La Mujer Que No Era Eleanor #3
La luz del pasillo parecía apagarse antes de alcanzarla por completo.
Levantó un poco la cabeza.
Todo mi cuerpo me pidió que retrocediera.
No lo hice.
—Si estás intentando enseñarnos algo...
La voz me falló un segundo.
La mujer no reaccionó.
Peter giró la cabeza hacia mí.
—Rebecca...
Tragué saliva.
—Estamos buscando.
Nada.
Continué:
—Si hay algo que tenemos que encontrar, lo encontraremos.
La mujer permaneció inmóvil un instante más.
Después empezó a caminar.
Lydia agarró el brazo de Molly.
Peter siguió a mi lado.
No vino hacia nosotros.
Avanzó por el pasillo.
Despacio.
Paso tras paso.
No oí zapatos.
No oí tela.
Nada.
Entonces me di cuenta de adónde iba.
La pared.
La misma donde habían terminado las huellas.
—Peter.
—Lo he visto.
Levantó la linterna.
La mujer se detuvo exactamente delante de la pared.
Durante un instante, nadie respiró.
Peter alzó la luz.
El haz atravesó el pasillo.
Alcanzó la pared.
Y ella ya no estaba.
No la atravesó.
No hubo ningún movimiento.
Un instante estaba allí.
Al siguiente, no.
Solo la pared.
Peter fue primero.
Yo fui con él.
No porque hubiera dejado de tener miedo.
Sino porque ya no quería que el miedo decidiera hasta dónde podía llegar.
Nada.
Piedra.
Revestimiento.
Silencio.
Me giré.
Molly estaba pálida.
Lydia mantenía las dos manos juntas delante del pecho.
Trevor seguía exactamente en el mismo sitio.
Lo miré.
—Trevor.
Levantó la vista.
Tardó.
—La he visto.
Silencio.
No «creo».
No «algo».
La he visto.
Peter se pasó una mano por la cara.
—No me puedo creer que hayas hablado con ella.
Ahora sí me temblaba la voz.
—Yo tampoco.
Nadie sugirió irse a dormir.
Ni siquiera Trevor.
Peter abrió el plano.
Volvimos a la pared.
Comparamos el levantamiento actual con un dibujo más antiguo del ala.
Peter pasó un dedo por el plano.
—Aquí.
Me acerqué.
—El grosor no coincide.
Medimos.
Después volvimos a comprobarlo.
No era suficiente para ocultar un pasadizo.
Mucho menos un corredor.
Pero aquel tramo era más grueso de lo que aparecía en el levantamiento antiguo.
Peter miró la pared.
—Podría ser un refuerzo posterior.
—Podría.
Lydia se acercó.
—O un cierre.
La miré.
—¿Un nicho?
Peter asintió despacio.
—Es posible.
Lydia:
—No lo abrimos ahora.
—Mañana.
Peter:
—Con equipo.
Asentí.
—Con equipo.
Nadie discutió.
Lydia siguió mirando la pared.
Después el pasillo vacío.
Su expresión cambió.
—Espera.
Se giró.
—¿Qué?
Ya estaba caminando.
—Catalogué una fotografía del personal hace unos días.
La seguimos.
—¿Y?
—Entonces Margaret Fraser todavía no significaba nada para nosotros.
Eso me hizo acelerar el paso.
La sala de Conservación estaba fría.
Lydia abrió un armario.
Sacó una caja ancha.
La dejó sobre la mesa.
—Estaba catalogando esto antes de las cartas.
Dentro había fotografías antiguas.
Retratos.
Jardines.
Familias.
Empleados.
Lydia pasó unas cuantas.
Se detuvo.
—Esta.
Sacó una fotografía montada sobre cartón.
Más grande que las demás.
Antigua, pero sorprendentemente nítida.
Ocho personas delante de la entrada lateral de Craigellan.
Personal doméstico.
Algunos de pie.
Dos mujeres sentadas delante.
Lydia dio la vuelta al cartón.
En el reverso había nombres escritos a mano.
Leyó despacio.
Cocinera.
Mayordomo.
Criadas.
Después:
—Margaret Fraser.
El corazón me latió más deprisa.
—¿Dónde?
Volvió a girar la fotografía.
Señaló a la mujer sentada en un extremo.
Joven.
Vestido sencillo.
Cabello oscuro.
Molly se acercó.
—Se parece a ella.
Peter respondió de inmediato:
—No lo sabemos.
Molly lo miró.
—Peter.
—No vimos bien la cara de la mujer del pasillo.
Seguí mirando la fotografía.
—Tiene razón.
Molly señaló.
—Pero el pelo...
Lydia:
—No basta.
No bastaba.
La imagen mostraba a Margaret con claridad.
Pero no habíamos visto a la mujer del pasillo con suficiente nitidez como para compararlas.
Aun así, algo me impedía apartar la vista de ella.
Margaret Fraser.
Maggie.
La mujer de las cartas.
La persona en quien Eleanor confiaba.
Lydia inclinó la fotografía.
Se detuvo.
—Espera.
—¿Qué?
No respondió.
Acercó el cartón a la luz.
—Mirad su cintura.
Me acerqué más.
Sujeto al vestido había un pequeño manojo de llaves.
Peter se aproximó.
Trevor llegó el último.
Había varias.
Pero una estaba ligeramente separada de las demás.
Larga.
Vástago fino.
Una cabeza curva e inusual.
El corazón me latió más deprisa.
Lydia fue hasta el armario.
Cogió la caja transparente donde guardábamos nuestra llave.
La dejó junto a la fotografía.
Peter fue el primero en observarla.
—La proporción es la misma.
Lydia asintió.
—Y la cabeza.
Trevor se acercó todavía más.
La llave real tenía detalles que la fotografía no permitía distinguir.
El dibujo del cardo.
Las marcas del metal.
Pero la forma era inconfundible.
Molly habló en voz baja:
—Esa llave era suya.
Peter siguió observando.
—Llevaba una igual.
Lydia no apartó la mirada de la fotografía.
—O esta misma.
Silencio.
Volví a mirar a Margaret.
El cabello oscuro.
El manojo sujeto a la cintura.
Aquella llave.
Durante todo ese tiempo, la llave nos había llevado hasta la historia de Eleanor.
Pero en la fotografía no estaba con Eleanor.
Estaba con Margaret.