La Noche en Que Craigellan Se Abrió
Fue Ian quien nos mandó fuera.
No de Craigellan.
Solo unas horas.
Apareció en la biblioteca poco después de las cinco, encontró a nuestro equipo repartido entre planos, informes, muestras y dos tazas de café olvidadas, y se quedó mirando.
—Tenéis que salir.
Molly levantó la cabeza de inmediato.
—Por fin una idea tuya que no tiene nada que ver con fantasmas.
Ian la ignoró.
—Hablo en serio.
Peter siguió leyendo.
—Tenemos una entrega mañana temprano.
—Y mañana temprano estaréis aquí.
Ian miró alrededor.
—Lleváis ocho días aquí.
Trevor corrigió:
—Nueve.
Ian lo miró.
—¿Eso ayuda?
—No.
—Perfecto.
Cerré la carpeta.
—¿Adónde exactamente nos estás echando?
—Hay un pub en un pueblo a unos veinte minutos de aquí.
Molly ya estaba guardando el portátil.
Peter se dio cuenta.
—Ni siquiera sabes cómo se llama.
—No necesito saberlo.
—Eso explica muchas cosas.
Ella lo señaló.
—Tú vienes.
Peter levantó la vista.
—¿Eso era una pregunta?
—No.
Ian me miró.
—Ve tú también.
—¿Por qué yo?
—Porque estás aquí desde las siete y media.
—Eso no responde.
—Responde lo suficiente.
Miré a Peter.
Cerró la carpeta.
—Tiene razón.
—No me ha gustado la rapidez con la que has decidido eso.
—Todavía tengo más oportunidades de llevarte la contraria hoy.
Molly dio una palmada.
—Maravilloso. Vámonos antes de que convirtáis una salida a tomar algo en una reunión de coordinación.
El pub estaba en una calle estrecha.
Piedra oscura.
Casas bajas.
Luces amarillas en las ventanas.
Había empezado una llovizna fina por el camino y brillaba bajo las farolas.
El cartel sobre la puerta tenía un ciervo pintado a mano y unas letras doradas casi borradas.
Cuando entramos, lo primero que sentí fue el calor.
Después el olor a madera.
Comida.
Cerveza.
Chimenea.
Abrigos húmedos.
El lugar no era grande.
Mesas pequeñas ocupaban casi todo el salón.
Había una diana de dardos en una pared lateral y, más al fondo, una mesa de billar antigua, con el tapete desgastado en los bordes.
Molly ya estaba examinando la pizarra de comidas.
—Tenemos que pedir algo escocés.
Trevor se quitó el abrigo.
—Todo lo que hay aquí es escocés.
—No funciona así.
—Estamos en Escocia.
—Sigue sin funcionar así.
Nos sentamos.
Una mujer vino a atendernos y Molly le preguntó qué recomendaba.
Cinco minutos después, teníamos delante una lista de cosas que no sabía si quería comer.
Señalé una.
—¿Qué es exactamente el haggis?
Trevor abrió la boca.
Molly levantó una mano.
—No.
La miré.
—Quiero saberlo.
—No quieres.
—Sí.
—Confía en mí.
Peter cogió la carta.
—Es mejor que lo pruebes primero.
—¿Por qué?
—Porque, si Trevor te lo explica, no lo vas a pedir.
Trevor pareció ofendido.
—Yo solo sería técnico.
—Ese es el problema —respondió Molly.
Al final pedí una ración pequeña.
Lydia eligió Cullen skink.
Trevor, steak pie.
Peter pidió haggis con neeps and tatties sin mostrar el menor conflicto interno.
Cuando llegaron los platos, miré el suyo.
—Has pedido eso voluntariamente.
—Sí.
—¿Ya lo habías probado?
—Sí.
—¿Y no me avisaste de que estaba bueno?
—Estabas demasiado ocupada decidiendo si querías saber qué llevaba dentro.
Molly me tendió un tenedor.
—Prueba.
Probé.
Me detuve.
Mastiqué.
Molly esperaba.
Trevor también.
Peter siguió comiendo como si el resultado no le interesara en absoluto.
—Está bueno.
Molly abrió los brazos.
—Te lo dije.
—No me lo dijiste. Me prohibiste preguntar.
—Estrategia.
Peter bebió un sorbo de cerveza.
—Ha funcionado.
Lo miré.
—No te metas.
—Estoy observando.
—Observas demasiado.
—Eso ya lo hemos establecido.
La noche empezó así.
Con comida caliente.
Whisky.
Gente hablando alto en las mesas.
Una chimenea que parecía demasiado grande para aquel espacio.
Y, por primera vez desde que habíamos llegado a Craigellan, ningún plano abierto delante de nosotros.
Ninguna radio.
Solo nosotros.
Fue Molly quien vio los dardos.
Naturalmente.
—Competición.
Trevor ni siquiera se giró.
—No.
—Estoy comiendo.
—Tienes miedo de perder.
Dejó el tenedor.
—Vamos.
Lydia empezó a reírse.
—Ha sido rápido.
Trevor se levantó.
—No respondo bien a la manipulación.
Peter me miró.
—Claramente.
Fuimos al rincón de los dardos.
Molly decidió que jugaríamos por equipos.
Después decidió que los equipos eran injustos.
Después volvió a cambiar de opinión cuando Trevor hizo una puntuación alta en la primera ronda.
—Tú juegas.
Trevor cogió el segundo dardo.
—He jugado alguna vez.
—Eso es distinto.
Volvió a acertar.
Molly se giró hacia nosotros.
—Ha ocultado información.
—Nadie se lo ha preguntado —dijo Lydia.
Mi primer intento fue malo.
El segundo, mejor.
En el tercero, por puro azar, el dardo quedó cerca del centro.
Me detuve.
Peter miró.
Trevor también.
Molly abrió la boca.
Levanté la barbilla.
—Técnica.
Peter se rio.
—Claro.
—Tú no sabes.
—He visto los tres lanzamientos.
—Exactamente.
—Eso empeora tu argumento.
Molly me dio otro dardo.
—Ignóralo.
Peter se colocó.
Pregunté:
—¿Tú ya habías jugado?
—Alguna vez.
Lanzó.
Casi al centro.
Lo miré.
—«Alguna vez».
Peter cogió el segundo.
—No hagas preguntas si no quieres conocer la respuesta.
Volvió a acertar.
Me quedé mirándolo.
—Lo haces a propósito.
—¿El qué?
—Fingir que no sabes hacer las cosas.
—Nunca he dicho que no supiera.
—«Alguna vez».
Lanzó el tercero.
—Sigue siendo verdad.
En la ronda siguiente nos tocó uno contra otro.
Perdí.
Por poco.
Al menos eso fue lo que decidí considerar.
—De verdad has intentado ganarme.
Peter recogió los dardos.
—¿Querías que no lo intentara?
—Un caballero lo habría considerado.
Me entregó uno.
—Has pasado seis meses discutiendo conmigo para que te trate como a una igual.
Me quedé callada.
Peter miró el marcador.
—Diecisiete puntos.
—Eso ha sido rastrero.
—Diecisiete puntos siguen siendo diecisiete puntos.
—Estás disfrutando demasiado de esto.
Peter volvió a mirar el marcador.
—Diecisiete puntos demasiado.
Puse los ojos en blanco.
Sonrió.
La mesa de billar apareció después casi por casualidad.
Trevor y Peter jugaban mientras Lydia y yo terminábamos nuestras bebidas.
Molly decidió que yo tenía que probar.
Mi primer tiro fue pésimo.
Peter estaba al otro lado de la mesa.
—Tienes el taco demasiado alto.
—Ya lo sé.
—No lo sabes.
Lo miré.
—Peter.
Cogió otro taco y se colocó a mi lado.
No detrás.
Me enseñó el movimiento.
—Bájalo un poco. No fuerces.
—No estaba forzando.
—Sí.
—¿Puedes pasar cinco minutos sin corregir a nadie?
—Puedo intentarlo cuando aciertes.
Apunté.
Golpeé.
La bola entró.
Lo miré.
—Ya lo sabía.
Peter asintió.
—Claro.
Trevor soltó una carcajada.
Molly me señaló.
—No aprendas nada de él. Se va a volver insoportable.
Peter levantó las cejas.
—¿Más?
Le di un golpecito en el zapato con el taco.
Peter se rio.
No aquella sonrisa corta que aparecía en el trabajo.
Se rio de verdad.
Con la cabeza baja.
Las gafas deslizándose un poco.
Toda la expresión distinta.
Me quedé mirándolo.
Quizá demasiado tiempo.
Se dio cuenta.
—¿Qué?
Negué con la cabeza.
—Nada.
Ya conocía aquella respuesta.
Esta vez no insistió.
La música empezó cerca de las nueve.
Primero llegó el sonido de un violín, tocado de una forma más suelta, más rápida, distinta de lo que yo estaba acostumbrada a oír.
Después entró una guitarra.
Un hombre mayor apareció con un acordeón.
No parecía una actuación.
Parecía que tres personas habían empezado a tocar y el resto del pub simplemente había decidido escuchar.
Las conversaciones bajaron de volumen.
En algunas mesas acompañaban el ritmo con los pies.
Molly me miró.
—Me encanta este sitio.
—Te encanta cualquier sitio después de dos copas de vino.
—Eso es injusto.
Lydia levantó su propia copa.
—Ya le encantaba antes de la segunda.
—Gracias.
Trevor acompañaba el estribillo en voz baja.
Solo me di cuenta porque estaba a su lado.
Molly también.
Se giró lentamente.
—¿Estás cantando?
Trevor se detuvo.
—No.
—Sí.
—No.
El hombre de la guitarra oyó la conversación.
Sonrió.
Cuando volvió el estribillo, cantó mirando directamente a Trevor.
Dos personas de una mesa cercana se unieron.
Molly dio un golpe en la mesa.
Trevor cerró los ojos.
—No.
Peter levantó la cerveza.
—Venga.
—¿Tú también?
—Sobre todo yo.
El estribillo volvió.
Trevor acabó acompañándolo.
Primero sentado.
Después más alto.
Y cantaba bien.
Muy bien.
Molly lo miraba como si acabara de descubrir una segunda identidad.
—No me lo puedo creer.
Lydia empezó a acompañarlo.
Yo cogí el móvil.
Trevor se dio cuenta.
Me señaló sin dejar de cantar.
Seguí grabando.
Peter marcaba el ritmo golpeando la mesa.
En poco tiempo se había unido más gente.
Yo también.
Sin saber ni la mitad de la letra.
No importaba.
Cuando terminó la canción, Trevor cogió la cerveza.
—¿Desde cuándo cantas? —pregunté.
—Desde antes de que me conocierais.
—Eso no responde.
—Esa era la intención.
Molly miró mi móvil.
—Eso va al grupo.
—Si lo subes, abandono el proyecto.
Abrió la boca.
Se detuvo.
—No. Esa broma ya ha dejado de tener gracia.
Trevor se quedó callado un segundo.
—Estoy de acuerdo.
Nadie necesitó decir Scott.
Aun así, todos pensamos en él.
La siguiente canción empezó más rápida.
Una mujer escocesa de pelo gris vio a Molly intentando seguir los movimientos de dos personas cerca de la chimenea.
Se rio.
Le tendió la mano.
Molly me miró.
—Vamos.
—No sé hacer eso.
—Ella también sabe que no sabes.
La mujer volvió a reírse e hizo un gesto para que fuéramos.
Fuimos.
Nos enseñó una secuencia sencilla.
Dos pasos.
Cambio de dirección.
Manos.
Giro.
En teoría.
En la práctica, choqué con el hombro de un hombre.
Molly entró antes de tiempo.
Lydia perdió por completo el lado hacia el que tenía que ir.
Empecé a reírme.
La mujer de pelo gris también.
Trevor seguía sentado.
Lo señalé.
—Has cantado. Ahora levántate.
—Ya he contribuido.
Miré a Peter.
Estaba apoyado en la barra.
Demasiado cómodo.
—Ni se te ocurra quedarte ahí.
—Estoy perfectamente aquí.
Molly vino conmigo.
—No por mucho tiempo.
Peter nos miró a las dos.
—No.
Tiramos de él.
Se resistió unos segundos.
Después se rindió.
Y fue peor de lo que esperaba.
Peter sabía coordinar estructuras.
Calcular riesgos.
Encontrar un problema en un plano en cuestión de segundos.