David la que cambió el ambiente de la sala.
Lydia la dejó delante de mí.
—Estaba doblada dentro de otra.
La abrí.
La letra era distinta de la de Eleanor.
Más firme.
Menos inclinada.
Empecé.
«He encontrado la casa.»
Me detuve.
Molly levantó la vista.
Continué.
«No hay salón. No hay criados. La cocina es pequeña y el techo del dormitorio se inclina hacia un lado de una forma que probablemente te irritará.»
Sonreí sin darme cuenta.
Peter estaba a mi lado.
«Pero la ventana recibe el sol por la mañana. Y pensé en ti cuando la vi.»
Nadie comentó nada.
Continué.
«Hay una chimenea pequeña en el salón. Dos sillas a su lado. Compré las dos antes de saber si vendrías.»
Molly soltó el aire.
—Ah.
Solo eso.
Pero lo entendí.
Continué.
«Arreglé la ventana del dormitorio. Puse una estantería cerca porque sé que vas a quejarte de que no hay sitio suficiente para tus libros. Y planté violetas junto al muro del fondo.
Quizá no sobrevivan al invierno. No sé nada de flores.»
Sentí una presión en el pecho.
David no estaba preparando una fuga.
Estaba preparando una casa.
Continué.
«No puedo prometerte la vida que conoces. Puedo prometerte que, en ella, nadie decidirá por ti.»
La sala quedó en silencio.
Peter bajó la mirada hacia la carta.
Había más.
«Si vienes, no vengas porque yo te lo haya pedido. Ven porque lo has elegido.
Y, si eliges otra vida, aun así quiero que sea tuya.»
Me detuve.
Era eso.
David nunca le había pedido a Eleanor que abandonara una vida por él.
Había construido una posibilidad.
Y había dejado la puerta abierta para que ella eligiera atravesarla o no.
Seguí hasta el final.
Había una dirección.
«Hawthorn Cottage. Bridge of Allan.»
Miré a Peter.
Él ya se había dado cuenta.
Trevor cogió el móvil.
—Ni hace falta que lo pidas.
Escribió.
Esperamos.
—La ciudad existe. Puede que el nombre de la propiedad haya cambiado, pero puedo localizar la zona.
Miré.
—¿A cuánto está de aquí?
—Algo más de una hora.
Me levanté.
Peter:
—No.
Lo miré.
—Ni siquiera he dicho nada.
—Lo ibas a decir.
—Vamos.
—Vamos.
Parpadeé.
Peter acercó el cronograma.
—Hoy no.
—Peter.
—Tenemos inspección, carpintería, prueba de acabado y tres días antes de que llegue Caroline.
Miré el calendario.
Veintiséis de octubre.
Poco.
Muy poco.
—Mañana.
Peter me miró.
—Si cerramos hoy lo que hay que cerrar.
—Lo cerramos.
Trevor volvió al móvil.
—Voy a comprobar si el nombre de la propiedad sigue apareciendo en algún registro.
La respuesta de Eleanor estaba en otro conjunto.
La leí más despacio.
«Tengo miedo.»
Me detuve.
No era la frase que esperaba.
Continué.
«No de irme. Sino de descubrir que, cuando esté lejos de aquí, no sabré quién soy sin todo lo que me han dicho que debía ser.»
Miré a Peter.
No apartó la vista.
«Craigellan ha sido mi hogar toda mi vida. A veces pienso que amo cada piedra. A veces pienso que esas mismas piedras conocen mi nombre mejor que yo.»
Sentí una presión en el pecho.
Aquello resultaba demasiado familiar.
Continué.
«No me voy porque tú me lo hayas pedido. Me voy porque, por primera vez, he comprendido que quedarme también es una elección.
Y no quiero hacerla.»
Silencio.
Después:
«Te quiero. Pero también quiero a la mujer que quizá consiga ser cuando nadie esté decidiendo por mí.»
Cerré los ojos un segundo.
Molly habló en voz baja.
—No estaba huyendo por él.
—No.
Miré la carta.
—Estaba eligiendo su propia vida.
Peter:
—Y quería que él formara parte de ella.
Asentí.
Era distinto.
Importante.
Eleanor no estaba abandonando quién era por David.
Estaba descubriendo quién quería ser.
La parte sobre Margaret apareció cerca del final.
«Maggie dice que la cocina de tu casa seguramente será demasiado pequeña para las dos.»
Sonreí.
«Le dije que puede buscar su propia casa.
Respondió que piensa hacerlo.»
Molly apoyó las manos en la mesa.
—Tenía planes.
Continué.
«Habla de buscar trabajo cerca de Agnes durante un tiempo. Dice que después decidirá qué quiere hacer. Parece muy satisfecha con la idea de no tener que despertarse antes que yo.»
Aquello dolió de otra manera.
Margaret no se había quedado porque no tuviera nada que perder.
Tenía futuro.
Una hermana.
Planes.
Quizá otro trabajo.
Quizá una casa propia.
Quizá alguien a quien todavía ni siquiera había conocido.
Toda una vida que debería haber ocurrido.
La carta de Agnes apareció al final de aquella mañana.
No estaba entre los objetos escondidos.
Estaba en un libro de correspondencia de la propiedad.
Fechada semanas después del incendio.
Lydia encontró primero el nombre.
—Rebecca.
Me acerqué.
Estaba dirigida al administrador.
La letra temblaba en algunos puntos.
«Señor:
Le escribo de nuevo respecto a mi hermana Margaret Fraser.»
Sentí una presión en el pecho.
Continué.
«No hemos recibido noticias desde que nos dijeron que había dejado Craigellan.»
Molly se quedó inmóvil.
«Si vuelve, dígale por favor que mamá no está enfadada. No importa por qué se fue. Solo queremos saber dónde está.»
Me detuve.
No pude continuar durante unos segundos.
La última línea era peor.
«Dígale que puede volver a casa.»
Cerré los ojos.
La familia Fraser creyó que Margaret se había marchado.
Que había elegido desaparecer.
Quizá durante años.
Mientras ella estaba enterrada a pocos metros de allí con el nombre de otra mujer.
Peter no habló.
Nadie habló.
No hacía falta.
Después de comer fuimos al corredor de servicio.
Las marcas del incendio seguían allí.
No eran evidentes.
Pero estaban.
Lydia señaló una franja oscura entre dos piedras.
Encima, una madera sustituida.
Peter iluminó.
—¿El fuego empezó aquí?
—O llegó hasta aquí —respondió Lydia.
Ian mostró una abertura cerrada.
—Esta era la escalera de servicio.
Peter consultó el plano histórico.
—Bajaba a la planta inferior y salía cerca de la parte trasera.
Miré.
—Era su ruta.
Silencio.
Corregí:
—Podía serlo.
Peter asintió.
Continuamos.
La habitación de Eleanor.
El pasadizo lateral.
La escalera.
La salida trasera.
Margaret no tendría que haber atravesado el salón.
Ni la entrada principal.
Podía esperar.
Ponerse la ropa de Eleanor.
Ganar tiempo.
Después salir por detrás.
El plan era sencillo.
Quizá demasiado sencillo.