La Noche en Que Craigellan Se Abrió #3
Molly cruzó los brazos.
—Yo también soy importante.
Trevor pasó junto a ella.
—Estamos evaluándolo caso por caso.
—Ve delante y encuentra al fantasma.
—No.
—Demasiado prudente.
Entramos.
El pasillo era más estrecho de lo que parecía.
Muros de piedra.
Vigas antiguas.
Restos de soportes para lámparas.
Marcas de hollín en algunos puntos.
Una estantería baja.
Un gancho todavía clavado en la pared.
Una pequeña campanilla de servicio sin cable.
Marcas de manos y de uso en la madera de una de las puertas.
—Esto era circulación de servicio —murmuré.
Peter iluminó una abertura lateral.
—Eso parece.
Había habitaciones pequeñas.
Puertas sencillas.
Un banco fijado a la pared.
Estanterías.
Pasadizos que permitían atravesar parte del ala sin cruzar los salones principales.
Era otro Craigellan.
El que no aparecía en los retratos.
El que existía para las personas que mantenían la casa en funcionamiento.
Peter miró hacia atrás.
—Quédate cerca.
—Estoy cerca.
—Más.
Me acerqué un poco.
—¿Mejor?
—Un poco.
Seguimos.
La tormenta todavía se oía a través de los muros.
Baja.
Lejana.
Como si el castillo respirara por encima de nosotros.
Llegamos a una pequeña estancia.
Había estanterías antiguas.
Papeles.
Dos cajas caídas.
Un libro grueso cubierto de polvo.
Lydia entró.
Se detuvo.
—Esto podría ser un registro doméstico.
Cogió el libro con cuidado.
Abrió algunas páginas.
Nombres.
Fechas.
Compras.
Turnos.
Nada lo bastante organizado como para facilitarnos la vida.
Trevor apuntó con la linterna.
—Aquí.
En uno de los registros aparecía:
«Margaret Fraser»
Debajo:
«Servicio doméstico — ala residencial»
Lo leí.
Otro nombre.
Otra persona.
Lydia marcó la página.
—Nos lo llevamos después.
Peter siguió comprobando el suelo.
—Hasta aquí.
Miré.
—¿Y el resto?
—Todavía no.
Iluminó el tramo de delante.
La madera estaba más oscura.
Humedad reciente.
—El agua está llegando por debajo.
Lydia también lo oyó.
Una gota.
Después otra.
Trevor señaló.
—Ahí.
Había una pequeña caja de madera caída unos metros más adelante.
El agua empezaba a alcanzar uno de sus laterales.
Lydia dio medio paso.
Peter levantó un brazo.
—Todavía no.
—Puede haber documentos ahí.
—Lo sé.
—Si se mojan...
—Lo sé.
Peter volvió a comprobar el suelo.
Después un punto a nuestra izquierda.
—Podemos avanzar hasta aquí.
Hizo una marca.
—Nada más allá.
Asentí.
Esta vez nadie discutió.
Me acerqué hasta el límite autorizado.
La caja seguía fuera de mi alcance.
El agua aumentó.
No mucho.
Lo suficiente como para empujar algo pequeño que había a su lado.
Un trozo de madera se deslizó.
La caja también se movió.
Despacio.
Giró.
Vino hacia nosotros.
—Espera —dijo Lydia.
Unos centímetros más.
Yo estaba exactamente donde Peter había autorizado.
La caja se acercó.
Por instinto, di un paso lateral para impedir que siguiera hacia una abertura inferior entre dos tablas.
Mi bota tocó el suelo.
La madera cedió.
No hubo aviso.
Un segundo estaba firme.
Al siguiente, se hundió bajo mi peso.
Perdí el equilibrio.
Oí a Peter decir mi nombre.
Después su mano se cerró alrededor de mi brazo.
La otra en mi cintura.
Me tiró hacia atrás.
El suelo que acababa de pisar cedió unos centímetros más.
Me quedé quieta.
Respiración corta.
Corazón disparado.
Peter seguía sujetándome.
—Estoy bien.
No respondió.
Miró el lugar.
Después a mí.
—Nos vamos.
Lydia cerró el libro.
Trevor no discutió.
Yo tampoco.
La caja se quedó allí.
Ian encontraría una forma de alcanzarla con apuntalamiento.
Salimos del pasadizo.
Peter cerró la puerta.
Seguí detrás de él hasta la biblioteca.
—Peter.
Nada.
—Peter.
Se detuvo.
Se giró.
Su expresión me hizo reducir el paso.
—Estaba donde tú habías autorizado.
Silencio.
Peter respiró hondo.
—Lo sé.
Eso me sorprendió.
—Entonces ¿por qué estás enfadado?
—No estoy enfadado.
—Sí.
—Rebecca.
—Lo estás.
Se quitó el casco.
Se pasó una mano por el pelo todavía húmedo.
—Estaba donde dijiste que era seguro.
—Lo sé.
—Entonces deja de mirarme como si hubiera hecho algo mal.
Peter se quedó callado.
—No creo que hayas hecho nada mal.
Me detuve.
—Entonces ¿qué pasa?
Miró hacia el pasadizo.
Después a mí.
—He visto cómo el suelo cedía debajo de ti.
Su voz salió baja.
Sencilla.
Peor así.
—Peter...
—Te estaba mirando y, de repente, no sabía si aquello iba a detenerse a cinco centímetros o si ibas a caer una planta entera.
Sentí una presión en el pecho.
Apartó la mirada.
—Y no me ha gustado.
—Me lo imagino.
Peter soltó una respiración breve.
—No, Rebecca.
Volvió a mirarme.
—No era eso.
Ninguno de los dos habló.
La lluvia golpeaba las ventanas.
Me acerqué un poco.
—Estoy aquí.
—Lo sé.
—Me sujetaste.
—Lo sé.
—Entonces mírame.
Ya me estaba mirando.
La distancia disminuyó.
No tuve que decidir demasiado.
Toqué la parte delantera de su camisa.
Peter bajó la mirada hacia mi mano.
Después a mi cara.
Lo besé.
Respondió de inmediato.
Una mano me sujetó por la cintura.
La otra fue hasta mi nuca.
El beso tenía algo del miedo que todavía no había desaparecido.
De la lluvia.
De toda la mañana.
De la imagen de aquel suelo cediendo.
Peter me acercó más.
Sus gafas rozaron mi cara.
Se las quitó sin interrumpirse demasiado.
Las dejó sobre una mesa.
Volvió.
Mi mano se hundió en su pelo.
Peter respiró contra mi boca.
El beso se hizo más intenso.
Durante unos segundos olvidé dónde estábamos.
Fue Peter quien se detuvo.
Apoyó la frente contra la mía.
Respiró.
—Tenemos a todo un equipo al otro lado de esa puerta.
Tardé un segundo.
Abrí los ojos.
Tenía razón.
Naturalmente.
—Odio cuando haces eso.
—¿El qué?
—Tener razón en el momento más inoportuno.
Una comisura de su boca se movió.
Peter cogió las gafas.
—Tenemos que volver.
Lo miré.
—Lo sé.
Ninguno de los dos se apartó de inmediato.
Después sí.
Y volvimos al trabajo.
Pasamos el resto del día intentando impedir que Craigellan se desmontara antes de que termináramos la restauración.
La caja fue retirada de forma segura cerca de las cuatro.
Lydia la llevó a Conservación.
Trevor estabilizó la electricidad.
El viento disminuyó.
Ian consiguió despejar el acceso lateral.
A las siete de la tarde estaba agotada.
A las ocho comí cualquier cosa que Anne había dejado en la cocina.
A las nueve me duché.
A las nueve y media me metí en la cama.
A las nueve y cuarenta y tres seguía despierta.
A las nueve y cincuenta me levanté.
Me quedé quieta en el pasillo.
Miré la puerta de Peter.
Ya había llamado antes.
Aquella vez porque tenía miedo.
Ahora era otra cosa.
Llamé.
Pocos segundos después, Peter abrió.
Camiseta oscura.
Pantalones cómodos.
Gafas.
El pelo todavía húmedo de la ducha.
Me miró.
Después miró el pasillo.
—¿Está todo bien?
—Sí.
Peter esperó.
—Entonces?
Respiré.
—¿Siempre necesitas una explicación?
—Normalmente ayuda.
—Hoy no.
Algo cambió en su expresión.
Muy poco.
Pero cambió.
Abrió más la puerta.
Entré.
Peter cerró detrás de mí.
La habitación era la misma.
La cama.
El sofá donde había dormido.
La luz tenue del baño que había dejado encendida para mí.
Pero nada parecía igual.
Me quedé unos segundos quieta.
Peter también.
—Rebecca.
Lo miré.
—Sé lo que estoy haciendo.
La respuesta salió antes de la pregunta.
Peter no sonrió.
—Lo sé.
—Perfecto.
Me acerqué.
Lo besé.
Esta vez no había una tormenta entre nosotros.
Ni suelo cediendo.
Ni un equipo esperando.
Solo todo lo que había quedado interrumpido.
Peter sostuvo mi cara.
El beso empezó despacio.
No siguió así.
Mi mano tiró del borde de su camiseta.
Peter se detuvo.
Su respiración cambió.
—¿Estás segura?
Lo miré.
—Sí.
—Rebecca...
Tiré un poco más de su camiseta.
—Peter.
Se quedó quieto.
—No pares.
Fue suficiente.
Se quitó las gafas y las dejó sobre la mesa.
Después la camiseta.
El frío que todavía parecía atrapado en mi cuerpo desde aquella mañana desapareció cuando toqué su piel.
Caliente.
Real.
Pasé la mano por su pecho.
Por sus hombros.
Peter se quedó inmóvil un segundo.
Mirándome.
Aquello me afectó más de lo que esperaba.
No parecía prisa.
Ni triunfo.
Parecía atención.
Como si estuviera intentando entender si yo quería de verdad cada cosa antes de hacerla.
Le sujeté la nuca.
—Deja de pensar.
—Difícil.
—Inténtalo.
Lo atraje de nuevo.
Peter soltó una risa baja contra mi boca.
Después la risa desapareció.
Mis manos encontraron su pelo.
Las suyas se deslizaron por mi cintura.
Por mi espalda.
El beso cambió.
Más profundo.
Más lento.
Más peligroso.
Desabrochó mi camisa sin prisa.
Un botón.
Después otro.
Y otro.
Peter se detuvo cuando la tela se abrió.
Me miró.
El corazón me latió más fuerte.
No por inseguridad.
Por la forma en que me estaba mirando.
Como si acabara de encontrar otra cosa escondida en Craigellan.
—¿Qué? —pregunté.
Negó con la cabeza.
—Nada.
Sonreí.
—Haces mucho eso.
—Lo aprendí de ti.
Lo atraje por la cintura.
Peter vino hacia mí.
La distancia desapareció.
Sentí su piel caliente.
La respiración.
Las manos.
El peso de su cuerpo sin atraparme.
Cada movimiento cuidadoso sin parecer vacilante.