El secreto de Craigellan Castle (Secretos de Octubre 2) La Mujer Que No Era Eleanor #2
70%

La Mujer Que No Era Eleanor #2

Chocolate caliente comprado mientras caminábamos.

La llovizna paró.

Al final de la tarde subimos a Calton Hill.

El viento parecía decidido a devolvernos a todos a la parte baja de la ciudad.

Molly se sujetaba el pelo.

Trevor se quejaba.

Lydia se reía.

Peter caminaba a mi lado.

Edimburgo se abrió delante de nosotros.

Tejados.

Torres.

Piedra.

El castillo a lo lejos.

El cielo dorado cerca del horizonte y gris por encima.

Me detuve.

Esta vez Peter no preguntó.

Se quedó a mi lado.

El viento atravesó mi abrigo.

Crucé los brazos.

Se quitó la bufanda.

—No.

—Rebecca.

—Vas a tener frío.

—Llevo abrigo.

Me la puso.

No discutió.

Molly y Lydia siguieron unos metros por delante.

Trevor intentaba fotografiar la ciudad sin admitir que la estaba fotografiando.

Peter se quedó conmigo.

Sujetaba la bufanda.

Olía a él.

—Esto está entrando demasiado fácil en la lista de los mejores viajes de mi vida.

Peter miró la ciudad.

—¿Incluso con Craigellan?

—Craigellan es la mitad de la razón.

—¿Incluso con el fantasma?

Lo pensé.

—Quizá esté perjudicando un poco la puntuación.

Peter sonrió.

—Justo.

Me quedé mirando Edimburgo.

—Hoy ha sido un buen día.

—Sí.

—No he pensado en el plazo durante unas horas.

—Me he dado cuenta.

—Ni en Eleanor.

—También.

—Ni en la llave.

—Eso lo agradezco.

Sonreí.

Después lo miré.

—¿Y tú?

—¿Qué?

—¿Está entrando en tu lista?

Peter me miró.

Después miró la ciudad.

—Sí.

Solo eso.

Su mano encontró la mía.

Y se quedó.

Algo me apretó el pecho.

Aquello terminaría.

Octubre.

Craigellan.

Las noches en la cocina, la chimenea, el banco del jardín.

Peter a mi lado.

Ya quedaban pocos días para el treinta y uno de octubre.

En aquel momento parecieron muy pocos.

Porque la verdad era que me estaba enamorando de todo aquello.

Volvimos después de las ocho.

Cansados.

Felices.

Molly se había quedado dormida.

Trevor revisaba las fotos del día.

Lydia estaba apoyada junto a la ventanilla.

Yo tenía la cabeza sobre el hombro de Peter.

Él me sujetaba la mano sobre el asiento.

La carretera se fue oscureciendo a medida que nos alejábamos de la ciudad.

Las casas disminuyeron.

Las luces se hicieron escasas.

Aparecieron campos.

Entonces Craigellan surgió a lo lejos.

Oscuro contra el cielo.

Algunas ventanas encendidas en el ala principal.

El resto en sombra.

Molly se movió.

Abrió los ojos.

Miró por la ventanilla.

Se quedó inmóvil.

—Espera.

Levanté la cabeza.

—¿Qué?

Señaló.

—La torre.

Miré.

La torre oeste.

Una ventana en la parte alta.

Encendida.

Sentí que el cuerpo se me enfriaba.

Lydia se acercó al cristal.

—Yo también la veo.

Trevor miró.

Peter se inclinó hacia delante.

—¿Es la misma planta?

—Sí.

El coche siguió avanzando.

La luz permanecía.

Amarilla.

Fuerte.

Molly habló en voz baja.

—¿Todos estamos viendo esto?

Trevor respondió primero.

—Sí.

Peter no dijo nada.

La luz siguió encendida hasta que entramos en el camino de acceso.

Entonces se apagó.

Sin más.

Oscuridad.

Molly soltó el aire.

—No.

Trevor siguió mirando la torre.

—No.

El coche se detuvo.

Salimos.

Frío.

Oscuridad.

La torre no tenía ninguna luz.

Trevor fue directo al sistema.

Ni siquiera se quitó el abrigo.

Lo seguimos.

Abrió pantallas.

Esquemas.

Estados.

Lo comprobó una vez.

Después otra.

Frunció el ceño.

—No.

Molly lo miró.

—Ya has dicho eso fuera.

—Porque sigue siendo no.

—¿Qué?

Trevor abrió el esquema de la torre.

Señaló.

—La planta superior está aislada.

Peter se acercó.

—¿Desde cuándo?

—Desde antes de la tormenta.

—¿El circuito?

Trevor lo miró.

—No hay ningún circuito activo en esa planta.

Silencio.

—¿Ninguno? —pregunté.

—Ninguno.

—¿Iluminación provisional?

—No.

—¿Alargadores?

—No.

Molly cruzó los brazos.

—Entonces ¿qué hemos visto?

Trevor no respondió.

Nadie respondió.

Miré a Peter.

Estaba demasiado callado.

Conocía aquel silencio.

Pero esta vez no parecía estar buscando una explicación.

Salimos de la sala técnica.

En el pasillo, me detuve a su lado.

—Tienes miedo.

—Claro que no.

Lo miré.

Peter observó la escalera durante unos segundos.

Después:

—Coge el abrigo.

El corazón me latió más deprisa.

No pregunté nada más.

Fui a por él.

Trevor se quedó al pie de la torre.

Molly y Lydia también.

Peter comprobó la radio.

Trevor:

—Encendida todo el tiempo.

—Siempre.

Molly nos miró.

—Vosotros dos tenéis algún problema.

—Probablemente.

Peter abrió la puerta.

El aire dentro era más frío.

Subimos.

La torre parecía distinta por la noche.

Incluso sabiendo dónde pisar.

Incluso con linterna.

Incluso con Peter a mi lado.

La escalera estrecha subía en curva.

Piedra.

Nuestros pasos.

Nuestra respiración.

Nada más.

Cuando llegamos a la planta donde había aparecido la luz, noté un cambio en el aire.

Más frío.

O quizá esperaba sentirlo.

No lo sabía.

También había un olor leve.

Madera húmeda.

Quizá humo antiguo.

Tan tenue que desapareció cuando volví a respirar.

Peter iluminó el techo.

Después las paredes.

Ninguna lámpara activa.

Ningún alargador.

Ningún equipo.

Ninguna persona.

Trevor tenía razón.

Peter fue hasta la ventana.

Miró fuera.

—Nada.

Me acerqué.

—¿Podría ser alguna luz exterior?

Me miró.

No necesité terminar.

La ventana daba a un terreno oscuro.

Ninguna carretera en aquel ángulo.

Ningún edificio cercano.

—No —dijo.

Miré la habitación vacía.

—Entonces ¿qué se encendió?

Peter pasó la linterna despacio por la pared.

—No lo sé.

Volví a oírselo decir.

Y no resultó más fácil.

La radio crepitó.

Trevor.

«¿Algo?»

Peter pulsó.

«Nada.»

Pausa.

Trevor respondió:

«Perfecto.»

Peter me miró.

Ninguno de los dos se lo creyó.

Volvimos.

Molly estaba en el pasillo cuando bajamos.

Lydia a su lado.

Trevor sostenía la tablet.

Peter cerró la puerta de la torre.

—Nada.

Molly abrió la boca.

Lydia habló primero.

—Rebecca.

Su tono hizo que me girara.

No me estaba mirando a mí.

Miraba por encima de mi hombro.

Seguí su mirada.

Todo mi cuerpo se detuvo.

Al fondo del pasillo había una mujer.

No una sombra.

Una mujer.

Vestido oscuro.

Cabello oscuro.

La cabeza ligeramente inclinada.

Molly dejó escapar un sonido breve.

La tablet se le escapó de las manos a Trevor.

Golpeó la alfombra.

Nadie se movió.

Peter dio un paso delante de mí.

Debería haberme quedado detrás de él.

No lo hice.

Me puse a su lado.

—Rebecca...

—La estoy viendo.

Mi voz salió baja.

La mujer seguía inmóvil.

Todavía no conseguía verle bien la cara.