La Noche en Que Craigellan Se Abrió #4
Cuando llegamos a la cama, ni siquiera recordaba haber cruzado la habitación.
Peter volvió a detenerse.
—Rebecca.
Esta vez no esperé.
—Sí.
Su mano pasó por mi cara.
Después por mi pelo.
Aquel gesto fue lo que más me afectó.
No la urgencia.
No el deseo.
El cuidado en medio de todo.
Apoyé la frente contra la suya.
—Eres preciosa.
—Peter, me estás gustando.
—Tú también.
Peter me besó.
Y, durante un rato, Craigellan desapareció.
La lluvia.
El pasadizo.
Eleanor.
La llave.
El proyecto.
Todo.
Solo quedaron su calor.
Mi mano en su pelo.
Sus dedos entrelazados con los míos durante unos segundos.
Respiración.
Piel.
Y la extraña sensación de que habíamos pasado semanas intentando mantener una distancia que ahora parecía absurda.
Craigellan regresó poco a poco.
Primero el sonido del viento, ya más débil, contra la ventana.
Después la pequeña luz junto a la cama.
Después Peter respirando a mi lado.
Yo tenía la cabeza apoyada sobre su pecho.
Su mano seguía sobre mi brazo.
Durante unos minutos, ninguno de los dos habló.
Fue él quien rompió el silencio.
—Tenemos que hablar de esto.
Cerré los ojos.
—¿Ahora?
—Rebecca.
—Después.
Peter se quedó callado.
Me incorporé.
Busqué mi camisa en el suelo.
—Esto no tiene por qué cambiar nada.
No respondió.
Lo miré.
Peter me estaba observando.
—¿Qué?
—Nada.
—Pones esa cara cuando no estás de acuerdo.
—Al parecer pongo muchas caras.
—Peter.
Cogió las gafas.
Se las puso.
—Claro.
Solo eso.
Claro.
No se lo creyó.
Yo tampoco.
Volví a mi habitación.
Sola.
Dormí poco.
A la mañana siguiente entré en la cocina y encontré a Molly delante del portátil.
Me vio.
Miró una vez.
Después otra.
No dijo nada.
Cogí café.
Ella siguió escribiendo.
Aquello empezó a molestarme.
—¿Qué?
—Nada.
—Molly.
Se detuvo.
—Estoy decidiendo si te pones más a la defensiva antes o después del café.
—No estoy a la defensiva.
—Entonces ya está decidido.
Volvió al portátil.
Peter entró.
Saludó a Molly.
Después me miró.
—Buenos días.
—Buenos días.
Fue hasta la encimera.
Cogió una taza.
Sin preguntar, acercó la cafetera hacia mí porque sabía que todavía quería más café.
Molly lo vio.
No dijo nada.
Siguió escribiendo.
Esperé.
Nada.
—Lo estás haciendo a propósito.
Levantó la vista.
—¿El qué?
Peter bebió café.
Molly volvió a la pantalla.
Odié a los dos en aquel momento.
La tormenta había amainado.
El equipo local volvió temprano al pasadizo.
Esta vez nadie entró antes de que Peter autorizara el apuntalamiento provisional.
A las diez consiguieron sacar la caja que había quedado más allá del tramo comprometido.
Lydia lo llevó todo a la sala de Conservación.
Papeles.
Dos pequeños cuadernos.
Una cinta.
Un registro parcial.
Nada parecía espectacular.
Hasta que me llamó.
—Rebecca.
Tenía una página abierta.
Me acerqué.
—¿Qué pasa?
Lydia señaló.
Había una lista de empleados.
Nombre.
Puesto.
Ala.
Me detuve en la tercera línea.
«Margaret Fraser»
Debajo:
«Doncella personal de Lady Eleanor Kinnaird»
Volví a leer.
Margaret Fraser.
Doncella personal de Lady Eleanor Kinnaird.
—Maggie.
Lydia levantó la vista.
—¿Tú crees?
Miré el nombre.
—Estoy segura.
Peter estaba cerca de la puerta.
Se giró.
Molly también.
Trevor levantó la vista desde el otro lado de la sala.
Por primera vez, la mujer de las cartas tenía un nombre completo.
Margaret Fraser.
—Quiero saber más sobre ella —dije.
Lydia asintió.
—Yo también.
Encontramos lo siguiente poco después de comer.
Lydia estaba ordenando las cartas según la secuencia más probable.
Algunas tenían fechas incompletas.
Otras, ninguna.
Una de ellas, sin embargo, tenía una fecha perfectamente legible.
Peter estaba conmigo cuando Lydia llamó.
—Tenéis que ver esto.
Me acerqué.
Había dos hojas delante de ella.
Una copia del registro histórico de la familia.
Y una carta.
—¿Qué?
Lydia señaló el registro.
—Según esto, Eleanor Kinnaird murió el catorce de octubre.
Miré.
La fecha estaba allí.
«14 de octubre».
—Vale.
Lydia giró la carta.
—Ahora mira aquí.
En la parte superior:
«23 de octubre».
Fruncí el ceño.
—Esa fecha está mal.
Lydia no respondió.
Acerqué más la cara.
Veintitrés de octubre.
—Nueve días después.
Peter se acercó.
—¿Después de qué?
Lo miré.
—Después de su muerte.
Peter se quedó inmóvil.
—Entonces la fecha está mal.
Lydia negó con la cabeza.
—No lo creo.
—¿Por qué?
Señaló el papel.
—Coincide con las otras cartas. La caligrafía es la misma. Y aquí menciona un acontecimiento ocurrido en la propiedad que aparece en otro registro fechado el día veintidós.
Silencio.
El corazón me latió más deprisa.
—¿Quién firma?
Lydia señaló el final.
Me incliné.
La firma estaba clara.
«Eleanor».
Nadie habló.
Peter cogió el registro oficial.
Volvió a leerlo.
Después miró la carta.
—Esto no tiene sentido.
—Lo sé —respondió Lydia.
Me quedé mirando el nombre.
Eleanor Kinnaird.
Veintitrés de octubre.
Nueve días después de la fecha registrada de su muerte.
Volví a mirar la firma.
Después el registro.
Una de las dos cosas no podía ser cierta.
O Eleanor no había escrito aquella carta.
O Eleanor Kinnaird no había muerto el catorce de octubre.