El secreto de Craigellan Castle (Secretos de Octubre 2) La Historia Que Estaba Incompleta #2
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La Historia Que Estaba Incompleta #2

—No te estoy analizando.

—Lo parece.

—Estoy discutiendo contigo.

—¿Sobre Eleanor?

—Sobre cómo conviertes una suposición en certeza antes de tener todas las piezas.

Crucé los brazos.

—¿Y ahora sabes cómo pienso?

—No.

Peter se acercó un poco más.

—Pero lo has hecho conmigo.

—¿Contigo?

—Más de una vez.

—Eso es absurdo.

—Decidiste lo que yo quería antes de preguntarme. Decidiste lo que pensaba. Lo que significaban ciertas cosas.

—No metas lo nuestro en esto.

—Tú has preguntado si hablaba solo de la investigación.

Me detuve.

Peter también.

No había gritos.

Eso lo empeoraba.

—Me gusta saber dónde piso —dije.

—Lo sé.

—¿Eso es un problema?

—No.

Esperó.

—El problema es cuando conviertes una suposición en certeza porque no soportas dejar algo sin respuesta.

Aquello dolió.

Más porque tenía sentido.

Cogí la carpeta.

—Tengo trabajo.

Peter asintió.

—Lo sé.

Me fui.

No vino detrás.

Dos horas después, quería matar a alguien.

Al proveedor.

A quien hubiera revisado el pedido.

Quizá a la persona que había inventado códigos de acabado casi idénticos.

Cuarenta y dos frentes y paneles de roble destinados a las estanterías y a la parte inferior de la biblioteca habían llegado con el acabado equivocado.

No era una diferencia pequeña.

El tono cambiaba por completo junto a las piezas ya instaladas.

Sustituirlo significaba semanas.

Nosotros teníamos días.

Llamé al proveedor.

Después a otro.

Después al equipo de Compras.

Después a Martin.

Después otra vez al proveedor.

Nada.

Nueva producción: imposible dentro del plazo.

Material correcto disponible fuera del país: el transporte no llegaba a tiempo.

Retrabajo: todavía sin evaluar.

Molly entró.

—¿Puedo verlo?

—Todavía no.

—Rebecca...

—Dame quince minutos.

Salió.

Peter apareció veinte minutos después.

Yo tenía tres pantallas abiertas.

Hojas de cálculo.

Fotografías.

Muestras.

El teléfono en manos libres.

Se detuvo.

—Llama a todos.

Lo miré.

—Puedo hacerlo.

Peter asintió.

—Lo sé.

—Entonces déjame.

—No.

Cerré el portátil con más fuerza de la necesaria.

—Peter...

—Que puedas hacerlo no significa que tengas que hacerlo todo sola.

Me quedé mirándolo.

La discusión de aquella mañana seguía entre nosotros.

Respiré.

Cogí el móvil.

—Molly.

Respondió casi de inmediato.

—Por fin.

Cerré los ojos.

—Ven a la biblioteca.

Veinte minutos después, la mesa estaba llena.

Molly examinó las piezas.

Lydia comparó los acabados.

Ian llamó a dos carpinteros locales.

Peter abrió la secuencia de montaje.

Trevor revisó los puntos de automatización que pasaban por la carpintería.

Dejé de intentar resolver cada parte.

Y empecé a coordinar.

Molly colocó dos muestras una junto a otra.

—No hace falta cambiarlo todo.

Miré.

—Explícate.

—Algunas piezas van en zonas donde la diferencia de tono prácticamente desaparece con la luz y el mobiliario. Si las redistribuimos, salvamos una parte.

Lydia cogió otra muestra.

—El resto quizá pueda retrabajarse.

—¿Quizá?

—Necesito eliminar el acabado sin dañar el roble. Si no sale limpio, no lo apruebo.

Ian levantó el móvil.

—Tengo a alguien que puede hacer una prueba hoy.

Todos miramos.

—Un carpintero de Stirling. Trabaja en restauración. Vendrá a verlo.

Peter giró el plano.

—Si empezamos por las zonas que ya están autorizadas e invertimos el orden de estas dos paredes, ganamos dos días antes de necesitar el lote retrabajado.

Trevor:

—Puedo dejar los sensores de esas zonas para después. No bloquea el resto de la automatización.

Molly volvió a las piezas.

—Entonces usamos las visualmente compatibles en las zonas más expuestas y mandamos a retrabajar las que realmente vayan a desentonar.

Lydia:

—Después de la prueba.

—Después de la prueba.

Miré la mesa.

Molly.

Lydia.

Ian.

Peter.

Trevor.

La solución aparecía por partes.

Ninguna era suficiente por sí sola.

Juntas, quizá.

Cogí el rotulador.

—Vale.

Empecé a escribir.

—Molly, separa por exposición visual.

—Ya estoy.

—Lydia, supervisa la prueba y decide qué puede retrabajarse.

—Sí.

—Ian, trae al carpintero.

—Llega en una hora.

—Peter, reorganiza la secuencia.

Asintió.

—Trevor, deja para después los sensores de esas dos paredes.

—Vale.

Dos horas después, teníamos un plan.

No perfecto.

Viable.

Peter fue el último en quedarse.

Miró la pizarra.

Después a mí.

—Ha funcionado.

—Ha funcionado.

Miró la mesa vacía.

—Buen equipo.

Lo miré.

—Sí.

Peter guardó silencio un segundo.

—Buena líder.

Esta vez no discutí.

Las sillas llegaron al final de la tarde siguiente.

Dos.

Restauradas.

Altas.

Pesadas.

Oscuras.

Las colocaron provisionalmente en el gran salón.

Pasé junto a ellas.

Me detuve.

Peter estaba detrás.

—No.

Lo miré.

—¿Qué?

—Conozco esa expresión.

Fui hasta la primera silla.

Me senté.

—Mi trono.

Peter la miró.

Después a mí.

—Nuestro déficit real.

—Respeta a la Corona.

—Yo respeto el presupuesto.

Apoyé las manos en los brazos de la silla.

—Arrodíllate.

Peter se quedó mirándome.

—Rebecca.

—Tu reina lo ordena.

Caminó hasta la segunda silla.

Se sentó.

Lo miré.

—Esa es la del rey.

Peter apoyó un brazo.

—¿Entonces?

Me detuve.

Empecé a reírme.

Sonrió.

—Problema resuelto.

—No puedes nombrarte rey sin más.

—Tú te nombraste reina.

—Detalles.

Peter extendió la mano.

La miré.

Puse la mía sobre la suya.

Durante unos segundos nos quedamos allí.

Dos personas sentadas en sillas que no eran nuestras.

En un castillo que tampoco lo era.

Y que, de alguna manera, empezaba a parecerlo.

Aquella noche, Peter lavaba dos platos en la cocina.

Yo estaba en pijama.

Descalza.

Con una carpeta abierta sobre la mesa.

Miró por encima del hombro.

—Prometiste parar.

—Solo estoy mirando.

—Ayer oí esa frase varias veces en Edimburgo.

—Ayer estaba de descanso.

—¿Y ahora?

—Ahora estoy en nuestra cocina.

Silencio.

Me detuve.

Peter también.

Lo miré.

Volvió al plato.

Yo miré la carpeta.

Ninguno de los dos corrigió nada.

Después de unos segundos:

—La mesa de nuestra cocina es más grande que la del salón pequeño.

Peter dejó el plato a secar.

—Sí.

Continuó.

Lo dejamos así.

Se oyó un paso en el pasillo.

Solo uno.

Peter se detuvo.

Yo también.

Miramos hacia la puerta.

Nada.

Silencio.

Peter esperó.

Yo esperé.

Ninguno de los dos se levantó.

Después volvió al plato.

Y yo a la carpeta.

Cerré la carpeta unos minutos después.

—Tenías razón.

Peter se detuvo.

—¿Sobre qué?

—No empieces.

Se giró hacia mí.

—Rellené lo que faltaba.

Se secó las manos.

—Quizá.

—No lo estropees.

—Lo intento.

—Sigo pensando que Eleanor es sospechosa.

—Eso está permitido.

—Gracias.

—Solo no la condenes antes del juicio.

Lo miré.

—¿Ingeniero y abogado ahora?

—Solo cansado.

Sonreí.

Peter se acercó.

Apoyó una mano en mi cintura.

—¿Sigues enfadada conmigo?

—Un poco.

—Justo.

—¿Y tú?

—Un poco.

Nos quedamos mirándonos.

—Entonces estamos bien —dije.

—Nos estamos acercando.

Me besó.

Despacio.

Sin prisa.

Sin convertir la discusión en algo menor de lo que había sido.

Cuando se apartó, apoyé la frente en su pecho.

Peter pasó una mano por mi pelo.

Nos quedamos así unos segundos.

Después oímos pasos de verdad.

Lydia apareció en la puerta con una hoja protegida entre dos láminas.

—He encontrado otra cosa.

Volvimos a la biblioteca.

La carta estaba entre los papeles del primer conjunto, separados porque dos hojas se habían quedado adheridas una a otra.

Lydia había conseguido despegarlas sin dañarlas.

La letra era de Eleanor.

La reconocí de inmediato.

Leí.

«David teme que sea peligroso que Maggie se quede después de que yo me marche.»

Me detuve.

Peter estaba a mi lado.

Continué.

«Ella insiste en que no podemos salir juntas.

Dice que alguien tiene que quedarse hasta que la casa se calme.»

El corazón empezó a latirme más deprisa.

Más abajo:

«Maggie saldrá después de mí.»

Me detuve.

Volví a leerlo.

Molly se acercó.

—¿Qué?

Continué.

«Si todo ocurre como hemos planeado, encontrará el camino antes del amanecer.»

No leí nada más.

Peter no dijo «te lo dije».

No hacía falta.

Le entregué la carta.

La leyó.

Después me miró.

—Entonces ella no debía morir.

—No.

Volví a mirar la fotografía de Margaret.

El cabello oscuro.

La llave sujeta a la cintura.

La hermana que esperaba noticias.

La mujer que había caminado hasta aquella pared.

Eleanor salió primero.

Margaret debía salir después.

Pero una mujer murió aquella noche llevando la ropa de Eleanor.

Y si Margaret también debía escapar...

¿qué ocurrió antes de que consiguiera salir?