El secreto de Craigellan Castle (Secretos de Octubre 2) El Secreto Que Casi Salió del Castillo #2
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El Secreto Que Casi Salió del Castillo #2

No el tiempo suficiente como para parecer que ocultaba la respuesta.

Solo lo suficiente para escoger las palabras.

—No.

La llamada terminó.

La empresa de seguridad duplicó la presencia en el perímetro aquella misma tarde.

Más cámaras.

Comprobaciones en los accesos laterales.

Un nuevo procedimiento para abrir el portón de servicio.

Yo no me metí en eso.

Dentro de Craigellan, reorganizé la circulación.

Acreditaciones temporales.

Proveedores acompañados.

Registro de entrada en frentes ajenos a su propia área de trabajo.

Trevor integró las alertas.

Ian se hizo cargo de los accesos de servicio.

Al final de la tarde, Peter apareció en la biblioteca.

—Mañana por la noche tienes un compromiso.

Seguí leyendo.

—¿Tengo?

—Sí.

—¿Con quién?

—Conmigo.

Levanté la vista.

—¿Eso es una invitación?

—Lo estoy intentando.

—Últimamente intentas muchas cosas.

—Tengo una reserva.

Me detuve.

—¿Has hecho una reserva?

—Sí.

—¿Dónde?

—Lo descubrirás.

—Peter.

—No.

—Necesito saber cómo vestirme.

Me miró.

—Sin casco.

—Muy útil.

Se inclinó.

Me besó en la frente.

Rápido.

Natural.

Después se fue.

Dos minutos más tarde, Molly apareció en la puerta.

Me miró.

Después miró en la dirección en la que Peter había desaparecido.

—Tengo un vestido que te va a quedar mejor que cualquier cosa que hayas traído.

—¿Ya has decidido que necesito ayuda?

—Sí.

—Ni siquiera te he dicho adónde voy.

—Con Peter.

Silencio.

—Eso ya responde bastante.

Cerré la carpeta.

—Quizá acepte el vestido.

Molly sonrió.

—Por fin una decisión sensata.

Al día siguiente, Peter apareció en el pasillo a las siete y media.

Yo ya estaba lista.

Por primera vez en muchos días, no llevaba botas.

Ni abrigo técnico.

Ni radio sujeta a la cintura.

Peter tampoco.

Camisa oscura.

Abrigo.

Gafas.

El pelo todavía un poco húmedo.

Se detuvo cuando me vio.

No dijo nada.

Duró lo suficiente.

—¿Qué?

—Nada.

—Peter.

—Estás muy guapa.

Simple.

Sin broma.

Sonreí antes de poder evitarlo.

—Gracias.

Abrió la puerta exterior.

—El coche ha llegado.

—De verdad has planeado esto.

—Sí.

—Empiezo a preocuparme.

—¿Por qué?

—Porque estás siendo demasiado eficiente con esto.

Peter apoyó una mano en mi espalda cuando cruzamos la puerta.

—Todavía es pronto para sacar conclusiones.

El pueblo era pequeño.

Calle de piedra.

Tiendas ya cerradas.

Luces cálidas en las ventanas.

El restaurante ocupaba un edificio antiguo de piedra oscura, con pocas mesas y una chimenea encendida al fondo.

Peter había reservado una cerca de ella.

Me senté.

Miré el fuego.

Después a él.

—¿Ha sido a propósito?

—¿El qué?

—La chimenea.

Peter abrió la carta.

—Tú tienes frío.

Me quedé mirándolo.

Él siguió leyendo.

—Estás prestando demasiada atención.

Peter bajó la carta.

—¿Eso parece una queja?

—Todavía lo estoy decidiendo.

Llegó el vino.

Peter pidió el mismo que me había gustado en el pub.

Me di cuenta.

—Te acordabas.

Bebió un sorbo.

—Me acuerdo de algunas cosas.

La frase se quedó ahí.

Daniel acordándose de las peonías.

De la silla.

De la luz después de las cuatro.

Peter acordándose del vino.

De la chimenea.

De mi café.

Era demasiado pronto para que existiera una historia larga entre nosotros.

Pero no para que existiera atención.

Comimos despacio.

Sin hablar del plazo durante casi veinte minutos.

Un récord.

Peter dejó la copa sobre la mesa.

—Si tuvieras un mes sin trabajar, ¿qué harías?

Me detuve.

—¿Un mes entero?

—Sí.

—¿Sin trabajar?

—Esa es la idea.

Lo pensé.

—No lo sé.

Peter me observó.

—Esa es tu respuesta.

—¿Qué?

—No lo sabes.

—Podría viajar.

—¿Adónde?

—No lo sé.

—¿Cuánto hace que no te tomas unas vacaciones de verdad?

—¿Esto es un interrogatorio?

—Curiosidad.

Lo pensé.

—No me acuerdo.

Peter levantó las cejas.

—Eso es peor.

—¿Y tú?

—La primera semana dormiría.

Me reí.

—¿Y las otras tres?

—Probablemente intentaría viajar sin agenda.

—Eso es mentira.

—Probablemente.

—Harías una hoja de cálculo.

—Pequeña.

—Con horarios.

—Solo los importantes.

Sonreí.

Nos quedamos unos segundos en silencio.

Peter me miró.

—¿Eres feliz aquí?

La pregunta me pilló desprevenida.

—¿En el restaurante?

—En Craigellan.

Miré el fuego.

Después a él.

—Mucho más de lo que esperaba.

Peter asintió despacio.

—Yo también.

Aquello tuvo más peso de lo que debería.

Porque los dos sabíamos que Craigellan tenía fecha de finalización.

Cambié de tema antes de que aquello adquiriera un nombre.

Le conté la vez que perdí un vuelo porque fui al aeropuerto equivocado.

Peter se quedó cinco segundos en silencio.

—No digas nada.

—No he dicho nada.

—Estás pensando.

—Mucho.

—Pésima cualidad.

—Perdiste el vuelo en el aeropuerto equivocado.

—Gracias por demostrar mi punto.

Se rio.

Más tarde, cuando llegó el postre, reconocí el nombre.

Miré a Peter.

—Has elegido este sitio por esto.

Cogió la cuchara.

—Quizá.

—Investigaste la carta.

—Quizá.

—Peter.

—Come antes de que me arrepienta.

Sonreí.

Comí.

Y estaba buenísimo.

Volvimos tarde.

Craigellan apareció oscuro al final del camino.

Algunas ventanas encendidas.

La torre apagada.

Por un momento vi el castillo como lo había visto al llegar por primera vez.

Piedra.

Torres.

Ventanas altas.

Enorme.

Extraño.

Hermoso.

Peter se dio cuenta.

—¿Qué?

—Nada.

—Usas mucho esa palabra.

—Lo sé.

Entramos.

La cocina estaba vacía.

Cogí agua.

Peter se quitó el abrigo.

—¿Duermes conmigo?

Lo miré.

—¿Eso ha sido una invitación?

—Sí.

—Estás mejorando.

Sonrió.

Antes de que pudiera responder, oímos pasos rápidos en el pasillo.

Apareció Lydia.

—Rebecca.

Su tono hizo que todo cambiara.

—¿Qué pasa?

—Ven.

Peter volvió a ponerse el abrigo.

La seguimos.

El pasillo lateral estaba vacío.

Lydia se detuvo antes de la curva.

Señaló el suelo.

Huellas.

Mojadas.

No manchas.

Huellas.

Una detrás de otra.

Oscuras sobre la piedra.

Se me encogió el estómago.

No eran marcas de botas de obra.

Eran estrechas.

Más pequeñas.

—¿De dónde vienen?

—No lo sé.

Peter ya estaba mirando el techo.

Las paredes.

Las puertas.

Trevor apareció con una linterna.

—¿Una filtración?

Peter siguió las marcas.

—No.

Las huellas empezaban en mitad del pasillo.

No venían de ninguna puerta.

Ni de ninguna ventana.

Simplemente empezaban.

Seguían durante casi diez metros.

Después terminaban.

Delante de una pared.

Me detuve.

—¿Hay algo detrás?

Peter se acercó.

Abrió el plano en el móvil.

—No debería.

Trevor se agachó.

Observó el agua.

—Podría ser una tubería.

Peter respondió:

—No hay ninguna tubería en esa pared.

Trevor levantó la vista.

Peter se dio cuenta de lo que acababa de decir.

—Lo sé.

Nadie se rio.

Me quedé mirando la pared.

Piedra.

Revestimiento.

Nada.

Ninguna puerta.

Ninguna abertura.

Ninguna razón para que alguien empezara a caminar en mitad de aquel pasillo.

Y mucho menos para detenerse exactamente allí.

Acordamos no abrir la pared aquella noche.

Sin evaluación.

Sin equipo.

Sin improvisar.

Hicimos fotografías.

Marcamos el lugar.

Trevor comprobó los sensores.

Nada.

Lydia revisó los accesos.

Nada.

Las huellas fueron secándose despacio.

A medianoche solo quedaban sombras irregulares sobre la piedra.

Peter me acompañó hasta la habitación.

Se detuvo en la puerta.

—¿Quieres dormir sola?

Lo miré.

—¿Lo preguntas en serio?

—Sí.

Pensé en las huellas.

En la pared.

En la llave.

—Claro que no.

Peter asintió.

—Vale.

Cogí algunas cosas.

Fuimos a su habitación.

Me estaba quitando los pendientes cuando vibró el móvil.

Miré.

Daniel.

Un mensaje.

«Rebecca, una cosa más.»

Esperé.

Llegó otro.

«Si encontráis cualquier cosa relacionada con Eleanor Kinnaird, hablad directamente conmigo.»

Me detuve.

Peter se dio cuenta.

—¿Qué?

Se lo enseñé.

Lo leyó.

Después volvió a leerlo.

Ninguno de los dos habló.

No había dicho «documentos históricos».

Ni «cualquier cosa sobre la familia».

Había dicho el nombre.

«Eleanor Kinnaird.»

Escribí:

«¿Por qué?»

Lo envié.

El mensaje quedó entregado.

No hubo respuesta.

Volví a mirar la pantalla.

Eleanor Kinnaird.

Daniel no había preguntado si encontraríamos algo.

Había pedido que, cuando lo encontráramos, habláramos directamente con él.