El secreto de Craigellan Castle (Secretos de Octubre 2) La Historia Que Estaba Incompleta
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La Historia Que Estaba Incompleta

Nadie fue a su propia habitación.

Molly lo decidió primero.

Seguíamos en la sala de Conservación, con la fotografía de Margaret sobre la mesa y la llave al lado, cuando cruzó los brazos.

—Yo no voy a dormir sola.

Trevor respondió antes que nadie.

—Yo tampoco.

Lydia los miró a los dos.

—Esto es ridículo.

Silencio.

Respiró.

—Pero yo tampoco.

Peter se pasó una mano por la cara.

Lo miré.

—¿Alguna objeción?

—Ninguna.

Trevor cogió la tablet.

—Perfecto. Entonces necesitamos un sitio donde cinco adultos puedan pasar la noche fingiendo que esto es una decisión racional.

Encontramos el salón pequeño.

Tenía chimenea.

Sofás.

Espacio en el suelo.

Y estaba en el mismo pasillo donde ya dormíamos todos.

En menos de veinte minutos había colchones repartidos por la sala.

Mantas.

Almohadas.

Botellas de agua.

Linternas.

Un cargador múltiple.

Trevor entró llevando el atizador de la chimenea.

Molly lo miró.

—¿Qué pretendes hacer exactamente con eso contra una mujer que desaparece dentro de las paredes?

Trevor observó el objeto que tenía en la mano.

—Todavía estoy desarrollando el plan.

Peter dejó una linterna sobre la mesa.

—Solo procura no usarlo cerca de nadie.

—Gracias por la confianza.

—Es experiencia.

Molly pasó detrás de Trevor e hizo un ruido bajo.

Él se giró tan rápido que casi golpeó el sofá.

—Molly.

Ella empezó a reírse.

—Perdón.

—No hagas eso.

La risa se apagó.

Trevor estaba serio.

—Lo digo en serio. No bromees con esto.

Molly asintió.

—Vale.

La sala quedó más silenciosa.

Fue la primera vez desde el pasillo que me di cuenta de hasta qué punto aquello le había afectado.

Trevor todavía podía discutir explicaciones.

Podía intentar encontrar algún fallo en lo que habíamos visto.

Pero ya no podía decir que no lo había visto.

Ninguno de nosotros podía.

La chimenea siguió encendida.

Nadie sugirió apagar las luces.

Molly se quedó en un colchón cerca del sofá.

Trevor eligió el lado opuesto.

Lydia se sentó en el suyo, se colocó la manta sobre las piernas y cerró los ojos.

Molly la observó.

—¿Estás rezando?

Lydia abrió un ojo.

—Sí.

—¿Sueles rezar?

Lydia lo pensó.

—Hoy sí.

Molly asintió.

—Justo.

Lydia volvió a cerrar los ojos.

No habló en voz alta.

No convirtió aquello en una ceremonia.

Se quedó unos minutos en silencio.

Yo estaba sentada en el suelo, apoyada contra el sofá, mirando la fotografía de Margaret sobre la mesa baja.

Peter se sentó a mi lado.

Trevor señaló la fotografía.

—Deberíamos guardar eso.

—¿La fotografía?

—Todo.

Señaló la llave.

—La llave. La foto. Cualquier cosa que implique mujer muerta, pasillo y objeto que aparece donde no debería.

Molly se subió la manta hasta el pecho.

—Por primera vez estoy de acuerdo con él.

Peter:

—Lo guardamos cuando terminemos de catalogarlo.

Trevor lo miró.

—Mañana.

—Mañana.

Molly se quedó callada unos segundos.

Después:

—¿Y si aparece aquí?

Nadie respondió de inmediato.

Continuó:

—¿Y si no está intentando ayudarnos?

Miré la llave.

Después la fotografía.

—Ha tenido demasiadas oportunidades de hacernos daño.

Trevor frunció el ceño.

—Eso no es precisamente tranquilizador.

—Pero es verdad.

Peter me miró.

—Y nunca ha tocado a nadie.

—Exacto.

Molly apretó la manta.

—Entonces ¿crees que es buena?

—No lo sé.

—¿Pero?

Miré la fotografía.

—No creo que quiera que nos vayamos.

Peter se quedó callado un instante.

—¿Qué crees que quiere?

Lo pensé.

—Que encontremos algo.

Tardó mucho en quedar realmente en silencio la sala.

Molly se durmió primero.

Lydia después.

Trevor se quedó con el móvil en la mano hasta que la pantalla se apagó sola.

Peter estaba tumbado en el colchón junto al mío.

Yo seguía despierta.

Miré el techo.

—¿Estás despierto?

—Sí.

—Bien.

—¿Por qué?

—No quería ser la única.

Pausa.

Peter habló en voz baja:

—Hoy has hablado con un fantasma.

Giré la cabeza.

—No empieces.

—Solo intento entender mi vida.

Me tapé la boca para no reírme en voz alta.

Él sonrió en la oscuridad.

Después me puse seria.

—¿Ahora crees?

Peter tardó.

—Creo que vi a una mujer donde no había nadie.

—¿Eso es lo máximo que voy a conseguir?

—Por ahora.

Me quedé mirándolo.

—Tenías miedo.

—Duerme, Rebecca.

Sonreí.

—Lo tenías.

Se giró de lado.

—Buenas noches.

—Buenas noches.

Cerré los ojos.

Esta vez dormí.

La pared se abrió después de las nueve de la mañana.

Con equipo.

Con registro.

Con Lydia.

Con Peter.

Con Ian.

Sin improvisar.

Lydia fotografió cada capa antes de retirar la siguiente.

Primero salió el revestimiento más reciente.

Después una capa antigua.

La pared era más gruesa en aquel tramo de lo que aparecía en el levantamiento anterior.

No lo suficiente para ocultar un pasadizo.

Sí para esconder algo.

Peter pasó una mano por la superficie.

—Aquí.

Ian acercó la luz.

Había una diferencia.

Un cierre antiguo.

Más pequeño que una puerta.

Casi a la altura de mi pecho.

Lydia lo examinó.

—Esto se cerró después.

—¿Mucho después?

—No puedo decirlo sin mirar mejor.

Peter:

—Abrimos lo mínimo.

Asentí.

Tardó casi cuarenta minutos.

Cuando cedió la primera parte, no apareció un hueco.

Apareció madera.

Ian se detuvo.

—Hay algo ahí.

El corazón me latió más deprisa.

Abrimos un poco más.

Un nicho.

Poco profundo.

Protegido por el cierre.

Y dentro, una caja.

Pequeña.

De madera oscura.

Sin decoración.

Sin candado.

Lydia se puso los guantes.

Nadie habló.

Sacó la caja.

La madera estaba seca.

Oscurecida.

Con una esquina rota.

Lo llevamos todo a la mesa de la biblioteca.

Trevor vino con nosotros.

Molly apareció antes de que termináramos.

—¿Qué habéis encontrado?

Miré la caja.

—Todavía no lo sé.

Lydia la abrió.

Dentro no había oro.

Ni joyas.

Ni nada que alguien escondiera por su valor.

Había una cinta oscura.

Un pequeño libro.

Una carta doblada.

Un medallón.

Una fotografía.

Y un sobre.

Lydia cogió primero el libro.

Lo abrió con cuidado.

En la primera página:

«Margaret Fraser».

Nadie habló.

Molly me miró.

—Es suyo.

Esta vez Peter no la corrigió.

El medallón era sencillo.

Metal oscurecido.

Las iniciales grabadas:

«M.F.»

Lydia lo abrió.

Dentro había un retrato diminuto de una mujer.

En el reverso:

«A.F.»

—¿Agnes? —pregunté.

Lydia miró.

—Quizá.

Cogió el sobre.

En la parte exterior había un nombre.

«Miss Agnes Fraser.»

Y una dirección.

En un pueblo cercano.

El corazón me latió más deprisa.

—La hermana.

—Puede ser.

Abrió la carta.

La letra no era de Eleanor.

Era más pequeña.

Más apretada.

Menos elegante.

Lydia empezó a leer.

«Agnes:

No le digas a mamá que estoy metida en esto.

Lady Eleanor me necesita esta noche.

He prometido ayudarla.

Puede que pase unos días sin escribir. No te preocupes antes de tiempo.»

Solo eso.

Ninguna explicación.

Ningún detalle.

Molly respiró.

Trevor miraba la carta.

—Lo sabía.

Peter respondió:

—Sabía que estaba ayudando.

Trevor:

—Y sabía que había riesgo.

Peter asintió.

—Eso parece probable.

Cogí la pequeña fotografía.

Dos mujeres.

Margaret.

Y otra más joven.

Las dos demasiado serias para su edad.

Detrás:

«Margaret y Agnes.»

La sostuve unos segundos.

Margaret tenía una hermana.

Una familia.

Una vida fuera de Eleanor.

Hasta aquel momento, casi siempre había pensado en ella como parte de la historia de otra mujer.

Una criada.

Una amiga.

Una persona mencionada en cartas.

Ahora había una hermana esperando noticias que quizá nunca llegaron.

Un medallón.

Un libro con su nombre.

Una fotografía.

Aquello cambió algo.

Margaret dejaba de ser una pieza del misterio.

Empezaba a ser una persona.

La carta doblada era de Eleanor.

Reconocí la letra.

Lydia la abrió.

«Maggie se quedará en mi habitación hasta que la casa esté en silencio.

Llevará mi vestido oscuro y mi abrigo.

Si alguien pregunta por mí, dirá que me encuentro indispuesta.»

Sentí una presión en el pecho.

Seguí leyendo.

«David estará esperando después de medianoche.»

Miré a Peter.

No dijo nada.

Había más.

«Maggie dice que será suficiente.

Yo saldré primero.»

Me detuve.

Molly:

—¿Primero?

Continué.

El resto estaba dañado.

Una parte era ilegible.

Después:

«Cuando todo termine, nadie podrá obligarme a volver.»

Nadie habló.

Mi mente empezó a reconstruir la historia antes incluso de que decidiera hacerlo.

Eleanor se marcharía.

Margaret se quedaría.

En la habitación de Eleanor.

Con su ropa.

Creando la impresión de que Eleanor seguía en Craigellan.

Y aquella noche... una mujer murió.

Pasamos el resto de la mañana buscando registros.

Lydia trajo el libro doméstico.

Otro registro de la propiedad.

Una copia de un relato posterior.

La fecha era la misma.

La narración, confusa.

Un incendio localizado en una parte del ala.

Una caída.

Una mujer encontrada inconsciente.

El fuego y la caída habían dificultado la identificación.

El relato decía que llevaba ropa atribuida a Lady Eleanor.

Murió sin recuperar la conciencia.

Fue identificada como:

«Lady Eleanor Kinnaird».

Me quedé mirando aquellas palabras.

Después la fotografía de Margaret.

Cabello oscuro.

Llaves en la cintura.

La hermana.

La carta.

Se me encogió el estómago.

—Lo consiguió.

Peter levantó la vista.

—¿Qué?

Sujeté la carta.

—Eleanor lo consiguió.

—Rebecca...

—Escapó. Encontró a David. Tuvo la vida que quería.

Señalé la fotografía.

—Y Margaret acabó en una tumba con el nombre de Eleanor.

Molly se quedó callada.

Trevor también.

Peter se acercó.

—No sabes qué ocurrió.

Lo miré.

—Eleanor salió primero. Margaret se quedó con su ropa. Una mujer murió aquella noche y la enterraron como Eleanor.

—Eso es lo que sabemos.

—¿No es suficiente?

—No para saber por qué.

—Todo apunta a eso.

Peter me miró.

—Todo apunta a una parte.

—La parte importante.

—No.

—Peter.

—Estás rellenando lo que falta.

Aquello me golpeó.

—No me estoy inventando nada.

—Cuando falta una pieza, eliges una respuesta.

Me quedé inmóvil.

—Eso se llama tomar decisiones.

—En el trabajo, a veces.

Pausa.

—Con las personas, no.

Lo miré.

—¿Estás hablando de mí?

—También.

Sentí calor en todo el cuerpo.

—¿Estás hablando de la investigación?

Peter tardó medio segundo.

—No solo de ella.

Silencio.

Molly se apartó discretamente.

Trevor también.

Lydia cogió las cartas y se alejó unos pasos hacia el otro lado de la mesa.

Yo seguí mirando a Peter.

—No conviertas esto en un análisis psicológico.