El secreto de Craigellan Castle (Secretos de Octubre 2) Nueve Días Después #2
59%

Nueve Días Después #2

Hablaba rápido cuando estaba irritado.

—¿Quién aprobó la secuencia?

—Yo aprobé la integración después de la autorización estructural —respondí.

Miró el techo.

—No sé si la arquitecta entiende el problema que tenemos aquí.

—Lo entiende.

Peter habló antes de que yo pudiera responder.

El hombre se giró.

Peter estaba a mi lado.

—La autorización estructural fue mía.

Silencio.

—Peter, no estoy diciendo...

—Si quieres cuestionar la evaluación estructural de esta zona, habla conmigo.

—El problema no es solo estructural.

—No.

Peter me miró.

Después a él.

—Y ella entiende perfectamente todo lo demás.

El hombre respiró.

Cambió el tono.

La conversación continuó.

Técnica.

Objetiva.

Sin teatro.

Peter no me había quitado la responsabilidad.

Solo había impedido que me cargaran con la que era suya.

Más tarde, encontré a Peter saliendo de la biblioteca.

Fui detrás.

—Me has defendido.

Siguió andando.

—Tenías razón.

—¿Puedes repetirlo?

—No.

—Peter.

—No.

Aceleré.

—Me gustaría dejarlo registrado.

Se detuvo.

—No te he defendido por nosotros.

La palabra quedó ahí.

Nosotros.

—Perfecto.

Peter me miró.

—Lo he hecho porque tenías razón.

—Lo sé.

—Y la autorización estructural era mía.

—Lo sé.

Siguió caminando.

Fui con él.

—Aun así.

Peter giró la cabeza.

—¿Aun así qué?

—Gracias.

Asintió.

—De nada.

Eso fue todo.

Y fue suficiente.

Ian recibió noticias del trabajador al final de la tarde.

Se llamaba Graham MacLeod.

Cuatro puntos en el corte.

El hombro había sufrido una luxación, pero no había nada roto.

Tendría que descansar unos días.

—Ha preguntado por el castillo —dijo Ian.

—¿Cómo que ha preguntado?

—Quería saber si el techo seguía en su sitio.

Lo miré.

Ian se encogió de hombros.

—Ese es su tipo de humor.

No me reí de inmediato.

Después, un poco.

Más por alivio que por la broma.

—Dile que sí.

—Se lo diré.

El accidente nos costó casi un día.

Aquella ala permaneció cerrada hasta que terminó la inspección.

Durante unas horas, los cincuenta mil dólares de bonus parecieron una broma estúpida.

El plazo también.

Un hombre se había hecho daño.

Eso reorganizaba las prioridades.

Cuando llegó la autorización parcial, rehice la secuencia para recuperar parte del retraso.

Peter la leyó.

—No.

Levanté la vista.

—Ni siquiera has empezado.

—Sí.

—Has leído dos páginas.

—Han sido suficientes.

—Peter.

Señaló.

—Estás intentando recuperar veinte horas comprimiendo inspección y ejecución en el mismo intervalo.

—En zonas distintas.

—Con los mismos equipos de apoyo.

—Puedo escalonarlo.

—No con suficiente margen.

—Entonces propón algo mejor.

—Lo haré.

—¿Cuándo?

—Cuando tenga algo mejor.

Cerré la carpeta.

—Excelente.

Peter cerró la suya.

—Gracias.

—No era un cumplido.

—Lo sé.

Salí irritada.

Dos horas después apareció en la biblioteca.

Dejó una nueva secuencia sobre la mesa.

La leí.

Cambiaba dos frentes.

Adelantaba acabados donde ya había autorización.

Trasladaba parte del equipo a la biblioteca.

Mantenía completamente separada la zona del accidente.

Recuperábamos casi el mismo tiempo.

Lo miré.

—Esto funciona.

—Lo sé.

—Podías haber empezado por aquí.

—Necesitaba impedir que ejecutaras la primera versión antes de tener esta.

—No era tan mala.

—Era demasiado rápida.

—No es lo mismo.

—Exactamente.

Lo miré.

Peter parecía demasiado satisfecho consigo mismo.

—Te vuelves insoportable cuando estás contento.

—Eso es porque normalmente tengo razón cuando estoy contento.

—Vete.

Se fue.

Sonriendo.

Aquella noche estaba sentada en la cama cuando llamaron a la puerta.

Miré el reloj.

Las diez y veinte.

Abrí.

Peter.

—Hola.

—Hola.

No entró de inmediato.

—¿Puedo?

Me aparté.

Peter entró.

Cerré la puerta.

Miró la silla junto a la ventana.

Se sentó.

Yo volví a la cama.

Nos quedamos unos segundos en silencio.

—¿Has venido a hablar? —pregunté.

Peter me miró.

—Dijiste después.

Se me encogió el estómago.

Lo recordé.

Su habitación.

Mi camisa en el suelo.

Yo diciendo que aquello no tenía por qué cambiar nada.

Peter respondiendo «claro».

—Ahora es después.

Solté una pequeña risa.

—Te has quedado con eso.

—Me quedo con algunas cosas.

—Ya me he dado cuenta.

Peter apoyó los antebrazos sobre las rodillas.

—Rebecca.

—¿Mm?

—Trabajamos en la misma empresa.

—Lo sé.

—En el mismo proyecto.

Una comisura de su boca se movió.

—Tú eres la arquitecta jefe.

—Y tú el ingeniero jefe.

—Exactamente.

Crucé las piernas.

—Ni siquiera sé cuál es la política de la empresa sobre esto.

—La busqué.

Me detuve.

—¿La buscaste?

—Sí.

—¿Cuándo?

—Hoy.

—¿Hoy cuándo?

—Entre la inspección y tú discutiendo con el contratista.

Empecé a reírme.

—Eso es casi romántico.

—Ha sido lo mejor que he podido hacer.

—¿Y?

Peter se puso serio.

—Las relaciones no están prohibidas. Hay que declararlas cuando existe subordinación directa, evaluación o conflicto formal.

—Nosotros no tenemos subordinación directa.

—No.

—Martin está por encima de los dos.

—Sí.

—Entonces?

—Entonces probablemente tendríamos que informar si esto sigue después del proyecto.

Si esto sigue.

Lo miré.

—«Si esto sigue».

Peter se dio cuenta.

—Ha sido una mala elección de palabras.

—Llevas unas cuantas.

—Estoy bajo presión.

—Claro.

Respiró.

—No quiero complicarte el trabajo.

—Ni yo el tuyo.

—Lo sé.

Jugueteé con el borde de la colcha.

—¿Y si se convierte en un problema?

—Lo resolvemos.

—¿Y si obligan a uno de los dos a salir de este proyecto?

Peter respondió de inmediato.

—Pediría un traslado.

Lo miré.

—Peter.

—Llevo más tiempo en la empresa. Tengo más margen para elegir otro proyecto.

—No tiene sentido.

—Para mí sí.

—No te estoy pidiendo que sacrifiques tu carrera por esto.

Peter se quedó callado.

Después:

—Ni yo.

Esperé.

Me miró.

—Lo que digo es que no voy a pedirte que sacrifiques la tuya.

Algo dentro de mí se detuvo.

Por un instante.

Eleanor.

David.

La carta.

«No vengas porque yo te lo haya pedido. Quiero saber que habrías elegido esta vida aunque yo no estuviera esperándote al final.»

Bajé la mirada.

Peter no sabía qué pensamiento acababa de cruzarme la cabeza.

Pero estaba diciendo casi lo mismo de otra manera.

—Rebecca.

Lo miré.

—¿Podemos dejar de fingir que esto no está pasando?

El corazón me latió más deprisa.

—¿Qué cosa exactamente?

Peter soltó aire por la nariz.

—Vas a hacer que lo diga.

—Probablemente.

Me sostuvo la mirada.

—Me gustas.

Simple.

Sin preparación.

Sin humor.

—Quiero estar contigo.

No respondí de inmediato.

Peter continuó.

—Y me gustaría saber si tú quieres estar conmigo cuando termine octubre.

Aquello me golpeó de una manera distinta.

No era Craigellan.

No era el viaje.

No era la habitación de al lado.

No era sexo.

Era después.

—¿Me estás pidiendo que salgamos?

—Lo estoy intentando.

Incliné la cabeza.

—Pensaba que lo harías mejor.

Peter se quedó mirándome.

Después lo entendió.

—¿Quieres que vuelva al jardín?

Empecé a reírme.

—No.

Esperó.

Mi sonrisa disminuyó.

—Aquí está bien.

Siguió esperando.

Peter era irritantemente paciente cuando quería una respuesta concreta.

Respiré.

—Sí.

Algo cambió en su rostro.

Muy poco.

Pero precioso.

Peter se levantó.

Vino hacia mí.

Se detuvo delante de la cama.

—¿Has dicho que sí?

Me reí.

Él sonrió.

—Solo quería confirmarlo.

Agarré su camisa.

Tiré de él.

El beso empezó de otra manera.

Sin urgencia.

Sin miedo.

Solo nosotros dos sabiendo exactamente lo que estábamos haciendo.

Esta vez, cuando Peter se quitó las gafas y las dejó sobre la mesa, sonreí.

—¿Qué?

—Nada.

—Rebecca.

—Ahora puedo mirar.

Peter me besó la frente.

Después la boca.

Dormimos juntos.

Me desperté en mitad de la noche.

Vi sus gafas sobre la mesa.

La camisa en el suelo.

Su mano cerca de la mía.

Volví a cerrar los ojos.

Craigellan seguía siendo extraño.

Seguía escondiendo cosas.

Seguía asustándome.

Pero aquella noche también era refugio.

Al día siguiente volvimos al trabajo como si un noviazgo secreto, una muerte imposible y un castillo quizá encantado fueran solo tres puntos más de una lista demasiado larga.

Peter no estuvo de acuerdo conmigo antes de las diez.

Yo no estuve de acuerdo con él a las once y cuarto.

Comimos juntos sin poder sentarnos uno al lado del otro porque había cinco personas en la mesa.

Molly nos miró dos veces.

No preguntó nada.

Eso fue peor.

Por la tarde caminamos por la parte ya terminada de la biblioteca.

Peter se detuvo delante de una de las ventanas.

—Está quedando bien.

—¿«Bien»?

—Muy bien.

Lo miré.

—¿Puedes repetirlo?

—No.

—Tienes un problema serio con dejar constancia de los elogios.

—Seguridad jurídica.

Seguí andando.

Él vino detrás.

Cuando no había nadie mirando, sus dedos rozaron los míos.

Solo un segundo.

Fue suficiente para que sonriera durante los diez minutos siguientes sin motivo aparente.

Por la noche volvimos al salón de la chimenea.

El mismo donde habíamos convertido el miedo en un marcador.

Esta vez había vino.

Té.

Cartas.

El fuego encendido.

Y el registro de Margaret Fraser sobre la mesa.

Molly ocupaba un sillón.

Trevor estaba sentado en el suelo, apoyado contra el sofá.

Lydia había separado tres cartas.

Peter se sentó a mi lado.

No demasiado cerca.

Lo suficiente.

Todavía secreto.

Todavía nuestro.

Lydia abrió la primera.

—Esta parece posterior a la fecha oficial de la muerte de Eleanor.

El silencio se volvió más atento.

Leyó:

—«Maggie insiste en que me vaya primero».

Molly dejó la copa sobre la mesa.

—¿Qué?

Lydia continuó.

—«Dice que, si esperamos más, no habrá otra oportunidad».

Miré a Peter.

Él ya me estaba mirando.

—Sigue —dije.

Lydia cogió otra.

—Esta no tiene la fecha completa, pero parece formar parte de la misma secuencia.

Leyó:

—«Maggie prometió que sabrá qué hacer cuando llegue el momento».

Trevor se recolocó.