El secreto de Craigellan Castle (Secretos de Octubre 2) La Mujer Que No Era Eleanor
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La Mujer Que No Era Eleanor

Daniel respondió a las seis y cuarenta y tres de la mañana.

Yo estaba en la cocina.

Peter preparaba café.

Mi móvil vibró junto a la taza.

Miré.

«Rebecca, es un asunto personal. Guardad cualquier cosa que encontréis relacionada con Eleanor.»

Lo leí dos veces.

Peter dejó el café delante de mí.

—¿Ha respondido?

Le tendí el móvil.

Leyó.

Después me lo devolvió.

—Ha sido una respuesta.

—No ha sido una explicación.

—No.

Volví a mirar el mensaje.

—Eso significa que está buscando algo.

Peter cogió la taza.

—O intentando confirmar algo.

Me quedé mirando la pantalla.

Daniel había elegido cada palabra.

—¿No tienes curiosidad?

Peter me miró por encima de las gafas.

—Estoy viviendo en un castillo donde una llave salió de una caja sellada y apareció sobre tu almohada.

Pausa.

—Mi tolerancia a la curiosidad ha aumentado mucho este mes.

Sonreí.

Guardé el móvil.

Daniel había respondido.

Simplemente no había explicado nada.

Los días siguientes pasaron deprisa.

Quizá porque Craigellan estaba empezando a funcionar.

No estaba terminado.

Ni mucho menos.

Pero funcionaba.

La biblioteca ya parecía más una sala que una obra.

Algunos pasillos estaban prácticamente acabados.

La calefacción avanzaba.

Molly empezaba a colocar piezas de mobiliario.

Trevor ya podía mirar el sistema de automatización sin amenazarlo en voz alta.

Lydia por fin había aprobado dos acabados que llevaba una semana discutiendo.

Y, por primera vez, empezaba a creer que quizá entregaríamos aquello.

Quizá.

El viernes por la tarde, Ian entró en la biblioteca con una carpeta.

—Mañana no hacéis nada.

Levanté la vista.

—¿Qué?

—No hay ningún frente relevante que pueda avanzar hasta el lunes. La inspección del ala norte no será hasta después del fin de semana. La carpintería llega el lunes por la mañana y Electricidad ya ha terminado todo lo que puede hacer sin el material nuevo.

Abrí la boca.

Peter apareció detrás de él.

—Acéptalo.

Lo miré.

—Estás disfrutando de esto.

—Mucho.

Ian cerró la carpeta.

—Mañana no quiero ver a ninguno de vosotros aquí.

—Eso parece una orden.

—Considéralo una recomendación con mucha convicción.

Peter apoyó una mano en la mesa.

—Por primera vez estamos de acuerdo sin discutir.

Lo miré.

—Qué bonito.

Ian sonrió.

—Salid. Conoced algo. Lleváis casi tres semanas en Escocia y solo sabéis el camino entre Craigellan y la obra.

—Eso es injusto.

—Es necesario.

Molly apareció en la puerta con el móvil en la mano.

—Perfecto. Entonces mañana queda libre.

Fruncí el ceño.

—¿Libre para qué?

—Edimburgo.

Trevor apareció detrás de ella.

—A mí me informaron cuando ya estaba decidido.

Lydia llegó justo después.

—Y se quejó durante diez minutos.

—Quejarse no significa no ir.

Molly me miró.

—Salimos a las nueve.

Me giré hacia Peter.

—Tú sabías esto.

Se encogió de hombros.

—Sabía que existía un plan.

—¿Y no me lo dijiste?

—Habrías intentado trabajar.

—Quizá.

—Exactamente.

El sábado por la mañana salimos de Craigellan a las nueve y once.

Once minutos tarde.

Peter se dio cuenta.

No dijo nada.

Solo eso ya merecía quedar registrado.

Había contratado a un conductor para todo el día, lo que significaba que ninguno de nosotros tenía que pensar en rutas, aparcamiento ni en quién podría beber algo más tarde.

Por primera vez desde que habíamos llegado, éramos solo cinco personas saliendo de Craigellan sin cascos, planos, herramientas ni ningún problema que tuviera que resolverse antes de comer.

Yo.

Peter.

Molly.

Trevor.

Lydia.

Y ninguna radio.

Me di cuenta unos minutos después.

—Nos hemos dejado las radios.

Peter me sujetaba la mano en el asiento.

—Lo sé.

—¿A propósito?

—Sí.

—¿Y si alguien nos necesita?

—Ian tiene nuestros teléfonos.

—¿Y si...?

Me apretó la mano.

—Rebecca.

Lo miré.

—Hoy no vas a resolver Craigellan.

—Eso parece irresponsable.

—Parece sábado.

Molly se giró desde el asiento delantero.

—¿Puedo dejar constancia del momento exacto en que Rebecca Sloan descubrió que existen los fines de semana?

—No.

Volvió a mirar hacia delante.

Peter no me soltó la mano.

Edimburgo parecía otra ciudad cuando nadie nos esperaba al otro lado.

La primera vez había visto calles desde una ventanilla.

Edificios.

Piedra.

Colinas.

Todo mezclado con cansancio y expectativa.

Ahora caminábamos.

Y la ciudad cambiaba en cada esquina.

Piedra oscura.

Edificios altos.

Pasadizos estrechos desapareciendo entre construcciones.

Tiendas pequeñas.

Banderas.

Gente caminando con los abrigos cerrados hasta el cuello.

El viento traía olor a café, pan caliente y a lluvia que todavía no había empezado.

Por encima de todo, el Castillo de Edimburgo dominaba la ciudad.

Me detuve en mitad de la acera.

Peter casi chocó conmigo.

—¿Qué?

—Es precioso.

Miró.

—Sí.

—Hablas como si ya lo hubieras visto.

—Ya lo he visto.

—No hoy.

Peter me miró.

Sonreí.

—Hoy es distinto.

—¿Por qué?

Miré el castillo.

—Hoy tengo tiempo para mirar.

Se quedó callado un segundo.

—Justo.

Subimos.

Debería haber imaginado que llevar a cinco personas que trabajaban en la restauración de un castillo a visitar otro castillo acabaría causando problemas.

Tardó menos de veinte minutos.

Lydia quería examinarlo todo.

Molly quería fotografiarlo todo.

Trevor empezó a cuestionar soluciones defensivas que ni siquiera eran de su especialidad.

Peter se quedó demasiado tiempo delante de un tramo de muro.

Y yo estaba haciendo exactamente lo mismo al otro lado.

Molly nos miró.

—No.

Me giré.

—¿Qué?

—Hoy no trabajáis.

—Solo estaba mirando.

Trevor:

—Estaba evaluando.

—Estaba admirando.

Peter:

—Estaba evaluando.

Lo miré.

—Tú estabas haciendo exactamente lo mismo.

—Yo estaba admirando.

—Mentiroso.

Molly empezó a andar.

—Venid antes de que intentéis pedir los planos estructurales.

La seguimos.

En un momento dado se detuvo en una zona desde la que Edimburgo se abría detrás.

—Rebecca. Ponte ahí.

—¿Por qué?

—Foto.

—No.

—Ni siquiera sabes dónde.

—Exactamente.

Peter cogió mi móvil.

—Ve.

Lo miré.

—¿Tú también?

—Quiero verla.

—Traidor.

Fui.

Molly me colocó donde quería.

El viento en el pelo.

Castillo.

Piedra.

Toda la ciudad descendiendo bajo nosotros.

Hizo la foto.

Peter la miró.

—Ha quedado bien.

—Enséñamela.

Alejó el móvil.

—Después.

—Peter.

Molly sonrió.

—Lady Sloan por fin ha encontrado un castillo más grande.

—No empieces.

Peter:

—Ella ya tiene uno.

Me giré.

—Yo no tengo ningún castillo.

—Mandas en Craigellan más que cualquier persona que conozco.

Molly levantó un dedo.

—Reina de Craigellan.

—Para.

Peter me devolvió el móvil.

—Su Majestad.

Lo miré.

—Esto se acaba hoy.

Peter empezó a caminar.

—Claro.

Sabía que no.

Bajamos por la Royal Mile sin prisa.

Entramos en tiendas.

Molly compró algo de lana que juraba que era imprescindible.

Lydia desapareció dentro de una tienda de antigüedades y tuvimos que recuperarla veinte minutos después.

Trevor entró diciendo que no necesitaba nada y salió con un libro.

Yo compré una postal.

Peter la vio.

—¿Para quién?

—Para mí.

—¿Vas a enviártela a ti misma?

—No. Voy a guardarla.

Miró la imagen.

—¿Por qué?

Pasé un dedo por el borde.

—Para recordar.

Peter no respondió.

En Victoria Street volvimos a detenernos.

Fachadas curvas.

Colores.

Escaparates pequeños.

La piedra oscureciéndose bajo una fina llovizna.

Molly hizo fotos.

Lydia también.

Trevor fingió que no.

Peter sacó el móvil.

Me di cuenta demasiado tarde.

—¿Me has hecho una foto?

—Tal vez.

—Déjame verla.

—Después.

Intenté cogerlo.

Peter levantó el brazo.

—Peter.

—Rebecca.

—Bórrala.

—No.

—Estoy comiendo.

—Lo he visto.

—Entonces bórrala.

Miró la pantalla.

—Estás guapa.

—Estoy masticando.

—Aun así.

Extendí la mano.

Peter guardó el móvil en el bolsillo interior del abrigo.

—Esto es abuso.

—Sobreviviré a la acusación.

—Quiero verla.

Me cogió de la mano.

—Más tarde.

Fui con él.

Porque, por desgracia, funcionaba.

La discusión empezó media hora después.

Por culpa de una tienda.

Naturalmente.

Vi un escaparate en una calle lateral.

Cerámica.

Papeles.

Pequeños objetos antiguos.

Nada que figurara en ningún plan.

Me detuve.

—Quiero entrar ahí.

Peter miró el reloj.

—Tenemos Camera Obscura dentro de veinte minutos.

Lo miré.

—¿Has hecho un itinerario?

Pequeño silencio.

—He hecho una lista.

—Peter.

—Una lista no es un itinerario.

—¿Tiene horarios?

—Algunos.

—Has hecho un itinerario.

—Flexible.

—Con horarios.

—Rebecca...

—¿Puedes pasar tres horas sin organizar algo?

Me miró.

Molly redujo el paso.

Trevor también.

Peter sacó el móvil del bolsillo.

Miró la pantalla.

Lo apagó.

Lo guardó.

—Puedo.

Parpadeé.

—¿Solo eso?

—Solo eso.

—¿Y la reserva?

—La perdemos y compramos otra entrada.

—¿Vas a sobrevivir?

Peter lo pensó.

—Todavía lo estoy evaluando.

Entramos.

Nos quedamos casi media hora.

Salí con una pequeña pieza de cerámica que no necesitaba.

Peter llevaba la bolsa.

—¿Feliz?

—Mucho.

—Perfecto.

—¿Estás enfadado?

—Un poco.

—¿Vas a sobrevivir?

Me tendió la mano.

—Todavía lo estoy evaluando.

La cogí.

Y seguimos.

Lo de Camera Obscura fue culpa de Trevor.

Eso fue lo que decidimos después.

Entró diciendo que no participaría en «cosas hechas para turistas».

Quince minutos más tarde intentaba ganarle a Molly en una ilusión de perspectiva que no tenía ganador.

—Lo estás haciendo mal —dijo.

Molly se giró.

—No hay forma de hacerlo mal.

—Sí la hay.

—Trevor, es un espejo.

—Exactamente.

Lydia se reía tanto que tuvo que apoyarse en una pared.

En la planta siguiente, alguien nos convenció para hacernos una foto juntos.

Salió fatal.

Trevor parpadeó.

Lydia se giró justo en el momento equivocado.

Molly estaba riéndose.

Yo estaba inclinada contra Peter.

Miré la foto.

—Tengo el pelo horrible.

Molly iba a responder cuando se detuvo.

Volvió a mirar.

Yo también.

Peter no estaba mirando a la cámara.

Me estaba mirando a mí.

Sentí una presión suave en el pecho.

Molly sonrió.

—Esa se queda.

Peter miró la imagen.

—Estoy de acuerdo.

Esta vez, yo también.

Comimos tarde.

Nada elegante.

Una sopa humeante que llegó acompañada de gruesas rebanadas de pan y mantequilla.

Peter pidió una tarta salada caliente.

Trevor probó un trozo, declaró que estaba mejor de lo que esperaba y se negó a ampliar el cumplido.

Más tarde, café.

Shortbread.