El secreto de Craigellan Castle (Secretos de Octubre 2) El Secreto Que Casi Salió del Castillo
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El Secreto Que Casi Salió del Castillo

Molly actualizó la pizarra un martes por la mañana.

Nadie se lo había pedido.

Eso era parte del problema.

Entré en la cocina poco después de las siete y encontré a Trevor de pie delante de ella con una taza en la mano.

Peter estaba a su lado.

Lydia estaba sentada a la mesa.

Molly sostenía el rotulador.

En la pizarra, donde antes solo había recuentos dispersos, ahora había dos columnas.

«INCIDENTES EXTRAÑOS»

«EXPLICACIONES DISPONIBLES»

Me detuve.

—No.

Molly se giró.

—Buenos días.

—¿Qué has hecho?

—Organización.

Trevor señaló.

—Yo estaba en contra.

—Te quejaste durante tres minutos y después empezaste a corregir los números.

—La precisión no es apoyo moral.

Me acerqué.

En la primera columna:

«Mujer llorando: 2»

«Pasos sin origen identificado: 2»

«Luz en la torre: 2»

«Figura humana vista: 2»

«Llave desaparecida: 2»

«Llave reaparecida: 2»

«Llave aparecida en habitación cerrada con llave: 1»

La segunda columna era más corta.

Mucho más.

«Viento: posible»

«Circuito eléctrico: posible»

«Error humano: posible»

«Peter: sin explicación — 1»

Peter señaló.

—¿Por qué está mi nombre aquí?

Molly respondió:

—Porque eras nuestro departamento de explicaciones.

Lo miré.

—Eras.

Peter se giró hacia mí.

—Gracias por el apoyo.

Cogí café.

—Siempre.

Trevor volvió a mirar la primera columna.

—«Figura humana vista» sigue siendo impreciso.

Molly cogió el rotulador.

En la parte inferior escribió:

«Explicaciones rechazadas por el grupo: 6»

Trevor se quedó inmóvil.

—Eso no es metodología.

—Es histórico.

Peter cogió su taza.

—No dejes que esto parezca un documento de obra.

—Entonces deja de contribuir.

Me senté.

Fue entonces cuando vi algo junto a mi taza.

Flores.

No un ramo grande.

Ni arreglado.

Unas ramas cortas con flores claras, atadas con un cordón sencillo.

Miré.

Después a Peter.

Estaba bebiendo café.

—Dios mío.

Peter levantó la vista.

—¿Qué?

Cogí las flores.

—¿De dónde has sacado esto?

—De nuestro jardín.

Me detuve.

Molly también.

Trevor levantó la cabeza lentamente.

Lydia sonrió.

Miré a Peter.

—Peter.

—Anne dijo que esas se podían cortar.

—¿Pediste permiso para cortar flores?

—Aprendí después de lo del dedo.

Molly se tapó la boca con una mano.

Seguí mirándolo.

—¿Quieres perder parte del bonus?

—Consideré el riesgo.

Molly nos señaló.

—Espera.

Nadie respondió.

—¿Nuestro jardín?

Cerré los ojos.

Trevor dejó la taza sobre la mesa.

—Por fin.

Los abrí.

—¿Por fin qué?

—Estaba cansado de fingir que no me daba cuenta.

Lydia asintió.

—Yo también.

Miré a Molly.

Ya estaba sonriendo.

—Estáis juntos.

Yo iba a responder.

Peter se adelantó.

—Sí.

Simple.

Sin pedirme permiso con la mirada.

Sin dudar.

Sin convertirlo en una broma.

Solo:

—Sí.

Molly se giró hacia mí.

—¿Cuándo pensabas contármelo?

—En algún momento.

—Eso es ofensivo.

Trevor:

—Teniendo en cuenta que habláis de «nuestra cocina» y «nuestro jardín», no sé si era exactamente un secreto.

Peter siguió bebiendo café.

Lo miré.

—Estás demasiado cómodo.

—Lo estoy.

—Ya veo.

Cogió mi taza.

Me puso más café y me besó en la frente.

Molly lo vio.

Lydia también.

Peter no pareció darle ninguna importancia.

Lo miré un segundo más de lo que debería.

Peter se dio cuenta.

No apartó la vista.

Aquella noche, la torre volvió a iluminarse.

Yo ya estaba en la cama cuando vibró el móvil.

En el grupo.

Trevor:

«La luz de la torre está encendida.»

Me quedé mirando.

Otro mensaje.

Lydia:

«Yo también la veo.»

Me levanté.

Fui hasta la ventana.

Desde aquel ángulo se veía una parte de la torre.

La luz estaba allí.

Amarilla.

Quietamente encendida.

En la misma planta.

Peter:

«¿Alguien va a comprobarlo?»

Silencio.

Cinco segundos.

Diez.

Trevor:

«Ya he investigado suficientes fantasmas este mes.»

Molly:

«Estoy de acuerdo.»

Volví a mirar la torre.

Escribí:

«La torre seguirá existiendo mañana.»

Peter:

«Por fin una decisión sensata.»

Molly:

«Apoyo a Rebecca.»

Trevor:

«Esto empieza a ser preocupante.»

Lydia:

«Buenas noches.»

Molly:

«Buenas noches.»

Yo:

«Buenas noches.»

Peter:

«Buenas noches.»

Trevor:

«Buenas noches.»

Y nadie fue a comprobarlo.

La alarma sonó al día siguiente a las dos y diecisiete de la tarde.

Esta vez no era un fantasma.

Trevor entró en la biblioteca con el móvil en la mano.

—Tenemos movimiento en el lateral norte.

Peter se levantó de inmediato.

—¿Trabajadores?

—No deberían estar allí.

Yo ya estaba de pie.

—¿Cuántas personas?

—Al menos tres.

Ian respondió por la radio.

—Voy para allá.

Salimos.

El acceso norte quedaba más allá de una zona parcialmente aislada, cerca de una parte del jardín que todavía no había sido intervenida.

Llegamos casi al mismo tiempo.

Vimos a tres personas.

Un hombre con una cámara.

Una mujer sosteniendo otro equipo.

Otro hombre cerca del muro.

Ningún uniforme.

Ninguna acreditación.

El de la cámara se giró al vernos.

—Hola.

Me detuve.

—¿Hola?

Peter se colocó a mi lado.

Ian detrás.

El hombre bajó un poco la cámara.

—Vimos que el castillo volvía a tener movimiento. Solo queríamos grabar la restauración.

—Sin autorización.

—No hemos entrado en ninguna zona residencial.

—No tienes autorización para entrar en ninguna zona.

La mujer guardó el móvil.

—Perdón. Trabajamos creando contenido para redes sociales sobre lugares históricos.

Ian miró el camino por el que habían venido.

Después el portón lateral.

—Han entrado justo cuando se abrió el acceso de servicio para un proveedor.

Miré.

—¿Seguridad los dejó pasar?

—Siguieron al camión antes de que el portón se cerrara. La cámara de ese punto no cubre todo el ángulo.

Peter se puso serio.

Eso lo explicaba.

No lo mejoraba.

El hombre intentó recuperar el tono.

—Solo queríamos enseñar el lugar.

—El lugar no es público —dije.

Trevor llegó.

Miró las cámaras.

—Supongo que nadie ha publicado nada.

Nadie respondió.

Se me cayó el estómago.

Miré a la mujer.

—¿Habéis publicado?

Dudó.

—Algunos stories.

Peter se quedó inmóvil.

—Ábrelos.

Los abrió.

El vídeo ya estaba publicado.

La fachada de Craigellan.

La entrada de servicio.

Parte del gran salón vista a través de una puerta.

Una secuencia de trabajadores.

En la parte superior:

«¿CASTILLO ESCOCÉS RESTAURADO EN SECRETO?»

Cerré los ojos medio segundo.

Solo medio.

Después:

—Ian, saca a los tres de la propiedad.

Miré a Trevor.

—Guarda todo antes de que lo borren.

—Ya lo estoy haciendo.

Peter:

—Voy a hablar con Martin.

Cogí el móvil.

—Yo también.

El story original fue eliminado poco después.

No sirvió de nada.

Alguien ya había grabado la pantalla.

Un perfil más grande de arquitectura histórica volvió a publicar parte del vídeo con la pregunta:

«¿Quién ha comprado Craigellan Castle?»

Vi la fachada en la pantalla.

Las ventanas.

La entrada.

Un fragmento del salón.

Y sentí una irritación que no tenía nada que ver con el contrato.

No parecía solo una filtración.

Parecía una invasión.

Martin entró en la llamada pocos minutos después.

Peter estaba conmigo.

Trevor, un poco más atrás.

—¿Cómo han entrado tres personas en la propiedad?

Respondí:

—La seguridad exterior no está bajo mi gestión.

Martin guardó silencio.

—Lo sé. Estoy intentando averiguar en qué punto falló el protocolo.

Asentí.

—Dentro de la propiedad puedo reorganizar circulación y acceso a los frentes de trabajo. El perímetro tiene que corregirlo seguridad.

—Ya lo están haciendo.

Peter preguntó:

—¿Las imágenes muestran suficiente interior como para identificar el uso residencial?

—No con claridad.

—¿Y el cliente?

Martin respiró.

—Va a entrar ahora.

La pantalla cambió.

Apareció Daniel.

No preguntó cuántas personas lo habían visto.

Ni cuánto podía costar aquello.

Su primera pregunta fue:

—¿Caroline lo ha visto?

Aquello me golpeó.

Martin respondió:

—No tenemos indicios de que sea así.

—¿Estás seguro?

—El contenido original ya no está disponible. Estamos siguiendo los principales reposts.

Daniel se quedó unos segundos en silencio.

—¿Y los niños?

—Nada de momento.

Asintió.

Solo entonces preguntó:

—¿Alguien se ha hecho daño?

—No —respondí.

—¿Algún daño?

—No.

Respiró.

—Bien.

Esperaba enfado.

Reproches.

Quizá una discusión sobre el acuerdo de confidencialidad.

No llegó.

Daniel me miró.

—¿Cómo va el proyecto?

—Dentro de lo posible, bien.

—¿Puedo verlo?

Llevamos la tablet por el castillo.

El gran salón.

La biblioteca.

El salón pequeño.

Los pasillos.

La suite todavía en obras.

Daniel observaba todo con atención.

No parecía estar mirando solo habitaciones.

Parecía imaginar a alguien entrando en ellas.

Cuando llegamos a la biblioteca, nos interrumpió.

—¿Ha llegado la silla?

—¿La del lado oeste?

—Sí.

Giré la cámara.

Estaba cerca de la ventana, todavía parcialmente protegida.

—¿Puede ver el jardín sin tener que girarse?

Fui hasta allí.

Me senté.

Miré.

—Sí.

Daniel sonrió.

—Perfecto.

Seguimos.

Cuando le enseñé parte del jardín, preguntó:

—¿Y las peonías?

—Las están preparando para el día treinta y uno.

—¿Claras?

—Claras.

—¿No blancas?

—No.

Peter me miró.

Sonreí.

Daniel se dio cuenta.

—Caroline cree que las completamente blancas son demasiado bonitas para parecer felices.

Me reí.

—¿Ella dice eso?

—Desde que la conozco.

Seguimos.

En la biblioteca preguntó:

—Después de las cuatro, ¿ese rincón sigue recibiendo luz?

Miré hacia la ventana.

—Sí.

—Ella lee a esa hora.

Las peonías.

La silla.

La luz después de las cuatro.

Se acordaba.

—¿Puedo preguntarle una cosa? —dije.

Daniel miró.

—Claro.

—¿Por qué exactamente el treinta y uno de octubre?

Hubo una pausa.

—Es nuestro aniversario de boda.

Peter se quedó callado.

Yo también.

—¿Veintidós años?

Daniel asintió.

—Veintidós.

—¿Y todavía consigue sorprenderla?

Sonrió.

—No fácilmente.

—Después de tanto tiempo debe de ser difícil esconder cualquier cosa.

—Conoce todas mis contraseñas. Sabe que estoy mintiendo antes de que termine la frase. Y se da cuenta de que estoy planeando algo porque me vuelvo demasiado educado.

Sonreí.

—Entonces ¿cómo piensa conseguirlo?

—Con mucha ayuda.

Miró a la cámara.

—Y un océano de distancia.

La llamada estaba casi terminando cuando Daniel preguntó:

—¿Habéis encontrado algo más en los archivos?

Me detuve.

—¿Usted sabía que encontraríamos algo aquí?

Daniel guardó silencio.