El secreto de Craigellan Castle (Secretos de Octubre 2) Nueve Días Después
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Nueve Días Después

La segunda prueba apareció dos días después.

No en una carta.

Y eso fue lo que lo empeoró todo.

Lydia entró en la biblioteca poco antes de las nueve con una carpeta transparente en la mano y una expresión que ya empezábamos a reconocer.

Peter levantó la vista antes que yo.

—¿Qué pasa?

Dejó la carpeta sobre la mesa.

—Estaba revisando el material encontrado en el pasadizo.

Trevor siguió delante del portátil.

—Esa frase nunca acaba bien.

Molly se acercó.

Yo también.

Dentro de la carpeta había una hoja estrecha, amarillenta en los bordes.

No parecía importante.

Una relación de correspondencia.

Fechas.

Destinatarios.

Anotaciones hechas a mano.

Lydia señaló una línea.

«27 de octubre»

«Mensaje recibido de Lady Eleanor Kinnaird. Respuesta entregada al mensajero a las cuatro.»

Me quedé mirando.

—¿Recibido?

—Sí.

Peter se acercó.

—¿El día veintisiete?

—El día veintisiete.

—Podría haberse registrado después.

Lydia ya esperaba la pregunta.

Pasó a otra funda.

Dentro había una pequeña nota.

Reconocí la caligrafía de inmediato.

Eleanor.

En la parte superior:

«26 de octubre»

El corazón me latió más deprisa.

Peter también lo vio.

—Esto fue escrito el día veintiséis.

Lydia asintió.

—Doce días después de la muerte oficial.

Nadie habló.

En la nota, Eleanor pedía que la correspondencia dirigida a ella fuera redirigida y mencionaba una entrega recibida aquella misma mañana.

La fecha.

La caligrafía.

El acontecimiento de ese mismo día.

No había forma de que aquellas instrucciones hubieran sido fechadas antes del catorce.

Peter cogió la copia del registro oficial de la familia.

Comparó.

Después volvió a mirar la nota.

—Vale.

Lo miré.

—¿Vale?

—Vale.

—¿Eso es todo lo que tienes?

Peter se quitó las gafas.

Se frotó el puente de la nariz.

Volvió a ponérselas.

—Eleanor seguía viva después del catorce de octubre.

Yo ya lo sabía.

O creía saberlo.

Pero oír a Peter decirlo convirtió una hipótesis en otra cosa.

—Después de su propia muerte.

Me miró.

—Después de la fecha registrada de su muerte.

—Estás volviendo a ser irritante.

—Nunca dejé de serlo.

Molly apoyó las manos sobre la mesa.

—Entonces Eleanor no murió aquí.

Lydia respondió antes que Peter.

—Sabemos que no murió el catorce de octubre.

Trevor levantó la cabeza.

—Gracias.

Molly se giró.

—¿Por qué?

—Por ser la única persona aparte de mí que todavía respeta el concepto de prueba.

—Tenemos una carta.

—Atribuida a Eleanor.

—Tenemos una nota.

—Que parece ser suya.

—Tenemos un registro doméstico.

—Que registra la recepción de un mensaje.

Molly cerró los ojos.

—Trevor.

—Mi trabajo es impedir que convirtáis documentos históricos en una sesión de espiritismo.

Peter seguía mirando la nota.

—Pero ahora son fuentes distintas.

Trevor se quedó callado.

Peter levantó la vista.

—Y la fecha de la nota elimina la posibilidad de que fueran instrucciones anteriores.

Trevor respiró.

—Sí.

Molly sonrió.

—Voy a apuntarlo.

Él la señaló.

—No conviertas esto en una victoria.

No presté atención.

Estaba mirando el retrato de Eleanor al otro lado de la biblioteca.

Cabello claro.

Rostro joven.

La mujer de la torre no tenía el pelo claro.

Scott había dicho lo mismo.

Oscuro.

Volví a mirar a Lydia.

—Entonces quizá todo el mundo haya pasado ciento cincuenta años llamando Eleanor a esa mujer sin saber siquiera a quién estaba viendo.

El silencio cambió.

Lydia siguió mi mirada.

—O no estaban viendo a nadie.

Trevor levantó una mano.

—Gracias.

Molly lo miró.

—Casi te estabas volviendo interesante.

Peter no se rio.

Siguió mirando a Eleanor.

Y entendí que la pregunta había cambiado.

El problema ya no era descubrir cómo había muerto Eleanor Kinnaird el catorce de octubre.

Era descubrir por qué alguien había registrado una muerte que, aparentemente, nunca ocurrió.

Los dos días siguientes fueron extrañamente normales.

Normales para Craigellan.

Nadie lloró detrás de mi puerta.

Ninguna ventana se iluminó sola.

Ninguna llave desapareció.

Trevor volvió a recorrer el castillo como un hombre que creía vivir en un universo mínimamente previsible.

El trabajo avanzó.

Una parte de la biblioteca recibió el acabado.

Molly aprobó los tejidos del salón pequeño.

Trevor por fin resolvió un problema de automatización que llevaba cuatro días persiguiéndolo.

Peter rechazó dos soluciones mías.

Yo rechacé una suya.

Ian consiguió recuperar parte del retraso provocado por la tormenta.

Los días empezaron a crear pequeñas rutinas.

Descubrí una de ellas casi a las once de la noche.

Estaba descalza en la cocina.

Proyectos y planos ocupaban la mitad de la mesa.

Había una taza cerca de mi codo.

Otra, vacía, había quedado olvidada junto al frutero.

Peter entró.

Camiseta.

Pantalones cómodos.

Gafas.

Miró la mesa.

Después a mí.

—Has convertido esto en una oficina.

—Era una mesa vacía.

—Era una mesa de cocina.

—Lo sigue siendo.

Peter cogió mi taza.

—Esto está frío.

—Ya lo sé.

Lo tiró.

Preparó otro café.

Ni siquiera preguntó cómo lo quería.

Simplemente puso la cantidad correcta.

Lo trajo.

Apartó uno de los planos para hacer sitio.

Lo volví a colocar.

—No.

—Está encima de mi parte de la mesa.

Miré.

—¿Tu parte?

—Sí.

—Interesante que digas eso en nuestra cocina.

Peter se detuvo.

Yo también.

El silencio duró un segundo.

Quizá dos.

Miró alrededor.

Después a mí.

—¿Nuestra?

Cogí la taza.

—No empieces.

—Yo no he dicho nada.

—Has dicho «nuestra».

—Lo has dicho tú.

Bebí café.

—Trabaja.

Peter sonrió.

Y se sentó.

A la mañana siguiente, Lydia apareció en el gran salón sujetando algo protegido con espuma.

Peter estaba conmigo.

Lydia volvió a colocar la estatua entera en su sitio, con el dedo gordo restaurado.

Peter cruzó los brazos.

—Ha quedado bien.

Lydia lo miró.

—Pareces orgulloso.

—He seguido todo el proceso.

—Guardaste una caja durante una noche.

—Responsabilidad. Imagínate que un fantasma se llevaba ese dedo...

Me marché antes de que aquello nos robara otros cinco minutos.

Por mi propio bien, consideré oficialmente cerrada la historia del dedo.

Ese mismo día, Anne apareció con sándwiches poco antes de comer.

Yo acababa de salir de una reunión con proveedores.

Peter venía de una inspección.

Nos encontramos en la cocina.

Miró la cesta.

Después a mí.

—Tenemos veinte minutos.

—¿Eso era una propuesta?

—Era información.

Cogí dos sándwiches.

—Ahora es una propuesta.

Peter entendió.

Cinco minutos después atravesábamos el jardín.

El cielo estaba despejado por primera vez en dos días.

Hacía frío.

Pero estaba despejado.

El seto alto apareció delante.

Después el pequeño espacio protegido.

El banco.

«E.K.»

«D.L.»

Me senté.

Peter se quedó a mi lado.

Le di un sándwich.

Durante unos minutos solo comimos.

Sin radio.

Sin planos.

Sin nadie esperando una decisión.

Peter miró Craigellan entre los árboles.

—No está mal para salir a escondidas.

Me quedé con el sándwich cerca de la boca.

Lo miré despacio.

Peter se dio cuenta.

—¿He elegido mal la palabra?

—¿Salir?

—Esa parte.

—No sé.

—Eso parece una respuesta peligrosa.

Di un mordisco al sándwich.

Peter siguió esperando.

—¿Me estás pidiendo que salgamos a escondidas en medio del jardín?

—Todavía no.

Lo miré.

—Perfecto.

—Porque lo haría mejor.

Me reí.

Peter siguió comiendo como si no acabara de dejar una frase entera suspendida entre nosotros.

Unos segundos después miré hacia el castillo.

—Solo queda lejos.

—¿El qué?

—Este sitio para salir a escondidas...

—Estaría bien tener quads aquí.

Me giré.

—¿En un castillo escocés?

—Pienso en productividad.

—Aquí deberían usar caballos.

Lo miré.

—¿Sabes montar a caballo?

—Sí.

Me quedé mirándolo.

Peter siguió comiendo.

—Claro que sabes.

—Alguna vez.

Me detuve.

Él me miró.

—No.

Peter empezó a reírse.

—¿Qué?

—No vuelvas a hacer eso.

—He respondido.

—Dijiste «alguna vez» antes de los dardos.

—Y era verdad.

—¿Cuántas veces?

—Mi abuelo tenía caballos en Virginia.

Cerré los ojos.

—Claro.

—Pasaba allí buena parte de los veranos.

—Eso significa que sabes montar.

—Algunas veces por semana.

Le di con el hombro.

Peter se rio.

—Pregunta mejor la próxima vez.

—Eres un creído.

—Diecisiete puntos.

Lo miré.

—Te has quedado con eso.

—Muchísimo.

Nos quedamos allí hasta que sonó la radio de Peter.

La miró.

—Se acabó el recreo.

Me levanté.

—¿Nuestro almuerzo secreto de noviazgo que no es noviazgo?

Peter también se levantó.

—Estás usando esa palabra con mucha facilidad ahora.

—Solo la estoy probando.

—¿Y?

Empezamos a caminar.

—Lo estoy evaluando.

Peter apartó una rama baja para que pasara.

—Pruébala más tarde.

El accidente empezó por el sonido.

Madera rompiéndose.

Algo pesado cediendo.

Después alguien gritando.

Corrí.

Peter ya venía desde el otro lado.

Llegamos casi al mismo tiempo.

Una parte del techo de una sala lateral había cedido sobre una zona que ya estaba autorizada.

Nada monumental.

Madera.

Yeso antiguo.

Parte de una estructura secundaria.

Pero había un hombre en el suelo.

Ian estaba arrodillado junto a él.

—No lo mováis —dijo Peter de inmediato.

El trabajador estaba consciente.

Tenía sangre cerca de la frente.

Se quejaba del hombro.

Se me revolvió el estómago.

Trevor apareció.

Molly detrás.

Alguien ya estaba llamando a una ambulancia.

Peter entró en el modo que yo conocía.

Calmado.

Preciso.

—Nadie toca nada más.

Miró a Ian.

—¿Quién estaba aquí?

—Dos hombres. El otro está bien.

—Todo el mundo fuera.

Miré el techo.

La zona había sido inspeccionada.

Autorizada.

Y, aun así, había cedido.

La ambulancia llegó rápido.

El trabajador salió consciente.

El corte parecía pequeño.

El hombro podía estar lesionado.

Después vino el resto.

Fotos.

Registro.

Aislamiento.

Inspección.

Preguntas.

Muchas.

La primera evaluación mostró el problema unas horas después.

Una pieza de madera oculta sobre el acabado presentaba deterioro interno.

Por fuera, nada.

Sin deformación.

Sin manchas.

Sin ninguna señal visible que justificara haber cerrado aquella zona antes.

Una reparación antigua había ocultado parte del problema.

Eso no hacía que el accidente pareciera menos grave.

Solo explicaba por qué nadie lo había visto.

El responsable de la empresa contratada apareció poco después.

Un hombre alto.

De unos cincuenta y tantos.